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Archive for 11 marzo 2018

Manjares y nueces

Misterio_en_el_camino_cubierta

Hace tiempo, mucho tiempo, mucho antes de que el Sol y la Luna fuesen una pareja de desenamorados. Mucho antes de que las golondrinas volaran al sol, y los lobos aullaran a las sombras, vivía en un pequeño palacio un rey, viudo, y su única hija, joven y bella como nadie.

Su belleza era tal, que decían las rápidas lenguas del pueblo que cada vez que ella miraba su reflejo en el arroyo de un río, éste se paraba, cauteloso, para poder visualizar más ese rostro.

El rey había criado  a su única hija entre monedas de oro, peines de plata y sábanas de pluma de las aves reales, todas ellas exóticas.

Quizá por la pérdida de su mujer, la reina, o quizá por el miedo a quedarse solo , el rey había sobreprotegido a su hija de tal manera, que cada vez que ella abandonaba el palacio, el rey ordenaba a toda la corte que la acompañara.

 

Cada 4 años, la tradición mandaba que todas las hijas únicas de todas las casas del reino debían marchar solas, camino a los altos bosques, para realizar un largo camino donde, al finalizar, el sabio sol y la paciente luna les bendecía, dándoles así, junto al primer hijo que tuvieran, salud, paz, y prosperidad.

Dos semanas antes de la marcha, el rey organizó un plan, fruto del miedo y terror ante la imagen de su hija, sola, abandonada a su suerte, en aquellos bosques desconocidos.

Pensó así que situaría, a cada 30 metros del camino, a una de las sabias ancianas del palacio. Todas ellas habían dedicado su vida a aconsejar al rey, y gracias a ellas, el rey había conseguido ser una persona justa, respetada, y equilibrada en sus decisiones y mandatos.

Llegado el día, entre lágrimas, abrazos y promesas, la princesa partió.

Fue en el primer tramo del camino donde la princesa, equipada de ropas, víveres y manjares, se encontró a la única hija del leñador del pueblo.

  • ¿Vienes a hacer el camino? – preguntó la princesa.
  • ¡Oh! ¡Su Majestad! ¡Así es! ¿Usted también? – contestó ella.

 

La princesa no pudo evitar observar como la hija del leñador iba únicamente equipada de un pequeño saco, descosido, mientras que ella iba cargada hasta la corona.

  • ¿Llevas únicamente ese viejo saco? – preguntó.
  • Así es.
  • ¿Y qué llevas ahí dentro?
  • En mi casa somos pobres, mi padre es mayor y ya no puede cargar con los troncos. Es por ello que únicamente llevo nueces.

 

La princesa, sorprendida, le ofreció alguno de sus manjares a la hija del leñador, pero ésta, cohibida, negó la oferta.

El camino empezó, y ambas tomaron su rumbo, separadas por el sendero.

Cuando apenas llevaba 2 horas de camino, la princesa se encontró con la primera vieja sabia.

Ésta, sin mirar a los ojos de la princesa, le comentó:

  • Joven princesa, hija del justo y generoso rey, pasados estos árboles encontrará un camino de piedras. Analice los riesgos y peligros, uno por uno, pues la piedra mal pisada puede acarrear un pie roto; una rama pisada puede despertar a la fiera más somnolienta. Siga, así sea.

 

La princesa sin embargo no pudo evitar preguntar por la hija del leñador:

  • ¿Ha visto usted por casualidad a mi nueva amiga, la hija del leñador?
  • Joven princesa, hija del justo y generoso rey, así es. Llegó dos soplidos de viento antes que usted. A ella también avisamos de los peligros, pues así lo desearía su padre.
  • Gracias.
  • Siga, así sea.

 

Llegado al camino de piedras, la princesa se paró, y haciendo caso a los consejos de las viejas sabias, empezó a analizar los peligros. Esa piedra podía partirle un pie. Aquel camino de arena quizá le hacía resbalar. Ese rincón oscuro quizá escondía a un duende del bosque. Esas ramas quizá despertaban a una fiera.

Fue así como decidió entonces coger el camino más largo, pero más seguro.

El camino sin embargo se le hacía cuesta arriba, así que la princesa, para aligerar el paso, dejó parte de sus pertenencias.

Llegó así, menos cargada, al primer claro de descanso. Pudo sentarse, asearse, y degustar algunos de sus manjares. Llamó su atención, sin embargo, unas pequeñas cáscaras situadas al lado de la hoguera.

Eran cáscaras de nueces. Su amiga había estado allí, y esto, a la joven princesa, le alegró.

 

A la mañana siguiente, la princesa siguió su camino.

Cuando el Sol aún se dejaba ver en el horizonte, llegó hasta la siguiente vieja sabia.

  • Joven princesa, hija del justo y generoso rey – dijo la anciana – pasados estos árboles encontrará un pequeño pero peligroso río. Vaya con cuidado. Pues un desliz puede hacerle caer dentro de sus salvajes aguas. Podría ser devorada por pirañas, o, quizás, podría morir ahogada. Quién sabe qué terribles peligros se esconden en estas tierras. Siga, así sea.

 

La princesa, tal y como anunció la anciana, llegó al pequeño río. Era tan pequeño, que con un poco de impulso la princesa lograría saltarlo sin peligro alguno. Sin embargo, haciendo caso a los consejos de la anciana, se paró.

Pensó que quizá la forma más segura de pasar era hacer un pequeño puente con algunos de los objetos que aún llevaba encima. Y así lo hizo.

Un rato después, con la mayoría de sus pertenencias colocadas en el río, la princesa logró pasar.

Se sentó en un claro. Esta vez más ligera.

Y ahí, en un pequeño rincón entre las rocas, la princesa pudo ver, de nuevo, restos de cáscaras de nueces.

  • ¿Cómo puede ser que vaya tan rápido? – se preguntó la princesa – ¿Acaso está contando con ayuda?

A lo lejos ya se dejaba ver la cima de la montaña, meta y fin del temido recorrido. Ya quedaba menos, pero la falta de sueño, las terribles pesadillas y las largas caminatas, le hacían pensar a nuestra querida princesa que nunca lo conseguiría.

 

El siguiente encuentro con la nueva anciana ocurrió cerca de un pequeño acantilado.

  • Joven princesa, hija del justo y generoso rey, no debería pasar por debajo del acantilado. Está oscuro, y las lenguas del pueblo dicen que ahí abajo, en las sombras, se esconden las más terribles fieras, que según cuenta la leyenda, duermen bajo las pestañas de los terribles gigantes. Intente, pues, construir unas cuerdas para poder pasar por encima, le será fácil si utiliza las ramas de los árboles. Siga, así sea.
  • ¡Un segundo! – contestó la princesa.
  • Dígame, joven princesa, hija del justo y generoso rey.
  • ¿Ha pasado por aquí la hija del leñador?
  • Así es – contestó la anciana.
  • ¿Le han dado los mismos consejos?
  • Así es.

Y sin terminar la conversación, la princesa se fue.

Llegó al pico del acantilado, y haciendo caso de los consejos y temores, se quitó la mayoría de sus prendas, rasgó sus sacos, les hizo un nudo, y pudo cruzar sin problemas el foso. Usando sus pertenencias como cuerdas.

La luna ya empezaba a mostrarse en el cielo, así que la princesa decidió pararse a descansar y comer lo poco que le quedaba.

Esta vez no vio restos de cáscaras de nueces. Vio un mensaje escrito en un árbol que decía: ¿Dónde estás?

Su amiga había pasado por allí antes que ella. No lo entendía. Ella llevaba más provisiones, contaba con más ayudas, había ido veloz. Sin embargo, su amiga seguía sacándole ventaja.

A la mañana siguiente, por fin, la princesa llegó a las faldas de la montaña.

Un día entero tardó en llegar hasta la cima. Y al final, de rodillas, herida, agotada, y sin ninguna pertenencia más que la corona y su ropa interior, llegó.

Allí, sentada en una roca, estaba su amiga. Esperando.

 

  • ¡Su alteza! – gritó la hija del leñador – ¿Se encuentra bien?

Rápidamente la hija del leñador cubrió a la princesa con sus ropas, dio de beber, y alimentó con el resto de nueves que aún tenía.

  • Estaba muy preocupada – dijo la hija del leñador – ¿Qué ha pasado?
  • ¿Cuánto llevas aquí? – preguntó la princesa.
  • Llevo dos días esperando. Estaba cerca de bajar a buscarla, alteza.
  • No lo entiendo ¿pasaste el camino de rocas?
  • Sin problemas. No fue difícil.
  • ¿Pasaste el río?
  • Así es, alteza. Y me detuve a darme un fresco baño antes de seguir. No era nada peligroso. Las malas lenguas, ya sabe…
  • ¿Cruzaste el acantilado?
  • Decidí bajar y observar. Debería haberlo visto. Estaba lleno de frutas, riachuelos, y hasta una pequeña cabaña.

La princesa no se creía lo que estaba escuchando. A pesar de las advertencias de los peligros de las sabias, la hija del leñador había decidido hacer caso omiso, y jugarse la vida.

  • ¡¡No lo entiendo!! – gritó la princesa – He hecho caso a lo que mi padre, tu rey, me dijo: he cogido el camino seguro, he hecho caso a las ancianas, he esquivado caminos peligrosos, he obedecido a todo lo que me decían, he analizado cada mínimo detalle, he contado los riesgos, he pensado, más de diez veces, antes de dar un paso. Y aún así, has llegado antes que yo, y mírate, en mejores condiciones ¿Cuál es el secreto? ¡Habla!
  • He hecho caso a lo que mi padre, el leñador del pueblo, me dijo: Escucha opiniones, pero toma tus propias decisiones.
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