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Archive for 18 agosto 2015

Espadas y tacones

Su nombre ha estado ligado a la controversia, el escándalo y la polémica.

Hicieron de ella una forma de entretenimiento, de juego para niñas y, de paso, de pantalla donde verse reflejada.

Su aparición colocó rápidamente a sus creadores entre las personas más ricas del país. Todas las niñas debían tener una en casa.

Englobaba las principales virtudes de la mujer de la época, tal y como se entendía tiempo atrás.

Era extremadamente delgada, y su principal función era la de limpiar la casa y estar guapa las 24 horas del día.

Con el tiempo, y dejado atrás el tabú sexual femenino, necesitaron darle un nuevo tirón, modernizar sus ideas.

Esas pequeñas niñas ya no eran tan pequeñas, y la amenaza de dejar la creación aparcada al final de la estantería aumentaba. Así pues, le crearon la pieza que haría de ella la mujer perfecta. Le crearon aquello que necesitaba para estar completamente llena y feliz. Le hicieron un novio.

Poco a poco la moda iba implantándose en esas niñas preadolescentes, y eso era una oportunidad que no podían dejar pasar por alto. Le hicieron complementos.

Ya no iría solamente acompañada de una lavadora y un trapo, llevaría, además, bolsos y maquillaje ¿Qué más podía desear? ¡Bingo! Una mujer no era una mujer de verdad si no podía parir. No sólo le hicieron un bombo, sino que, además, le hicieron su correspondiente ropa premamá. Era el ciclo vital de la mujer: estar guapa, aprender a poner lavadoras, encontrar novio, y tener hijos.

Entonces las mujeres de la época empezaron a hacer ruido. Las críticas ante la idea de esa mujer simple y tonta aumentaban. Las mujeres empezaban a ser independientes, y ya podían trabajar.

¿Qué hicieron? ¡Bang! Insertaron a la señorita en el mundo laboral. Esta vez además de limpiar y cuidar de su novio, ella también podía ir a trabajar como secretaria, profesora o enfermera.

Esas mujeres independientes sonreían ante tal avance intelectual y ético. No se dieron cuenta, sin embargo, que seguían sin hacer a su novio con una lavadora, un mocho, o unos hijos a los que cuidar.

La igualdad de derechos en las personas de otras razas y culturas llegó, afortunadamente, y sus creadores no dejaron pasar la oportunidad.

Ya se podía elegir. Las niñas ya podían decidir si querían ser amas de casa o enfermeras, secretarias o azafatas, blancas o negras. Había bolsos, lavadoras y novios para todas, y mucho polvo que limpiar. Pero ella era feliz. Cabe decir que la original era, además, muy, muy rubia.

Millones de niñas querían ser como ella, parecerse a ella, aspirar a lo que ella representaba.

Millones de hombres querían meterse en la cama con alguien como ella.

Le llamaron Barbie, y, por cierto, fue lanzada el 9 de marzo de 1959 por Ruth Handler. Fue creada por una mujer.

Llegó la época de los 80, y con esos estupendos años se creó el alter ego de Barbie. He Man.

He Man englobaba, por el contrario, la imagen perfecta del hombre, englobando así todas las virtudes y características que todo hombre que se precie debía cumplir.

El nombre original del personaje era Adam, quien, además, era por cierto príncipe y heredero del reino de Grayskull.

Como todos recordamos, una vez que el perfecto príncipe (alto, rubio, ojos verdes y extremadamente ciclado) elevaba su espada y gritaba “¡Por el poder de Grayskill!” se convertía en todo un hombretón, un macho alpha que debía salvar a sus damiselas, y proteger su hogar. Esta vez, a diferencia de Barbie, él lo hacía vertiendo sangre, y no lejía.

Una de las frases que podemos encontrar en este “hombre perfecto”, es aquella que pronuncia en el capítulo 22, “La canción de Celice”, cuando, dirigiéndose a uno de sus compañeros, afirma:

  • Nunca es tiempo para llorar y estar triste ¡Soy un hombre, un guerrero! Nosotros no hacemos estas cosas.

A esta perla le siguen muchos otros mensajes y actitudes, como en el capítulo 59, titulado por cierto “La bruja y la guerrera”, donde He Man coge una escoba, y, con una notable cara de asco, tiene que dejar la faena porque es incapaz de hacerla. No por falta de ganas, desde luego, peor aún, es incapaz de hacerlo porque carece de las capacidades intelectuales. Recordemos que hablamos de coger una escoba y barrer, no de decir de memoria la tabla de los elementos químicos.

Por cierto, cabe destacar que en este capítulo la guerrera mencionada en el título acaba siendo princesa y, como tal, acaba casándose. Él, por el contrario, es príncipe y soltero, y nadie parece tener nada en contra de eso.

Un punto a favor de esa sociedad cargada y saturada de mensajes y roles sexuales fue lo ocurrido en 1985. Larry DiTillio, uno de los guionistas regulares de He-Man, creó a She-Ra.

She-Ra (Ella Diosa), fue la primera mujer en protagonizar una serie animada de guerras y batallas. Fue un éxito rotundo, tanto que muchos hombres seguidores de He-Man, se pasaron también a las aventuras de la valiente princesa.

¿La trampa? ¡Efectivamente que la hay! Una vez creada y culminada en el éxito, surgió de la nada un cómic donde explicaba que She-Ra, en realidad, era una villana, pero gracias al amor se convirtió en princesa y se pasó al lado correcto.

Una villana convertida a princesa gracias al amor de un hombre ¿de verdad que era necesario? ¡Con lo bien que íbamos!

Tal y como le ocurrió a Barbie, He Man, que traducido al castellano sería “Él Hombre” (muy sutil), fue espejo donde mirarse. Millones de niños se querían ver reflejados en él. Hombres rudos, fuertes, y capaces de defender sus ideas con sangre y puños.

La diferencia, sin embargo, es que ante esta idea de hombre rudo, agresivo, carente de capacidades intelectuales, e incapaz de llorar por ser un hombre, nadie levantó ni una queja. Ni una sola.

La idea de ese hombre correcto y perfecto estaba tan interiorizada en la sociedad, que mientras la mujer luchaba por ser más independiente y libre, nosotros nos conformábamos con ser los dueños de la cueva.

Echando una mirada atrás, sería absurdo y falso decir que nada ha cambiado.

Han cambiado muchas cosas, afortunadamente.

Pero fijándome en la sociedad que nos rodea, parece ser que, en el fondo, bien de una manera consciente, inconsciente, o movida por las masas de comunicación, seguimos conformándonos con esa idea de mujer y de hombre que hace tanto nos vendieron.

¿De verdad queremos una mujer que lo único que sepa capaz de hacer es limpiar y conjuntar un bolso con unos tacones?

¿De verdad queremos que las únicas salidas laborales de la mujer sean secretaria o profesora?

¿De verdad queremos a hombres que no sepan llorar?

¿De verdad queremos a hombres que defiendan a mujeres a base de puños?

¿De verdad que no queremos a mujeres que se puedan defender ellas solas?

En el fondo, seguimos cargados de anclas.

No tenemos que vigilar los juguetes que regalamos o las series que dejamos ver. Tenemos que vigilar los mensajes que damos cuando damos ese juguete.

Una muñeca no es cosa de niñas. Defender una idea con armas está mal. Llorar es cosas de seres vivos, no de sexos.  Lo único débil que hay en el sexo es la mentalidad que lo acompaña, no los genitales. No te va a hacer más completo o completa tener pareja. Y un largo etcétera.

Es nuestra responsabilidad como padres, tíos, primos… adultos, dar los mensajes correctos, las opciones que hay detrás de un juguete, y su correspondiente educación.

¡Seamos honestos y démosles un descanso!

Seguro que Barbie está deseando quitarse los tacones, y comerse una hamburguesa en chándal mientras mira la televisión y se bebe una cerveza.

¿Y He Man? He Man seguro que está deseando dejar las armas, y tener una cita con Ken. Que a mí estos nunca me han engañado.

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Me encontraba rodeado de amigos, todos alrededor  de una mesa, unos platos con deliciosa comida, y unas copas de vino blanco. No necesitábamos nada más.

Es entonces cuando entran en juego los hijos pequeños de mi amiga, acompañados de dos amiguitos que, como ellos, rondaban los 8 años. Mis amigos me miran, con esa mirada a la que ya estoy acostumbrado. Esa mirada que dice “Se te dan genial los niños, haz algo”.

Así pues, abandono la mesa y me siento con ellos en el suelo, y sorprendiendo a todos con mi pregunta, digo:

  • ¿Qué queréis ser cuando seáis mayores? – pregunto, tumbado en el suelo.
  • Aún nos queda mucho tiempo para ser tan mayores como tú – dice una, seguramente la más repelente.
  • ¡Pero yo sólo tengo 31 años! – me defiendo.
  • ¿Tienes nietos? – pregunta la misma.

Haciendo caso omiso a tal ataque, yo y mi dignidad nos recomponemos, y volvemos al tema:

  • ¿De qué os gustaría trabajar? ¿Qué os gustaría ser? – digo, esta vez sin mirar a esa pequeña tirana, que me mira con malicia y recelo.
  • ¡Policía!
  • ¡Princesa!
  • ¡Vendedor!
  • ¡Actriz!

Es entonces cuando el más travieso, divertido y deslenguado de todos me mira y me sorprende diciendo:

  • ¡Feliz!

La más mayor de todas me mira y pregunta:

  • ¿Qué hay que hacer para ser feliz?

Fue esa pregunta, y el debate que se originó en la mesa, lo que me hizo recopilar lo que a mí me hubiera gustado que me hubieran explicado. Que la felicidad no se consigue, no se alcanza, no se estudia ni trabaja. La felicidad es una actitud, y como tal, hay que cultivarla y cuidarla cada día.

Repasamos entre todos cuáles son las actitudes que nos alejan de esa felicidad, cuáles son los errores que cometemos, una y otra vez, en modo bucle. Y con ese saco de malas acciones, pensamientos y emociones, me siento aquí para generar lo que sería un plan de acción. Un plan de actuaciones, pensamientos y emociones que, como mínimo, eviten el autoboicot.

Porque, vamos a reconocerlo, a todos nos ha pasado, y todos, alguna vez, hemos necesitado a alguien que nos diga “Así vas mal, corazón”.

  1. ¡Para de dar vueltas al tema!

Déjame darte una noticia que no sé si te gustará: estás maleducando a tu cerebro. Como lo lees.

Cuanto más vueltas le das al problema, más lo alimentas. Para que lo entiendas, cada vez que das vueltas y más vueltas a ese problema, le estás diciendo a tu cerebro “Vamos a darle una vuelta más, porque esto es lo más importante que tenemos ahora mismo”. Lo estás entrenando para que nunca abandone ese tema, para que te lo recuerde, para que te confirme que eso, y sólo eso, es en lo único que debes centrarte.

Empieza a observar todo aquello que pasa en tu vida, no en tu cabeza.

  1. ¡Deja de dar explicaciones!

Este es otro de los errores más comunes en los que caemos. El ser humano es un ser por genética social, y como tal, busca ser aceptado, a toda costa.

Nos han enseñado desde pequeños a dar explicaciones a todos, por todo. Párate a pensarlo, ni tienes ya 5 años, ni la gente que te rodea necesita tantas explicaciones. En todo caso las necesitas tú y tu conciencia. Así pues pregúntate ¿Por qué te sientes culpable por decir que no? Repite conmigo: Lo siento, pero no.

Es hora de que empieces a hacer aquello que realmente te apetece hacer. Esto, obviamente, no te evitará tener que acudir a eventos, situaciones, o quedadas a las que no te apetecerá nada ir. Pero siempre y cuando tengas opción, haz por una vez aquello que realmente quieres hacer.

Recuerda: Si dices que no, y alguien se enfada por ello, el problema no lo tienes tú.

  1. ¡Enfréntate!

Cada vez que evitas una situación que temes, que te da miedo, inseguridad, o que entran en juego tu autoestima y tu propia valía, le estás diciendo a tu cerebro: “No soy válida para pasar por esto”.

Muchas veces tenemos y debemos realizar acciones que nos dan miedo, desde dejar una relación tóxica, hasta ir al gimnasio o a una entrevista de trabajo. Es aquí donde entra la evitación:

  • Le daré una oportunidad más, quizá cambie.
  • Ya iré mañana al gimnasio, hoy ya se me ha hecho tarde.
  • No iré a esa entrevista de trabajo, tampoco es que me interese mucho.
  • Ya le llamaré mañana, hoy no tengo tiempo.

Ante estas situaciones entrenamos a nuestro cerebro a realizar automensajes que nos faciliten una salida, una forma de evitar aquello que debemos hacer y no queremos, bien por miedo, bien por no sentirnos preparados, o bien porque creemos que no valemos para ello.

¿Cómo vas a saber si puedes volar, si nunca desplegas tus alas? ¡Deja de engañarte!

  1. ¡Arriésgate!

Decía Frida Kahlo que una persona que no arriesga no es una persona, es una planta.

¿Cuántas veces has querido hacer algo y el miedo no te ha dejado? ¿O quizá las opiniones de los demás? ¿O tú mismo?

Estamos en esta vida de paso, de excursión. Vivir construyendo muros y paredes a tu alrededor te va a hacer la persona más protegida del mundo, pero también la más sola.

Sal, vive, arriesga y aprende.

  1. ¡Deja de juzgar!

Vivimos rodeados de juicios y preconceptos sobre todo aquello que nos rodea. Las personas, la forma de vestir, de amar, de bailar, de cantar, de comer… ¿Realmente quieres gastar tu tiempo en ello?

Cada vez que juzgamos a una persona, estamos dando por hecho que conocemos de dónde viene, su historia, su pasado y su mochila.

Reconócelo, no eres tan inteligente.

  1. ¡No eres tan importante!

Muchas veces tendemos a responsabilizarnos de todo aquello que nos rodea u ocurre. Sobre todo de lo malo.

Si una persona está distante, será porque hemos hecho algo malo.

Si nuestro jefe está serio, será porque no hemos trabajado bien.

Si nuestra pareja tiene un mal día, será que nos ha dejado de querer.

Si alguien no contesta a un mensaje, será que no somos tan importantes.

¡Para! ¡Relájate! Empieza a entender que cada persona tiene su propio mundo, sus propios miedos, sus propias batallas y sus propias emociones. No quieras formar parte de todo lo que ocurre.

No eres tan importante.

  1. ¡Habla de soluciones!

Decíamos en el punto 1 que es de vital importancia dejar de dar temas al problema. Sin embargo, seamos sinceros, la solución no llegará sola. No aparecerá en tu ducha por la mañana, en tu pausa del trabajo, o mientras escuchas música. Aunque muchas ideas brillantes, sin embargo, aparecen de esa manera, ya que es cuando el cerebro se encuentra desconectado, libre y abierto a recibir percepciones y mensajes de nuestro inconsciente.

Calcula cuánto tiempo puedes pasar hablando de tus problemas con un amigo, y valora luego si has sido capaz de llegar a alguna solución ¡Dale la vuelta! Habla de soluciones, propón salidas o pregunta por ellas.

Educar a nuestro cerebro para hacer de él un órgano más flexible y abierto hará que éste se centre en otras opciones, y no únicamente en el victimismo.

  1. ¡No te enamores de tus problemas!

Le prestas más atención a tus problemas que a tu amor.

Le dedicas tiempo, lágrimas, esfuerzos, te quita espacio, dejas de lado otras cosas para pensar sobre ellos… los aparcas, y vuelves a enamorarte.

Deja de darles tanto valor. Te enamoras de ellos cuando les das importancia, cuando haces de ellos no sólo tu día a día, sino también tu forma de ser.

¡Castiga a tus problemas! ¡Déjalos en casa, estarán ahí cuando vuelvas!

Como os comentaba al principio, el objetivo de esta entrada no es daros una guía sobre qué debéis hacer para ser felices. Sería absurdo, puesto que hay tantas formas de ser felices como personas en el mundo.

El objetivo es, simplemente, haceros pensar sobre aquellos aspectos que nos restan energía, tiempo y amor propio.

¿Por qué no lo intentas?

Evalúa durante unos días cuáles de estos ítems reproduces, estúdialos, y dales la vuelta

¡Entra en acción con tu vida!

¡Buena suerte!

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