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Archive for 22 marzo 2015

Jacinto el cactus.

Rosalia supo de primera mano lo que era ser una madre soltera.

Su marido, el cactus Rodrigo, arrancó sus raíces y se marchó hacia otras tierras, mientras ella, triste y rota, pasaba los días viendo a su pequeño cactus crecer y crecer.

Cuando el pequeño cactus, Jacinto, abrió sus ojitos por primera vez, se encontró a su madre, emocionada y feliz, haciéndole sombra.

  • ¡Quédate quieto, Jacinto! – decía ella – hace mucho sol y te podría hacer daño ¡Yo te haré sombra!

La primera lluvia llegó, y Rosalia estaba tan preocupada… ¿y si el agua le hacía daño? ¿Y si se ahogaba?

  • ¡No te preocupes, mi Jacinto! Mamá se pondrá encima de ti, y te cobijará de las frías gotas.

Cuando Jacinto llegó a la preadolescencia, y empezaba a desarrollar sus primeras espinas, la madre le dijo:

  • ¡No lo hagas! ¡No las necesitas! Mientras mamá esté aquí no necesitarás defenderte de nada, y te podrías hacer daño clavándotelas a ti mismo ¡Así estás mejor! Tan suave y delicado…

Un día Jacinto le preguntó:

  • Mamá, he oído que la lluvia es buena para mí, sirve para hidratar mi cuerpo y hacerle fuerte ¿es cierto?
  • ¡Oh! – dijo una sorprendida Rosalia – Quizás. Pero ¿y si te ahogas? ¿Y si absorbes demasiada agua y tu linda piel se apaga? ¡No escuches todo lo que dicen! ¡Mamá sabe más sobre cómo protegerte! ¡Y mamá siempre estará aquí!
  • ¿Y el sol? He oído que gracias a los rayos del sol podemos sanear nuestro cuerpo, y desarrollar defensas necesarias para nuestras raíces – preguntó Jacinto.
  • ¡Tonterías! – dijo ella – No necesitas raíces fuertes, ya que mamá siempre estará aquí, contigo, y no necesitarás irte a ninguna parte ¡Siempre, siempre, estaré aquí!

Jacinto, más tranquilo al escuchar las palabras de su madre, recordó otra pregunta:

  • ¿Y las espinas? ¿Por qué no tengo? Dicen que es por la falta de agua y luz, y que es peligroso vivir sin ellas.
  • Es peligroso vivir sin ellas, siempre y cuando tengas la necesidad de defenderte – dijo ella, abrazándole – ¿pero de qué quieres defenderte? ¡Mamá tiene espinas fuertes! ¡Y mamá siempre estará aquí!
  • ¿Me lo prometes?
  • Te lo prometo.

Sin embargo el tiempo pasó, y Rosalia estaba más seca, más débil, menos verde y más marrón. Y, finalmente, se secó.

Jacinto tuvo que aprender a vivir sólo, a ser independiente, tarea que se le hacía imposible.

Llegó el verano, y Jacinto no pudo evitar que el fuerte sol le diera de lleno en su verde cuerpo, tostándolo sin poder hacer nada por evitarlo. Una pequeña mariposa pasaba por ahí, y le dijo:

  • ¡Caray! Vaya cara tienes ¿estás bien?
  • ¡Esto es asfixiante! – se quejaba Jacinto – No sé cómo los otros lo soportan, me estoy ahogando.
  • ¡Pero eres un cactus! ¡Estás lleno de agua!
  • No tengo agua todavía, llevo casi toda la vida sin recibir agua en mi piel, y creo que me estoy deshidratando.
  • Ahora que lo dices, estás menos verde ¿por qué no te has mojado cuando has podido? ¡Eres una planta!
  • Mi mamá me protegía del agua ¡Quiero a mi mamá! – lloraba Jacinto.
  • ¿Protegerte del agua? ¿Proteger a una planta del agua? ¡Vaya! ¡Flaco favor te hizo tu mamá!

Y se fue.

Llegó el otoño, y con él las primeras lluvias.

En cuanto Jacinto empezó a recibir las primeras gotas de agua, empezó a gritar y a quejarse. No le daba tiempo a absorber todas, y sentía que se ahogaba.

  • ¡Ya vale! ¡Ya vale! – gritaba Jacinto.
  • ¿Qué te pasa? – dijo una pequeña gota de agua que caía sobre su cuerpo.
  • ¡Me estoy ahogando! ¡Voy a morir!
  • ¿A morir? – dijo la gotita extrañada – eres una planta, solo tienes que absorbernos.
  • ¡Pero no sé hacerlo! ¡Mi mamá lo hacía por mí!
  • ¿Eres una planta y no sabes absorber agua? ¿En qué estaba pensando tu madre?
  • ¡En protegerme! – gritó Jacinto enfadado.
  • ¿Protegerte? ¿De qué? ¡No tiene sentido protegerte de algo que no vas a poder evitar! ¿Por qué no te enseñó?
  • ¡Quiero a mi mamá! – gritaba Jacinto.
  • En fin… sigo mi camino – dijo la gotita – flaco favor te ha hecho tu madre…

Y diciendo eso, desapareció entre la tierra.

Jacinto empezó a aprender a beber agua. Empezó a recibir el caliente sol en su piel, y no quemarse, usando el agua que empezaba a almacenar en su cuerpo.

No le gustaba la vida. Todo le daba miedo, y ante cualquier ruido o movimiento se asustaba y se mostraba inseguro. Echaba de menos a su protectora madre, su madre que siempre lo hacía todo por él, le quería, cuidaba, mimaba… ahora tenía que hacer las cosas él solo, y le parecía injusto.

Jacinto estaba absorto en estos pensamientos, cuando notó que algo le mordía en el costado.

  • ¡¡AH!! ¡Eh! ¿Qué haces?
  • ¿Qué hago? – preguntó una pequeña hormiga – Comer, qué quieres que haga…
  • ¿Comer? – dijo un asustado Jacinto – pero me estás comiendo a mí.
  • ¡Lo sé!
  • ¡No quiero que me comas! ¿Por qué?
  • ¿Por qué? – preguntaba la extrañada hormiga – ¿Estás bien? ¡Qué raro suenas!
  • ¿Por qué no vas a comerte a los otros? ¡Déjame! ¡AH! ¡PARA!
  • Es que los otros cactus se defienden con sus espinas, y no puedo comerles a ellos.
  • ¡Yo también soy un cactus!
  • ¿Tú? ¿Y tus espinas?
  • No tengo espinas…
  • ¿Por qué?
  • Mi mamá no me enseñó a sacarlas. Me dijo que podría hacerme daño.
  • Vaya… qué cosas más raras hacéis… Así vas a durar muy poco, lo que os hace intocables a los cactus son vuestras espinas ¿cómo te vas a defender?
  • ¡No lo sé! ¡No me comas, por favor! – dijo Jacinto llorando.
  • ¡Está bien! ¡Está bien! – dijo la hormiga – De todas formas no sabes nada bien, estás seco, sabes a chamuscado.
  • ¡Muchas gracias!
  • Un cactus sin espinas… flaco favor te hizo tu madre…

La hormiga se iba alejando, cuando una última pregunta se le ocurrió, y dirigiéndose de nuevo al cactus le dijo:

  • Oye, viniendo hacia aquí he visto que un grupo de hormigas rojas se acercaban ¿qué vas a hacer?
  • ¿No puedes decirles que me dejen tranquilo? – dijo Jacinto asustado.
  • ¿A las hormigas rojas? ¡Nosotros no nos juntamos con ellas! ¡Menudos modales tienen!
  • ¿Y qué puedo hacer? – dijo Jacinto empezando a llorar de nuevo.
  • ¡Vete! ¡Levanta tus raíces y huye!
  • ¿Qué me mueva? ¡No sé hacerlo! Mi…
  • No me lo digas, tu mamá no te enseñó.
  • ¡Exacto! ¡Voy a morir! ¿Qué les voy a decir?
  • Pues les dirás la verdad, que flaco favor te hizo tu madre…
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