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Archive for 19 junio 2012

Erase una vez

Hace mucho tiempo, un bello príncipe le preguntó a una bella princesa:

–          ¿Quieres casarte conmigo?

La princesa, mirando al príncipe, le contestó:

–          No.

Y entonces ella vivió feliz por siempre jamás. Viajó a muchísimos sitios alrededor del mundo, conoció a gente muy interesante, y aprendió muchísimas cosas.

Tuvo sexo con diferentes chicos, todos guapísimos, y nadie pensó que era una puta.

Siempre se puso a ella misma en primer lugar.

Fue a conciertos de rock.

Y nunca, nunca, nadie le dijo “Ve y hazme un sándwich”.

Disfrutó de su apartamento, y de sus zapatos; y su familia y amigos pensaban que ella era jodidamente divertida y genial.

Hizo un montón de dinero, y la taza del váter siempre estaba bajada (como debe ser).

FIN.

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Crisis, y CRISIS

Una de las principales ventajas de poder trabajar tanto con adolescentes como con niños, es la oportunidad de dar una vista atrás, y, como buen investigador, realizar una comparativa.

Entonces, de manera automática, cierro los ojos y huelo a pan y a café, seguramente el olor más característico de mi casa cuando era pequeño. Ese, y los cigarrillos mentolados que mi madre, en etapa joven y fumadora, se echaba en el jardín.

El despertar era, seguramente, de los momentos más divertidos del día. Mi madre preparaba nuestros dibujos preferidos, mientras mi hermano y yo saltábamos de cama en cama, del baño a la cocina, de la cocina al comedor… mientras mi madre nos animaba a intentar adivinar de qué sabor era la mermelada de esa mañana. Si lo acertábamos, además, contábamos con un dulce extra para la hora del recreo en el colegio.

La marcha al colegio siempre se realizaba a través de juegos, siempre motivadores. Mi madre nos preguntaba qué era lo más difícil que teníamos que realizar ese día “Matemáticas”, solía responder yo siempre. Entonces ideábamos maneras de poder resolver esas dificultades. Siempre con métodos del tipo: expresa tus dudas, pregunta al profesor, pide ayuda a los compañeros, esfuerzo, seguridad, ayuda… valores, valores por todos lados.

La fiesta que se organizaba en el aula paraba en el momento en el que el profesor entraba en clase. Todo respeto, autoridad, firmeza. Pero todo sonrisa, amabilidad y cariño. Me encantaba asistir a las clases, y aún recuerdo como, cuando el Don Pascual nos veía dormidos, se nos acercaba y decía:

–          ¿Cómo se escribe? ¿”Durmiendo” o “Dormiendo”?

–          ¡¡Durmiendo!! – respondíamos nerviosos.

Entonces él, fingiendo que nos daba un puñetazo en el brazo, nos decía: “Despierto, se escribe despierto ¿cómo quieres escribir durmiendo? ¡No podrías!

Donde muchos veían un mal chiste, una broma carente de gracia, yo veía una forma de motivar, de devolvernos a los libros, a las explicaciones, y, además, de humanizarse, de bromear con nosotros.

La hora del recreo era el momento donde explorábamos nuestra imaginación, juegos de roles, siempre en grupo, donde caracterizábamos a aquellos personajes que tanto nos gustaban, yo siempre con la idea de Batman, mis amigos con ideas de Lobezno, SpiderMan, Thor… siempre con la idea de salvar al mundo y ayudar a los demás.

Al llegar a casa, nos sentábamos a merendar y conversábamos con mi madre sobre cómo nos había ido el colegio, las tareas, nuestra actitud, nuestras peleas en el patio, que también las había.

Ahí llegaban más lecciones, en boca de esa madre que cada vez que hablaba, sentenciaba una lección, una riqueza. “No podéis pretender que cuando la gente se enfade piense igual que vosotros ¿verdad que cuando os peleáis por un juego, decís cosas que no pensáis? No os pasa sólo a vosotros, le pasa a todos el mundo ¿Verdad que os gusta cuando os perdono, u os gusta cuando yo os pido perdón? A los demás también”. Empatía. Amén.

Crecíamos, y con ello llegaba el momento de salir solos a jugar a la calle, con el resto de amigos.

Una pelota era necesaria, o una cuerda, o una botella, o incluso un globo roto. Cualquier cosa valía para enredarnos en un mundo de fantasía y juego, donde podíamos estar hasta entrada la noche, hora en la que sabíamos que debíamos recogernos porque nuestra familia nos esperaba en casa.

Mi hermano mayor era el responsable de venir a recogerme y llevarme a casa.

La única preocupación de mi madre era saber qué prenda de vestir habríamos roto, quemando, manchado, perdido…

El respeto era clave en casa, nunca, bajo ninguna circunstancia se podía faltar. Y lo mejor de todo, es que no era unidireccional. Ella exigía respeto, porque lo daba, las 24 horas del día. Nunca había una falta de respeto, un grito… y si lo había, después venía la explicación y el perdón.

Nunca ha habido un castigo físico, salvando la palmada en el culo que te llevas de pequeño por decir algo que no debías, o tocar algo que no podías. Palmada en el culo que, a tiempo, vino caída del cielo.

Había normas en casa, siempre pactadas entre todos, y razonadas entre todos. Imponíamos las normas, las negociábamos, e imponíamos los castigos. Era una forma de entender que, cuando algo no lo cumplíamos, debíamos ser castigados. Teníamos que aceptarlo, era algo que habíamos hecho entre todos, se entendía.

Cuando llegaba una mala nota a casa por parte de algún profesor, la autoridad se respetaba y se valorabaEntiendo tu punto de vista, hijo, pero ese profesor está haciéndolo por tu educación y por tu bien, y si decide que has hecho algo malo ¿quién soy yo para negarlo? Mañana vas y te disculpas, y el castigo lo cumples”.

Muchos relacionan la etapa adolescente con la etapa de rebeldía, de romper con lo establecido, de crear tus reglas… son etapas que todos hemos pasado y debemos pasar. Pero yo, personalmente, antes de relacionar esa adolescencia con esos conceptos, la relacionaría con la palabra “Comunicación”.

Nunca he hablado tanto con mi madre como en esa etapa, y eso que soy afortunado, y puedo presumir de tener una relación de comunicación y sinceridad con mi madre. Pero recuerdo esa etapa como la etapa donde podíamos sentarnos y dialogar, comentar nuestros miedos, reconocer nuestros pecados…

Como todo adolescente, tuve mis tonteos con el sexo, las drogas, las mentiras, el alcohol, las compañías dudosas… y aún en esos momentos, recuerdo a una madre comprensiva, apoyando, reforzando, recordando la importancia de tomar buenas decisiones, para obtener buenos resultados. “Somos lo que elegimos, somos como actuamos”, frase lapidaria que siempre decía.

Recibía castigos, como todo hijo de vecino, pero eran castigos fundamentados, explicados y argumentados, y siempre, siempre, era yo el que me ponía el castigo, mientras mi madre elegía la duración de éste. Castigo duro, período corto. Castigo blando, período largo “La balanza equilibrada”, solía decir, “Y más para ti, que eres Libra”, solía bromear.

¿Entiendes lo que has hecho mal? ¿Entiendes por qué está mal? ¿Entiendes por qué tienes que cambiar?

La clave del triunfo de mi madre sobre nuestra educación, siempre ha sido el mismo, la verdad, la transparencia, la comunicación… si no tienes nada que callar, nada de lo que avergonzarte, no tendrás nada que esconder.

Si tratas unos problemas con sinceridad, sin miedo, esperando una lección y una mejora, y no un castigo y una bofetada, siempre irás a buscar la solución, no la justificación.

He crecido sabiendo que las cosas cuestan, que el plato caliente de comida no aparece por arte de magia encima de la mesa, que a los mayores se les tiene que respetar, que caerme sólo significa hacerme más fuerte y levantarme, que hay reglas, que hay normas, y que están ahí para cumplirse. Sin más.

Entonces abro los ojos, y vuelvo a mi presente. La palabra crisis marcada y escrita allá donde miro, crisis económica, prima de riesgo, bancos, desalojos, paro…

Pero es entonces cuando pienso que hay otra crisis, más sutil, menos ruidosa, que tampoco ayuda a nuestra sociedad de bienestar. La crisis de valores.

Vivo en primeras carnes como cuando a un alumno se le castiga, o se le echa en cara una mala actitud, los padres aparecen cual Tiranosaurio Rex, olfateando, buscando la carne, palpando el miedo… para defender a ese hijo que, a vista de ellos es un cachorro, a vista educativa es un mal educado y mal criado.

Vivo como muchos adolescentes mandan en casa, tienen el control de la autoridad, y, por lo tanto, sin mandan en casa se creen con el poder de mandar en todas las parcelas y personas que rigen su micro mundo; colegio, amigos, ciudadanos, responsables…

Vivo como miles de madres sufren humillaciones de sus hijos, faltas de respeto, agresiones físicas y verbales… y entran en un ciclo de autodestrucción sin salida aparente.

Vivo como miles de adolescentes estudian para ganar mucho dinero, no para hacer realidad sus sueños. Viven sin la idea de esfuerzo y sacrificio, tirando la toalla a la primera de cambio.

Vivo como muchas madres no conocen a sus hijos, creyendo que son el mismo demonio, y que todo lo hacen para provocarlas y complicarles sus ya de por sí complicadas vidas, y no son capaces de ver que, lo único que está haciendo ese niño, es pedir ayuda de la única manera que sabe.

Miles de madres no duermen hasta ver llegar al hijo de pasar rato con sus amigos, ansiosas y angustiadas por algo que es real, que está ahí, y es que la calle cada día es menos segura.

Entonces pienso, recapacito, y entiendo, que lo que para mí era algo tan innato, tan normal y tan implantado en mi día a día, para otros es lo que les ha llevado a tener toda esa clase de problemas y situaciones.

Pienso que gracias a eso yo he crecido con valores, con ideales, con metas… y he entendido lo que marca la diferencia entre hacer el bien, o hacer el mal, quererme o criticarme, valorarme o acomplejarme.

Es algo básico para todo el ser humano, como ser social, y es algo que hoy ha desaparecido, y que, seguramente, nos ha llevado a esta crisis que tenemos, ya no sólo la económica, sino también esa comentada crisis de valores, de emociones, de ideales..

Qué bonita eres, comunicación.

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