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Archive for 20 agosto 2017

T’estimo Barcelona

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Barcelona quedará por siempre marcada. Quizá perdonará, se recuperará, y saldrá a flote. Pero no olvidará. No olvidaremos.

El 17 de agosto un grupo de cobardes movidos por una creencia radical que poco tiene de religión, y mucho de psicópata, decidió, tras un intento frustrado de hacer más daño, poner fin a vidas inocentes que paseaban, como un día más, por nuestra querida Rambla de Barcelona.

No he venido aquí a contaros cómo ocurrió, por qué, dónde, quién, pues si de algo se ha encargado la televisión durante estos eternos días, ha sido de informarnos sobre el suceso.

Pero ¿qué ocurre ahora? ¿Qué pasa cuando, tras lo ocurrido, queremos intentar volver a nuestra vida? Volver a reír, a salir, a pasear, a disfrutar de nuestras playas o de nuestras plazas… parece fuera de lugar. Y muchos, durante estos días, tras un momento de pausa y desconexión, nos hemos sentido fatal tras reírnos con algún amigo de cualquier cosa, quedar para cenar, o, en fin, seguir con nuestra vida.

El problema de cualquier atentado terrorista es precisamente este. El terror. El miedo es la emoción que más rápido se propaga.

Pon a un grupo de personas en un lugar concurrido, y que rían, se abracen y jueguen. Pocos se unirán, muchos incluso lo ignoraran. Sin embargo, haz que estas personas griten, lloren, corran… en pocos segundos todas las personas del entorno imitaran la conducta, sembrando el pánico.

Precisamente de esto se alimenta el terror; del miedo.

Es por ello que una vez que el fatídico y asqueroso hecho ha ocurrido, toca hablar de las consecuencias ¿Qué pasa ahora?

Muchas son las llamadas que he atendido, las personas que se han puesto en contacto conmigo para hablar de ese sentimiento de indefensión, de pena, miedo, pánico, estrés o ansiedad. Muchos incluso se alarman “¿Por qué me siento así, si a mí ni a mis seres queridos nos ha pasado nada?” Recuerda que todos tenemos derecho a llorar un hecho así. Tú también tienes derecho a sentir miedo, rabia o pánico. Las víctimas del terrorismo somos todos.

Ante esto, varios son los síntomas que puedes estar experimentando:

  • Ataques de pánico, o lo que es lo mismo, la sensación de no poder respirar e incluso sensación de que uno puede morir (aunque  esto  nunca  llega a ocurrir, pues sólo se trata de una sensación) ante situaciones que recuerdan lo que pasó.
  • Episodios depresivos que implican la presencia de desánimo, frustración, tristeza excesiva y, en ocasiones, la presencia de ideación suicida(más común en personas que han perdido a un familiar en el atentado).
  • Pérdida de interésen las actividades del día a día, incluso de las que resultaban placenteras.
  • Sentimientos de inseguridadrespecto al presente y futuro.
  • Baja autoestimay sentimientos de poca valía.
  • Sentimientos de inadecuación. Tras el atentado puede pasar que el afectado “no encuentre su sitio” o siente que “no encaja en su entorno”, incluso aunque antes sí se encontrase cómodo en esas mismas situaciones.
  • Estados de ira y agresividadque impiden poder llevar una vida normal y recuperarse.
  • Abuso de sustancias, especialmente de alcohol, como una estrategia para huir del malestar experimentado por la persona.

El sentimiento de culpa es otra de las posibles consecuencias de los supervivientes, dado que se piensa en lo ocurrido y en cuál fue nuestro papel, en lo que se pudo  hacer y no se hizo. Por ejemplo, se puede pensar “fue culpa mía que murieran tantas personas, yo podría haber salvado a algunas y me quedé paralizado”, “yo podría haberle sacado de allí”, “yo le insistí en estar allí”.

Y la lista de consecuencias psicológicas es tan larga, que los que nos dedicamos a la salud mental tardaríamos años en paliar todas estas sensaciones.

Sin embargo, si hay algo que me ha llamado la atención estos días, es que todos estamos anclados en aquello que estábamos haciendo cuando el atentado ocurrió.

Estaba comprando, estaba viendo la televisión, echando la siesta, paseando, jugando con mis hijos, me estaba dando una ducha…

Y hasta aquí, nada fuera de lo normal. Cuando una noticia de estas magnitudes llega a nuestros oídos, el cerebro tiende a darle al botón “grabar” para dejar huella de aquello que estabas haciendo en aquel momento en el que otros estaban luchando por su vida.

Todos recordamos qué estábamos haciendo en cualquier de los otros atentados que nuestro planeta ha vivido.

Pero la pregunta que me viene continuamente a la cabeza, y la que me ha hecho plantarme delante de este texto, es: ¿Qué vamos a hacer ahora?

Decía Godfrey Reggio: “Creo que es ingenuo orar por la paz mundial, si no vamos a cambiar la forma en la que vivimos”.

Y eso es precisamente lo que creo que deberíamos hacer. No hablar de paz, hacerla.

Cuando nos levantamos.

Cuando salimos camino al trabajo.

Cuando nos cruzamos con un desconocido.

Cuando recibimos un empujón en el metro.

Cuando perdemos el bus.

Cuando alguien comete un error.

Cuando tú cometes un error.

Porque seamos sinceros, de nada sirve querer la paz en el mundo, si tratas mal a las personas que rodean tu propio mundo.

Porque cuando eres mal educado con un desconocido, también estás atacando a la paz.

Cuando juegas con las emociones y sentimientos de otras personas, también estás atacando a la paz.

Cuando discriminas a una persona por su raza, color, orientación sexual, género o religión, estás atacando sin piedad a la paz.

Cuando estafas, robas, o actúas movido únicamente por intereses económicos, también estás atacando a la paz.

Cuando actúas movido por la rabia, el rencor, la pereza, el odio, o la simple y peligrosa ignorancia, también estás sembrando el terror en tu mundo.

Y como he dicho anteriormente, el miedo se expande rápidamente.
Hoy me he ido a pasear por la Rambla de mi Barcelona.

Hoy he comprado un ramo de flores, y lo he colocado en el lugar de los atentados.

Hoy he mirado a mi alrededor, y he visto a personas de diferentes procedencias paseando, abrazados, sonriendo… sí, todo bajo ese manto de miedo y rabia que aún se palpa en el ambiente, pero demostrando que no van a poder con nosotros. No tenemos miedo.

Y la vida sigue.

Mi Barcelona sigue.

T’estimo Barcelona.

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Dinero y unicornios

Bosque

Las normas eran sencillas: la carrera duraría una semana y se realizaría por parejas. Ganaría aquella pareja que llegara primero a la meta, ya fueran ambos, o uno de ellos. El premio: la suculenta cifra de seiscientas monedas de oro.

En cuanto Lucas leyó el cartel no dudó en comentárselo a Sofía. Debían participar. Debían ser los ganadores. Ambos llevaban juntos más de dos años, y aquellas monedas les ayudarían a construir un futuro, irse a vivir juntos, y quizá, crear una familia.

  • ¡Podemos hacerlo! – dijo Lucas, entusiasmado – ¡Sé que podemos!
  • ¡Pero la carrera dura una semana! – dijo ella, inquieta – ¿Y si no aguanto?
  • ¡No importa! ¡Si llego yo seremos los ganadores!
  • ¿Estás seguro?
  • ¡Confía en mí, Sofía!

Hacía tiempo que Sofía veía  a Lucas apagado, sin energía, y ver en él aquel entusiasmo hizo que no pudiera negarse.

Así pues, pasaron un mes de duro entrenamiento; iban cada día a correr veinte kilómetros, habían aprendido a pescar, cazar, e incluso hacer fuego. Conocían la naturaleza, y habían aprendido a diferenciar el alimento comestible, de  aquel envenenado.

El día de la carrera llegó. Estaba todo preparado, y un gran cartel reinaba la línea de salida:

Así en la carrera, así en la vida

 Ambos se sorprendieron al ver únicamente a cinco parejas.

  • ¡Caray! – dijo Sofía – No somos muchos.
  • Pues este año somos más que nunca – dijo un miembro de una pareja competidora – La gente no se atreve a participar, es muy duro.
  • ¿Ya has participado antes? – preguntó Lucas.
  • Así es. Mi nombre es Jorge, encantado.
  • Igualmente – contestó la pareja.
  • Y ella es Marta – dijo señalando a la chica que estaba a su lado.

En cuanto uno de los árbitros apareció en la salida, reinó un gran silencio. Tras animar y felicitar a los concursantes, el árbitro agarró el cronómetro, levantó la bandera, y dio comienzo a la carrera.

El primer tramo de la carrera no fue complicado. Lucas y Sofía llevaban un buen ritmo; se paraban únicamente para hidratarse, comer algo, y descansar unas pocas horas cuando entraba la noche.

El paisaje era algo que nunca habrían podido imaginar ni en el mejor de sus sueños. Todo el recorrido estaba cubierto por un bosque; grande y verde, formado por las mejores flores, los más extraños árboles, y grandes ríos capitaneados por enormes y transparentes cascadas. Los animales, aquello que tanto había preocupado a la pareja, estaban formados por una gran gama de herbívoros; desde pequeños roedores, hasta pomposos conejos y grandes ciervos.

  • ¡Esto es una maravilla! – dijo Sofía – ¡Parece un cuento!
  • ¡Venga Sofía! – le animaba Lucas – ¡No perdamos tiempo! ¡Debemos seguir!

 

Para cuando llegó el segundo tramo del camino, ya habían agotado todos los alimentos y bebidas. Así pues, tal y como habían estudiado, debieron perder tiempo para localizar los ríos de agua dulce, los árboles con frutos, y las aguas con más peces en su interior.

Así perdieron un día entero, ya que, bajo las órdenes de Lucas, era preferible perder un solo día en conseguir comida y agua para el resto de la carrera, evitando así tener que detenerse cada vez que quisieran comer.

En uno de esos días de carrera, se encontraron con la pareja formada por Nacho y Javier. Ambos estaban estirados en la verde hierba, comiendo, riendo, y aprovechando los rayos del sol.

  • ¡Buenos días! – gritó Sofía.
  • ¡Hola! – contestó la pareja – ¿Cómo lo lleváis?

Sofía no pudo evitar observar que ambos llevaban unas pulseras y collares preciosos, hechos por diversas flores y plantas, y cáscaras de frutos de diferentes colores.

  • ¿Dónde habéis conseguido esto? – preguntó ella.
  • ¡Lo hemos hecho nosotros! – dijo Javier.
  • ¿Nosotros? – contestó Nacho – ¡Querrás decir yo!

La pareja rió y se abrazó, mientras uno de ellos se quitaba una pulsera y se la entregaba a Sofía.

  • ¿De dónde lo habéis sacado? – dijo ella, curiosa.
  • De la fuente de las hadas – dijo Javier.
  • ¿La fuente de las hadas? – preguntó Sofía.
  • Sí ¿no la habéis visto? – dijo Nacho – está justo bajando el sendero de los unicornios.
  • ¿El sendero de los unicornios? – preguntó una asombrada Sofía.
  • ¡Caray! – dijo Javier – ¿Acaso no estáis mirando por dónde vais?

Javier, nervioso ante el entusiasmo de Sofía y la consiguiente pérdida de tiempo, intervino:

  • ¡Claro que no! ¡Hemos venido a ganar! ¡Vámonos Sofía!

Sofía sonrió a la pareja, agradeció la pulsera, y partieron.

Estaban ya cerca de la tercera y última etapa cuando Sofía pudo ver, justo al lado del camino que seguían, un pequeño letrero que decía “Estanque de las sirenas”.

  • ¡Estanque de las sirenas! – gritó Sofía.
  • ¡Vamos Sofía! – dijo Lucas – ¡Ya queda menos!
  • ¡Vamos Lucas! No hemos hecho ni una sola parada, y estoy segura que llevamos ventaja al resto ¿No podemos ni siquiera acercarnos a echar un vistazo? ¡Será rápido!
  • ¿Estás loca? – gritó él – ¡No nos hemos pasado días corriendo, sudando, sin dormir, comiendo pescado crudo, pasando calor y frío, para que ahora nos adelanten por tus tonterías!
  • ¿Mis tonterías? – preguntó ella – ¡Estamos aquí porque tú has querido participar! Y yo he aceptado sin rechistar ¿No podrías darme ni cinco minutos?
  • ¡Si te quedas a ver a las sirenas, yo sigo mi camino!
  • ¡Pues sigue tu camino! – contestó ella – ¡Yo me quedo!
  • Te veo en la meta, con el saco de monedas de oro.
  • ¡Buena suerte!

Y dicho esto, Sofía desvió su ruta para ir en busca de las sirenas.

Lucas no podía creerse que Sofía fuera tan estúpida ¿En serio iba a dejarle solo para ir a ver un estúpido estanque? Sabía que las sirenas no existían, así como tampoco los unicornios ¿Qué diablos le pasaba?

De esta manera Lucas siguió su viaje solo, decidiendo entonces aumentar la velocidad, animado sabiendo que con el alimento que cargaba, tendría suficiente para llegar al final.

Así fue como, un soleado y caluroso día, Lucas pudo ver, a lo lejos, el cartel que anunciaba la meta. Soltando maletas, bolsas, y herramientas, arrancó a correr mirando constantemente hacia atrás para ver si alguna pareja le seguía. No veía a nadie, estaba solo, pero aun así, movido por la excitación y la ansiedad ante la posible victoria, no dejó de correr.

Dos horas después de ver el cartel, pudo ver la meta a escasos metros.

  • ¡Lo he conseguido! – se decía mientras corría los últimos pasos – ¡He ganado!

 

Y dicho esto, llegó y ganó.

  • ¡Enhorabuena! – dijo el juez – ¡Eres el primero!
  • ¡¡Muchísimas gracias!! – decía un emocionado Lucas – ¡¡No me lo puedo creer!!
  • ¿Qué ha sido lo mejor de la carrera?

La pregunta dejó a Lucas pensativo ¿Qué había sido lo mejor? Parecía una pregunta trampa, pero tenía clarísima la respuesta.

  • ¡Ganar!

Y ante las risas y aplausos de los asistentes, le entregaron la esperada bolsa con las seiscientas monedas de oro.

Momentos después pudieron ver cómo la pareja formada por Jorge y Marta llegaban a la meta.

  • ¡Enhorabuena! – dijo el juez – ¡Éste año habéis sido los segundos! ¿Qué ha sido lo mejor de la carrera?
  • ¡El baño con los delfines! – dijo Marta.
  • ¡Ni de coña! – contestó Jorge – ¡¡Montar a caballo, sin ninguna duda!!

Pasados unos minutos Lucas se acercó a la pareja.

  • ¿Cuántas veces habéis participado?
  • ¡Cada año! – dijo Jorge.
  • ¿Y nunca habéis ganado?
  • ¡Claro que no! – contestó ella – ¡Eso nos da igual!
  • ¿Cómo que os da igual? ¿Y por qué os presentáis? – dijo un confuso Lucas.
  • Pues depende, verás, yo me presento porque me encanta montar a caballo, me gusta caminar por el bosque, y me encanta ver las estrellas ¿Sabías que desde estas alturas, y con el bosque tan limpio y sin contaminación, puedes ver el triple de estrellas que en el pueblo?
  • A mí en cambio – dijo ella – me encanta bañarme en el río y bajar hasta el mar, donde puedes ver a los delfines esperándote como cada año ¡Es una maravilla!

 

Llegó la noche, y, cansado de esperar, Jorge se fue a casa para a esperar a Sofía.

A la mañana siguiente, ante la ausencia de Sofía en su colchón, volvió a la meta a esperarla. Pasaron horas, y no había ni rastro de Sofía. Llegada de nuevo la noche, se fue a esperarla en casa.

Una de esas mañanas en las que un preocupado Lucas se sentaba en la meta a esperar a Sofía, pudo ver a Nacho y a Javier llegar a la meta.

  • ¿Ahora llegáis? – preguntó Lucas.
  • ¡Aquí mi amado! – dijo Nacho – Que quiso quedarse a ver los fuegos volcánicos.
  • ¿Has ganado? – preguntó Javier.
  • ¡Así es! – contestó Lucas – Pero no sé dónde está Sofía.
  • ¿Sofía? – preguntó Nacho – no debería tardar, ayer nos cruzamos con ella.
  • ¿Ayer? – preguntó Lucas preocupado – ¿Se puede saber qué está haciendo?
  • Pues juraría que pasárselo bien – dijo Javier – Nosotros la vimos alimentando a unas crías de ciervo, toda cubierta de flores.
  • ¡Menuda novia tienes! – dijo Nacho – ¡Vale oro! ¡Cuídala!

 

Una mañana y una noche después, Lucas, agotado y cansado de tanto esperar, pudo ver llegar a Sofía.

  • ¿Se puede saber dónde te has metido? – preguntó Lucas – llevo días esperándote.
  • ¡Oh Javier! – dijo ella casi llorando de alegría – ¡Ha sido maravilloso! ¡Ha sido la mejor experiencia de mi vida!
  • ¿De qué estás hablando?
  • De los ciervos, los parques naturales, la aurora boreal, las cascadas, las flores escondidas bajo estas cascadas, los delfines, los caballos, las ninfas, los baños de barro, los mensajes escritos por otras personas en las piedras, las estrellas…
  • ¡¡No te puedes ni imaginar lo preocupado que estaba!! – gritó Lucas – ¡Yo aquí esperando, y tú ahí haciendo la tonta!
  • ¿Haciendo la tonta? – dijo ella sin perder la calma – ¡No te importó tanto dejarme sola en el bosque!
  • ¡Tú quisiste quedarte!
  • ¡Y tú irte!
  • ¡He ganado, Sofía! – le dijo enseñándole el premio.
  • ¿En serio? – dijo ella, contenta – ¡¡Enhorabuena Lucas!! ¡Estaba segura que lo conseguirías!
  • ¡Gracias! – contestó él – ¡Ahora vámonos a casa! Tenemos que pensar qué hacer con el dinero.
  • Pero quiero enseñarte lo que traigo en la mochila – dijo ella.
  • ¡Vámonos a casa!

Lucas empezó a caminar cuando, tras varios metros recorridos, se giró y pudo ver a Sofía, quieta, llorando.

  • ¿Qué ocurre Sofía?
  • Lucas, cariño, no voy a ir contigo.
  • ¿Qué quieres decir? – preguntó Lucas, atónito.
  • Que no voy a irme contigo. Ni a vivir contigo. Ni a crear una familia contigo.
  • ¿Pero por qué?
  • ¿Recuerdas el cartel de la salida? – preguntó Sofía.
  • Sí.
  • “Así en la carrera, así en la vida” – recitó ella.
  • ¿Y qué ocurre con eso?
  • Dime Lucas ¿qué recordarás de la carrera pasados unos años?
  • ¡Que gané! ¿Qué hay de malo en eso?
  • ¿Y qué recordarás de la vida cuando esta acabe?
  • ¡Que trabajé duro para ganar dinero!
  • Ese es el problema, Lucas. Tú recordarás el dinero, yo los unicornios y las sirenas.
  • ¡Los unicornios no existen Sofía!

Sofía sonrió, sabiendo que eran demasiado diferentes como para que Lucas le entendiera. Se acercó a él, le besó la frente, y se marchó.

Dos años después, Lucas volvió a presentarse a la carrera. Ésta vez solo, sabiendo que, tal y como marcaban las normas, no tendría derecho al premio.

Tardó tres semanas en realizar el camino. Se bañó en los ríos, bebió de sus manantiales, disfrutó las cascadas y se enamoró de las noches estrelladas. Montó a caballo, y disfrutó como un niño buscando unicornios y sirenas, aun sabiendo que nunca los encontraría.

Una noche marcada por el sonido de las cascadas y las aves nocturnas, Lucas, sentado en una gran piedra, lloró, escribiendo en ella:

“Ahora lo entiendo, Sofía”.

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