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Archive for 31 octubre 2015

Perfecto

Entiendo perfectamente que me dejaras por él.

Sería de locos no entenderlo. Es perfecto.

La vida quiso poneros ante mis morros. Yo, como siempre, corriendo, despeinado, con cara de cansado, y con ese semblante de “Quiero llegar a casa, ponerme un viejo chándal y tomarme una copa de vino”. Vosotros, con ese semblante de “La vida es perfecta y maravillosa. Qué ganas de llegar a casa, y amarnos toda la noche”.

Yo con esa sonrisa nerviosa. Tú con esa mirada llorosa. Como cada vez que nos vemos.

Él, sonriendo. Con esa sonrisa perfecta. Esa sonrisa de ganador. “Él es mío. Él me prefiere a mí”.

Y entonces entiendo que te molestara esa forma mía de reír. Esa carcajada estridente.

Entiendo que te molestara esa manera de decir las cosas, sin filtros, todo crudo.

Él en cambio tiene una risa perfecta. Entiendo que le eligieras. Es perfecto.

Él en cambio dice las cosas con un tono adecuado, quitando cualquier sílaba tónica a las palabras malsonantes. Es perfecto.

Su pelo es perfecto. Entonces, ante él, soy consciente del desorden del mío, rizado, rebelde, y siempre despeinado, por mucho empeño que le ponga.

Sus perfectos dientes. Alineados, casi dibujados a contra luz, con esmero y cariño.

Recuerdo entonces tus palabras “A veces eres demasiado optimista, deberías ser más realista con los problemas de la vida”. Y supongo que él, el elegido, incluso para eso es perfecto. Seguro que te cuenta las cosas de manera objetiva, analizando bien vuestros problemas, y sus soluciones. Es perfecto incluso para eso.

Miro entonces sus zapatos. Elegantes. Perfectos. Limpios. Adecuados.

Y entonces miro mis zapatillas. Hoy mis alumnos han querido jugar, y están manchadas de sus pequeñas pisadas, incluso creo ver un poco de plastilina y tiza.

Entonces entiendo mucho más que le eligieras a él. Es perfecto.

Sé que no le gusto. Soy consciente que odia encontrarse conmigo, porque es entonces cuando es consciente, al vernos, de lo mucho que nos quisimos. De lo mucho que nos sigue doliendo.

Seguro que al llegar a casa hablaréis del tema. Es tan perfecto, que controlará su temperamento y mal genio.

Entonces recuerdo una de las mil veces que te has quejado de mi mal carácter. Que soy como un caballo desbocado. Que me enfado y no pienso. Que suelto lo primero que me pasa por la cabeza.

Se te olvidaba reconocer que también soy el primero en reconocerlo y pedir perdón.

Seguro que él nunca tiene que pedir perdón. Es perfecto.

Es tan perfecto, que es capaz de anularte sin dejar rastro. Es capaz de borrar a esa persona que tanto quise, y transformarla en esta nueva, que tanto detesto, que tan nervioso me pone.

Mientras hablamos y el metro pasa de largo, él me observa, de arriba abajo. Le miro, y me mantiene la mirada. Arqueo una ceja. Y sonríe. Me sonríe. No le puedo devolver esa sonrisa; no puedo devolvérsela porque no la quiero.

Le observo ¡Qué alto es! Entonces soy consciente de mi escaso metro setenta y siete centímetros, frente a sus dos metros, veinte si tengo en cuenta que ha ganado.

Aguanta, me digo, mientras rezo para que esa conversación absurda acabe.

Llega el momento; tú no quieres, yo tampoco. Pero llega el momento de despedirnos.

No nos besamos, nos estrechamos la mano. Noto que me aprietas la mano. Te devuelvo el apretón. Él me observa. Te observa. Le noto nervioso, tenso. Mira nuestras manos, para él llevamos tres horas con ellas cogidas. Para mí acabamos de empezar.

Te suelto.

Nos sonreímos.

Nos alejamos.

Sigo pensando que es perfecto. Maldigo el día en el que os encontrasteis y fuiste consciente que necesitabas a alguien como a él; y no a alguien como yo.

Es perfecto incluso para su trabajo. Todo lujo, moda, fama, focos… lo que tanto te ha gustado siempre.

Entonces recuerdo tus palabras “Deberías aspirar más alto ¿vas a pasarte la vida ayudando a adolescentes y niños pequeños?” Eso nunca te iba a dar fama, mucho menos a hacerte rico.

Recibo un mensaje en mi teléfono.

Eres tú.

“Estás tremendamente guapo”

No contesto.

Recibo otro mensaje.

Eres tú.

“Ojalá estuvieras aquí”.

Entonces me doy cuenta, soy consciente.

Él no es perfecto.

Él no fue el elegido. Él fue tu salida fácil. Tu salvavidas.

Miro mi teléfono. Borro tu mensaje. Y sonrío.

Pienso que él no es perfecto.

Me quedo con mi sonora carcajada, mi mal humor, mi forma cruda de decir las cosas, mi humildad para pedir perdón, mis zapatillas manchadas a causa de jugar con mis pequeños, desde luego me quedo con mi trabajo, que me hace más feliz de lo que tú nunca me harás. Me quedo con mi pelo, que aunque se muestra despeinado y rebelde, es fuerte, negro y abundante.

Él no es perfecto.

Yo no tengo que batallar cada día su lucha. No tengo que estar pendiente de a quién escribes, con quién hablas, si has vuelto a mentir, si lo has dejado de hacer alguna vez, cómo me miras, cómo miras a otros, si me querrás, si me dejarás, si te estás viendo con otros… esa ya no es mi guerra. Es la suya.

Llego a casa.

Me miro al espejo, y vuelvo a sonreír.

Él tiene muchas cosas que yo no tengo. Pero está muy lejos de ser perfecto.

Puede tener mil cosas que te hacen querer estar a su lado. Puede tener otras tantas cosas que yo ni en cuatro vidas podré tener. Pero sigue sin ser perfecto. Y desde luego sigue sin ser mejor que yo.

Tiene muchas cosas, sí. Pero tiene algo que siempre le va a hacer perdedor ante mis ojos, infeliz, lastimero…

Te tiene a ti.

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Mil perdones

Me pido perdón.

Sí, tal y como lo estás leyendo. Me pido perdón a mí mismo, a mi propia persona; yo, mí, me, conmigo.

Me pido perdón por las veces que he empezado algo, y lo he dejado a medias.

Me pido perdón por las veces que me he dicho a mí mismo “Los otros son mejores que tú”.

Me pido perdón por las veces que, con soberbia, me he dicho a mí mismo “Eres mejor que los demás”.

Me pido perdón por las veces que le he dado demasiada caña al cuerpo.

Me pido perdón por las veces que he priorizado mi trabajo, a mi salud.

Me pido perdón por las veces que no me he escuchado, y he apostado mi dignidad.

Me pido perdón por las veces que he aguantado un sólo segundo más al lado de quien no sabía quererme.

Me pido perdón por haber gastado un sólo minuto al lado de quien no quería quererme.

Me pido perdón por culparme a mí, cuando alguien no ha sabido, ni querido, quererme.

Me pido perdón por las veces que no he sabido querer.

Me pido perdón por las veces que me he comparado.

Me pido perdón por las veces que no he pedido perdón.

Me pido perdón por las veces que me he dicho “No eres capaz de hacerlo”.

Me pido perdón por las veces que he dejado que el miedo me parase.

También cuando he dejado que la pereza hiciera lo mismo conmigo, me pido perdón.

Me pido perdón por faltar a mis principios, y hacer daño a otra persona.

Me pido perdón por las veces que he hecho daño a otra persona, y he sonreído.

Por dar valor a la venganza en mi interior, me pido perdón.

Me pido perdón por todas y cada una de las veces que he creído llegar al límite.

Me pido perdón por no arriesgar.

Me pido perdón por las veces que he pensado que mi felicidad dependía de otro.

Me pido perdón por las veces que no he mandado a la mierda a quien debía.

Me pido perdón por las veces que no he dado el cien por cien de mí, y me he culpado.

Me pido perdón por las veces que no he aceptado una crítica.

Me pido perdón por las veces que he hecho demasiado caso a una crítica.

Pedir perdón es fácil, y prometer como se promete dejar de fumar, beber menos, perder peso, o estudiar más, también lo es.

Así que lejos de prometerme, voy a intentar.

Voy a intentar alejarme de las personas que ponen en peligro mi equilibrio emocional.

Voy a intentar cuidar más y mejor mi salud.

Voy a intentar pasar más tiempo con la gente que me quiere.

Voy a intentar querer más.

Voy a intentar ser mejor profesional.

Voy a intentar ser mejor amigo.

Voy a intentar ser mejor hijo.

Así como ser mejor hermano, sobrino y tío.

Voy a intentar arriesgar.

Voy a intentar decir más veces lo que pienso, y lo que quiero.

Voy a intentar decir más “Te quiero”.

Voy a intentar tener que pedirme menos perdón.

Voy a intentar perdonarme, si fallo en el intento.

Voy a intentar ser más tolerante y comprensivo.

Voy a intentar juzgar menos.

Pusiste tres puntos suspensivos a nuestra historia…

Voy a intentar borrar dos.
Según un estudio realizado a más de medio millón de personas, pasamos entorno al 30% de nuestro tiempo diario pensado si alguien nos perdonará, o si nosotros perdonaremos.

Se nos olvida lo básico, lo esencial.

Pedirnos perdón a nosotros mismos.

Como siempre en la vida, damos demasiado valor al “TE”;

Te perdono

Te quiero

Te respeto

Te cuido

Y nos olvidamos del más importante, el que nos hará querer de manera sana, el pasar por la vida de una manera digna y coherente, el “ME”;

Me perdono

Me quiero

Me respeto

Me cuido

Antes de pedir perdón, asegúrate de habértelo pedido primero a ti mismo.

Antes de querer a alguien, asegúrate de quererte a ti mismo.

No tiene ningún sentido querer cuidar las flores de alguien, cuando las tuyas están secas.

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Cerrar el cajón

Marta viene devastada a mi consulta. No nos conocemos. Es nuestro primer contacto.

Se sienta. Se muestra inquieta, nerviosa. Me mira de arriba a abajo, y no puede evitar cierta cara de disgusto, de sorpresa.

  • Sinceramente – me dice – me esperaba a alguien mucho mayor, calvo, y con cara de loco.
  • Tendría que verme a primera hora, la cara de loco la llevo…

Sonrío. 

Ella no lo hace.

  • ¿En qué puedo ayudarte? – pregunto.

Y automáticamente rompe a llorar. Un llanto infantil, de niño pequeño al que se le ha roto su juguete preferido. Un llanto que, en una mujer de 34 años se ve inmaduro, fuera de lugar.

Llora y se disculpa.

Tras ofrecerle un pañuelo y un vaso de agua, y recordarle que no debe disculparse por llorar, le digo que respire, y que me explique qué ocurre.

El desamor. El maldito e hijo de puta desamor.

Marta conoció a un hombre.

Ese hombre le juró amor eterno.

Marta le entregó su corazón.

Él se la folló.

Marta no supo nada más de él.

Lo que puede parecer una historia de una noche, duró exactamente 2 años y medio.

Mario entra en la consulta. Se le ve contento, divertido, relajado.

Llevamos cerca de siete meses trabajando, y los progresos son evidentes.

Una vez entra en mi consulta, se sienta en el sofá, y rompe a llorar.

  • He caído – grita él – He vuelto a caer.

El desamor. El maldito y cruel desamor.

Resulta que Mario está manteniendo una relación afectiva y emocional con Pedro.

Mario vive enamorado de Pedro. Pedro vive enamorado de sí mismo. La historia sigue durando.

Lo mismo le ocurre a Núria, que vive una situación emocional con un maltratador psicológico.

A Claudia, que vive con un hombre de 40 años que aún no es capaz de expresar sus sentimientos, ni de freírse un huevo.

A Víctor, que vive enamorado de una mujer que le dedica 5 minutos cada 3 días. Y él da gracias.

A Rebeca, que vive esperando que el amor de su vida deje a su mujer.

A Juan, que espera impaciente que el chico que le quite el sueño le dedique más atención.

La lista es larga.

Interminable.

Y seguramente vosotros también conocéis a alguien de esas características, con esas historias, esas experiencias…

¿Qué hacemos mal?

Yo, queridos lectores, os traigo la respuesta: no cerramos el cajón.

Estamos hartos de escuchar en películas, series, dibujos, leer en libros, cuentos… que hay que arriesgar, luchar, sufrir, pelear y batallar, porque todo eso merecerá la pena.

¡MENTIRA!

¿Quién nos ha metido en la cabeza que el amor es sufrir y pelear? ¿Cuándo nos han cambiado de camino, y no nos hemos dado cuenta? ¿Cuándo nos han cambiado las caricias por los guantes de boxeo?

Vivimos con miedo.

Miedo a expresar lo que sentimos. Miedo a mostrar lo que somos de verdad. Miedo a mandar el primer mensaje por miedo a parecer pardillos. Miedo a dar ese abrazo, por miedo a parecer dependientes. Miedo a expresar las ganas que tenemos de ver al otro, por miedo a que la otra persona nos rechace. Miedo, miedo, miedo…

¿Qué tal si nos relajamos, y lo disfrutamos?

¿Merece la pena vivir constantemente con esa ansiedad?

Nos hemos acostumbrado a batallar en el amor. Así pues, cuando uno hace algo que no nos gusta, rápidamente pensamos en cómo devolverlo, no en cómo arreglarlo.

¿No te ha contestado rápido a ese mensaje? ¡No te preocupes, tú luego tardarás el doble en contestar al suyo?

¿No te ha dicho de quedar? ¡No te preocupes, la próxima vez cancelarás su cita!

Y así nos va. Cada vez manteniendo relaciones más tóxicas, donde desaparecen las caricias, y aparecen los retos. Cada vez manteniendo relaciones más inestables. Y así acabas, teniendo que soportar cosas de ese gilipollas, que, muy en el fondo (reconócelo), ni tú sabes por qué le soportas.

Es entonces cuando ocurre la trampa.

Todos hemos caído.

Estás tan agotado de ese tira y afloja, estás tan cansado de pelear y calcular… que finalmente cuando la otra persona decide que quiere estar contigo, cedes y caes. Sin pestañear. Al fin y al cabo, llevas mucho tiempo peleando por eso, es lo que querías ¿no?

Es entonces cuando ocurre el siguiente error. Te conformas.

La sociedad, la televisión, las películas, tus amigos… te dicen constantemente que el amor es eso, sacrificio.

Sacrificio.

Maldita bíblica palabra ¡Qué daño ha hecho!

Debemos entender que la palabra sacrificio tiene connotaciones bíblicas y religiosas. Tal persona se sacrificó por nosotros; tal otro sacrificó a su hijo en nombre del primero; ella se sacrificó para limpiar sus pecados… y así acabaron. Pues bien, si sigues entendiendo y aceptando sin pestañear que el amor es “Sacrificio”, vas a acabar tú también colgado de una cruz, apaleado, o, en el mejor de los casos, engañado.

Esto es como participar en una larga carrera. Te has entrenado, has sudado, has hecho dieta, te has esforzado; ya estás llegando a la meta ¿tienes que dejarlo ahora? Pues mira, resulta que sí. Resulta que a veces es mejor pararte y pensar “¿De verdad quiero esto?”, a seguir simplemente porque nos hemos esforzado.

Deja la carrera, de verdad. Detrás de la meta no hay nada.

No soportas que sea tan egoísta. Pero ya cambiará.

No soportas que te hable mal. Pero ya cambiará.

No soportas que te diga que se ve con otras personas. Pero ya cambiará.

No soportas que sea frío. Pero ya cambiará.

No soportas que sea calculador. Pero ya cambiará.

No soportas que hoy te quiera, y mañana te ignore. Pero ya cambiará.

No soportas que, en definitiva, esté como un puto cencerro ¿Cambiará?

Justo el otro día, a vísperas de mi cumpleaños, estaba yo sentado con mi adorada madre, copa de cava en mano, y charlando sobre el tema me dijo “Hasta que no cierres el cajón, seguirás cometiendo los mismos errores”.

Cerrar el cajón.

Según mi madre, estamos tan centrados en que algo tiene que salir bien, ha de funcionar, tiene que ser esa persona… que no nos paramos a pensar que ya está saliendo mal, ya está siendo un error.

Dice ella, la cual debería tener un consultorio sentimental (¡ya!), que nos preocupamos tanto en si le gustaremos a la otra persona, si pensará que somos guapos, si se sentirá atraído por nosotros… que no nos paramos a pensar que quizá esa persona ya no nos gusta a nosotros.

Y me pasó.

Y tras varias semanas sufriendo, pasó.

Y lo ví.

Dejé atrás esos “¿Le gustaré?”, “¿Me llamará?”, “¿Se acordará de mí?”, “¿Cambiará?”, y los cambié por “¿Qué me gusta de esa persona?”, “¿Quiero esto?”, “¿Será siempre así?”.

Nada.

No.

Sí.

Y no lo dudé.

Cerré el cajón.

Porque seamos claros en este aspecto:

El amor es disfrutar.

El amor es reír.

El amor es hablar hasta las tantas.

El amor es pensar en la otra persona.

El amor es dar espacio, sin olvidar a esa persona.

El amor es hacer el amor.

El amor es follar.

El amor es reír juntos hasta ahogarnos.

El amor es estar en mi habitación y pensar en ti.

El amor es divertido.

Y yo, si voy a llorar por amor, prefiero que sea de risa.

Tienes dudas.

Crees que no te conviene.

No entiendes sus actitudes.

No le crees.

No lo pienses más. Cierra el cajón.

Coge todos sus desplantes, sus rancios mensajes, sus faltas de coherencia, sus idas y venidas, su baja autoestima, su falta de amor propio, tus dudas, tus miedos, tus inseguridades, y mételas dentro de ese cajón. Ciérralo, y tira la llave. Tírala muy lejos.

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