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Archive for 26 septiembre 2011

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Buenas noches,

aprovecho que es tarde y que todo está en silencio y calma para ponerme en contacto contigo. Hacía tiempo que quería hablarte, pero ya sabes cómo eres, siempre tienes cosas más importantes que hacer, que escucharme, atenderme o cuidarme.

Antes que nada, dejar claro que no estoy enfadado contigo, ni molesto, ni nada por el estilo, pero chica, creo que ya va siendo hora de sentarnos un segundito y aclarar ciertas cositas, que creo que no tienes del todo claro.

Me he enterado que no te estás cuidando mucho, y, peor aún, que utilizas mi nombre para excusar esos hechos y sucesos que te están ocurriendo ¿cómo te atreves? Creí que nos conocíamos más de lo que veo, pensé que me tendrías un poquito de respeto. Veo que no.

Es por eso que decido escribirte estas líneas, para aclararte qué papel hago en tu vida, en qué cosas puedes contar conmigo, y, por supuesto, en cuales no te lo pienso consentir.

Cuando soportas que la gente te mire por encima del hombro, porque crees que son mejores que tú, y es lo normal.

Cuando aceptas una crítica venenosa, y no constructiva, y crees que tienes que mejorar.

Cuando te ves a través de los ojos de las otras personas, incluso de aquellas que no significan nada en tu vida, y olvidas tu propia opinión.

Cuando callas esa opinión porque crees que no es tan válida como las otras.

Cuando aceptas a esa persona que tienes al lado, aún cuando sabes que ni te valora, ni te comprende, porque crees que no mereces algo mejor.

Cuando cada vez que ves tu futuro, ves riesgos, y no oportunidades.

Cuando no te das la oportunidad de crecer, porque crees que el reto es mayor que tus posibilidades.

Cuando te crees menos que el resto.

Cuando te crees fea.

Cuando te ves estúpida.

Cuando crees que deberías cambiar todo.

Cuando cada vez que te ocurre algo positivo, crees que no te mereces esa suerte.

Cuando crees que todo lo conseguido ha sido por esa suerte, y no por tu potencial.

Cuando no eres consciente de que la belleza al final aburre, y lo de dentro es lo que verdaderamente influye.

Podría seguir con la lista hasta la saciedad, hasta aburrir, hasta que te duela seguir leyendo, es que chica, me lo pones muy fácil.

Todas y cada una de las veces que te ha ocurrido algo así, has usado mi nombre para excusarlo, y, peor aún, para engañarte a ti misma ¿Eres consciente, al menos?

Quizá la culpa es de los mayores, que no nos presentaron correctamente, no te hablaron lo suficiente de mí, o quizá tú estabas más pendiente de otras cosas, otros conceptos, otras puertas…

Puede parecer que soy demasiado duro contigo, pero es que es realmente importante y necesario que entiendas que estoy ahí para ti, pero depende de ti que yo aparezca, que esté presente…

Cuando te aceptas a ti misma.

Cuando sonríes ante las adversidades.

Cuando te tomas las críticas como lo que son, críticas y opiniones diferentes.

Cuando crees en tu potencial.

Cuando, aún siendo difícil, lo intentas.

Cuando fracasas, pero aprendes.

Cuando eres capaz de soportar y comprender una falta de respeto, pero no de aceptarla y hacer como si nada.

Cuando sabes decir “NO” a las cosas que te perjudican.

Cuando sabes ponerte en tu sitio.

Cuando te quieres.

Cuando te perdonas.

Cuando te entiendes.

Como ves, afortunadamente, esta lista también podría durar una eternidad, pero creo que ya conoces, al menos, lo más básico, lo más esencial…

Hace tiempo que ya tuvimos esta conversación, por eso hoy he vuelto, porque creo que necesitas escucharla de nuevo.

Sigo opinando exactamente lo mismo de ti; eres especial, eres única en el mundo ¿Cometes errores? ¡Por supuesto! Como todo el mundo. Pero que esos errores sean un paso hacia un aprendizaje, no hacia un nuevo miedo.

No dejes de aprender, de todo, absolutamente de todo.

Observa la naturaleza, pasea y observa, mira a tu alrededor, todo eso es tuyo, todo eso está ahí para hacerte feliz.

Lee. Nunca dejes de leer, sea lo que sea.

Haz ejercicio, aunque te de pereza, ayudará a tener la mente ocupada, y te dará beneficios físicos y saludables.

Come bien, pero regálate de vez en cuando algún dulce.

Escucha música, canta, baila y grita, no es solo cosa de niños pequeños.

Escribe. Escribe las anécdotas que te vayan ocurriendo, lo que piensas, lo que sientes, lo que crees… y nunca lo tires, dentro de unos años te servirá para reírte de aquello que hoy te deja sin aliento ¿Ves como todo es pasajero?

Enamórate, no tengas miedo, lánzate. Sólo hay una vida, no tiene sentirlo vivirla de otra manera que no sea amando.

Si no ocurre, no te sientas mal por estar soltera, es un estado exactamente igual de válido. Que nadie de diga lo contrario.

Abandónate al placer, ten una aventura. El sexo es una forma de expresión igual de válida que cualquier otra. Eso sí, sin cometer faltas de ortografía, usa protección.

Besa, besa, besa.

Abraza.

Levántate por la mañana, abre la ventana, e inspira unas cuantas veces. Empieza el día así, respirando, sonriendo…

Perdona. No gastes el poco tiempo que nos queda en guardar rencor. Tú cometes errores, recuerda que los demás también pueden y deben.

Haz fotos, no dejes nunca de hacerlas. A tu familia, amigos, momentos, lugares…

Ves a ver el mar al menos una vez al año, y mójate.

Regálate una noche a la semana para ti. Báñate, coloca tu cd de música preferido, enciende incienso, piensa en ti.

Aprende a tocar un instrumento.

 

Dicho esto, te dejo. Espero que pase mucho tiempo para volver a ponerme en contacto contigo. Recuerda quién eres, y qué quieres.

La vida es amar y ser amado. Todo lo demás es currículum.

Atentamente,

Amor Propio

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Mensajes erróneos

–          No lo entiendo, con lo lista que eres y tienes este tipo de trabajo ¿Por qué no buscas otra cosa?

–          No tengo estudios, y tal y como están las cosas, me puedo dar con un canto en los dientes…

–          ¿Tienes el graduado?

–          Si, y lo mío me costó – dijo ella mirando sus manos.

–          Pues sigo sin entenderlo, tu familia tiene dinero, eres lista, lo tienes todo… ¿por qué no seguiste estudiando?

Marta echó la vista atrás, y se vio con apenas seis años sentada en la mesa con su madre y su hermano pequeño. Era muy inquieta, se aburría con facilidad, así que tirar la taza de leche al suelo fue solo cuestión de minutos.

–          ¡Ya estamos otra vez! – gritó la madre – ¿Es que no te puedes estar quieta? ¡No sirves para nada!

Marta, encogiéndose en la silla, pensó en aquellas palabras  “No sirvo para nada”.

Años después, cuando ya rozaba los 14 años, un grupo de amigos y amigas fueron al cine, y cosas de la juventud, y cosas de creerse grande antes de tiempo, Marta no hizo caso a la advertencia de su madre “Te quiero a las ocho en casa”.

Así que a las nueve y media de la noche, cuando entró en casa llena de vida y sonrisas, se topó de morros con la cara de su madre, sentada en la escalera.

–          Te dije que a las ocho en casa.

–          Perdona mamá, es que estaba con las amigas…

–          ¿Qué amigas? ¿Cómo vas a tener tú amigas con lo insoportable que eres? ¡Estás castigada!

Marta, apoyándose en la pared, pensó en aquellas palabras “Soy insoportable”.

Poco a poco se iba haciendo mujer, y su cabeza cada vez estaba más en las nubes, y menos en la tierra, así que llegaron los primeros suspensos.

–          ¿Qué tipo de notas son estas? ¡Contenta me tienes! – gritaba la madre.

–          ¡Lo siento! Me esforzaré más…

–          ¡Más te vale! Quiero mejores notas la próxima vez…

Marta se esforzó, y aún así algún suspenso llevó a casa.

–          Lo he intentado – lloraba ella.

–          ¡No quiero oírte más! ¡Estás castigada! – gritaba la madre – ¡Eres tonta!

Marta, llorando en su habitación, pensó en aquellas palabras “Soy tonta

 

Tardó mucho tiempo en ahorrar aquel dinero para conseguir aquel vestido que tanto deseaba. Finalmente lo consiguió, y cuando la madre preguntó acerca del dinero, ella, ilusionada, enseñó su lindo vestido.

–          ¿Te has gastado el dinero en ese vestido? ¿Pero qué te crees, que nos sobra?

–          ¡Lo siento! Es que es tan bonito…

–          ¡Qué más da! No te va a quedar bien, aunque la mona se vista de seda…

Marta, apretando contra sí aquel vestido, pensó en aquellas palabras “Soy fea

 

Los años pasaron, y llegaron sus primeros besos. En una de esas escapadas para dar rienda suelta a los labios de dos jóvenes enamorados, el director del colegio los encontró, llamando así a los padres de ambos, y enviándolos a sus respectivas casas, con una carta de expulsión temporal bajo el brazo.

–          ¿Ahora eres una cualquiera? ¿Cómo se te ocurre? ¿No te da vergüenza?

–          ¡No! Es mi novio.

–          ¿Tu novio? ¡Qué sabrás tú del amor! ¿Quién te va a querer a ti?

Marta, arrugando la carta de despido, pensó en aquellas palabras “Nadie me querrá”.

 

Rápidamente contactó con el presente, con la realidad, escuchando a su amigo Marcos realizando la misma pregunta de antes:

–          ¿Por qué no seguiste estudiando? – preguntó él.

–          Creí que no era capaz…

 

Muchas veces creemos que aquello que decimos, sin mala intención alguna, será recibido correctamente por la persona que nos escucha.

Debemos ser conscientes, de una vez, que aquello que decimos, aquello que pensamos en voz alta, puede tener más consecuencias de las que nos creemos.

Cambie el mensaje. No destruya, construya.

 

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Felicidad. Simplicidad.

Simplicidad

Pablo y Marta son amigos desde que tenían siete años. Ambos fueron a la misma escuela y compartieron la merienda en diversas e incontables ocasiones.

Cuando llegaron a la adolescencia compartieron la misma aula, y las mismas aspiraciones. Y con el paso de los años vieron que, además de compartir amistad y currículum escolar, compartían el mismo gusto; a ambos le gustaban los morenos, guapos, buena dentadura, y mejor cuerpo.

A la hora de elegir carrera universitaria, Marta se decantó por la educación infantil, mientras que Pablo se inclinó hacia las ciencias y la medicina.

Aún así, eso no les separó, y la amistad siguió creciendo, al mismo tiempo que sus conocimientos universitarios.
Se veían tres veces por semana, dos de ellas para el café, la puesta al día, y las preocupaciones carnales. El tercer día estaba reservado para la salida, la borrachera, las risas y las caricias.

Ese miércoles habían acordado verse en su cafetería de siempre, Baobab, una preciosa y pequeña cafetería situada en el corazón de Barcelona.

Pablo se despertó al ritmo de una vieja canción de Sting que sonaba en la radio. Su primer pensamiento, como cada mañana, fue prepararse el café y fumarse el primer mortal pero placentero cigarro en el balcón. Su primera preocupación, la reunión que tendría dentro de tres horas.

Marta, por su parte, se levantó antes de que el despertador hiciera su maldita función. Su primer acto fue mirar el móvil. Su primer pensamiento fue “No me ha llamado”, su primera preocupación: ¿se habrá olvidado de mí? ¿Lo habrá superado?

Mientras Pablo se arreglaba, pensó en lo mucho que echaba de menos el deporte, el verse bien, a gusto consigo mismo. Pero por otra parte, pensó que, en cambio, ahora estaba más guapo, más seguro, más preparado. No era tan mal partido, al fin y al cabo.

Marta, en cambio, entendió al mirarse al espejo porqué él no la llamaba. Estaba cada vez más gorda, las tetas más caídas, el pelo más muerto, la cara con más arrugas… ¡A la mierda la mujer trabajadora e independiente! Quería tiempo libre para ir al gimnasio, y dejar de comer.

Llevaban una semana sin verse.

Una semana que había sido agotadora para Pablo. Se había pasado toda la semana de reunión en reunión, atendiendo clientes pesados, operaciones complicadas…
Sin embargo no todo había sido tan negativo, había sacado tiempo también para ver a su grupo de amigos, y un par de noches había salido a cenar y tomar una copa con Luís, ese chico de sonrisa irresistible que le volvía completamente loco.

Se conocieron una noche de alcohol y tabaco. Pablo estaba con un grupo de amigos en una de las discotecas de ambiente más famosas de Barcelona, cuando sus ojos se encontraron. Pablo alzó una ceja. Luís sonrió de oreja a oreja. Les bastaron tres canciones y menos de treinta palabras para intercambiar confidencias, teléfonos, y saliva.

Se veían poco, debido a las apretadas agendas de ambos, y no eran precisamente de esas parejas que se llamaban cada cinco minutos para ver si todo seguía en su sitio.

–          Yo no lo soportaría – le decía algún que otro amigo – ¿no te gustaría que te llamara más? ¿Que estuviera más por ti?

–          Pues no. Me llama cuando tiene algo que decirme, cuando quiere verme, cuando quiere explicarme alguna anécdota, o cuando quiere darme las buenas noches. No necesito que me llame cada cinco minutos para ver si he salido con vida de la ducha.

La faceta afectiva la tenía más que cubierta. Su única preocupación era el trabajo. Demasiado trabajo para demasiada pereza. Pero aún así no le importaba, se sabía competente y válido, y si le habían dado el trabajo era porque se lo había ganado. Era capaz. Ni más, ni menos.

La relación con sus padres era complicada, pero aceptable. Su madre le adoraba y sentía devoción por él. Su padre en cambio necesitó tiempo, paciencia y silencio ante la idea de que su hijo fuera homosexual.

–          ¿Cómo llevas lo de tu padre? – preguntó una vez un compañero de trabajo.

–          Fenomenal – sonreía Pablo – ¿qué esperas? Mi padre es de otra época, no puedo pretender que entienda lo que yo entiendo.

 

Para Marta la semana había sido más tranquila, al menos físicamente.

Era julio, así que el colegio estaba cerrado, y hasta septiembre no empezaría a preparar las clases y las reuniones de padres. Así que sus días se resumían en leer, salir con los amigos, ver películas, y estudiar algo de vez en cuando. Aunque en su foro interno, sus días pasaban echando de menos a Martín.

Ambos se conocieron en una reunión de profesorado y docentes. El tonteo fue continuo, y divertido. Al mes él ya la tenía comiendo de su mano, la llevaba a cenar, a gastar risas, copas y condones.

Se veían unas tres veces a la semana, cosa que a ella le parecía poco. Martín, por su parte, decía (y sinceramente) que le gustaría pasar más tiempo con ella, pero estaba muy ocupado.

–          Ayer discutí con Martín – se quejaba a sus amigas.

–          ¿Qué ha pasado? – preguntaron al unísono.

–          Le escribí un mensaje por la tarde, y me contestó después de cenar. Me dijo que nos veríamos hoy, y ahora resulta que le ha surgido una reunión con no se quién…

–          ¡Qué cabrón! ¿Qué le has dicho?

–          Que si esas son sus prioridades, adelante…

Las discusiones de este tipo se repetían. Desesperada en medio de la guerra, Marta pretendía llamar la atención de Martín. Agobiado por una guerra innecesaria, Martín pretendía huir.

En el trabajo estaba bien, pero cada vez andaba más agobiada. A veces pensaba que había conseguido el puesto simplemente a la suerte que tuvo en la entrevista, pero que en realidad no estaba preparada.

La relación con su familia era buena, aunque con su madre no tenía una relación precisamente cordial. Muchas veces Marta se echaba la culpa, pensaba que no había sabido ser una buena hija, y que le había defraudado.

Por fin se encontraron en la esquina de siempre. Pablo con su jersey de pico, su cigarro en la boca, y sus tejanos favoritos (y ya rotos). Marta lo primero que hizo fue disculparse.

–          Siento llegar tarde.

–          ¿Llegas tarde? Estaba con el móvil liado, ni me he dado cuenta.

Se abrazaron y besaron como de costumbre, y fueron a la cafetería. Pidieron lo de siempre, cortado para él, con espuma. Café con leche para ella, leche fría.

–          ¡Joder! Me ha vuelto a poner la leche caliente.

–          Pide que te la cambie – contestó él.

–          No, me sabe mal…

–          ¿El qué te sabe mal? – dijo Pablo, confuso.

–          Molestarle.

Pablo no pudo evitarlo, se levantó y se sentó más cerca de ella, apartó su móvil, y agarró su mano.

–          ¿Alguna vez vas a parar? – le preguntó.

–          ¿De qué? – dijo ella dudosa, nerviosa.

–          De sentirte culpable por todo, de pedir permiso por todo. Chica, tienes una vida, empieza ya a vivirla como quieres.

–          Para ti es muy fácil, lo tienes todo.

–          Tengo exactamente las mismas cosas que tienes tú – le retó él.

–          Yo no tengo novio – dijo ella sonriendo, triunfadora.

–          Yo tampoco, hace cuatro días que no sé nada de él – contestó él, tranquilo.

Ella enseguida dejó a un lado su aire frívolo, y su tono de defensa. Agarrando a Pablo de los brazos, con los ojos como platos, le preguntó qué había pasado.

–          Nada, no está en un momento para empezar nada, así que nos hemos despedido de buenas maneras, y ya está…

–          ¿Y qué más? – dijo ella.

–          ¿Qué más? Nada más… adiós, que vaya bien, nos vemos… ¿Qué pasa?

–          ¿No te ha dicho nada más? ¿No habéis discutido? ¿Por qué se empeñan en ser tan cerdos? – dijo ella cada vez más enfadada.

–          No ¿por qué te empeñas tú en hacer tanto drama de todo?

Marta se defendió como pudo. Según ella, no era tan dramática, era sólo que esperaba demasiado de la vida, y sus planes siempre se torcían, siempre se encontraba una piedra en su camino, una rana en su estanque, una aguja en su pajar…

–          La felicidad es muy complicada – dijo ella.

–          La felicidad es complicada si sólo la buscas en las cosas complicadas. Búscala en las cosas sencillas, en estar aquí, en reír, en tener salud, trabajo, amigos…

–          Hijo, que nostálgico te has puesto, ahora conoces el secreto de la vida… – reía ella.

–          No – contestó él – es que precisamente creo que no hay secreto. Lo único que hay que hacer es aceptar la vida tal y como es.

Cuando Marta llegó a casa, pensó detalladamente todo aquello que le había dicho Pablo. Quizá tenía razón, quizá la vida era eso, levantarse, tomar un café, escuchar música mientras te duchas, bailar, y aprender.

Quizá ella estaba haciendo algo mal, quizá sí que era todo cierto; para ella la vida era difícil porque estaba acostumbrada en ser feliz con las cosas difíciles. Quizá se merecía un descanso, un cambio.

En resumidas cuentas, quizá se necesitara a ella misma para ser real, feliz. Y no a ningún Martín.

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