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Archive for 22 febrero 2017

Miedos

miedos

Miedo.

  1. m.Angustia por un riesgo o daño real o imaginario.
  2. m.Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

Allí se encontraban los dos.

Él no le quitaba los ojos de encima, mientras agarraba sus manos y sonreía, nervioso, dispuesto a decir lo que quería decir hace ya semanas.

Ella, nerviosa, intentaba sostenerle la mirada, realizando un baile visual; sus ojos, su boca, su barba, sus manos, sus pies, la pared…

Finalmente, sacando valor de quién sabe dónde, dijo:

  • Te quiero, Lucía. Vamos a intentarlo, joder.

Ella supo entonces lo que pasaría. Lo había tenido claro desde el primer día.

Ella le diría que también le quería.

Empezarían una bonita y larga historia de amor bañada en flores, bombones, largas conversaciones, y noches de cariño.

Él hablaría de ella, a todas horas, por todos los rincones, a todos los conocidos y desconocidos.

Ella haría lo propio, eso sí, más cauta, más miedosa, más reservada.

Bailarían. Bailarían mucho, a solas, entre velas y música. Se besarían a cada minuto.

Ella se vería más joven y bonita.

Él con más canas, y más energía.

Los mensajes entre ellos volarían casi a cada minuto. Un buenos días, un qué tal, un pienso en ti, una foto, dos, tres, mil…

Pasearían de la mano, eso también lo sabía ella, y no habría estreno de cine al que no fueran. Divertidos, enamorados, compartirían refresco, palomitas, caricias y miradas.

Se engancharían a las mismas series y películas.

Entonces, sabía Lucía, darían por seguro que ya tenían ese amor, ya habían conquistado esa isla, y los mensajes irían desapareciendo, también las largas charlas.

Ya no se cogerían de la mano tanto, ahora los bolsillos serían más cálidos que las otras manos. Los mensajes ya eran más secos, empezando a abusar de los malditos monosílabos.

Volverían las desconfianzas, los celos, las mentiras piadosas… y separarse ya no sería tan duro. Incluso empezaría a ser necesario.

Él empezaría a ver los perfiles de otras mujeres, solo por curiosidad. Empezaría a contestar a los mensajes de sus ex, sólo por saber qué tal.

Ella, por su parte, empezaría a hacer más planes con sus amigas, y, casi sin querer, casi, empezaría a devolver las sonrisas provocativas de aquel chico de la barra, de ese camarero, o del amigo de su compañera de trabajo.

Él pensaría que ella es guapa, incluso divertida, pero atrás quedaría esa pasión, esas ganas de abrazarla y no soltarla.

Ella pensaría que él es guapo, cariñoso, pero atrás quedarían esas ganas de saber de él.

Se acostumbrarían.

Y tarde o temprano, uno acabaría llorando, y el otro con un tremendo sentimiento de culpa.

Así sería. Estaba segura.

 

  • Dime algo nena, joder – decía Luís.

Pero Lucía no decía nada. Se callaba. Sabía que si abría la boca las lágrimas empezarían a brotar, y ya no pararían.

 

Luís, por su parte, también sabía lo que pasaría en un futuro. Estaba seguro de ello.

Se enamorarían, y pretendía dedicar cada uno de sus días a hacer a aquella mujer la mujer más feliz del mundo. No la quería, la adoraba. Sabía que su vida era mucho mejor con ella. Ella tenía el poder de hacerle más divertido, más inteligente, más atractivo, incluso más lleno.

Sabía, conociéndola, que empezarían a emerger en ella los miedos, las tinieblas y las pesadillas.

Pero sabía que iba armado, y emplearía todas y cada una de sus armas en apartar esas pesadillas, hacerle saber que estaba ahí, y que nunca se iba a apartar de ella. Ni para coger aire.

Sabía, sin embargo, que todo esto sería posible si ella daba el salto. Si ella decía “Sí”.

 

Entonces, frente a ella, se sorprendió a él mismo pensando en ese “Sí”.

Con acento, pues había aprendido en el colegio que lleva tilde aquel “Sí” de afirmación.

Sin acento cuando queremos expresar una condición.

¿Por qué pensaba ahora en eso?

“Si (sin acento) ella dice que sí (con acento), seremos la pareja más feliz del mundo”

“¿He cerrado el coche bien?”, pensaba.

  • Joder, Luís – se decía – céntrate.

 

El leve movimiento de Lucía le devolvió a la realidad.

¿Iba a hablar? ¿Iba a hacer o decir algo?

Lucía, entonces, agarró su chaqueta, besó a Luís en los labios, y acarició su barba.

  • Lo siento, Luís – dijo ella – No puedo hacer esto.

 

Y se fue.

 

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