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Archive for 16 mayo 2016

Hacía exactamente tres semanas desde que Isabel perdió a su marido en manos de una rara enfermedad que, según la medicina, se atribuía a los últimos brotes de la peste.

Fue exactamente un 14 de mayo de 1436 cuando Isabel encontró a Manuel, su respetado y trabajador marido, tirado en el suelo de la cocina rodeado de un charco de sangre.

Tres semanas a las que Isabel había dedicado casi maníacamente a rezar, frotar, y limpiar ese suelo. Pensaba en Manuel a todas horas, pero, presa del pánico social, el miedo de que en ese suelo quedase impregnada un poquito de esa enfermedad, le hacía pasarse más horas fregando, que llorando.

Tres semanas habían pasado cuando, el señor Federico, casado con doña Aurora, entró en casa de Isabel, embriagado por las bebidas alcohólicas que llevaba en la sangre, y la imagen de la viuda Isabel, deseosa de sexo tras semanas sin probarlo.

Entró como quien entra en una panadería, sin preguntar, sin llamar, sin avisar. Y allí la vio, de rodillas en el suelo, fregando, con la falda arremangada hasta las caderas para evitar mojar así sus vestiduras.

En cuanto Isabel lo vio entrar, se puso recta, casi a la misma velocidad en la que el miembro viril de Federico hacía lo mismo. No necesitaron intercambiar palabras, rápidamente Federico agarró del pelo a Isabel, y la llevó de nuevo al suelo. Ella luchó, forcejeó, mordió y pataleó. Nada le valía para quitarse a ese hombre, y esa peste a alcohol, de encima.

La violó. La violó varias veces en ese mismo suelo donde tres semanas antes su marido había perdido la vida.

Pero Isabel no lo dejó ahí, siguió gritando, aun cuando Federico ya se disponía a abandonar la casa. Gritaba, lanzaba cosas, lloraba, le arañaba… y en cuanto Federico pudo reaccionar, un gran número de vecinos ya estaban en la puerta, entrando, mirando por las ventanas, agarrando a Federico, mientras Aurora, su mujer, lo veía todo desde la plaza.

  • ¡Yo no quería hacerlo! – gritó Federico – ¡Me ha embrujado! ¡Esa maldita puta me ha embrujado para que lo hiciera! ¡Ella mató a su marido! ¡Ella es la bruja!

Y, en aquel mayo de 1436, no necesitó nada más.

Rápidamente la ley civil y la Iglesia lanzaron todo su peso contra Isabel. Fue acusada de brujería, de asesinato, y de uso de pócimas y utensilios relacionados con el diablo.

Aún así, afortunadamente, en España la fiebre por la caza de brujas era menos intensa que en el resto de Europa, por lo que se evitaba siempre la pena de muerte. Isabel solo tuvo que abandonar su pueblo, bajo amenaza de prisión y muerte por brujería.

Abandonó así su casa, presa de esa rabia al ver, una vez más, como una opinión masculina contra una mujer podía arrastrar a ésta a adquirir una fama que le obligaba a alejarse de su círculo, su familia, sus amigos…

Antes de abandonar el pueblo, sus ojos se cruzaron con los de Aurora, amiga de toda la vida.

Aurora desvió la vista, mientras un gran gentío gritaba desde la plaza “¡Puta bruja!”.

Corría el año 1436, pleno apogeo de la caza de brujas. Y el poder del hombre podía destruir al de la mujer en un abrir y cerrar de ojos.

 

Eran las 10 de la mañana cuando el iPhone de Claudia empezó a sonar.

Sin poder abrir los ojos miró la pantalla, y ahí estaba ese mensaje de Pedro:

“Me encantó conocerte ayer, espero que te lo pasaras tan bien como yo”

Claudia sonrió. Sin embargo no contestó, la resaca, y el cansancio que Pedro le había otorgado a causa de esa noche de sexo, hizo que se quedara dormida de nuevo, sonriendo.

Mientras ella dormía, Pedro se reunía con sus amigos para explicarles la noche. El principio era el de siempre: unas partidas a la videoconsola, unas cervezas, unos amigos, un bar de copas, la discoteca de moda del centro de Madrid… pero ahí cambiaba algo, aparecía Claudia.

Se vieron. Se sonrieron. Se besaron. Y sólo necesitaron 10 minutos para abandonar la discoteca e irse a casa de ésta. Tuvieron sexo hasta bien dadas las 7 de la mañana, cuando Pedro abandonó su casa para volver a su cama. A Claudia le gustaba dormir sola.

  • Tío, tío… – dijo su amigo César – enséñanos una foto de esa Claudia.

Pedró desbloqueó su móvil, y rápidamente ya tenía en la pantalla fotos de Claudia. En la playa, con amigas, de viaje, trabajando… ¡benditas redes sociales!

Fue entonces cuando Javier, el mejor amigo de Pedro, rompió el encanto.

  • ¡Joder Pedro! – dijo riendo – a esta tía me la he tirado yo.
  • ¿Cómo dices? – Pedro no daba crédito.
  • ¡Que a esa tía me la he tirado yo! ¡La primera noche que la conocí! Veo que no tiene nada de santita la tía…
  • ¿Se acostó con los dos la primera noche? ¡Menuda puta!
  • ¡Joder, ya no quedan tías como las de antes!
  • Tú verás lo que haces Pedro…
  • Sí, pero cuidado… estas tías están hoy con uno, mañana con otro…
  • Y a saber si no tienen alguna enfermedad chunga de esas…

 

Tres semanas después, Claudia seguía sin saber nada de él. Decidió pasar página. Al fin y al cabo, sólo había sido una noche de sexo más, como otras. Prefirió no darle más importancia, aunque se reconocía que Pedro le había gustado mucho.

Pasaron cuatro semanas cuando Claudia y sus amigas se encontraron a Pedro y sus amigos en la misma discoteca. Claudia, simpática y valiente, decidió acercarse a saludar a Pedro. Éste, sin embargo, la saludó con frialdad, y se despidió de ella.

Mientras Claudia, decepcionada y perpleja, se alejaba, pudo escuchar como un amigo de Pedro le decía a éste al oído: “¡Puta bruja!”

 

Corría el año 2016, pleno apogeo de la libertad sexual. Y el poder del hombre todavía podía destruir al de la mujer en un abrir y cerrar de ojos.

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