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Archive for 28 junio 2011

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Marta está cansada de su pareja, y cree que cualquier día le explotará la cabeza, o se la volará a él. Está harta de este tira y afloja que llevan desde que iniciaron su relación. Él la desea, la llama a todas horas, le hace sentirse querida y respetada, pero cuando parece que la relación va a cuajar, y las campanas de boda van a empezar a sonar, él se aleja durante unos días, y ella se siente abandonada en el altar.

Sabe perfectamente que una mujer no debe sentir necesidad por tener a un hombre al lado, sabe, a conciencia, que el autoconcepto de ella misma y su autoestima, no deben verse aumentados o disminuidos por la presencia o ausencia de un hombre.
Pero muy en el fondo, sabe que no cree en ese mensaje, necesita a un hombre, está harta de no sentir unos brazos a su alrededor en la cama, de no tener a un hombre con el que tirarse en el sofá, helado en mano, a ver una película, pasear por la playa de la mano, hablar de futuros proyectos, de boda, de hijos… Se siente sola.

Decide quererse a sí misma, y dejar la relación. Y se sorprende, meses después de haberlo hecho, en la misma jodida situación, pero cambiando el rostro del hombre deseado.

Algo anda mal, se promete en cada final de relación que cambiará, que será más independiente, que no será tan obsesiva…

Siempre le han enseñado a ser una princesita delicada, a la espera de ese príncipe azul que llegue en su caballo y la salve del dragón, que no es otro que su monotonía y dependencia a los hombres.

Ramón está cansado de las mujeres que intentan cazarlo y llevarlo al altar desesperadamente. Siempre le ha pasado lo mismo, por mucho que ellas presuman de independencia y de mujer con espada en una mano, bolso en otra, y taconazos de diez centímetros.

Repasa sus pautas con respecto a las mujeres, y observa cómo siempre le ha ocurrido lo mismo. Conoce a una mujer, pasan noches entre las sábanas, en el cine, en casa de ella, en casa de él, pero algo no le cuadra. No se siente nunca del todo seguro, pero siente que debe quedarse con la mujer, es tan bonita, es tan delicada, debe protegerla ¿cómo va a abandonarla a ella, que tanto le necesita?

Él es un hombre de los pies a la cabeza, y un hombre no debe abandonar a una princesa, mucho menos romperle el corazón.

Hasta que, en una de éstas, conoce a otra princesa, más necesitada, más delicada, y más borracha. Y piensa que es un hombre de los pies a la cabeza, y que los hombres, como machos de la manada, no deben dejar a una mujer necesitada con ganas de hombre. Así pues, se lanza a otras sábanas, a otros brazos, a otros palacios.

El rompecabezas está servido. Echa de menos a su princesa original, y decide hablarlo con sus amigos, pero ¿cómo va a abrirse de una manera sensible y sincera ante los otros hombres? ¡Se van a reír de él! ¡Él, rallado y enamorado de una mujer!
La idea de una persona rallada, preocupada por el amor, celosa… a Ramón siempre le ha parecido más propia de una mujer que de un hombre, no debe permitírselo. Mejor pensarlo con una cerveza en la mano, y unos bailes en la discoteca de moda.

Así que decide callar, quitar hierro al asunto, y tomar una decisión, o romper el corazón, o seguir a trote entre ambos castillos.

Siempre le han inculcado la idea de fuerza, superioridad, rudeza, nunca se le ha permitido llorar, mucho menos arrastrarse por una mujer. Debe protegerlas, no llorarlas.

Los hombres y las mujeres somos diferentes, no es una observación machista ni marcada por la superioridad de un extremo u otro, simplemente es una observación objetiva, nos diferencian muchos rasgos, desde los físicos hasta los actitudinales.

Esto, siempre que se lleve bajo una supervisión de educación, igualdad y tolerancia, no es malo, es más, puede servir para complementarnos, para enseñarnos, para valorarnos más unos a otros.
El problema surge cuando a esta diferencia le hacemos una jerarquía, es decir, intentamos poner a unos sobre otros, y viceversa.

¿A qué es debida esta diferencia? Muchos dicen que a la educación recibida en casa, otros que a los roles que vemos en televisión…

La respuesta correcta, sin embargo, sería “una mezcla de todo”.

Pero vayamos a la raíz del problema.

Cuando un niño o niña nace y empieza a desarrollarse y expandir su rol social, todo lo que escucha, observa o vive no son más que pautas para desarrollar su personalidad, ideas, y principios que formaran parte del hombre y mujer del día de mañana.

Esta diferencia ocurre cuando, al momento de nacer, y sobre todo en el momento en el que inician su incursión en el mundo educativo, los mensajes que reciben son diferentes unos a otros.

A la niña se le enseña a ser delicada, responsable, emocional, limpia, pulcra, y jugar con cosas que no ensucien, no hagan ruido… por ejemplo, peinarse, saltar a la comba, cocinar… y además, pareciendo esto poco, les enseñamos a ser “mamás”, con lo que ello implica, depender de otra figura, hacerse a la idea de que otra persona necesitará de ella, y ella debe estar ahí para solventar los problemas y necesidades del otro individuo. Se le enseña a ir con la cabeza gacha, para no pisar lo fregado, y la falda por las rodillas.

Por otro lado, al niño, se le enseñan tascas o labores relacionadas con la manipulación de objetos, inculcando así valores e ideas tales como ser rudos, fuertes, tirarse al suelo, ser independientes, y, además, se le enseñan juegos simbólicos tales como ir a la guerra, salvar al mundo, rescatar a la princesa… esto, por su parte, da una moral de independencia, de ser el fuerte de las situaciones, de no depender de nadie, de socorrer a las mujeres que son débiles, de ir con la cabeza alta, y el pito fuerte.

Todo esto, desde el punto de vista de la educación infantil bajo los ojos de unos padres encantados y embobados, puede parecer divertido, e incluso inocente ¡Él es tan valiente! ¡Ella está tan preciosa vestida de princesa!

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En la vida nos encontramos constantemente situaciones en las que nos gustaría decir “No me da la gana”, pero por miedo a quedar como un mal educado, por la simpatía que nos otorga la otra persona, o por miedo a las consecuencias, acabamos diciendo, con la boca pequeña “Sí, claro que sí, ningún problema”.

Ya sea en el ámbito laboral, o en el personal, creemos que decir “No” ante una demanda, sugerencia o favor, es desacreditar a la otra persona, o, aún más extremo, crear o fomentar una rivalidad, pelea, o mal entendido.

Marta está harta de la presión y agobio que su actual pareja, Jaime, infunde en ella. Él pretende verla a todas horas del día, en cualquier momento, en cualquier minuto de tiempo libre. Ella, que está hasta el culo de trabajo, piensa que sería genial dedicarse una noche a ella misma, sin ningún gran plan, llegar a casa, cenar un plato pre congelado, y espatarrarse en el sofá a ver la televisión y ver las horas pasar…

–          ¿Nos vemos esta noche? – le pregunta él.

–          No sé –titubea ella- estoy algo cansada, me apetece descansar.

–          Pero puedes hacerlo aquí ¿no? Es que tengo ganas de verte…

Automáticamente se enciende en ella el piloto automático “Pobre ¿cómo le voy a decir que no? Pensará que me pasa algo o que no tengo ganas de verle”.

–          Claro que sí, amor, cuando salga del trabajo voy para allá.

Estas situaciones las vivimos cada día, conocemos mil casos, y a medida que el “NO” se censura y oculta, será más difícil sacarlo a la luz en posteriores ocasiones.

Lo mismo ocurre, y en mayor escala, en el trabajo.

Pedro está agotado y exhausto, cada noche llega a casa pasadas las nueve de la noche, aunque su jornada laboral es hasta las ocho de la tarde, y, además, lleva con él kilos y kilos de informes para pasar a limpio, ya que los de contabilidad están fuera el verano, y alguien tiene que hacer este favor.

Al día siguiente, como siempre, la escena se repite:

–          Pedro, que bien que estés aquí, tengo que pedirte un favor… – dice su jefe.

–          Claro, lo que necesites…

¡Y el resto ya se sabe! El jefe sabe que el pescado está vendido, y que Pedro, como siempre, cederá a cualquier exigencia o demanda.

Esto ocurre, sobretodo, en personas que se preocupan demasiado en agradar a los demás, y mostrar siempre su lado positivo, y bueno. O lo que viene siendo de otra manera, sumiso. Su mayor necesidad es saber que nunca caen mal, que agradan a todos, a pesar que, en muchos casos, esas decisiones no le gustan a sí mismo.

Además, denota una tendencia grave a la inseguridad. El hecho de no saber tomar decisiones, no ser coherente con las consecuencias de nuestros actos, y no creer en nosotros, hace que nos desviemos hacia aquello que nos piden, sin poner la menor objeción, o preguntarnos interiormente: “¿Realmente quiero hacerlo?

Pero ¿realmente agradaremos más al resto si siempre decimos que sí a todo? ¿Qué imagen, verdaderamente, estamos dando de nosotros mismos?
Obediente, sumiso, sin falta de compromiso, sin opiniones propias, sin tiempo libre, sin decisión, no saber tomar decisiones, inseguro…

En cambio, cuando creemos que debemos decir “NO”, y así lo hacemos, damos imagen de seguridad, de coherencia con nosotros mismos, de saber qué queremos en la vida, y en el momento en el que digamos “”, ese sí adquirirá más valor.

Ante estas situaciones debemos tener en cuenta que decir “NO” es nuestro derecho, tal y como explica un conocido amigo y coacher:

“Cuando queremos decir “NO”, y decimos “SÍ”, estamos desvalorizando nuestro “SÍ”.

Trabajar y adquirir las habilidades para decir “NO” es sencillo, y además, los frutos se recogen enseguida, es rápido, y eficaz.

Prepararse para decir NO.

Lo primero que tenemos que hacer, antes de enfrentar la situación, es saber qué queremos y cómo lo queremos. Si sabes que NO quieres realizar una función, o no quieres llevar a cabo un plan que sabes que te van a proponer, prepara con antelación la escena en tu cabeza, revísala. En definitiva, imagínate con anterioridad a ti mismo diciendo “NO”.
Asertividad

Debes ser consciente que decir “NO” no es un desafío, una provocación o una forma de negar ayuda. Decir “NO” es un derecho.
Cuando dices “NO”, estás eligiendo dirigir tu vida, opinar por ti mismo, decidir tus caminos, y explorar el sendero que a ti más te convenga.
Otras personas lo hacen, y no ocurre nada, otras personas reparten su tiempo libre como ellos quieren, con total libertad, otras personas realizan en el trabajo las funciones que les designaron, sin tener que hacer las funciones que otras personas deberían hacer.
Disfrutan de su trabajo.
Viven su tiempo libre de manera sana, y lo comparten cuando quieren.
Eligen vivir su vida a su manera.

¿Por qué no puedes ser tú una de esas personas?

Buscar el contexto adecuado

Debes tener en cuenta que, como para todo, explicar las cosas, o decir tu punto de vista debe estar acompañado de un buen contexto, es decir, saber dónde decirlo, y cuándo decirlo.

Si estás pensando, por ejemplo, hablar con tu pareja o amigos para explicarles tu situación y tu enfoque, seguramente por móvil, o en una pelea aprovechando el filón de sinceridad, no sea el mejor momento, ni la situación más adecuada.

Lo  mismo ocurre en el trabajo, seguramente tras una reunión o en un momento de movimiento laboral tampoco sea el mejor momento.

Busca un lugar neutro, en igualdad de oportunidades, y en un momento en el que las condiciones estén de tu parte.

Prepararte para las objeciones y dudas.

Si te has pasado toda la vida diciendo “SÍ” a todo, seguramente, cuando digas por primera vez “NO”, la cara de tu interlocutor será un poema.
Lo primero que debes hacer, es aceptar y entender esas dudas u objeciones. Piénsalo, has estado toda la vida agradando y complaciendo a los demás ¿A qué se debe ese cambio?
Así que prepárate para esas dudas, preguntas, objeciones y seguramente mal entendidos, así cuando se produzcan estarás preparado para, de una forma serena, tranquilo y sosegada, aclarar todos los puntos necesarios.
Conoce tu estado emocional, y el ajeno.

Otra de las habilidades necesarias es conocerte a ti mismo, saber cómo te sientes, cómo te encuentras, y cómo respondes a las situaciones dependiendo de tu estado emocional; así pues, elige un momento para el encuentro en el cual tú te encuentres seguro, cómodo contigo mismo, y decidido. Un momento de dudas, de inseguridades, no será nunca el mejor momento para decantarte a cambiar los patrones que has seguido toda tu vida…

Lo mismo ocurre con las emociones ajenas, conoce a tu interlocutor, asegúrate de que se encuentre bien en el momento del encuentro, si hace falta proponle otro momento para poder hablar más tranquilos…

Desafía el punto de vista del otro

Ante las dudas u objeciones, intenta poner al interlocutor en tu situación, provoca que mire las cosas desde otro punto de vista, ayúdale y colabora con él para empatizar con tu situación, explícale que de esa forma tú estarás mejor.

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Respeto y conciencia

Mientras Nacho miraba por la ventana, era consciente de que había llegado ese momento en la vida en el que piensas más en lo poco que te queda por vivir, que en lo mucho que te queda por disfrutar.

Estaba quemando sus últimos cartuchos, lo sabía, era consciente de ello. Y sólo podía pensar una cosa “Si tengo que morir, moriré, pero no quiero que sea así…”.

Pensó en aquella tarde en que besó sus labios por primera vez. Ella, tan educada, tan respetada, tan inteligente, y tan maltratada… Salía de un matrimonio con 2 hijos, de 2 y 4 años respectivamente, y él, impulsado por un tremendo amor hacia ella, les educó, cuidó, protegió, pagó las mejores escuelas privadas de Madrid, y les dio todo lo que querían, todo ello sin descuidar la parte afectiva y paternal ¡Era tan buen padre!

Se acordó del momento en el que Claudia, la mayor de los hermanos, se rompió la pierna en clase de educación física. Nacho no lo dudó, dejó su trabajo y fue corriendo a recogerla al colegio para llevarla al hospital. No le importó. Era amor.

También recordó cuando Sergio, con 12 años, fumó su primer cigarro en los aseos del colegio, y tuvo que ir a buscarlo porque estaba expulsado. Ese disgusto le costó a Sergio 4 días de fiebre, cuatro días que Nacho no se apartó de su lado, mirándolo, perdonándolo, amándolo… No le importó. Era amor.

Luisa, la madre, era una respetada doctora del Hospital de Madrid, y tenía pocas horas para dedicar a la familia, a su marido, y a ella misma. Pero a Nacho no le importaba, eran sus hijos al fin y al cabo, los quería como tal.

Dicen que la manera de relacionarnos con nuestra pareja, y buscar nuestra media naranja, viene marcada por las experiencias de nuestra infancia. Y fue tan dura la de Claudia… por eso, con 16 años, se sentía orgullosa de tener al novio más chulo del instituto. Le chuleaba a los profesores, al director, a los compañeros, y era tan chulo, tan chulo, que hasta a su novia la trataba mal.
Así que cuando tuvo que ir a buscar a Claudia a una fiesta del colegio porque su novio le había dado plantón, no le importó dejar esa importante cena de reuniones, con un suculento aumento de sueldo de postre, para ir a recogerla, abrazarla, y recordarle lo especial e importante que era, sin necesidad de llevar a un chulo colgado del bolso.

Los años pasaron, y Luisa fue víctima de un horrible cáncer de pulmón. Claudia no había fumado ni un solo cigarro en toda su vida. El cáncer alargó la batalla a vida o muerte durante 4 años. Esos largos y duros 4 años Nacho tuvo que hacerse cargo de todo, la casa, el trabajo, los niños, la educación, los gastos, la comida… Fue tan duro, pero había tanto amor en su dedicación…

A todo ello se juntaron los peores años para el pequeño, no tan pequeño ya, Sergio. Las drogas se cruzaron en su camino, y su poca autoestima y desesperación por agradar a los demás hicieron que las aceptara como quien se aferra a un tronco para no ahogarse.

Pasó 2 años en centros de desintoxicación, y Nacho ya había perdido la cuenta de las veces que tuvo que ir a buscarlo a la comisaria, por tráfico, robo con violencia, asalto a mano armada…

La enfermera hizo regresar a Nacho a su presente. Tocaba aquella maldita medicación, y tenía que regresar a la sala de rehabilitación. Maldita sea ella y toda la medicación del mundo, pensaba Nacho mientras sonreía y tragaba la pastilla.

Mientras regresaba a su habitación, no podía evitar llorar viendo a todos aquellos enfermos rodeados de familiares, parejas, nietos, amigos… ¿Qué había hecho mal? ¿Por qué estaba tan solo?
Su mirada se dirigió a una pareja joven que estaba visitando a un padre, abuelo o amigo… debían de ser recién casados, pensó Nacho. Ese amor tan dulzón, tan pícaro y tan contenido no dura más de dos años.

Se acordó enseguida de Claudia. Aquella mañana soleada entró en casa de la mano de Jaime, su novio, y anunciaron que se casaban. El problema era que los padres de Jaime se negaban a soltar un euro para la boda, “es decisión vuestra”, decían.

Luisa seguía hospitalizada, y le rompía el alma el hecho de no poder disfrutar de aquellos momentos únicos. No lo dudé en ningún momento, eché cuenta de mis ahorros, vendí el segundo coche, regalo de mi difunto padre, y lo invertí todo en la boda, y el piso para acoger a los jóvenes enamorados, se merecían un nido, un refugio para crecer como pareja, y después como familia ¿Qué más daba no tener dinero? ¿Qué más daba quedarme sin mi querido coche? “Todo por una hija” ¿no?

Dos meses antes de la boda, Luisa murió. Afortunadamente viví sus últimos suspiros con ella.

Que no les falte nada a los niños, que Sergio se cuide, y tú, amor mío, sé feliz, recuerda que esté donde esté, voy a estar contigo, te voy a cuidar desde donde esté. Siento no poder ser más fuerte que el cáncer, pero me rindo… no sabes cuánto me duele, pero me rindo… tenemos pendiente nuestro último baile, amor mío…

Después de sus últimas palabras, me besó la mano, le besé la frente, y mientras nuestros corazones se despedían, su corazón dejaba de latir, su sangre dejaba de fluir, y Luisa volaba hacia un lugar más tranquilo…

Ese fue, seguramente, el momento más duro y más emocional de su vida. Pero el recuerdo de Sergio robándole dinero, no se quedaba atrás.

Una mañana Nacho volvía de una reunión, y vio que la puerta de su habitación estaba abierta. Al entrar, le sorprendió ver todo tirado por el suelo, pero aún le sorprendió más ver a Sergio robándole a su propio padre, aunque según él decía continuamente “Tú no eres mi padre”.

No volvió a verle nunca más, y Claudia no se cansaba de culparle, de hacerle responsable de la muerte de su madre, de la desaparición de su hermano, y de ser “un mal intento de padre”.

Claudia se distanció notablemente de él, a pesar de que Jaime seguía manteniendo un sano contacto.

Volvió a aparecer Claudia en su vida cuando, 2 años después, le comentó que iba a ser abuelo de un precioso niño, al que llamarían Miguel.
Nacho pensó que quizá las cosas empezaban a ordenarse, a calmarse, quizá aquel niño lleno de amor calmaría el mal humor de su madre, el mal carácter, el enorme egoísmo… Pero se equivocó, dos meses después Claudia no dejaba de ir a verle para pedirle dinero para una cuna, para la ropa, para un curso de premamás, para coger plaza en un hospital precioso, para alquilar un párquing, para… para… para…

Afortunadamente, Miguel llegó al mundo sano, con muy buen peso, y precioso.

Desgraciadamente, Nacho sufrió un ictus que lo dejó colgando de un hilo, entre la vida, y la muerte. Y sinceramente, pensaba Nacho, no sé dónde es mejor quedarme.

Se recuperó de aquel ictus, pero no volvió a ver a nadie. Vivía sólo, ahora aprendía a andar, empezaba a valerse por sí mismo, pero muchas veces, mirándose a través del reflejo de la ventana, pensaba “¿Para qué?”. Entonces alzaba la mirada al cielo, sonreía, y decía en voz alta “Para que, cuando me una a ti, esté bien fuerte para poder bailar contigo”.

Nacho hizo buenas migas con Francisco, un anciano que también estaba interno en aquel hospital, y que, como él, estaba solo.

–          La juventud es así – decía Francisco – están contigo cuando te necesitan, y cuando tienen alas se olvidan del nido.

–          Me pregunto qué habría pasado si me hubiera dedicado más a mí y a mi mujer, y menos a dar todo a cambio de nada.

–          Pues que hubieras sido la persona más infeliz del mundo.

–          ¿Infeliz? – preguntó Nacho asombrado.

–          Si, los padres vivimos para nuestros hijos, es ley de vida, si no hubieras hecho todo por esos niños, ahora no podrías vivir con tu conciencia tranquila…

Nacho se fue con esas palabras en su mente. Tantos ancianos solos, abandonados… personas que en su época fuerte e independiente dieron todo por sus hijos, y que cuando ellos los necesitaron, les dieron la espalda.

Si, decía Nacho, quizá si no hubiera hecho todo lo que hice por ellos, ahora no podría vivir con la conciencia tranquila, pero ¿qué hay de sus conciencias?

En sus últimos momentos de vida, mirando por la ventana, abrió la boca, y dijo por última vez “En su conciencia queda…

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