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Archive for 16 marzo 2012

La caja

Hace mucho tiempo, nació  una pequeña criatura en el corazón de un gran bosque, conocido por sus constantes lluvias, y su inestable temporal.

Los padres de esta criatura le pusieron por nombre Raf. Viniendo de una familia inestable, y habiéndose criado en la calle, los padres decidieron que ese bosque era demasiado peligroso para él, así pues, lo taparon con una pequeña caja de cartón y, tal como mandaba la tradición en aquellas tierras, lo dejaron partir su camino.

La caja contaba únicamente con dos pequeños agujeros, por donde Raf podría no sólo respirar, si no también observar todo cuanto ocurría a su alrededor.

Raf no tardó en encontrarse con el primer personaje del bosque. Ocurrió cerca del río, cuando éste se acercaba para beber un poco de agua.

–          ¿Qué haces? – preguntó la curiosa pececilla.

–          ¡Bebo agua! – contestó Raf – vengo de muy lejos, y estoy sediento.

–          ¿Y por qué no entras al agua conmigo?

–          ¡No sé nadar! Nunca he aprendido… – dijo un tímido Raf.

–          ¡Oh! Eres un personaje muy curioso, dentro de esa caja… ¿No sabes nadar? Entonces no te mereces ni mi mirada ¿Me dejas escribir en tu caja?

–          Claro…

Y así fue como la pececilla, sin saber Raf lo que hacía, inauguró la caja del pequeño Raf, escribiendo en ella:

¡NO SABES!

Llegó la noche, y con ella la lluvia, y Raf buscaba desesperadamente un lugar donde pasar la  noche. Sus padres le habían hablado del peligro de los animales carnívoros, que salían por la noche a buscar sus presas para alimentarse “No es culpa de ellos – decía la madre – tienen que alimentarse”. Aún así, la idea de grandes fieras con grandes ojos negros y largos y blancos colmillos, le aterraba.

Se refugió bajo un gran árbol, cobijado entre las hojas secas que caían, y se dispuso a dormir, cuando el Gran Búho del bosque le dijo:

–          ¿Quién eres?

–          Soy Raf, no quiero molestar, sólo quiero dormir un poco, estoy tan cansado…

–          ¡Claro! – dijo el Gran Búho – ¿por qué no subes aquí? Compartiremos rama.

–          Yo no puedo volar, no soy un ave.

–          ¿No puedes volar? ¡Qué curioso eres!

Fue en ese momento cuando el Gran Búho se percató que estaba hablando con una caja.

–          Que caja tan bonita, y además decorada – dijo burlón el Búho – ¿te importa si escribo en ella?

–          ¡Claro que no! – dijo orgulloso Raf.

Así fue como el Gran Búho descendió de su rama, para escribir en la caja de Raf:

¡NO PUEDES!

Fue entonces cuando él empezaba a acomodarse a los pies del gran árbol, cuando vio su imagen reflejada en un pequeño charco, leyendo en ella:

¡NO PUEDES! ¡NO SABES!

Prefirió entonces mojarse, ante tal insulto, y salió del cobijo del árbol, exponiéndose así a la lluvia.

Como todas las cosas en la vida, la lluvia también empezó, mojó, y acabó, dando paso así a un hermoso y cálido sol. Raf se alegró entonces de ese olor tan especial y característico que deja la lluvia, ese olor a mojado, a verde, a nuevo… y fue entonces cuando se encontró con una pequeña lagartija.

–          ¿Qué haces aquí? – preguntó Raf.

–          ¡Oh! ¡Qué pregunta más estúpida! – replicó ella- ¿No lo ves? Estoy tomando el sol, me pongo guapa y morena.

–          ¿Puedo quedarme contigo?

–          ¡Claro! – dijo ella, encantada de ser admirada y escuchada.

Raf se alegró de encontrar, por primera vez, a alguien amable y cariñoso. Entonces, cuando estuvo cerca de ella, ésta exclamó:

–          ¿No sabes? ¿No puedes? – dijo alarmada leyendo la caja – ¡Vete! Además tu caja está mojada y huele fatal, no quiero que me vean contigo ¡Largo!

Raf emprendió de nuevo el camino en solitario, no sin que antes la lagartija escribiera en la mojada caja:

¡ERES FEO!

Raf se sentía cada vez más abatido, cansado. Su cuerpo, presa del frío y bochorno, pensaba él, cada vez era más débil y duro, le parecía estar convirtiéndose en piedra.

La caja cada vez se hacía más pesada, y, por si no fuera poco, pequeña.

Fue entonces cuando se encontró con el orgulloso caracol, quien, vanidoso y creído, le retó a una carrera. Y es que ya sabéis como funcionan estas cosas, cuando uno sufre constantes insultos y se siente inferior, cuando se encuentra a alguien peor tiende a marcar su superioridad, olvidándose de lo que se siente.

Raf, creyéndose partícipe de un juego, aceptó encantado.

–          ¡Caray! Eres mucho más lento que yo… – dijo el caracol.

–          ¿Tú también eres lento? – dijo Raf.

–          ¿Eh? No, no, claro que no. Soy de los animales más rápidos que existen.

–          Pero has dicho que tú también… – empezó a hablar la caja.

–          ¡Soy rápido! ¡Muy rápido! ¡Vete de aquí!

Y diciendo esto, escribió en la deteriorada caja:

¡ERES EL ÚLTIMO!

Pasaron los días, y llegó un momento en el que Raf ya no podía moverse, expresarse o comer, quedando petrificado, quieto, casi sin vida…

Muchos animales pasaron por allí, viendo sólo una abandonada y rota caja en el suelo. Muchos llamaron, insistieron, gritaron y golpearon… pero nadie contestaba.

Al leer lo que la caja llevaba escrito, el resto de animales se unieron a ello. No lo conocían, muchos ni sabían quién era el que habitaba esa caja… pero si había tantos insultos, no podía ser nada bueno.

¡NO ERES NADIE!

¡NO SABES HABLAR!

¡NO EXISTES!

Hasta que, una primavera, Raf notó como su cuerpo se expandía, se abría, rompiendo esa dureza que envolvía su cuerpo. La caja ya se le hacía diminuta para él, así que, extendiendo sus nuevas alas, la rompió, quedando libre.

Raf cogió la rota caja que había a sus pies, y, leyendo todo lo que ponía, decidió esconderse bajo unas rocas. Se sentía como un monstruo. No quería hablar con nadie, no iba a salir nunca jamás. Sólo saldría para comer y beber.

Y fue en una de esas excursiones, cuando vio a la criatura más bella que jamás había visto. Se quedó maravillado. Así que fue cuestión de tiempo el acercarse a ella una mañana soleada ¡Era tan bella!

–          ¡Hola! – dijo la bella criatura.

–          Hola… – tartamudeó un tímido Raf.

La bella criatura quedó asombrada ante la imagen fatigada y deteriorada de Raf, y le propuso ir con ella a comer.

–          No puedo – dijo él.

–          ¿Por qué no? – dijo la bella criatura, alarmada ante la negativa.

–          No sé nadar…

–          ¿Y qué? – dijo ella sonriendo – Yo tampoco sé.

–          Además, siempre soy el último – dijo Raf.

–          ¿Contra quién compites? – preguntó ella, cada vez más asombrada.

–          Contra nadie… – dijo un confuso Raf – pero yo no existo, ni sé hablar.

–          ¿Qué no existes? Pues yo debo estar muy loca, porque te estoy viendo. Además, también te estoy escuchando. – dijo la hermosa criatura.

–          ¡Soy feo! – gritó Raf – eso seguro que no me lo puedes negar.

–          Pues para ser tan feo, te veo muy parecido a mi.

–          ¡En absoluto! – se alarmó Raf! – Tú sabes volar, eres preciosa, tienes unas alas con unos colores maravillosos… no tenemos nada que ver.

–          Creo que haces demasiado caso a lo que la gente te dice, y te observas muy poco a cómo eres realmente… Acompáñame – dijo la amable compañera.

Fue entonces cuando ambos se dirigieron a un pequeño río, cerca de un hermoso prado lleno de flores. Raf entonces se acercó, y, por primera vez en toda su vida, se vio como realmente era ¡Menudas alas! Eran enormes, de preciosos colores…

–          ¡Es increíble! – dijo un excitado Raf – ¡Debe ser magia!

–          ¿Magia? No, tú siempre has sido así…

–          ¡No! – dijo Raf apartándose de ella – Antes era pequeño y feo… no valía para nada…

–          ¿Para nada? – dijo ella enfadada, por primera vez – Deberías apreciarte un poquito más, gracias a tu aspecto de antes, a esas duras pieles, y cortas patas, has sobrevivido al duro temporal, y has aguantado tantas semanas sin comer…

–          De todas formas nunca seré como tú, eso me han enseñado. Vosotras las mariposas sois tan perfectas, tan hermosas, tan bonitas…

Tras estas palabras, la joven y bella compañera se acercó a uno de los trozos de la caja rota. Agarró uno, escribió unas palabras, y sonriendo, se lo puso en el centro del pecho. Raf pudo leer:

¡SOY UNA MARIPOSA!

ÓsKar Blázquez

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