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Archive for 15 octubre 2016

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Sé que estás preocupado. Sé que estás preocupada.

Sé que actualmente vives bajo una presión y una ansiedad que crees que nunca se irá. Que se solucionará, quizá, pero que después vendrá otro, y otro problema.

Sé que algo te preocupa, igual que sé que dedicas más tiempo del que deberías a esa preocupación.

He acertado ¿verdad?

Ha sido fácil. Todos estamos preocupados.

Esto es como aquel o aquella que, movido quizá por la ignorancia, o la incultura, o quizá la desesperación, llama a esos programas donde “Juani la vidente”, o “Carlos el mago” te echa las cartas y ¡sorpresa! Acierta todo. Vendría a ser algo así:

  • Buenas tardes Aries, gracias por llamar.
  • Buenas tardes, llamo para ver si me puedes ayudar…
  • Claro que sí – dice el vidente, entrecerrando los ojos y mirando a cámara – Pero espera, espera… me dicen las cartas que estás muy preocupada ¿verdad?
  • ¡Caramba! Qué bueno eres ¡¡Eso es!!
  • El dinero… te preocupa el dinero ¿verdad? Veo que estás en una situación económica difícil ¿verdad?
  • ¡¡Verdad!!
  • Vaya… ¿estás casada?
  • No
  • ¿Lo ves? ¡Me lo dicen las cartas! Veo que te preocupa este tema, no has tenido mucha suerte ¿verdad?

Y un largo etcétera de llamadas que dejan a la persona con el mismo problema, y al “adivino” con la cartera más llena.

Lo adivinan. Al igual que lo he adivinado yo ¿y sabes por qué?

Porque no estás solo, no estás sola, todos, absolutamente todos, estamos preocupados. No existe una sola persona en el planeta al que no le ronde un problema por la mente.

El trabajo.

Los hijos.

El dinero.

Los padres.

La enfermedad.

Los amigos.

El tema varía, pero la presión mental es la misma: preocupación.

La preocupación es una emoción a la que estamos más que acostumbrados. Pensadlo bien. Nos enseñan desde bien pequeños a preocuparnos; los deberes, la agenda, la ropa del colegio, los trabajos, las notas… y esto luego empieza a abarcar más aspectos de la vida: qué hacer en el futuro, qué estudiar, la emancipación, los primeros desamores, la vida adulta, la vejez… y un largo etcétera que no hace más que arrastrarnos, sutilmente, hacia una depresión, una ansiedad, o un estrés que, en el mejor de los casos, te va a dejar calvo.

Me gustaría que pensaras, ahora mismo, en un problema que tuviste hace dos años. Piensa. Concéntrate, estoy seguro que algo se te ocurrirá.

¿Lo tienes? ¡Bien! Ahora piensa en ese problema actual, ya arreglado, o solucionado. Y pregúntate ¿valió la pena tanta preocupación? ¿Cuánto tiempo desperdiciaste? ¿Cuánta salud arrojaste?

La preocupación sólo es válida para ayudar a generar soluciones, o afrontar conflictos. Cuando no sirve para esto, y únicamente nos arrastra a esos mini ataques de corazón, a esa angustia… déjame decirte que estás perdiendo el tiempo ¡No estás haciendo nada, sólo preocuparte!

Vamos a pararnos aquí.

Vamos a analizar la palabra: PREOCUPACIÓN.

  • Pre: Prefijo que significa “antes que”, “antes de”.
  • Ocupación: Acción o movimiento que nos dirige a actuar sobre algo.

Así pues, si cogemos bien este significado, preocuparse no es más que ese momento antes de hacer algo, antes de actuar, antes de buscar soluciones. Por lo tanto, si estás preocupado, debes saber que este estado acaba cuando empiezas a actuar sobre el problema.

Ya lo sabes ahora ¿estás cansado de estar preocupado? ¡Empieza a ocuparte de tus problemas!

Para ello es importante que entiendas que preocuparse, no sirve absolutamente de nada cuando:

  • La situación no tiene solución.
  • La solución no está en tus manos.
  • El problema aún no ha ocurrido, y es posible que ocurra, o no, en un futuro.

Aquí encontramos el siguiente paso.

Estás preocupado, estás preocupada, ha quedado claro. Asegúrate de no estar en cualquier de los tres puntos citados anteriormente. Si no hay solución, si la solución no está en tus manos, y si el problema, aún hoy, no existe, no tienes nada de lo que ocuparte. Por lo tanto no estás preocupado. Analiza que no sea miedo, o inseguridad.

Preocuparse nada tiene que ver con ser una persona responsable. Eres responsable cuando actúas sobre el problema. Mientras tanto, mientras estás sentado pensando en los problemas, no estás siendo responsable, lo lamento.

Existe un antiguo dicho que reza: “Si tiene solución ¿para qué te preocupas? Y si no la tiene ¿para qué te preocupas?” Empieza a aplicarlo. Pocos dichos de la cultura española son tan ciertos.
Para empezar a salir de ese bucle, es importante que analicemos otros aspectos de nuestra vida. Estamos preocupados, de acuerdo ¿pero qué otras cosas tenemos que nos hacen sentir bien? No es una pregunta retórica, piénsalos, escríbelos. Da igual lo que sea, no estamos aquí para juzgar.

Ver la televisión, escuchar música, llamar a seres queridos, el cine, el sexo, los amigos, la familia, leer, tomar el sol, cuidar tus plantas… Vamos a ser justos, no podemos centrar toda nuestra vida en “esa preocupación”. Reparte bien el porcentaje, dedica tiempo a todo.

Una vez empieces a dedicar tiempo a lo que te gusta, estarás más relajado, más tranquilo, más contento…y  por lo tanto, más abierto a pensar en soluciones, y provocar los cambios que necesitas para ello.
Está demostrado que muchos de los puntos que nos preocupan tienen que ver con el pasado, con la forma de hacer las cosas. Vale la pena pensar en el pasado, pero únicamente si es para recordar momentos agradables, aprender de los errores, y recordar a aquellas personas que se han ido, y nos esperan con calma en el otro lado.

Si es para castigarnos, regañarnos, o sentirnos culpables, no tiene ningún sentido. Piénsalo bien, el pasado no puedes cambiarlo.

¿Sabes lo que sí que puedes cambiar? ¡El presente!
Cuando vives el presente, no desperdicias tu energía y disfrutas de la vida. Eso te ayuda a estar en mejor condición, para enfrentar lo que te traiga el futuro.

Cuando te preocupas demasiado por algo, sin ocuparte, te desgastas tanto que cuando se presenta esa situación, no estás en tu mejor momento para resolverla.

Disfruta del momento. Descubre todas las pequeñas cosas que te rodean y que te pueden dar bienestar, si tú lo permites.

Sé que te has equivocado en el pasado.

Sé que te gustaría cambiar cosas.

Sé que ahora mismo, crees que harías las cosas mejor.

Sé que estás en un túnel, y no ves salida.

Sé que a veces, sin querer, te sientes sola, perdida, incomprendida.

Pero créeme, sólo con una buena actitud podrás salir de este hoyo. Cuando la tormenta nos cae encima no podemos pararnos a pensar en las soluciones. Sal de la tormenta, date una ducha de agua caliente, ponte un pijama calentito, hazte un té, y, entonces sí, tómate tiempo para pensar en esas soluciones.

Dedícate tiempo a ti, pasa tiempo haciendo cosas que te gusten. Y las soluciones, poco a poco, vendrán.

La vida, al final, son dos bailes y una copa de vino.

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Estorbos

tercera-edad

Cuando ella supo que estaba embarazada, decidió cambiar el estilo de vida que tanto le había costado construir.

Dejó el tabaco. Le costó, pero nada comparado con lo que le costó dejar el alcohol. Dejó entonces de acudir a aquellas fantásticas fiestas a las que le invitaban cada fin de semana. Y, con ello, su círculo social se vio reducido a tres amigas; todas ellas madres.

Él estuvo a su lado en todo momento, al fin y al cabo iba a ser el padre. Y con el paso de los meses, tuvo que dejar también el trabajo que tanto amaba y que tanto había luchado por conseguir.

Vio poco a poco cómo las fiestas, los cigarros, las copas, las largas charlas hasta el amanecer rodeada y embriagada por las risas y la música, daban paso a noches en el sofá, en el baño, y asomada a la taza del váter, vomitando hasta el alma.

Pero llegó.

Llegó ese pequeño de pelo rubio y ojos azules, y supo que absolutamente todo había valido la pena. Ya nada le apetecía más que quedarse echada con su bebé en brazos, mientras su marido le masajeaba los pies, y veían películas hasta el amanecer.

El niño creció; y con ello llegaron las facturas de colegios, clases extraescolares, logopedas, alguna visita al psicólogo, ropa, más ropa, más juguetes… así pues, y sin dudar, casi sin esfuerzo, renunció también a sus caprichos, a veces incluso a sus cenas con su marido, por darle a su pequeño todo lo que necesitaba.

Como todo niño caía enfermo, varias veces al año, y ella no tenía ningún problema en quedarse despierta, vigilando, cantando una y otra vez esa misma canción; todo era poco para que su bebé se recuperara.

Y así, dos años después, llegó el siguiente bebé.

Esta vez ella tuvo que ponerse también a trabajar. Limpiar escaleras no era lo que se decía un trabajo deseable, pero ahora los gastos eran dobles. Más bocas a alimentar, más agendas, más extraescolares (¿cómo iba a poder el mayor jugar a fútbol, y no dejar al pequeño acudir a clases de pintura?), más ropa, más juguetes… había que sacar el dinero de donde se pudiera.

Pasaron los años, y poco a poco su círculo de amigos se vio completamente apagado. Su vida era esa, cuidar a sus pequeños, no permitirse caprichos, enfermar, trabajar, fregar y fregar… pero al llegar a casa y ver a sus pequeños en la mesa haciendo deberes, jugando, o bebiendo un vaso de leche, le merecía la pena.

  • Vaciaría mi vida entera por vosotros. Daría la vida sin pensar.

Con el paso del tiempo, los juguetes pasaron a ser ropas caras, más dinero, una moto, una carrera universitaria, una paga para poder salir con los amigos, otra paga para poder llevar a la novia a cenar, más comida, y un largo etcétera que, por entonces, siendo ya madre soltera, le hacía pensar en la cantidad de escaleras que tendría que fregar para poder pagarlo. Y así lo hizo. Y sonreía. Sonreía a rabiar. Era feliz viendo cómo sus hijos conseguían sus sueños. Los suyos ya daban igual, ya se le había pasado el tiempo.

Llegó la primera boda. Con el tiempo la segunda. Y con el paso de los años, los nietos.

Ella entonces se conformaba con una pequeña paga, la cual, generosa ella, iba destinada a sus nietos, sus hijos, sus nueras… para todos. Menos para ella.

“Una sabe que se hace mayor cuando sus nietos traen a casa a sus novias”, decía a menudo. Y poco tiempo después, llegó el peso de la edad.

Ella se notaba torpe.

Cansada.

Un desastre.

Mala memoria.

Mal pulso.

Mucha orina. Poca voluntad.

Y empezaba a molestar.

 

Estaba preparada para ello, ya no tenía quince años, y sabía que el paso del tiempo no tenía favoritos, ni ojitos derechos. Pasaba para todos.

Lo que no se esperaba, lo que nunca se hubiera esperado, es encontrarse sentada en una silla mientras, los agentes de ayuda social, le hacían la maleta para llevarle a lo que sería su nueva casa. Un bonito y abandonado centro para personas de la tercera edad.

Intentó adaptarse. Lo intentó con todas sus fuerzas. Pero no pudo. No podía aceptar ver cómo pasaban los días, las semanas, los meses… y tenía que conformarse con una llamada de sus hijos, muy de vez en cuando.

No les había educado para eso.

¿Dónde iban a parar, entonces, todos esos años de dedicación a ciegas? Esas horas al lado de la cama, esos cambios infinitos de pañales, esas horas de trabajo enferma, dejar atrás su vida, sus amistades, sus sueños… ¿ése era el precio a pagar? ¿Ése era su final feliz?

  • No te preocupes, querida – decía su compañera de habitación – para lo que nos queda, qué más da.

Pues a mí sí que me da, pensaba triste, yo no quiero morir sola. No me lo merezco.

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El plato y la maceta

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Llega a la consulta.

Se ve agotado, cansado. Últimamente siempre le veo así, agotado. Es otro. Lejos quedó aquel hombre que llegaba a la consulta riendo, abrazando, haciendo bromas.

Su nudo, su problema, sus conflictos, han crecido tanto, le han devorado tanto interiormente, que ya se le refleja por fuera.

Le ha salido la pena por los poros.

El cansancio por los ojos.

El enfado por la boca.

Y él es consciente. Está abatido.

  • ¿Cómo ha ido la semana, Pedro? – pregunto mientras le tiendo su té preferido, y le acerco un cojín.
  • Pf – resopla él – como siempre. Una mierda. Una enorme mierda.
  • Vaya, lo lamento ¿No han mejorado las cosas con Claudia?
  • Ni con Claudia – dice Pedro cogiendo carrerilla – ni con mi padre, ni con mi jefe, ni con mis problemas económicos… sigo estancado. Todo sigue igual. Además, el otro día…
  • Pedro – le interrumpo – ¿me acompañas un segundo por favor?
  • ¿Ya me estás cortando? – dice él de mala gana.
  • ¡Vamos Pedro! – sonrío – confía en mí. Acompáñame.

 

Acompaño a Pedro a otra sala, mucho más grande e iluminada. Llevo  un plato lleno de agua. Hasta arriba. Agua a rebosar. Está el plato tan lleno de agua que se hace imposible dar un paso sin que ésta se caiga.

Dejo el plato en la mesa, a su lado. Camino hacia el final de la sala, y me quedo de pie, al lado de una gran maceta donde habita una gran planta. No sé recordar el tipo.

  • ¿Ves esta planta, Pedro? – le digo.
  • ¡Claro! ¡Es más grande que tú!
  • Bien Pedro, me gustaría que trajeras agua hasta aquí, sin derramarla por favor. Y que regaras la planta ¿Preparado?
  • ¿Cómo? – dice él – ¿A qué viene esto?
  • ¡Vamos Pedro! – le animo – Eres un tío valiente. Alimenta a la planta ¡Adelante!

Rápidamente, sospecho que más movido por el ego, que por la motivación, Pedro agarra el plato y da el primer paso.

  • ¡Joder! – se queja.
  • ¡La boca! ¡Vamos Pedro, que ya tienes 38 años! ¿No vas a poder con esto?

Le provoco.

Conozco a mis pacientes. Sé perfectamente quién responde a las provocaciones, y quién no.

Veo cómo coge aire. Da el segundo paso. Cae un poco de agua. Se queja. Pero sigue intentándolo. Sigue dando pasos. Cada vez está más confiado.

Tras él se puede ver un pequeño río, formado por sus errores. Pero no desiste.

Finalmente, queda tan poca agua en el plato, que no le supone ningún problema llegar hasta la maceta.

Llega, sonríe, tira el agua a la maceta, y me abraza.

  • ¡Lo he conseguido! – dice riendo.
  • ¿En serio? ¿Puedes mirar detrás de ti?

Pedro se gira. Su cara cambia de la risa a la hostilidad. Pedro observa la sala. Está llena de agua. Hay tanto líquido en el suelo, que lo que ha llegado a la maceta apenas le daría para vivir unas horas.

  • ¿Te estás quedando conmigo? – me pregunta.
  • ¿Te parece si volvemos al punto de inicio? – le digo.

Ambos recorremos el camino de vuelta hacia el punto inicial. Él con respiración profunda, yo le acompaño colocando mi mano en su hombro. Me conoce, sabe que ese gesto significa “Relájate”.

  • Dime Pedro – pronuncio – ¿cuál era la señal?
  • Llevar agua a la puta maceta – responde él.
  • ¡La boca, Pedro! ¡No estamos con tus colegas en el bar tomando unas cervezas!
  • Llevar agua a la preciosa maceta – dice él, burlón.
  • Así mejor. Exacto. Llevar agua a la maceta ¿Por qué agarraste el plato?
  • ¿Cómo? – pregunta, sorprendido.
  • Digo que por qué decidiste coger el plato lleno de agua para llevarlo a la maceta.
  • Me has dicho que tenía que llevar el plato lleno de…
  • No – le interrumpo otra vez, aún sabiendo que lo odia – No te he dicho eso. He dicho exactamente: “me gustaría que trajeras agua hasta aquí, sin derramarla por favor”
  • Ah – dice Pedro, ya más tranquilo – ¿y qué querías que llevara? Tú has dejado el plato encima de la mesa.
  • Así es, junto con otras cosas ¿me podrías decir qué más hay en la mesa?

Pedro se gira, y sorprendido, observa que encima de la mesa había, además del plato, dos botellas de agua pequeñas, y, al lado de estas, seis vasos de plástico vacíos.

  • Vaya… – dice Pedro, incapaz de pronunciar otras palabras.
  • Dime Pedro ¿de qué otra manera podrías haber llevado el agua?
  • Con la botella de plástico.
  • Muy bien – le animo – dime otra.
  • La otra botella…
  • Perfecto. Otra.
  • Podría haber puesto el agua de una botella en el vaso.
  • Otra.
  • El agua de la otra botella en otro vaso.
  • Perfecto ¿Otra?
  • El agua del plato en otro vaso.
  • ¿Se te ocurren más?
  • Joder, hay mil combinaciones – dice Pedro, ya más divertido, tranquilo.
  • Así es ¿por qué entonces intentas siempre la más difícil, aunque veas que no funciona?
  • Porque no había visto las otras opciones.
  • ¿Por qué?
  • Porque estaba pendiente del problema.
  • ¿Lo entiendes?

Y lo entiende.

Porque llora.

Llora y me abraza. Es entonces consciente de ello, lo veo en sus ojos.

Está tan absorto en sus problemas, tan obsesionado con ellos, que no es capaz de pensar en otras opciones, otras maneras de solucionarlos. Tiene una manera de actuar, que no sirve, que no le ayuda, pero aún así sigue haciendo lo mismo, esperando que algo cambie.

  • Tienes más opciones Pedro.
  • Ahora lo sé.
  • Si algo no funciona, cambia la manera de hacerlo. Si una idea no sirve, piensa otra. No te ancles. Hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes, es absurdo Pedro.

Llega la hora.

Me abraza. Sonríe, y como siempre se queja, aunque agradecido, de la “caña” que le doy.

Abandona la consulta.

Un minuto después llaman a la puerta. Es él.

  • Siento molestar, sólo una cosa.
  • Y las que necesites. Dime Pedro.
  • ¿Otra solución podría ser, por ejemplo, cambiar de maceta, o incluso de planta?
  • Sólo lo sabrás si lo intentas ¿no crees?

Y creyó.

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Rota

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¿Sabéis el típico cliché de mujer subida a unos tacones, enganchada a un móvil, y con bolsas de ropa recién comprada en cada brazo? ¡Soy yo! ¡Totalmente!

Cumplo tanto ese estereotipo que a veces llego a dudar si no estaré contribuyendo de alguna manera al clásico y rancio machismo de la sociedad en la que vivimos. Pero no hago daño a nadie, ni molesto. De hecho, me gusta tan poco molestar que si me pruebo una prenda, y no la quiero, no la dejo en el carro de la ropa. La doblo, la coloco, y la dejo perfectamente puesta tal y como la encontré.

A veces incluso he dejado que alguien se me cole en la fila del supermercado, o cuando encuentro un lugar donde aparcar, si veo que detrás hay una persona que también busca, se lo cedo. Una gilipollas nata, vamos.

Creo que todo esto me viene de pequeña. Me decía tanto mi madre eso de “No molestes, no hagas ruido, no desordenes, ordena, limpia, no pises lo fregado…” que crecí mentalizada con ello. Por no molestar, no molesto ni cuando me dejan mis novios. Lo acepto, más resignada que enfadada. A veces incluso he llegado a pedir perdón. Lo que yo os digo, subnormal perdida.

Nunca he sido una mujer de relaciones largas y estables. Me aburro. Pero no pasa nada, lo he aceptado, vivo con ello. Así pues, cuando ya los mensajes, las caricias, las llamadas… me empiezan a molestar, adelanto el final. Ya sabéis, por aquello de no molestar.

Perdón, que me lío. Me pongo a hablar y a hablar y cuando me doy cuenta ya no sé lo que quería contar.

Tengo 36 años. Vivo en un pequeño estudio en Madrid. Y comparto mi espacio, mi cama y hasta mi sofá con mi gato.

Lo que os decía, soy un cliché.

Y digo lo del espacio porque mi gato ocupa más que yo. No es que sea precisamente delgadita, soy lo que se dice hoy en día “Una mujer con curvas”. Vamos, que soy gordita.

Mi gato tiende a ponerse en medio del sofá, estirado. De tal manera que no puedo sentarme en ninguno de los lados. Pero le veo tan cómodo, tan a gusto, tan tranquilo… que por no molestar le dejo ahí.

Así que, queridos, os podréis imaginar las miles de bromas que una tiene que aguantar en cuanto pronuncio que soy una mujer de 36 años, soltera, y que vive con un gato.

El otro día, sin ir más lejos, un hombre me dijo, en plena cita, que si no tenía hijos, era una mujer incompleta.

Una amiga, al comentárselo, lejos de escandalizarse, me dijo “Es que Raquel, ya sabes, tener hijos le da sentido a tu vida, te llena, te da un objetivo…”

¿En serio la gente tiene hijos para llenar y dar sentido a sus vidas?

¿Y si mi vida ya tiene sentido? ¿Y si mi vida ya está llena?

No sé, llamadme romántica, pero yo siempre he pensado que la gente tiene hijos por aquello de la natalidad, de salvar la especie, y, sobre todo, para crear vida a partir del amor entre dos personas. Algo se llena cuando está vacío. Y tener hijos para ello, no me parece lo más sano, sinceramente.

¿Me tuvieron mis padres  a mí para darles sentido a sus vidas? ¿Debería llamar a mi madre para preguntárselo? Mejor no, no quiero que piense que estoy deprimida o, peor aún, que el paso de los años me está afectando.

No estoy incompleta.

En todo caso estoy rota.

Rota por las veces que he fracasado en el amor, las veces que no he cuidado mi salud, o que no hago el ejercicio que debería hacer.

Rota por mis tonteos con las drogas en mi adolescencia. Por mi falta de aspiración en el trabajo, por ser una conformista, básicamente.

Muchas cosas en mi vida me han hecho estar como estoy, rota. Pero ¿incompleta? ¡Ni de coña!

¿Qué hay de malo en que una no quiera tener hijos?

¿Por qué tengo que tenerlos?

¿Es obligatorio? ¿Dónde lo dice?

No quiero que mi vida esté marcada por lo que la sociedad, la Biblia, o un grupo de machos alfas rascándose los huevos, esperan de mí.

El otro día, sin ir más lejos, quedé con mi amiga Sara, que, al no poder encontrar una niñera para la impertinente de su hija, tuvo que traerla con nosotras. Así que imaginaos, me pasé tres horas hablando de “pililas”, en vez de “pollas”, “hacer esas cosas”, en vez de “follar”. Y mi amiga, por su parte, no paraba de decir “Sí, sí, te escucho… Carla cariño baja de ahí”, “Sí, te entiendo, pero… ¡¡Carla come más poco a poco cariño”, “Ostras Raquel, no sabía que… Carla cielo ¿tienes pipí?”

Tres horas.

Tres jodidas horas perdidas escuchando cómo mi amiga hablaba con su hija con voz de retrasada.

Llego entonces a casa, me tiro en el sofá, y, mientras miro Friends, pienso que no cambiaría mi vida por nada.

Me llama Pedro, mi amigo marica, y tras dos horas hablando me pregunta si cambiaría mi vida por la de mi amiga, a lo que yo respondo rápida, sin dudar, “¡Joder no!”.

Por otra parte, me consta que mi amiga, ahora mismo, le estará contando a su marido lo afortunada que es, y lo triste que se siente por mí, pues sigo sola, sin nadie a quien abrazarme por la noche, y con mi útero ya en cuenta atrás.

¿Y si viene todo de la educación? Joder no sé, quizá mi amiga ha sido educada bajo un dogma cristiano, mientras yo he sido educada a través de la culpa. Quizá es por eso que yo me siento culpable cada vez que como chocolate, falto al trabajo por tener resaca, o por echar un polvo sin más. Mientras mi amiga, por su parte, se siente escandalizada cada vez que me ve, sola, sin un hombre que me lleve al altar, y me jure amor eterno delante de (su) dios.

 

Tengo clara una cosa, por muy rota que esté, algún día seré madre. Y tengo claro que la criaré y educaré con libertad.

Que sea rota, puta, católica, o protestante… me da absolutamente igual. Pero que sea libre. Que no sienta culpa por ser quien es, que se exprese física e intelectualmente sin miedos, sin temer al qué dirán.

Completa o rota, pero libre.

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