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Archive for 23 diciembre 2017

Manos y abrazos

manos

Una vez al año ocurre algo diferente.

Una vez al año todo huele a leña recién cortada, a fuego, a manta, a olor de madre, a nostalgia, y, quizás en algún momento, a pena, a pérdida, a soledad.

Es esa única vez del año donde todos nos volvemos más cercanos, más queridos, más sensibles. Más humanos.

Es esa única vez del año donde somos capaces de perdonar. De volver. De olvidar. Pero nunca dañar.

 

Y una vez más no quería perder la oportunidad de felicitaros la Navidad.

 

No caeré en lo típico. No desearé cosas que no dependen únicamente de vosotros, como el amor, o la felicidad.

Tampoco os desearé cosas como la riqueza o el trabajo.

Os voy a desear algo más sencillo. Algo que depende de vosotros. Algo que se puede hacer cada día, a cada segundo, pero que parece que solo nos acordamos en estas épocas.

Deseo que puedas tener una mano a la que agarrarte, fuerte, sin miedo, sin prejuicios ni complejos. Pero deseo, además, que tú puedas ser esa mano para alguien; para tu pareja, tus hijos, tus padres, tus amigos…

En definitiva, deseo que nunca te falte una mano a la que agarrarte.

 

Deseo que, además, seas una persona rica en abrazos. Deseo que cada vez que estés triste, que te sientas solo, abandonado, rendido, tengas unos brazos que te hagan olvidar todo eso, y que te hagan recordar que, al final, todo pasa.

Deseo, además, que seas consciente que TÚ eres esos brazos para alguien. Deseo que recuerdes que, para alguien, tú eres ese lugar seguro, esa calma, ese calor, ese amor.

En definitiva, deseo que nunca te falte unos brazos que te recuerden el hogar.

 

Deseo, y esto créeme que lo deseo sobre todas las cosas, que no se te olvide lo importante.

Que no olvides, nunca, que un aprobado o un suspendido no nos definen. No marcan quienes somos.

Que una pantalla puede ser entretenida, divertida, e incluso erótica. Pero nunca, jamás, déjame decirlo bien alto, JAMÁS, va a sustituir a las personas, a tu madre, a tu padre, a tus hijos o a tus hermanos.

Deseo que recuerdes que tenemos dos orejas y una sola boca para escuchar más, y hablar menos.

Deseo que recuerdes que, muchas veces, no necesitamos que nos recuerden que nos hemos equivocado, necesitamos, únicamente, que nos digan que lo podemos hacer mejor.

Deseo que recuerdes que todos nos sentimos solos a veces, vencidos, anulados, abatidos. Sé amable. Siempre.

Deseo que recuerdes, si eres padre o madre, que tus hijos no recordarán nunca lo mucho que trabajas, las leyes que impones, o los gritos que emites. Recordarán los juegos, los cuentos, las bromas, las confidencias, y la seguridad que les das a cada segundo.

Deseo que recuerdes, si eres hijo, que muchas veces nuestros padres se pueden equivocar, o pueden dejar de comprendernos. Pero recuerda, que incluso en esos momentos, nos están amando. Con locura.

 

Deseo, entre tantas cosas que te estoy deseando, que inviertas menos horas en tu trabajo, y más horas en ver crecer. A tus seres queridos, a las plantas, a los animales, a ti mismo.

Porque entre tantas cosas que te deseo, deseo que crezcas. Que leas. Que viajes. Que experimentes. Y, sobre todo, que te rías. Que te rías hasta que creas que vas a vomitar.

Deseo además que te perdones. Cada día si es necesario. Recuerda que el pasado, pisado. Todos nos hemos equivocado, y todos, incluso tú, tenemos derecho a olvidar y seguir.

 

Deseo que nunca te rompan el corazón. Y si ha ocurrido, deseo que seas consciente de lo bonito y bonita que eres. Que otro amor vendrá, y que todo, absolutamente todo, pasa. Incluso esto.

 

Permíteme desearte algo más.

Deseo que si has perdido seres queridos, recuerdes lo bueno, las lecciones, los mensajes. Y dejes pasar la pena, a tu ritmo, a tu tiempo. Recuerda que ellos tuvieron la oportunidad y la belleza de vivir. Ahora te toca a ti.

 

Deseo que en estas fechas mágicas, en definitiva, seas feliz.

Con una mano a la que agarrarte.

Con un abrazo.

Con más tiempo.

Con besos.

Con perdón.

Y con muchas ganas de crecer.

 

¡Feliz Navidad!

 

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Trenes

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Imagina que llegas a una estación de trenes.

Imagina que llevas un café en tu mano y en tu móvil suenan tus canciones favoritas.

Imagina que hace frío pero te sientes bien, llevas un buen abrigo, una buena y suave bufanda, y el frío no te molesta.

Miras el reloj. En un minuto el tren debería llegar. Y a lo lejos, como si siguiera el ritmo de la canción que suena, aparece el tren.

Sin embargo, algo falla.

Miras al conductor del tren, y notas que algo ocurre.

El hombre, responsable de esa gran maquinaria, va borracho. O eso parece.

Se le ve desequilibrado, desorientado, sin fuerzas.

Notas que le cuesta frenar a tiempo, va dando trompicones de banda a banda. Un poco más y se pasa la parada.

Canta, grita, llora y ríe. A la vez.

Las puertas tardan en abrirse. Al final lo hacen. Y tú dudas.

Él te mira. Desafiante. Y sin pensarlo dos veces te dice:

  • ¿Te subes o qué? ¡No tengo todo el día!

 

¿Te subirías?
Imagina ahora la misma situación.

El mismo café. La misma bufanda. La misma hora.

Y el tren llega.

Esta vez el conductor es un hombre relajado, tranquilo, sereno.

Maneja el tren de una manera correcta, casi perfecta. Se le ve aseado, puedes incluso notar que va perfumado. Destila amabilidad, confianza, serenidad.

Sin embargo, lo que más llama tu atención es el tren.

Los vagones están rotos, sucios, apenas se mantienen.

El tren se detiene con suavidad. Las puertas ni se abren ni se cierran. Simplemente no hay puertas. Están tan deterioradas y rotas que descansan en el suelo del vagón. Destruidas.

Miras el interior del vagón. El olor es asqueroso. Está todo lleno de botellas de alcohol, de colillas, de envoltorios de comidas prefabricadas. Hay orina, bolsas, vómitos…

El hombre, muy amablemente, se asoma por la ventana y te dice:

  • Cuando usted quiera, no se preocupe.

 

¿Te subirías?

 

Imagina ahora la misma situación.

Todo se repite.

El café, la música, el abrigo, la bufanda y tu buen humor.

 

El tren aparece a lo lejos, como siempre, asomando tímido su cabeza por esa curva que se pierde entre árboles y edificios.

Sin embargo, notas que algo falla.

Las vías.

Están rotas. Viejas. Y en algunos tramos el tren tiene que frenar un poco para no salirse del camino y descarrilar.

Puedes ver como el tren casi se sale de la vía. Ya que ésta, en muchos tramos, está ausente. El resto de vía, la que aún permanece en su sitio, está llena de óxido. Rota.

El tren llega a la parada, y con grandes esfuerzos por no volcar, frena.

Una gran parte de la maquinaria descansa, literalmente, en las piedras del camino a falta de vía que lo mantenga.

El hombre abre la ventana, te mira, y te dice:

  • Es lo que hay. Espero que no descarrile hoy.

 

¿Te subirías?

 

¿Y si tuvieras que elegir una de las tres situaciones para viajar?

¿Y si, además, tuvieras que hacerlo con tus hijos, padres, hermanos, amigos, familiares, pareja…?

¿Cuál elegirías? ¿En cuál de los casos crees que tanto tú como tus seres queridos estarías expuestos a menos peligros?

 

¿Y si te diera la oportunidad de, directamente, quedarte en tierra?

¿Te quedarías?

 

Es bastante obvio que todo es importante ¿verdad?

El conductor, los vagones, la vía… Todo cuenta ¿verdad?

 

¿Y si ahora te dijera que ese tren, esos vagones, y esas vías, eres tú?

Pues así es.

En este caso imagina que el conductor es tu cabeza.
Tus pensamientos. La manera que tienes de pensar acerca de ti mismo, tu situación en el mundo, lo que te rodea. Lo que haces y lo que dices.

Imagina que los vagones son tu cuerpo.
La manera que tienes de cuidarlo, respetarlo, mimarlo.

Imagina que las vías son tus emociones.
Tu manera de sentir, de vivir acorde a lo que quieres y sientes. Tu autoestima, tu felicidad, tu tristeza, tu aceptación.

 

¿Sigues pensando que hay alguna más importante que otra?

¿Crees que el conductor no es tan importante?

¿Crees que dedicar sólo tu tiempo y tu esfuerzo en cuidar los vagones va a hacer que tu tren sea más válido y seguro?

¿Crees que las vías deberían ser tu última prioridad?

 

 

¿Crees que la gente se subiría a tu tren?

 

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