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Archive for 10 septiembre 2014

El sauce

Hace mucho tiempo, cuando el hombre aún no había acabado con todos los animales, destruido todos los bosques, y eliminado todas las flores, los árboles y las plantas se podían mover.

Cierto es.

Y así es como empieza la historia del árbol Reth.

Como todos los árboles, nació bajo el cobijo de unas fuertes ramas, y el calor de un bonito sol.

Era un árbol precioso. “El sauce alegre“, lo llamaban todos, y desde lejos sabían que llegaba, pues su risa, siempre carcajada, se oía a lo lejos.

  • Ahí viene Reth – decían todos – qué manera de reír. Qué alegría.

 

Una vez cumplidos los 2 años, y pasado con creces el metro de altura, sus padres le recordaron que debía buscar un lugar donde echar raíces, y crecer, madurar, y dar sombra a quien la necesite.

  • ¡No quiero! – decía Reth – quiero quedarme donde estoy.
  • Reth, cariño – decía su madre, cada vez más encorvada – no puedes pasarte la vida corriendo y brincando, por mucho que disfrutemos viéndote.
  • Así es – dijo el padre con voz ronca – debes buscar un lugar donde quieras pasar tu vida, recuérdalo, eres un árbol, no un pájaro.

Dicho esto, Reth se marchó.

Supo dónde quería vivir nada más verlo. Al borde del río, lejos del polvoriento camino. Allí gozaría de una paz inmensa, lejos de los gritos y el bullicio. Además, gozaba de humedad, y , tan elegante él, disfrutaría de un perfecto y bonito río que le serviría de espejo. Era el lugar perfecto.

Nunca pasó por la mente del sauce la más mínima sombra de envidia. Ni siquiera sabía de la existencia de otros árboles. Total, no necesitaba nada de nadie… Por su mente no pasó tampoco la más mínima nube de tristeza. Siempre estaba verde y lozano ¡Qué más quería!

Llegado el otoño, Reth se entretenía viendo caer sus hojas.

  • ¡Mira esa! – se decía a sí mismo – ¡Es preciosa! ¡Oh y mira esta otra, qué bonita! Creo que las ranas deberían aprovechar mis hojas como medio de transporte para cruzar el río.

 

Agradecido me tiene que estar el mundo“, se sorprendía pensando.

 

Así pasó el sauce meses y años en contemplación y ensimismamiento, cada vez más inclinado hacia su espejo, como en autoadoración.

Un día, después de mucho tiempo, quiso probar si podía ponerse erguido otra vez, pero después de varios intentos, no logró hacerlo. Estuvo a punto de pedir ayuda, mas su orgullo no se lo permitía. Poco a poco, comenzó a entristecerse.

Su encanto parecía perdido. Ahora empezaba a darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Oyó incluso risas a lo lejos.

Era otro árbol, más alto, que se reía viendo a los niños jugar con él, pues habían colocado un columpio en sus fuertes ramas, y ahí pasaban todo el día, a su sombra, riendo y jugando.

El sauce se ofendió mucho y, al principio, lloró de rabia.

Luego todo quedó en una gran tristeza y en un llanto sereno.

Recordó entonces cuando todos le conocían como “El sauce alegre”. Y ahora todo había cambiado. Supo que todas sus elecciones habían sido erróneas, y ya era demasiado tarde para cambiarlo. Lo supo justo en el momento en el que la madre de los niños le señalaba, y dirigiéndose a sus pequeños, decía:

  • No os vayáis muy lejos, está prohibido llegar hasta el Sauce Llorón.

 

 

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