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Archive for 31 diciembre 2016

Punto y aparte.

doce

Se acabó.

Aquello  que pasó hace justamente un año, ha vuelto a ocurrir. Se acaba una etapa. Se pasa la página, o, en el mejor de los casos, se cambia de libro.

Pero, a pesar de todo, a pesar de aquellos propósitos cumplidos, los que no se han podido llevar a cabo, las cosas que han cambiado… a pesar de todo esto, seguimos siendo los mismos.

Y me quedo con esa palabra: Seguimos.

Seguimos adelante.

Seguimos luchando.

Seguimos, un año más, intentando ser mejor de lo que fuimos ayer.

 

Y volveremos a amar, y volverán a rompernos el corazón.

Y volveremos a perdonar, y volverán a fallarnos.

Volverán a perdonarnos, y volveremos a fallar.

Volveremos a usar precipitadamente la velocidad de la boca, y volveremos a meter la pata.

Volveremos a discutir.

A caer.

A odiar.

A envidiar.

A gritar.

 

Pero seguimos.

 

Seguimos. Primera persona del plural del pretérito perfecto de indicativo. Verbo transitivo e intransitivo. Verbo pronominal. El verbo seguir.

Seguir: Ir en busca de alguien o algo. Dirigirse, caminar hacia algo. Proseguir o continuar en lo empezado. Ir en compañía de alguien. Dirigir la vista hacia un objeto que se mueve y mantener la visión de él.

Y eso, exactamente, es lo que os deseo para este nuevo año que empieza.

Que sigáis.

Que sigáis en todas y cada una de las metas que os habéis propuesto, y, además, que sigáis intentando alcanzar aquellas que se quedaron en el tintero en el 2016.

Se sabe que el ser humano es de las pocas especies vivas que vive por y para conseguir objetivos, caminar hacia una meta.

Es por ello que en este 2017 te deseo nuevas metas. Que dejes de lado si es difícil, si parece imposible, o si la gente de tu alrededor no te ve capaz de conseguirlo.

Lucha.

Corre.

Persigue.

Muerde.

Sigue.

Si algo ha aprendido nuestra especie a lo largo de los años, de la historia, de las batallas y las derrotas, es que el individuo por sí sólo no llega lejos. Irá más rápido, pero nunca llegará lejos.

Es por ello que te deseo compañía. Tú eliges cuál y cómo.

Puede ser una pareja. Si es así, espero de todo corazón que sea una pareja que te haga llorar de risa, que te escuche sin bostezar, que sea capaz de comprenderte con sólo una mirada, que le intereses más allá de tus zonas genitales; que te lleve a cenar, que le guste comer, que paséis largas tardes en silencio, abrazados, viendo vuestras series o películas preferidas, que no comparta tus gustos, pero que los acepte. Que te ame, que le ames. Que te haga feliz más allá de las peleas o los malos entendidos. Que odie el juego de los celos, que sea leal, y que sepa darte tu tiempo y lugar a solas, al igual que tú harás con ella.

Si esa compañía son tus amigos, espero que sean leales, canallas, sinceros y guerreros en tus batallas. Que no duden en sacar las espadas ante los enemigos, pero que luego, en la soledad de las llamas, sepan remarcar tus errores. Que te hagan reír, que te hagan pensar, y que te hagan mejor persona, cada día.

Quizá tu compañía es tu familia. Si es así, espero que estéis unidos, que os una algo más que la simple y absurda sangre. Que sepas dedicar tiempo, que honres a tus mayores, que eduques a tus pequeños; que no te calles los “te quiero”, que no te duelan los “lo siento”. Que entiendas, de una vez, que esas personas son las que te van a apoyar y querer siempre, pase lo que pase.

 

Y entre todas y cada una de las múltiples opciones que tienes para rellenar tu casilla de “Compañía”, espero que descubras, si no lo has hecho ya, la más importante: TÚ.

Espero entonces que sepas entenderte, escucharte; que aprendas qué es lo que te hace feliz, y lo busques. Que sepas discernir lo que te hace daño, lo que te hace peor persona, y lo alejes de tu alcance.

Que te trates con dignidad. Físicamente, para saber que tu cuerpo es tu templo sagrado, es tu transporte, es tu motor, y por ello debes respetarlo, cuidarlo, tratarlo bien. Y, sobre todo, aceptarlo tal y como es. Eres mucho más que este traje que te ha dado la genética.

Que te respetes emocionalmente para no exigirte demasiado, para no presionarte. Para que te perdones, y entiendas que tú también tienes derecho a equivocarte.

 

Y con todo ello, llegó el 2017.

Hemos llegado. A algunos les habrá costado, a otros les habrá sido más fácil; pero cara al cambio, en esa mesa llena de seres queridos, con esa tía que vuelve a explicar cómo funcionan las campanadas, con esos sobrinos enganchados al móvil, con esa prima haciendo morritos para la foto, con tu pareja jugando con tu sobrino mientras se te cae la baba, con tu querida madre preparando las uvas, tu señor padre sentado presidiendo la mesa, tu estimado hermano encendiendo un cigarro… delante de esto, todos somos iguales.

Y al final, todos queremos lo mismo. Salud y amor.

Es por ello que me gustaría recordarte que el dinero, al final, va y viene. Y no va a ser lo que recuerdes cuando te llegue el momento de partir.

Que el trabajo es eso, trabajo, y debe permanecer ahí.

Que el desamor, al final, pasa, y deja una ventana abierta con el aire fresco entrando.

Que todas esas peleas no son tan importantes como ahora mismo crees.

Que tu hijo o hija estarán bien, aprenderán, mejorarán. Dales alas, y deja de preocuparte en exceso.

Que esa persona que tanto te interesa, y tan poca atención te da, se está perdiendo una oportunidad única para conocer a una persona excepcional.

Que lo que ves en la televisión es mentira. Que esos cuerpos, al final, sienten y padecen igual que tú.

Que el tiempo es el regalo más bonito y sincero que puedes darle a alguien.

Que lo que no se dice, no muere. Te mata.

Que una dieta equilibrada es buena, pero también una noche en el sofá comiendo pizza.

Que tu compañía, en soledad, es el mejor regalo que puedes hacerte.

Que un abrazo es el mejor medicamento para el alma.
Y entre tantos recuerdos que van y vienen este último día del año, te propongo que visualices dónde te gustaría estar dentro de, exactamente, 365 días.

Y una vez que lo tengas visualizado, una vez que tengas claro hacia dónde quieres dirigirte, dediques todos y cada uno de estos días que empiezan ahora a conseguir esos objetivos.

Te moverás, avanzarás, caerás, pararás, darás marcha atrás, te perderás…

Pero recuerda que hasta el Titanic, el barco más famoso del mundo, tuvo su mal día.
¡Feliz año nuevo a todos!

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Chica lista

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Poneos cómodos, os voy a contar la historia de amor de Diana y Manuel.

No os esperéis una de esas historias de pasión, destinos truncados, y peleas que acaban con una reconciliación apoteósica entre risas, lenguas y sábanas.

Diana conoció a Manuel a través de unas amigas en común. Ambos coincidieron en una fiesta, y rápidamente se interesaron el uno por el otro.

Ya se conocían, ambos se seguían en las redes sociales, y, al menos la cara, la tenían más que vista y deseada.

Manuel era el típico chico resultón que si le dedicabas cinco minutos, le bastaba para volverse un hombre atractivo a rabiar, ya sabéis, uno de esos chicos con labia y morro que te lleva al huerto rápidamente.

Él le invitó a cenar, y ambos pasaron una velada genial, que fugazmente les llevó a otra, y a otra…

Todos decían que estaban hechos el uno para el otro. Hacían una pareja estupenda, y Diana era consciente que levantaba más de una envidia entre su círculo social femenino.

Sin embargo, gracias a las magníficas y aterradoras redes sociales, Diana pudo ver cómo Manuel, además de lanzar piropos a Diana, también lo hacía a Carmen, a Mónica, y a la tímida pero voluptuosa Rocío.

Volvieron a quedar, pero esta vez Diana no se presentó. Lo cerró todo con un mensaje instantáneo que  decía: “Lo siento, no estoy interesada en esto. Besitos”.

Sus amigas rápidamente acudieron para aconsejarle: extremista, radical, fría, celosa, paranoica…

Sin embargo, cuando llegó a casa de sus padres de visita y les contó lo ocurrido, su padre no pudo evitar arquear la ceja, dibujar en su anciano rostro una leve y calmada sonrisa, y decir en voz alta: Chica lista.

Porque mientras Manuel y sus amigos la tachaban de loca, puta y celosa compulsiva; Diana, sin saberlo, había escapado de una red de mentiras, de cortinas de humo, y de otras tantas Cármenes, Mónicas y Rocíos.

No quiso dar otra oportunidad. Al fin y al cabo, se decía ella, se merecía un hombre que si quería conocerle, quisiera conocerle sólo a ella, y el tiempo diría. Rondaba los cuarenta años, y ya no estaba para gilipolleces.

Mientras se sentaba en su sofá, se servía una copa de vino, y daba una lenta y placentera calada a su cigarro, Carmen gimoteaba, Mónica lloraba, y Rocío contaba, entre un leve ataque de ansiedad, lo cabrón que estaba siendo Manuel.

Diana, ya bajo los efectos del frío vino, se puso su película preferida, y durmió a pierna suelta.

Chica lista.

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Feliz Navidad

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Finalmente llegaron esas fechas donde la ilusión por la Navidad y la preocupación por la cartera y las digestiones pesadas se sitúan a ambos lados de la balanza.
Todos sabemos que la Navidad es importante, rozando lo mágico, porque es capaz de reunir a la familia bajo un mismo techo. Porque hace que seamos agradecidos por lo que tenemos, y conscientes de lo que nos falta o ya se ha ido.
Es, además, una fecha más especial aún si hay niños en esa mesa, compartiendo sus risas, sus nervios, sus preocupaciones por cómo se habrán portado y si Papa Noel o los Reyes Magos habrán visto esa travesura que hicieron, ese examen que suspendieron, o esa palabrota que aprendieron.
Y miramos alrededor de la mesa, y no podemos más que sonreír.
Porque a pesar de todo, los que quedamos estamos ahí.
Los que se han ido siguen ahí.
Y los que están lejos, de alguna u otra manera se hacen presentes.
Entonces somos conscientes de la salud, del amor, de la compañía. De la suerte que tenemos con la familia que nos ha tocado, y no podemos evitar abrazar más fuerte a nuestra madre o padre. Del hermano que tenemos, que, aunque muchas veces los mataríamos, no seríamos los mismos sin ellos; y le damos una colleja, y le besamos la mejilla.
De nuestra pareja, si está, y entonces agradecemos que haya querido unirse a tu familia. Y le miras, le sonríes, y le besas. De los más pequeños, que sabes en el fondo que, sin esa locura y descontrol que llevan, tu vida sería más aburrida, más vacía. Entonces los agarras y los besas con fuerza. De esos amigos, que son capaces de decirte lo malo y lo bueno, con una sonrisa y una copa de vino, siempre apoyando, siempre a tu lado, siempre tu ejército fiel. Y entonces los abrazas, te tiras encima de ellos, y entre carcajadas, y con mucho cariño, les dices lo granujas que son.
Y bien mirado, si nos paramos a pensarlo, esa pelea ya no fue tan importante.
Ese tiempo invertido en el teléfono móvil fue absurdo.
Esa pereza que hizo que no fuéramos a pasar el día con la familia aquel día es mortal.
Ese enfado o ira que aún guardamos por aquella persona, ya no pesa tanto realmente.
Y observas la mesa. Y eres consciente que lo importante, lo que de verdad importa, está en esa mesa.
En esas caras.
En las sonrisas.
En esa sensación que nos da la Navidad de que todo está bien tal y como está.
En esa esperanza blanca que nos hace sentir que todo irá mejor mañana.
Que las penas compartidas son menos.
Que los abrazos que se dan se hacen reales.
Que los “Te quiero” que se callan, mueren, y con ellos mueres tú un poquito más.
Y toda la importancia que le das al trabajo se hace nada.
Las horas que pasas mirando el móvil te hace sentir más tonto.
El tiempo perdido delante de la televisión.
Ese examen no era tan importante al final.
Ni esa cama sin hacer.
Ni esa partida a la consola.
Ni esa reunión aburrida.
Ni ese inepto profesor que no supo valorar lo que tanto vales.
Ni esa ex pareja que, lejos de darte buenos recuerdos, te da malos ratos.
Ni ese vecino que no para de quejarse por la música.
Ni el reloj.
Ni la alarma.
Ni tu pelo.
Ni tus kilos.
Ha sido un año duro, han habido derrotas, caídas, pérdidas, sustos… pero también ha habido, estoy seguro, personas nuevas que han llegado para quedarse, metas, nuevos objetivos, aprendizajes y ganas de levantarse y seguir. Al fin y al cabo, aquí estás. Y permíteme decirte que no lo estás haciendo nada mal.
En esa mesa, con todas las personas que amas y por las que eres amado, eres consciente de lo que realmente importa.
Y todos desean suerte, salud, amor, prosperidad…
Y yo, desde aquí, simplemente os deseo que todas y cada una de las sensaciones que sintáis esta noche en esa mesa, os duren mucho más que dos semanas. Os duren todos y cada uno de los días que faltan para las siguientes Navidades.
¡Feliz Navidad!

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Adela y Ernesto

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Como cada tarde, una vez que ha reposado la comida y ha acabado aquella serie que tanto le gusta, Adela se prepara para salir. Se pone sus cómodos y algo rotos zapatos, esa falda que tanto le gusta (siempre por debajo de las rodillas), y esa chaquetita que la mantiene calentita y guapa. Se arregla el pelo, cada vez más canoso, y se echa ese perfume tan caro que sus hijos siempre le compran.

Hace tiempo que dejó sus vestidos negros. Ya había abandonado el luto. De hecho, decidió llevarlo más por un qué dirán que por ella misma. Ella llevaba el luto dentro. Ella llevaba a su Fermín siempre con ella.

Cogió la correa de Lola, acarició su peluda cabeza, y salieron a dar un paseo.

Era su rutina. Y la amaba. De hecho la idea de viajar, salir a excursiones, barcos, trenes… le ponía nerviosa. Ella era, como siempre se había descrito a sí misma, una señora de su casa, de sus flores, su Lola y sus series. Y que nadie le tocara el coño.

Sus tres hijos vivían solos hace ya mucho tiempo. Ana, la lista, vivía en Madrid, y estaba casada con Pedro, un arquitecto que lo que tenía de guapo lo tenía de chulo. Y juntos le habían dado el mayor de sus tesoros, sus dos nietos. Dos joyitas maleducadas que se la comían a besos esperando la paga.

Olga, la mediana, vivía en un pequeño estudio de Barcelona con su mujer, Mariona. Era, seguramente, con la que mejor se llevaba; y cuando llegó la noticia de que era lesbiana, Adela lo aceptó sin pestañear, de manera natural, y casi que se llevó una alegría, pensando que así era seguro que no le trajera otro Pedro a su casa. Adoraba a Mariona.

Y luego estaba el pequeño, Marc. Una bala perdida. Pero, seguramente, el más feliz de los tres. Estaba con María, o eso creía ella, pues en cuestión de dos años ya había conocido a Luz, Paula, Marta… niñitas estúpidas que no veían que, en realidad, su hijo seguía siendo un egoísta inmaduro.

Afortunadamente para Adela, Lola también estaba ya mayor, así que salir a pasear con ella ya no era aquello del pasado, tirar de la correa, correr, empujar… ahora ambas, presumidas y perfumadas, paseaban por el parque grande de Barcelona.

Cada tarde se encontraba con caras conocidas, charlaban, y se despedían hasta el día siguiente. Aunque a veces no coincidían hasta pasadas unas semanas.

  • ¡Hombre señora Adela! – dijo él.

Llevaba ya tres días seguidos coincidiendo con él. Era un hombre que rondaba los setenta y cinco años. Casi como ella. Ernesto era su nombre. Era un hombre educado, bien perfumado, y con un perro mucho más viejo y decrépito que Lola.

Ambos charlaron un rato en el parque, y minutos después Adela se despedía.

  • ¿Le veré mañana señora? – preguntó él.
  • ¡Oh! ¡Ya sabe cómo es esto! Quizás sí, quizás no…
  • Cuídese entonces.
  • Usted también.

Y volvieron a coincidir. Así fue el martes, miércoles, jueves y viernes. El sábado, sin embargo, Ernesto no apareció.

Adela pasó más tiempo del debido en el parque, esperando. Pero aquel hombre no aparecía.

  • ¡Pues nada Lola! ¡Que estoy aquí esperando como una tonta! ¿Nos vamos a casa?

Y Lola, que era igual de casera que Adela, movía su pequeña cola, como señal de aprobación.

  • ¿Qué se habrá creído? ¡Dejándome esperando! ¡Pues mañana no iré a ese parque!

Y así fue como ese domingo Adela decidió ir por otro camino, para sorpresa de Lola.

Llegó el lunes, y cuando Adela empezaba a prepararse para salir, recibió la sorpresa de Olga y Mariona. Ambas venían con unas pastitas para la merienda.

  • ¡Qué sorpresa! – dijo Adela – ¡Ni he preparado café! ¡Y Lola aún no ha salido!
  • No te preocupes mamá, yo puedo sacar a Lola mientras tú y Mariona preparáis todo.

Ambas se pusieron a preparar el café. Pasado un rato, Olga volvió a casa.

  • Mamá, qué extraño, un hombre me ha preguntado por ti…
  • ¿Un hombre? – dijo Adela extrañada.
  • Sí, me ha dicho que ha reconocido a Lola, y que si estabas bien ¿quién es?
  • ¡Oh, ya sabes! Gente del parque… – dijo Adela distraída, sin pasar por alto la miradita con el arqueo de ceja que Olga dedicó a Mariona.

Ese día Adela se sorprendió a sí misma estando nerviosa, inquieta. Estaba deseando que llegara al día siguiente ¿Justo hoy tenían que aparecer Olga y Mariona?

Al día siguiente, se sorprendió de nuevo. Esta vez echándose más perfume de lo habitual, y poniéndose esa falda tan incómoda pero que tan bien le quedaba.

Y, afortunadamente, vio a Ernesto.

  • ¡Hombre! ¡Benditos los ojos señorita!
  • ¡Buenos días señor Ernesto! ¿Qué ocurre?
  • No le vi ni ayer ni el sábado, andaba preocupado…
  • Pues yo vine como siempre – dijo ella, intentando ocultar el tono de enfado.
  • Vaya, igual se me echó el tiempo encima viendo la serie, y no me di cuenta.
  • ¿Qué serie ve usted?

Y así fue como descubrieron que veían la misma serie. Y, además, compartían gustos musicales.

  • ¡Me encanta ese disco! Es tan…
  • ¡Elegante!
  • ¡Exacto! Me lo pongo siempre que mis nietos se van, me ayuda a relajarme.
  • ¿A usted también le ponen nerviosa?
  • ¡Muchísimo!

Así fue como ambos hablaron de sus familias. Así fue como ambos se unieron un poco más. Y así fue cuando, hablando y hablando, se les hizo de noche.

  • ¿Le veré mañana señora Adela?
  • Puede llamarme Adela.
  • Y usted puede tutearme.
  • De acuerdo, tú también.
  • Hasta mañana Adela.
  • Hasta mañana Ernesto.

Sus hijos lo notaron.

Sus vecinas también.

Hasta el hombre del supermercado lo notó.

Adela se veía más contenta, más alegre, y más feliz. Había vuelto a cantarle a las plantas, a bailar sola en casa, y a dejar de lado esa melancolía que arrastraba a todas partes.

  • Perdóname, mi Fermín – decía muchas veces mirando la foto – ¡Que no sé qué me pasa!

Así fue como, pasados los meses, Ernesto decidió que llegaba el buen tiempo para hacer su primera propuesta.

  • Adela ¿Qué te parece si algún día nos vemos?
  • Nos vemos cada día Ernesto, qué cosas tienes…
  • Digo fuera del parque, y sin los perros.

Adela dudó. Pero finalmente reaccionó.

  • Hace tiempo que no voy al cine – dijo ella, mirando al suelo.
  • ¿Mañana?
  • Mañana.

Esa noche Adela no durmió. Batallaba entre la culpa y la alegría, y, como siempre, sabía que su hija Olga no le fallaría.

  • ¡Mamá! ¡Mamá! ¿Estás bien? – dijo Olga al borde del ataque.
  • ¡Claro que sí! ¿Por qué no iba a estar bien?
  • Mamá son las cuatro de la mañana… casi me matas del susto…
  • Qué tonterías tienes cariño. Sinceramente, una se hace mayor y ya todo el mundo se cree que una llamada es que me he ido con tu padre ¡Claro que estoy bien!
  • Vale, vale… Mariona vuelve a la cama cariño, falsa alarma.

Así pasaron madre e hija una hora al teléfono. Adela hablaba y lloraba. Olga escuchaba y sonreía.

  • Mamá, ya he escuchado suficiente. Guárdate algo para ti, hija. Escucha, papá hace ya más de nueve años que murió. Le conoces. Le conozco. Y ambas sabemos que papá te empujaría a ser feliz. Deja de sentirte mal, para lo que te queda…
  • ¡¡Olga!! ¿Cómo le dices eso a tu madre?
  • Mamá estoy bromeando. Parece un buen hombre, y desde luego se te ve más contenta.
  • ¿Entonces? ¿Te enfadarías si fuera al cine con él?
  • ¡Claro que no! Como si queréis echar un polvo…
  • ¡Olga que soy tu madre! ¡No te he educado para que hables así!
  • Mamá, tengo que dormir. Haz lo que te haga feliz. Y si alguien se enfada por ello, te hace un favor alejándose. Te dejo, que ya que tú no echas un polvo, lo voy a echar yo…
  • ¡Qué deslenguada eres hija mía!
  • Adiós mamá. Te quiero.
  • Te quiero.

Al día siguiente, ojerosa pero feliz, Adela se pasó el día con una vitalidad que creía extinta. Y llegado el momento, ella y su sonrisa salieron de casa. Había pasado por alto, sin embargo, que no se había echado perfume, y llevaba sus zapatos cómodos y rotos.

  • ¡Qué guapa estás Adela!
  • ¡Ay Ernesto! ¡Que me pones roja!

Vieron la película, rieron, lloraron, hablaron, y de nuevo se sintieron vivos.

A la salida del cine, fue ella quien tuvo la idea de ir a cenar a una vieja cafetería.

  • Adela…
  • Dime Ernesto.
  • Puedes cogerme del brazo si quieres, irás más cómoda.

Ambos se cogieron. Pasados unos minutos, ambos recobraron el aliento, se relajaron, y pasearon.

Las vecinas miraron. También los encargados de los comercios del barrio. Incluso las amigas del salón levantaron la cabeza al ver a Adela, la correcta Adela, paseando del brazo de otro hombre.

Sin embargo Adela no vio a nadie. Ni se fijó. Solo tenía ojos para él.

Eran sólo ellos dos.

Adela y Ernesto.

A cualquier edad el amor nos vuelve infantiles.

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