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Archive for 27 abril 2016

Llora, valiente

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Pablito está jugando en el comedor de su casa. Su padre le advierte “Si te caes, luego no llores”. Pablito, como buen niño, no hace caso. Se cae. Llora como si le estuvieran quitando la vida a cucharadas. Su padre actúa veloz: “¡No llores! ¡No ha sido nada! ¡Deja de llorar!”.

Claudia recibe un mensaje en su móvil. Su novio, o lo que queda de él, le dice que la historia ha llegado a su fin. Dejan de ser pareja desde este momento. Ella lee el mensaje a su amiga, entre llantos y temblores. Su amiga le dice rápidamente: “Tía, no llores ¡No merece la pena llorar por ese cabrón!”.

Marc llevaba tres semanas preparando ese examen. Cuando el profesor, sonriendo, le entrega su nota, Marc sólo puede ver, en rojo y en lo alto de la hoja, ese maldito tres y medio. Llega a casa llorando. Más por rabia que por pena. Su madre le relaja “¡No llores Marc, es sólo un examen! ¡Deja de llorar cariño!”.

Parece ser que estamos destinados a no llorar.

Reír es bueno. Vemos a una persona riendo, y automáticamente sonreímos. No nos alarmamos. Es una imagen que nos calma y relaja. Si vamos, por ejemplo, en el autobús, y la persona que tenemos al lado, mirando su móvil, empieza a reír, a carcajada, seguramente no podremos reprimir una gran sonrisa, mirarle, buscar el contacto visual, para hacerle saber lo placentero de esa situación.

¿Qué ocurre si esa persona que tenemos al lado mirando su móvil, está llorando? Desconsoladamente. Todo lágrimas y mocos ¿Buscaremos el contacto visual? ¿Nos sentiremos cómodos? ¿O buscaremos rápidamente una salida?

Parece ser que desde pequeños nos enseñan que llorar es malo, preocupante, negativo e incomoda a las personas de nuestro alrededor. Sin embargo, la risa es positiva, nos ayuda, y nos hace sentir mejor.

Pues bien, todo eso es totalmente mentira.

Resulta que llorar, entre otras cosas, es bueno para la salud.

Tomad nota:

Por muchos años se pensó que las lágrimas eran el principal signo de debilidad de una persona, pues con el sólo hecho de llorar se demostraba una personalidad inmadura; inclusive, se pensaba que las personas lloraban porque no sabían asumir sus faltas y pretendían inspirar un poco de compasión.

Cuando estamos tristes -y lo expresamos con llanto-, automáticamente el cuerpo libera sustancias que hacen el papel de calmante natural, el cual ayuda a que el dolor no sea tan fuerte como parece. De esta manera, el llanto hace que se liberen dos clases de hormonas llamadas opiáceas y oxitocina, las cuales tienen la capacidad de hacer que el dolor no sea tan fuerte. En este caso funcionan como anestesias naturales, que nos brindan tranquilidad y, en cierto modo, un poco de ‘relajación‘.

 

Las lágrimas lubrican los ojos y párpados; evitan la deshidratación de las membranas mucosas, lo cual es muy importante para mantener el sentido de la vista.

Poseen  lisozima, un fluido que mata las bacterias en solo cinco o diez minutos. Además, sirven como terapia natural que ayuda a liberar toxinas acumuladas por el estrés.

Las lágrimas son parecidas al sudor, pues ambos fluidos que libera el organismo ayudan a reducir el estrés. El exceso de manganeso en el organismo puede generar ansiedad, agresividad, fatiga, irritabilidad y otros tantos trastornos emocionales. Al llorar los niveles de manganeso se reducen, por lo tanto se pueden controlar el estado de ánimo.

Hay que enfrentarse a las emociones. Pasarlo mal. Hay que aceptar que hay emociones buenas y negativas y no se deben eliminar estas últimas. Ambas forman parte de la vida y, en ocasiones, hay que sentirlas. Evitarlas o bloquearlas solo hará que continúen ahí. Hay que enfrentarse a ellas, aunque duela.

Si una persona no libera los sentimientos tristes a través de las lágrimas, puede causar daño al sistema límbico del cerebro, al sistema nervioso y a su salud cardiovascular. Acumular angustia hace tan mal a la salud como fumar.

Hay que enfrentarse a la risa y al llanto, pues ambos forman parte de nuestra vida. Cuanto antes eduquemos, desde pequeños, que ambas emociones y maneras de expresar lo que sentimos son válidas, dignas y respetables, más preparados estaremos cuando seamos mayores para hacer frente a las cosas de la vida que, admitámoslo, no siempre van a salir como a nosotros nos gustaría.

Pongamos que tenemos a un niño o niña, no más grande de 5 años. Y desde entonces le enseñamos que llorar es malo, es negativo, y que sólo existe la risa y las emociones positivas. Este niño o niña crecerá pensando que nada puede salir mal, porque así se lo han enseñado.
Llegará entonces ese momento en el que un compañero le quite un lapicero, una profesora le suspenda, un amigo le falle, una pareja le rompa el corazón, muera su primera mascota, pierda a un ser querido… y a ver quién le explica, entonces, que eso también forma parte de lo que llamamos “Vivir”, y toca apechugar.

Riendo, y llorando.

 

 

Cierro los ojos y recuerdo perfectamente la primera vez que viví un desamor. Pero de esos grandes, de querer morirse. Yo tenía unos 6 años. Y, ante mis ojos, un niño se llevó ese juguete que tanto quería. Habíamos ido únicamente a recogerlo, y alguien me lo arrebató. Lloré, lloré y lloré durante horas. En todos esos momentos, mi madre, paciente como nadie, me abrazaba y decía “Llora, está bien que llores cariño, llora, que salga…”.

 

Puedo recordar perfectamente la primera vez que usé el lloro como arma manipuladora. Estábamos en un centro comercial. Yo quería algo. Mi madre no quería. La batalla estaba servida. Miraba a mi alrededor, el centro comercial estaba lleno. Sería perfecto. Tres, dos, uno… Me tiré al suelo, y empecé a patalear, gritar, llorar… ¡Deseaba tanto ese juguete! Ella entonces me soltó de la mano, dio unos pasos atrás para darme mi espacio, y mirándome, me dijo “Entiendo que lo quieras. Pero no puedes tenerlo todo. Te toca aprenderlo ahora. Llora cariño, que no te dé vergüenza la gente. Llora y échalo fuera”. Lo intenté. Pero ella me miraba, paciente, sonriente, haciendo caso omiso a la gente. Ella ganó. Yo perdí. Me quedé sin juguete, y además con un castigo al llegar a casa. “Ah, Óscar cariño, que no se me olvide. Lo de hoy, cielo, no puede volver a pasar ¿vale? Estás una semana sin la Nintendo”.

 

Recuerdo cuando, fruto de mis malas decisiones, me tocó repetir curso. Mis amigos pasaban, y yo, que me había pasado un año sabático mirando al techo, me quedaba donde estaba. Lloré. Eran lágrimas de rabia, de pena, de impotencia… mientras mi madre me abrazaba, y me decía “Entiendo perfectamente cómo te sientes. Llora, sácalo todo, luego lo verás mejor”.

 

Mi primer desengaño amoroso lo viví de la peor manera que uno se pueda imaginar. Simplemente decidí aislarme en mi nube, y aquí no ha pasado nada. En una de esas tardes de cama y helado, mi madre entró, abrió la ventana, y tal como entró me dijo “Te ha dejado, ha sido doloroso, estoy de acuerdo. Pero ¿vas a hacer algo con tu vida?” Desde ese momento nadie me había hablado así. Así que lloré. Lloré y estuve horas llorando. Entonces ella, sentada a mi lado, me dijo “Bueno, has decidido llorar, ya es un buen paso”.

Recuerdo el momento más duro que he pasado en mi vida. Entré en esa habitación de hospital, y le vi ahí. Luchando. Apagándose. No pude hacer otra cosa que tirarme al suelo y llorar. Llorar porque se iba, y lo sabíamos todos. Mi madre se sentó a mi lado, abrazándome con fuerza, y me decía “Llora, llórale… todo irá bien”.

 

Gracias, mamá.

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