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Archive for 28 julio 2010

Querida Pilar

Llevaba tiempo pensando que debía escribirle algunas palabras. Pero él nunca encontraba el momento adecuado para hacerlo, y cuando lo encontraba, se encontraba delante de un papel en blanco, y sin saber cómo empezar.

Había pasado muchísimo tiempo desde su primer encuentro. Ambos tan pequeños, tan alegres, tan locos, tan destinados a encontrarse…

Qué rápido ha pasado el tiempo”, pensaba él delante de esa hoja en blanco. A su recuerdo llegó uno en concreto. Hacía mucho tiempo de aquello, pero las cosas fueron más o menos así… él acaba de salir escaldado de unas peleas en aquel grupo de amigos de clase, se encontraba desorientado, perdido, y en aquella hora de recreo se encontró a aquella pequeña y gran mujer.

Ambos empezaron a hablar, y entre charla y charla, el destino decidió unir a dos personas tan diferentes como ellos, unirlos para siempre.

Poco después llegaron otros recuerdos. Cómo aquel chico sufrió sus primeros fracasos amorosos, cómo ella los escuchaba. Cómo ella también sufrió su parte, y cómo él no se separaba de su lado. Ambos reían. Ambos lloraban. Ambos compartían. Ambos empezaban a quererse, a caminar…

El tiempo hizo que este chico creara su propio grupo de amigos, y que ella, por su parte, creara el suyo. Pero aún así – pensaba él delante de la hoja en blanco – siempre encontraban un momento para una llamada, para un café, para unas risas, para una charla… Todo deseado, todo sincero.

Recordaba también sus continuos consejos, sus broncas cuando él metía la pata, que solía ser amenudo, y las broncas de él hacia ella cuando era ella quien erraba, o quien elegía mal a la hora de buscar un amante.

Sonrió al saber que siempre habían tenido esa relación sincera, ese tipo de relaciones en las que uno se puede permitir decir “Te quiero, pero la has cagado.

Reconoció también las tantas y tantas veces que debería haberle dicho “Gracias” y “Te quiero”, pero sabía que lo sabían, no siempre era necesario decirlo, bastaba con sentirlo.

Pensó en las veces que se habían dicho todo sólo con mirarse a la cara, sin más. Una mirada bastaba para decir “Estoy mal”, “Esto a mi también me duele”, “No me mires que me da la risa”, “A mi también me cae mal”, “Nos va a entrar el pavo enseguida”

No necesitaban mucho más, y aún cuando no estaban cara a cara, ya sea vía mensaje de texto o e-mail, notaban que uno de los dos estaba en un mal momento.

Se necesitaban y se querían. Se conocían y se comprendían. Se respetaban y se admiraban.

Bajó la vista y miró la hoja en blanco, “Querida amiga Pilar”, y se dio cuenta que no necesitaba decir ni escribir nada más, esas dos palabras bastaban. Querida. Amiga.

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Barcelona cuenta con una de las plaza de toros con mayor aforo de España, que recibió 111.060 espectadores en 2007 según el profesor Royuela. Si bien en el conjunto de España se celebraron en 2008 hasta 2.113 festejos taurinos, en 2007 en Cataluña sólo hubo 16 corridas, una cifra que ha ido en descenso en los últimos años, dado que en 2001 fueron 37 los festejos organizados, según datos de la PPDF.

Una corrida de toros requiere un presupuesto de entre 200 y 400 mil euros, que se reparten entre el alquiler de la plaza, los costes asociados a la apertura de la plaza -taquilleros, vigilantes de seguridad, médicos y enfermeros, entre otros- el sueldo del torero y el precio de los propios toros. Una sola res puede suponer un gasto de entre 5.000 y 10.000 euros, dependiendo de la ganadería de la que proceda, mientras que los matadores y sus ayudantes negocian su retribución en función de su poder de convocatoria.

El Parlamento catalán decidirá el próximo miércoles, 28 de julio, a partir de las diez de la mañana, si prohíbe las corridas de toros en Cataluña, tal como pide una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) avalada por 180.000 ciudadanos.

Unos se llenan la boca refiriéndose a esta práctica como “arte”. Otros más escépticos lo llaman “matanza” o “asesinato”.

Si algo está claro es que la tauromaquia es una tradición tanto en este país como en tantos otros, que mueve a miles y miles de personas con la intención de lucrarse a través del entretenimiento de otros, la mayoría gente de alta cuna.

No vamos a criticar esa finalidad de lucro y expansión económica, puesto que es la finalidad del mayor número de movimientos culturales y de entretenimiento, a la vista está el cine (cada día más caro), el teatro, los parques de atracciones, etc.

Lo que si que vamos a criticar es esa manera de “matar el tiempo”, o de entretenerse a través del sufrimiento lento y seguro de un animal. Los toreros son unos valientes, unos machos, dicen muchos de los miles de defensores. Es un “cara a cara” entre el hombre y el animal ¿Es cierto? Absolutamente no. Nada de esto tiene sentido para todos aquellos que no podemos evitar mirar a otro lado cuando vemos en la televisión dicha masacre.

¿Cara a cara?

La metodología de la tauromaquia es sencilla. El macho torero se enfrenta cara a cara contra el toro. Este cara a cara dura muy poco, puesto que en el momento en el que el animal cobra ventaja o gana espacio contra el torero, son muchos los que acuden a la plaza en ayuda de este torero. Por lo tanto, el cara a cara es más bien relativo.

Es como cuando, desgraciadamente, nos encontramos con esa pelea a altas horas de la noche, donde hay un enfrentamiento entre dos personas, pero uno de ellos está solo, y el otro acompañado por diez amigos, a cual más grande.

Los defensores alegan que esta actividad de ocio (¡Válgame Dios!) es una tradición de generaciones y generaciones atrás, con un gran peso histórico a sus espaldas.

En la época medieval comienza la práctica taurina del lanceo de toros, a la que se sabe eran aficionados Carlomagno y Alfonso X El Sabio, entre otros. Según crónica de la época, en 1128 «…en que casó Alfonso VII en Saldaña con Doña Berenguela la chica, hija del Conde de Barcelona, entre otras funciones, hubo también fiestas de toros.»

Estos espectáculos se presentaban en plazas públicas y lugares abiertos como parte de celebraciones de victorias bélicas, patronímicos y fiestas, con el consecuente riesgo que esto suponía para los espectadores.
Los primeros tratadistas dieron por buena una creencia popular y pensaron que los moros de España fueron los primeros en utilizar sus capas como instrumento de distracción durante la práctica de alancear a las reses.

Sin embargo, esta opinión no cuenta hoy día con respaldo académico. Durante el siglo XVI evoluciona la tauromaquia hacia los encierros de varas (predecesora de las actuales corridas de rejones), en los que participaba la realeza; incluso Carlos I de Inglaterra y su lugarteniente Lord Buckingham participaron en este evento durante su estancia en España, tan a su gusto que repitieron luego la experiencia en su país, invitando a los embajadores de los reinos de Francia y España. Carlos I de España (no nacido en este país) lanceó un toro en la celebración del nacimiento de su hijo Felipe II.

Durante esta época la nobleza comienza a utilizar a sus peones y escuderos para distraer al toro mientras cambiaban algún caballo cansado o herido, o para rescatarlos de una caída. Con la aparición de los picadores en sustitución de las lanzas, para dar a los nobles, a lomo de caballo, el privilegio de matar al toro, estos peones y auxiliares adquieren la responsabilidad de llevar al toro al picador, con lo que evoluciona la faena de capote y adquiere valor estético. En muchas ocasiones, si el de a caballo no podía matar al toro, se delegaba la responsabilidad en los de a pie.

La historia está ahí, nadie puede negarla. Pero lo que si es cierto es que no podemos ni debemos dar fuerza ni valor a una actividad por el simple hecho de que en épocas pasadas ya existía y se respetaba. Si fuera así, España no estaría ahora en la situación en la que está, las mujeres no podrían trabajar ni abortar, los homosexuales seguirían llenando las cárceles del país por vagos y maleantes, la gente pobre no podría aspirar a estudios superiores…

España ya cuenta con docenas de grupos en contra del mundo del toreo, cada vez se recogen más firmas por el respeto del toro, y cada vez son menos las plazas de toros que se llenan y respetan. Es otra realidad que está ahí. Pero parece ser que no es suficiente, algo tiene que cambiar, no podemos permitir que sigan llenando las plazas de toros de sangre de un animal inocente, y las carteras de los empresarios a causa del sufrimiento de un animal que nada tiene que ver con la crueldad humana.

En definitiva, es cierto que la tauromaquia contaba anteriormente con gran aceptación, popularidad y movimiento en sus tiempos remotos, pero también lo hacía la dictadura, los campos de concentración, y las escuelas de “la letra con sangre entra”.

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Hace unos días recibí de manos de una de las personas a las que más quiero en esta vida, este regalo en forma de lección (y viceversa). Hoy lo quiero compartir con vosotros. Espero que os guste.

Un viejo indio estaba hablando con su nieto y le decía:

Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de los dos es un lobo enojado, violento y vengador. El otro está lleno de amor y compasión.”

El nieto preguntó:

Abuelo, ¿dime cuál de los dos lobos ganará la pelea en tu corazón?”

El abuelo contestó:

Aquel que yo alimente.”

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El día de hoy iba relacionado con otro post, pero debido a una charla con varios amigos sobre este tema, me pidieron que hablara sobre ello. Así pues, aquí os lo dejo, para todos.

Se suele culpar fácilmente a la frase “se busca fuera lo que no se tiene dentro” en el momento de una infidelidad. Si nos paramos a leer detenidamente la frase encontramos rasgos y expresiones que indican un alto grado de egoísmo e inmadurez.

Lo que no se tiene dentro” conlleva el aspecto de que deberíamos tener (poseer) aquello que nos haga sentir plenos y felices con nuestra pareja.

En ningún momento pensamos “lo que debo entregar dentro”, echamos balones fuera, “como él/ella no me da mucho sexo” en vez de “debo darle pasión a la relación”, “él/ella no me entiende” en vez de “no me explico con sinceridad”, y un larguísimo y tópico etcétera.

No hace falta explicar que aquello que impulsa a una infidelidad no es (siempre) un motivo sexual. Muchas veces un miembro de la pareja puede no sentirse valorado, comprendido o escuchado, y es entonces cuando se encuentra por el camino a una persona que lo cuida, entiende, mima y comprende. Es ahí cuando la fina línea se rompe, el vaso se llena, y se siente esa necesidad imperiosa de pasar más tiempo con la nueva persona.

Debemos entender, por supuesto, que una pareja la forman dos personas, y son ambos quienes deben encargarse de tener sus necesidades (afectivas, sociales, personales, sexuales…) cubiertas. La mejor forma de afrontarlo es el diálogo. Según vas conociendo a tu pareja, pasando tiempo con ella, eres más consciente de qué quiere, qué necesita. A esto hay que sumarle que no sólo tu pareja debe conocer tus necesidades, tú también debes expresarlas, darlas a conocer.

Se nos rompió el amor

Está estudiado y demostrado que el mayor número de infidelidades se realizan una vez pasado el “enamoramiento”. Durante el enamoramiento nuestras hormonas están revolucionadas, sólo tenemos ojos para nuestra pareja, queremos pasar más tiempo con ella, todo nos parece perfecto… Esto es debido a que a través de diferentes sustancias químicas nuestro cerebro tiende a elevar a la otra persona a un estadio casi divino, de perfección.

El enamoramiento, como cualquier sentimiento cerebral, es pasajero. Es entonces cuando una vez lo pasamos, vemos la realidad de la relación. Tenemos compromisos, tenemos que dar respuesta a las necesidades, dar explicaciones básicas, “cumplir” con la otra pareja… existen malos entendidos, peleas, comportamientos o actitudes que no nos gustan tanto… Suele pasar que comienzas a ver conductas que te desagradan o incomodan, cosa que antes no las veías pero no implica que no estuvieran. Uno se empieza a introducir en un círculo raro donde cada vez somos más exigentes y nos gusta menos lo que vemos, pero tampoco hacemos mucho por cambiarlo por eso la situación empeora cada vez más.

Un factor altamente destructivo en las parejas es la monotonía, no sólo por llegar a producir la ruptura sino que es una gran aliada de la infidelidad. Cuando una pareja entra en la monotonía todo se vuelve gris, se pasa a una línea continua donde parece que nada pase, es como estar en la oscuridad y cuando se acerca una luz que nos hace ver las cosas de otro modo, tendemos a ir hacia ella.

En algunas ocasiones nuestra pareja puede llegar a quitarnos hasta el aire, esto nos hace sentirnos oprimidos hasta tal punto que se intenta salir por algún sitio y este puede ser los brazos de otra persona. Este tipo de infidelidad se suele dar en casos en los que uno de los miembros de la pareja es celoso. Los celos, como mencioné tiempo atrás en un post, infinidad de veces en lugar de unir consiguen todo lo contrario, la separación.
Este es un momento propicio en el que muchos, tras esa primera desilusión, se sienten vulnerables y comienzan a relacionarse con gente de fuera pudiendo ver eso que echan de menos en otras personas y llegando a la infidelidad. Es entonces cuando vemos la realidad de la relación, y es entonces cuando se producen las infidelidades.

Otra persona pasa por nuestro camino. Una sonrisa, un saludo, una mirada, un roce… y nuestro sistema cerebral se activa, haciéndonos sentir de la misma manera que cuando empezamos a conocer a nuestra pareja. La trampa está abierta.

No somos conscientes, entonces, de que ese “enamoramiento” volverá a pasar, volveremos a tener responsabilidades, compromisos… y vuelta a empezar.

El rasgo fundamental de la persona infiel es la inmadurez para afrontar una responsabilidad o compromiso con otra persona. Es por esto que en la mayoría de casos la persona infiel volverá a serlo una y otra vez. Un estudio afirmó que el 77% de las personas infieles lo son durante todo el resto de su vida.

No en todos los casos la persona que es infiel es la culpable total de que la relación se rompa. Muchas veces en una pareja uno de ellos puede sentirse mal (espacio) tratado, poco querido o incluso sufrir faltas de respeto. Es entonces cuando, al no poder más con la relación, no puede evitar caer en los brazos de otra persona que la trata mejor.

De lo que si que es culpable, totalmente, es de hacer las cosas erróneamente. No somos culpables por dejar de amar. No somos culpables por enamorarnos de otra persona. No somos culpables por hacer sufrir a otro con nuestra ruptura. De lo que si que seríamos culpables sería de hacer las cosas por detrás, de forma cruel, egoísta y cobarde.

Lo mejor, en todos estos casos, es tener una conversación sincera con tu pareja, explicarle como te sientes, romper lazos… De esta manera tu pareja podrá superar la situación de una forma más sana, menos humillante, y tú seguir tu vida, con la conciencia limpia, y la cabeza alta.

Podrás evitar entrar en ese círculo de mentiras y decepciones (incluso contigo mismo), y evitar que tu pareja tenga que pasar de la ignorancia del toro, cuando no sabía nada, a la pena del cornudo.

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Amando demasiado

Adicción” es una palabra que asusta. Evoca imágenes de consumidores de heroína que se clavan agujas en los brazos y llevan una vida obviamente autodestructiva. No nos agrada la palabra y no deseamos aplicar el concepto a nuestra forma de relacionarnos con los hombres y/o mujeres. Pero muchos, muchos de nosotros hemos sido “adictos a los hombres/mujeres” y, al igual que cualquier otro adicto, necesitamos admitir la seriedad del problema antes de poder empezar a curarnos.

Si usted alguna vez se vio obsesionado/a  por un hombre/mujer, quizá haya sospechado que la raíz de esa obsesión no era el amor, sino el miedo. Quienes aman en forma obsesiva están llenos de miedos: miedo a estar solo, miedo a ser ignorado, abandonado, destruido… Se da el amor con la desesperada ilusión de que el hombre o mujer por quien estamos obsesionados se ocupe de nuestros miedos. En cambio, los miedos –y obsesión- se profundizan hasta que el hecho de dar amor para recibirlo se convierte en la fuerza que impulsa nuestra vida. Y como nuestra estrategia no da resultado, tratamos, amamos más aún. Amamos demasiado.

Cuando estar enamorado significa sufrir, amamos demasiado.

Cuando la mayoría de nuestras conversaciones con amigos íntimos son acerca de él/ella, de sus problemas, sus ideas, sus sentimientos, y cuando casi todas nuestras frases comienzan con “Él…” o “Ella…”, estamos amando demasiado.

Cuando disculpamos su mal humor, su mal carácter, su indiferencia o sus desaires como problemas debidos a una niñez infeliz y tratamos de convertirnos en su terapeuta, estamos amando demasiado.

Cuando leemos un libro de autoayuda y subrayamos todos los pasajes que lo ayudarían a él/ella, estamos amando demasiado.

Cuando no nos gustan muchas de sus conductas, valores y características básicas, pero las soportamos con la idea de que, si tan sólo fuéramos lo suficientemente atractivos y cariñosos, él o ella querría cambiar por nosotros, estamos amando demasiado.

Cuando nuestra relación perjudica nuestro bienestar emocional e incluso, quizá, nuestra salud e integridad física, sin duda estamos amando demasiado.

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Hace días nos enterábamos de que el conseller de Educación, Alejandro Font de Mora, entregará a todos los padres y madres de alumnos en Valencia una guía orientativa con información básica sobre los principales derechos que, como padres y madres, pueden ejercer dentro de la comunidad educativa.

En esta guía, entre otras cosas, se recoge todo el tipo de ayuda que pueden solicitar del centro educativo, tanto a nivel personal, como psicológico. Además, en el texto se reproduce el capítulo del Decreto de Derechos y Deberes que concierne a las familias y entre los que se destaca el derecho de los padres a estar informados del progreso del aprendizaje de sus hijos, a conocer los procedimientos establecidos por el centro, a participar en el proceso de enseñanza, a participar en la organización, funcionamiento, gobierno y evaluación del centro, a ser oídos y a que les sean notificadas las faltas de asistencias y retrasos, entre otros.
Además, la guía también recoge información relacionada con los programas bilingües. Por ejemplo, en el caso de que los padres, madres o tutores legales desean que el alumno reciba un tratamiento lingüístico distinto al que el centro aplica según su diseño particular, lo deberán manifestar en un plazo de 30 días a partir del inicio de las clases. Esta solicitud se hará individualmente y por escrito a la dirección del centro para que esta adopte las medidas oportunas.

Aunque quizá la parte más interesante de este proyecto y guía es aquella en la que se recuerda el uso gratuito de los servicios psicológicos del centro educativo, y de todas aquellas ayudas externas e internas al centro.

Ya son muchas las comunidades que se plantean realizar la misma actividad, aunque también son muchas las comunidades que se preguntan si esto realmente ayudará o servirá de algo, ya sea a los alumnos o a los propios padres.

Pues bien, desde el Hueco Educativo queremos apoyar y fomentar la creación de dicha guía. Nos encontramos en una realidad social y educativa que roza el pesimismo. Una ideología juvenil basada en el “no me apetece”, en la apatía, la individualización (que no individualidad), y la falta de respeto a todo aquello que rodea, mueve o respira.

Según un sondeo, el 36% de los jóvenes menores de 32 años pertenecen a la generación NI-NI. Para todos aquellos que no estén familiarizados con este concepto, la generación NI-NI es aquella generación de jóvenes que NI trabajan, NI estudian; y que seguramente NI comerían, NI ducharían de no ser por la ayuda de los padres.

¿La culpa?

Son muchas las voces que están buscando al culpable de esta realidad, y la mayoría de las miradas y dedos señalan a los padres. No creo que los padres sean los culpables totales de esta situación, aunque si los responsables.

María, una madre soltera de 45 años, me explica su situación actual de esta manera: “Mi hija tiene 21 años, […] siempre ha sacado buenas notas, pero llegó un momento que cuando cumplió 19 años las cosas cambiaron. […] Dejó los estudios, no quiere trabajar, no hace absolutamente nada. Se levanta a las 2 de la tarde, come, se echa la siesta, se levanta y se va con las amigas, aparece a la hora de cenar, se acuesta… y así toda la semana. […] No le puedo decir nada, si le mando recoger su habitación o le digo que busque trabajo, que haga algo con su vida, me contesta con insultos y gritos, todo de mala manera, […] así que muchas veces prefiero callarme antes que crear una pelea”.

Esta situación la viven diariamente miles de padres. Los jóvenes se creen ahora dueños y señores de sus casas, creen que es obligación de sus padres darles dinero, hacerles la comida, la habitación… y así nos va.

Hace poco conocíamos el caso de una niña que recibía mensualmente 600 euros de sus padres, además, estos le pagaban el piso de estudiante. No estudiaba, no trabajaba, no asistía a sus clases… y aún así llevó a juicio a sus padres reclamando 800 euros para poder tener una “vida digna”, y “hacer fotocopias”.

La característica negativa más destacada en estos jóvenes es la poca tolerancia al “no”. No aceptan esa negativa a las cosas que piden a sus padres, y como casi todo en esta vida la respuesta la encontramos en nuestra infancia.

Tenemos que educar a nuestros hijos sin ese miedo a que dejen de querernos o que piensen que somos unos malos padres por el hecho de negarles cualquier cosa. Cuando, precisamente, lo que estamos haciendo es educarles, enseñarles que no pueden tener todo lo que desean cuando lo desean, y si es así, enseñarles el valor de la recompensa y el sacrificio, es decir, la cosas cuestan conseguirlas, requieren un esfuerzo, “el dinero no viene del cielo”.

Cuando a un hijo o hija se le da todo lo que pide de una manera desmesurada, llegará un momento en el que no se le podrá dar, y el hijo, obviamente, no entenderá esa negativa y reclamará su “derecho” por otras vías.
Un valor fundamental que debemos enseñar y cultivar en la educación de los más pequeños es el de la responsabilidad. La mayoría de los jóvenes españoles reconocen que sacan buenas notas o sacan adelante sus estudios porque conocen que después vendrá una recompensa; un coche, dinero, ropa, unas vacaciones con los amigos…

Aquí erradica otro error. No podemos dejar que nuestros hijos nos pidan algo a cambio de estudiar o trabajar. Debemos enseñarles que es SU responsabilidad, no la nuestra. Que lo deben hacer por ellos, no por nosotros. Que es de su futuro del que estamos hablando, que los padres hace años que tienen esa meta conseguida. Si empezamos a premiar y a firmar ese “contrato”, por ejemplo, “Papá si apruebo la selectividad me compras un coche“, no les estamos haciendo ningún favor. Estamos retroalimentando esa conducta egoista y pasiva de “yo hago esto porque luego me darán lo otro“, y atrasando el proceso madurativo y de aceptación de las responsabilidades para más adelante, cuando posiblemente ya sea muy tarde para cambiar esa pauta.
Cuando yo era pequeño, recuerdo como mi madre me explicaba de donde salía el dinero para ese juguete, “trabajando hijo, trabajando mucho…”. También me explicaba cómo si querías hacer algo de provecho con tu vida debías estudiar mucho, conseguir un título, para así garantizarte un nivel el día de mañana.
También recuerdo muy claramente el momento en que por primera vez en mi vida le falté el respeto a mi madre. Bastó un “vete a la mierda”. Bastó una “ostia bien dada”. Cuando pienso esto, no me viene a la cabeza la palabra “maltrato”, ni la expresión “mala madre”. Me viene a la cabeza “gracias”. Gracias por no dejar que me convirtiera en un joven que ni aporta, ni piensa, ni organiza, ni decide… Gracias por querer que mi futuro sea mejor día a día, por tener aspiraciones, por querer ser el mejor…

Mano dura, dicen algunos. Yo lo llamo “poner las cosas en su sitio”. No puedes insultar a tu madre, no puedes reírte de tu padre. No puedes pasarte los días, con más de 20 años, tirado en el sofá esperando el plato caliente en la mesa. No puedes gritar a tus padres. No puedes tirar cosas por la ventana porque no te dan dinero para salir de fiesta. No puedes, no puedes.

Ahora muchas comunidades se preguntan si esta guía para padres será realmente útil.

Juzguen ustedes.

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