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Archive for 29 marzo 2011

Hace más de 3.000 años, en una pequeña aldea, un joven se presento a su maestro y le dijo

–      Vengo porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada ¿Qué puedo hacer para que me valoren más? Ya ni siquiera sé quién soy yo.

Sin mirarlo, el maestro le dijo que en esos momentos tenía un grave problema y que no estaba para esas cosas; le explicó que necesitaba dinero urgentemente y le propuso que si le ayudaba, estaría en breve a su disposición.
El joven aceptó sin pensarlo.
El maestro se sacó el anillo que llevaba puesto y le dijo al muchacho:

–      Ve, toma mi caballo y ves al mercado. Allí vende este anillo, pero no aceptes menos de una moneda de oro.

Después de mucho andar y de ver a muchos mercaderes que sólo le ofrecieron monedas de latón y alguna que otra baratija, el joven volvió abatido y con la amarga sensación de haber fracasado.

Al llegar, le dijo al maestro con profundo pesar que nopodía engañar a nadie con el valor del anillo.

El maestro sonrió satisfecho al oír esta frase, así que le sugirió que para averiguar el verdadero valor fuera al joyero. Le dijo también que no lo vendiera, sólo que averiguara su valor.

Al cabo de unas horas, llegó corriendo el joven con la noticia de que podían darle 58 monedas de oro por el anillo.
Emocionado le explicó al maestro la nueva, y éste, después de escucharle pacientemente, le dijo:

–      Ahora siéntate y préstame toda la atención que puedas. La leccion que debes aprender es que tú también eres una joya valiosa y única. Y como tal, solo puedes ser valorado por un experto que conozca bien de lo que habla. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Ese experto solo puedes ser tú.

Después de decir esto, volvió a ponerse el anillo y siguió su camino.

 

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TDAH

Yo soy un niño que normalmente no para quieto en el pupitre, al que le está diciendo que se calle . El que a veces cuando usted explica parece no entender y se aburre si lo repiten. A veces suelo ser maleducado o explosivo para llamar la atención.
Me gusta hablar de temas que “usted cree” que no son de mi edad. Usted está diciendo siempre a mis padres “que no hago” “que no puedo aprender”, sin embargo si algo me interesa lo aprendo fácilmente pero cuando tengo suficientes conocimientos lo dejo por aburrimiento.
No respondo a la autoridad, sí al entendimiento y las explicaciones. Aprendo por imitación, su ejemplo me es muy importante. Según usted siempre estoy rompiendo normas. Soy un genio en potencia que si se centrara en algo sería mejor…
Mis padres me llevaron al médico y dicen que tengo una cosa llamada Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad y eso quiere decir que no paro quieto, no puedo atender durante mucho tiempo, me distraigo fácilmente y además soy hiperactivo.
Recomendaron a mi mama dar Ritalin (mi mama dijo que nada de eso, que eso es una anfetamina y crea drogadictos) entonces mi mama investigó y hago cosas que enfocan mi energía (deporte, artes marciales, tai-chi, yoga) y evita darme alimentos con azúcar y glucosa, así me siento más relajado.
No me gusta que me traten como a un niño, quizás sepa de ciertas cosas menos, pero no significa que no sepa, estoy en proceso.
Deme más tiempo, para asimilar las cosas, pues aprendo de manera diferente. si no aprendo de una forma tradicional…¿Porque me enseñan siempre de la misma forma? ¿Quizá si fuera de una forma más practica?
Estoy siempre preguntando porqué. Eso no quiere decir que lo estoy poniendo a prueba, solo tengo curiosidad.
Si no sabe la respuesta, dígamelo. No me dé evasiva, guíeme hacia como encontrar la respuesta.
Me gustaría que me incluyera en las decisiones que me afectan, no soy simplemente un alumno más.
Me gustaría que me reconociera que soy diferente pero que no me clasificara. Si usted me explicara para qué sirve lo que estudiamos y que para conseguir ciertas cosas necesito disciplina, reaccionaría de forma diferente.
Cuando no me pueda concentrar haga alguna actividad para relajarme: un baile, un juego, música… pero no me grite.
Se que muchas veces se desespera en clase pues ninguno de nosotros le hacemos caso ¿Se ha preocupado usted por saber lo que nos interesa?
Un saludo con amor

José Manuel

 

El TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad) es un trastorno cerebral en el que intervienen factores genéticos y ambientales. Se manifiesta como un aumento de la actividad física, impulsividad y dificultad para mantener la atención. El TDAH se asocia con frecuencia a otros trastornos, y  sus consecuencias se aprecian en muchos ambientes.

Según la clasificación norteamericana de enfermedades psiquiátricas DSM-IV , no todas las personas que padecen un TDAH tiene el mismo cuadro clínico . En algunas predominan los síntomas de inatención, en otras los de hiperactividad e impulsividad, y en otras hay problemas tanto atencionales como de hiperactividad e impulsividad.

Estas variantes son conocidas como “subtipos“. De todos ellos el más frecuente es el combinado, seguido del predominantemente hiperactivo-impulsivo. El subtipo predominantemente inatento es el menos frecuente, y se da más en mujeres que en hombres.

Es posible presentar algún síntoma de TDAH en un momento dado, sin que  tenga mayor importancia. Los psiquiatras sólo piensan en este diagnóstico cuando son muchos los síntomas, se presentan frecuentemente, en casi cualquier ambiente y no son pasajeros, sino que se vienen arrastrando desde la primera infancia.

Síntomas de hiperactividad-impulsividad:

• Inquietud, se mueve en el asiento
• Se levanta cuando debería estar sentado
• Corre y salta en situaciones inapropiadas
• Dificultad para jugar tranquilamente
• Excitado a menudo, “como una moto”
• Habla excesivamente
• Responde antes de que finalice la pregunta
• Dificultad para guardar el turno en actividades de grupo
• Interrumpe a otros en los juegos, conversaciones, etc

Síntomas de falta de atención:

• No atiende detalles, comete errores
• Dificultad para mantener la atención
• Parece que no escucha
• No sigue instrucciones, no termina las tareas
• Dificultad para organizarse
• Evita tareas que requieren esfuerzo continuado
• Olvida y pierde cosas necesarias para su actividad
• Fácil para distraerse por estímulos externos
• Olvidadizo en las actividades diarias

¿Qué debo hacer si pienso que mi niño tiene TDAH?

Hable con el médico de su niño. Un diagnóstico de TDAH puede hacerse solamente obteniendo información acerca del comportamiento de su niño por parte de varias personas que conozcan al niño. Su médico le hará preguntas y querrá obtener información de los maestros de su niño o de cualquier persona que esté familiarizada con el comportamiento de su niño. Su médico puede tener formas o listas para chequear, que usted y el maestro de su niño pueden completar. Esto lo ayudará a usted y a su médico a comparar el comportamiento de su niño con el de otros niños.

Su médico probablemente querrá hacer exámenes de la vista y de la audición si es que estos no se le han hecho recientemente.

Su médico le puede recomendar que pruebe un medicamento para ver si esto ayuda a controlar el comportamiento hiperactivo de su niño. Una prueba con el medicamento solamente no puede ser la base para diagnosticar el TDAH. Sin embargo, puede ser una parte importante de la evaluación de su niño en caso de sospecharse el TDAH.

Puede ser difícil para su médico saber si su niño tiene TDAH. Muchos niños que tienen TDAH no son hiperactivos en el consultorio del médico. Por este motivo, es posible que su médico quiera que usted vea a alguien que se especialice en ayudar a niños con problemas de comportamiento, tal como un psicólogo.

 

¿Qué más puedo hacer para ayudar a mi niño?

Un esfuerzo en equipo por parte de los padres, profesores y médicos trabajando en conjunto es la mejor manera de ayudar a su niño. Puede ser difícil criar a los niños que tienen TDAH. Es posible que tengan dificultad para comprender instrucciones, y el estado de actividad constante puede constituir un desafío para los adultos. Además, los niños que tienen TDAH tienden a necesitar más estructura y expectativas más claras. Usted puede tener que cambiar su vida un poco para ayudar a su niño. He aquí algunas cosas que usted puede hacer para ayudar:

  • Haga un horario. Fije horas específicas para levantarse, comer, jugar, hacer tarea, hacer quehaceres, mirar televisión o jugar juegos de vídeo, y para acostarse. Ponga el horario donde el niño siempre lo pueda ver. Explíquele anticipadamente cualquier cambio en la rutina.
  • Simplifique las reglas de la casa. Es importante explicar lo que pasará cuando se cumplan las reglas y cuando no se cumplan éstas. Escriba las reglas y las consecuencias de no obedecerlas.
  • Asegúrese de que sus instrucciones son comprendidas. Haga que su niño le preste atención y háblele mirándolo directamente a los ojos. Luego, con voz clara y calma, dígale al niño específicamente lo que usted desea. Mantenga las instrucciones simples y cortas. Pídale al niño que le repita las instrucciones a usted.
  • Premie el buen comportamiento. Felicite a su niño cuando él o ella complete cada paso de una tarea.
  • Asegúrese de que su niño sea supervisado en todo momento. Debido a que son impulsivos, los niños que tienen TDAH pueden necesitar más supervisión por parte de los adultos que otros niños de la misma edad.
  • Observe a su niño cuando él o ella esté alrededor de sus amigos. A veces resulta difícil para los niños que tienen TDAH aprender habilidades sociales. Premie el buen comportamiento durante el juego.
  • Fije una rutina para hacer las tareas. Escoja un lugar fijo para hacer la tarea lejos de distracciones tales como otras personas, televisión y juegos de vídeo. Divida el tiempo para hacer tarea en sesiones cortas y permita descansos.
  • Concéntrese en el esfuerzo y no en las calificaciones. Premie a su niño cuando él o ella trata de terminar la tarea escolar, no solamente por sacar una buena calificación. Usted puede dar premios adicionales por obtener mejores calificaciones.
  • Hable con los maestros de su niño. Averigüe cómo le está yendo a su niño en el colegio, en la clase, en el recreo y en la hora de la comida del mediodía. Pida que los maestros le den notas sobre el progreso diario o semanal.

Algunos niños se benefician del asesoramiento psicológico o de la terapia estructurada. Puede resultar beneficioso para las familias hablar con un especialista en el manejo del comportamiento y los problemas de aprendizaje relacionados con el TDAH.

Algunos estudios han demostrado que algunos colorantes y conservantes de alimentos pueden causar o empeorar el comportamiento hiperactivo en algunos niños. Hable con su médico para saber si necesita realizar algún cambio en la dieta de su niño.

¿Mi hijo va a superar el TDAH?

Antes solíamos pensar que los niños superarían el TDAH. Sabemos que esto no es cierto en la mayoría de los niños. Los síntomas del TDAH con frecuencia mejoran a medida que los niños crecen y aprenden a adaptarse. La hiperactividad generalmente desaparece en los años de la adolescencia tardía. Pero cerca de la mitad de los niños que tienen TDAH continúan distrayéndose con facilidad, teniendo cambios en el humor, siendo malhumorados y son incapaces de completar tareas. Los niños que tienen padres afectuosos que les brindan apoyo y que trabajan conjuntamente con el personal del colegio, con los trabajadores de salud mental y con el médico tienen la mejor probabilidad de convertirse en adultos bien adaptados.

¿Qué puede hacer en casa por un niño hiperactivo?

Mucho. De hecho una parte muy importante del tratamiento es responsabilidad de los padres. Que funcione bien depende de varios factores. En primer lugar de cómo se encuentren los padres; si se encuentran cansados, desesperanzados o deprimidos no podrán llevar a cabo las tareas que se les encomiende, y el resultado será menos satisfactorio. En segundo lugar deben entender qué es y qué no es el TDAH, tanto para aceptar y comprender a su hijo como para poder mejorar su relación con él y aplicar las recomendaciones que reciban de los especialistas. Y en tercer lugar deben haber aprendido y estar aplicando nuevas estrategias de manejo de su hijo (es absurdo pensar que repitiendo siempre el mismo sistema se obtendrán resultados distintos).

Pero en casa, además, muchas madres y padres se implican personalmente en el proceso de aprendizaje escolar, y ayudan a diario a su hijos en las tareas escolares. Un número elevado de padres describen estos momentos como desesperantes y fuente de conflictos. Cuando es así, o cuando aún yendo bien no progresa satisfactoriamente, es aconsejable contratar un “entrenador para los estudios”. Esta figura comienza a popularizarse en España, pero es relativamente habitual en países anglosajones. Se trata de un experto en pedagogía que conoce el TDAH, y que no se limita a ayudarle con los estudios del día, sino que evalúa las “lagunas” y diseña un plan para recuperarlas; una persona que estimula el aprendizaje sin por ello ser condescendiente. Los padres que han conseguido introducir un “entrenador” de éstos en su casa suelen estar más relajados (están tranquilos porque conocen la profesionalidad del entrenador, y no necesitan estar encima de sus hijo; en todo caso, cuando no va como esperan, piden explicaciones al entrenador) y la relación con sus hijos mejora radicalmente (ya no se van a cenar con el enfado del tiempo de estudio).

Mitos y falsas creencias

Las siguientes cuestiones son preocupaciones habituales de los adolescentes con TDAH que carecen de total veracidad:

“Este trastorno que tengo va a suponer una sentencia y una limitación para toda mi vida”.

Las personas con TDAH suelen desplegar una gran energía, suelen ser muy creativas y pueden hacer muchas más cosas que los demás. Solamente les hace falta ser conscientes de sus dificultades específicas y poner el remedio adecuado.

“Debido a este trastorno voy a ser torpe y holgazán”.

El TDAH no afecta el nivel intelectual.
La biografía de algunas personalidades célebres como:

– Einstein
– Churchill
– Santiago Ramón y Cajal

“No podré tener amigos”.

Puede que te preocupe que tus amigos no te acepten debido a tus limitaciones o a tu carácter impulsivo pero debes pensar que los amigos te buscarán por lo que eres y no por lo que aparentas. Si tú siempre has tenido TDAH y han aceptado ser tus amigos, ¿cómo puede ser que ahora no lo acepten?. Y si así fuera, ¿qué valor dan a la amistad?.

“La medicación que tendré que tomar actuará como una droga y producirá cambios en mi personalidad”.

La medicación agudiza tu atención e intensifica tu autocontrol durante unas pocas horas al día, pero no altera tu personalidad.

“Este problema que tengo va a ser la excusa para que mis padres sigan tratándome como a un niño y me controlen más”.

Es necesario que tus padres controlen, de forma pactada, tus momentos de inatención, ya que forma parte del tratamiento. Pero conviene que tengas claro que el objetivo no es que tus padres sigan ejerciendo un control sobre ti, sino que este control puedas ejercerlo tú mismo.

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Pena, penita, pena

Cuando Cenicienta consiguió enamorar al príncipe, y éste consiguió ver más allá del nivel económico de su princesa, ambos fueron felices, y comieron perdices.

Cuando Aladdin consiguió demostrar su riqueza interior, la princesa Jazmine se rindió a sus brazos, sin importarle entregar su corona a cambio, cosa que, por cierto, al final no pasó, pero ambos fueron felices y comieron perdices.

Cuando Pinocho consiguió madurar y demostrar que decir mentiras estaba mal, consiguió cambiar las astillas por huesos, y volver a los brazos de su anciano padre. Ambos fueron felices, y comieron perdices.

Cuando Blancanieves recibió el beso que la salvó de su eterno sueño, se encontró con su apuesto príncipe azul. Y si, fueron felices y comieron perdices.

Cuando la Princesa Cisne consiguió demostrar con sus aleteos su amor por el príncipe, y éste consiguió ver más allá de un pico y unas plumas, rompieron el hechizo, consiguiendo al fin su final feliz, y las perdices recién salidas del horno.

¿Y Pocahontas? Ella no pudo obtener a su ansiado amor. Pero que no cunda el pánico. Rápidamente Disney creó una segunda parte donde ambos se reencontraban. Fueron felices, y (que tiemblen las perdices) comieron el caliente plato.

Nos enseñan desde pequeños, ya desde la cuna, que el estado ideal vital es la felicidad. Debemos ser felices, todo tiene que acabar bien, estar triste es malo, caca, fuera.

Esto, inevitablemente, crea en nosotros una tolerancia mínima a sentimientos ajenos a la felicidad; tales como la frustración, el miedo, la ira o la misma pena.

Lo mismo ocurre cuando el pequeño se enfrenta por primera vez a la muerte. El perrito no está muerto, se ha ido al bosque a encontrarse con sus padres. El abuelo no ha muerto, se ha ido, pero algún día nos volveremos a encontrar con él. Amén.
Esto hace que ese niño entienda que la persona que ha desaparecido, algún día puede volver a aparecer, por lo tanto (¡objetivo cumplido!) no es necesario estar triste. Lo hemos conseguido, hemos hecho que nuestro pequeño no llore, no esté triste, y siga en su castillito de arena.

¿Qué ocurre, entonces, cuando uno de esos pequeños (y no tan pequeños) se enfrenta por primera vez a la pena? ¿Qué pasa cuando no hay salida?

Creemos que una persona es madura cuando es capaz de tomar sus propias decisiones, anteponiendo su salud y coherencia ante la idea de realizar un deseo inmediato que nos generaría un estado peor. Nos olvidamos por completo de la idea de “Inteligencia y madurez emocional”.

Una persona es madura emocionalmente cuando es capaz de convivir de una manera coherente y sana con sus propias emociones. Sean estas tristes, o no.

Debemos tener en cuenta que la pena es tan válida e importante como la alegría. Obviamente todos firmaríamos por estar siempre contentos y alegres, pero debemos aceptar la idea de la pena, la ira, la decepción, el engaño… como emociones que también forman parte de nosotros, y son igual de válidas y necesarias.

Cuando nos oponemos a estas ideas “negativas”, se generan problemas a la hora de afrontar los dilemas de la vida.

Por ejemplo, debemos romper con una pareja, y no sabemos cómo afrontarlo. No nos paramos a escuchar nuestras emociones, porque la situación es incómoda, y nos genera un conflicto interno. Así pues, nos ponemos rápidamente el traje de “capullos”, y dejamos a esa persona con un mensaje de texto, una llamada, o una ausencia de llamada. Es decir, que aparte de ponernos el traje de “capullo”, también nos ponemos el cerebro de un niño de 5 años.

Si esta misma persona hubiera crecido con una educación emocional sana y realista, hubiera dado cabida a emociones como la pena o la tristeza. Entonces, en el momento de dejar a su pareja, sabría empatizar con ella, ya que sabe o puede imaginarse cómo se puede sentir. Así pues, lo hará con todo el tacto y delicadeza del mundo. Ambas partes lo agradecerán.

Lo mismo ocurre en el momento de una pérdida o carga familiar. No sabemos cómo actuar, nos sobrepasa el momento de angustia, y nos agobiamos, hacemos un mundo de esa situación y no sabemos muy bien cómo actuar y reaccionar.

En definitiva, cerramos la puerta a esas emociones que nos han enseñado desde pequeños que son negativas, malas, y no debemos dar cabida.

El objetivo de este texto no es otro que haceros ver que a pesar de querer vivir todos la vida de una manera cómoda, divertida y feliz, debemos aceptar también que la vida son curvas, y como ya dije una vez, debemos valorar el camino, aprender en las subidas, y reír en las bajadas.

Si estás triste, estás triste. Está bien. No hay problema. No te angusties. Escúchate también en esas situaciones. Permítetelo. Conócete. Abre la puerta a esas emociones, que te acercarán más a ti mismo. En conclusión, hazte amigo tuyo. En lo bueno, y en lo malo.

Vivir de una manera sana y cómoda la tristeza y angustia, nos permite adquirir herramientas básicas y necesarias en la vida. Admítelo, la vida no será sólo reír y bailar. Habrá momentos en los que no nos quede otra que afrontar una pérdida, una ruptura, un abandono, una situación triste…
Si te conoces, si aprendes a salir de esas situaciones, si aprendes a escucharte y saber cómo reaccionar y equilibrar esa pena, sabrás salir más fácilmente de esa situación personal. Y saldrás, seguro que saldrás, y, además, lo harás más fuerte, y sonriente.

Si lloras, mejor que sea de risa. Pero si es de pena, hazlo de una manera sana.

 

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SOLTAR

Según el diccionario de la Real Academia Española podemos definir el concepto “Soltar” de la siguiente manera:

1)    Desatar o aflojar lo que estaba atado, unido o sujeto.

2)    Dejar de tener cogido.

3)    Dar libertad al que estaba detenido o preso.

4)    Expulsar, despedir.

5)    Empezar a hacer algunas cosas.

A lo largo de nuestra vida nos aferramos a muchísimas cosas de las cuales no queremos o nos negamos a soltar. Muchos aún guardamos las notas y evaluaciones de cuando éramos pequeños, fotos de nuestra infancia, cartas que nos enviábamos entre el grupo de amigos, tickets de sesiones de cine largas, románticas y divertidas.
En cuanto a estos aspectos, podríamos estar haciendo referencia a la definición 1 ó 2 de la Real Academia Española definidos arriba.

Aún así, me interesan más las otras definiciones, haciendo hincapié sobre todo en las palabras “Dar libertad”, “despedir” o “empezar”.

Está demostrado y estudiado que el momento más duro de una ruptura es cuando eres tú el dejado, el despreciado, el abandonado. En cambio, es mucho más llevadero para aquellos que han dado el paso a dejarlo, a abandonar, o, como decimos coloquialmente, a cortar.

Pero ¿qué ocurre cuando la persona que da el paso a dejar la relación es la persona que más siente y más comprometida está?

Pongamos, como caso de estudio y muestra, la relación de María y Nacho. Ambos están juntos, pero ambos están en un punto de la relación totalmente diferente, ajenos el uno al otro.

Ella empieza a sentirse estúpida, y usada. No sabe nada de Nacho, pero sabe que cuando se acerque el fin de semana él se acercará a ella, le dirá lo preciosa y especial que es, y darán paso a un fin de semana marcado por pasión, besos y condones.

María sabe que la relación no va a llevar a ningún lugar. Están estancados, y, lo peor, a él ya le está bien. Le vale una relación así, le llena, y disfruta. Ella, en cambio, se seca poco a poco, pasando los días encerrada, esperando que llegue el jueves para volver a sentirse amada, y especial. No es consciente de que ya lo es; sin Nacho. Es especial por ella misma.

Muchos de nosotros hemos vivido situaciones parecidas, y la dinámica siempre es la misma. Sabemos que algo es perjudicial para nosotros, pero nos aferramos, hacemos esa historia nuestra, hacemos a esa persona partícipe de nuestras emociones y frustraciones, y, además, le hacemos culpable.

El motivo es sencillo, aunque peligroso. Esperamos que la otra persona actúe como a nosotros nos gustaría que actuara. Dejamos todo el peso en esa persona, lo hacemos responsable de nuestra felicidad e ilusiones. En otras palabras, esperamos que esa persona sea quien decida qué hacer, porque nosotros no queremos soltar esas emociones que, en el fondo, nos están envenenando.

Llegados a este punto de la historia, es cuando entra en juego la definición de “Soltar”.

Dar libertad al que estaba detenido o preso.

En este caso, claro está, es María quien vive encerrada en esa jaula de cristal e ilusión. No somos capaces de soltar esas historias porque, a pesar de hacernos sentir infravalorados, nos enganchamos a esos breves momentos en los que nos sentimos especiales, únicos, queridos y respetados ¡y ya nos está bien!

No somos conscientes que si algo no nos gusta, si algo nos hace daño, si algo nos gusta pero preferiríamos que fuera más intenso, tenemos todo el derecho del mundo a soltarlo, a esperar, a encontrar algo que se adecue más a nosotros, que nos haga más felices.

Ya lo dejará él/ella”, “Ya se cansará él/ella”, suelen ser los pensamientos más recurrentes. No queremos soltar, queremos aferrarnos, queremos esperar a que esa persona cambie, y se adapte a nuestras necesidades. Pero ¿por qué no somos nosotros los que escuchamos nuestras necesidades y hacemos algo por cambiarlo?

Expulsar, despedir.

Otra tendencia habitual es caer en el error de condenar a la otra persona, hacernos víctimas a nosotros mismos, y verdugos a la persona que no ha sido, o es, capaz de hacernos felices.

¡No nos equivoquemos! Simplemente tenemos necesidades o sueños diferentes. Punto. No hay más, no hace falta colocarse la corona divina y juzgar.

Esa persona no te da lo que necesitas. Tú exiges más de lo que la otra persona quiere entregar. Así pues, abre puertas y ventanas, y, una vez más, SUELTA. EXPULSA. DESPIDE.

Empezar a hacer algunas cosas.

Como decía anteriormente, el paso más difícil sin duda es aquel en el que hablas contigo mismo y te dices “Me gusta muchísimo, me encanta estar con esta persona, pero no me da lo que necesito”, y hacer algo al respecto.

La dinámica, aunque dura, es fácil. Piensa en todo ese tiempo que pierdes pensando “¿Cambiará?”, “¿Me dará lo que necesito?”, “¿Exigiré demasiado?”, o en todo ese tiempo perdido mirando con cara de perro abandonado el móvil, esperando que se encienda de una vez con su nombre en la pantalla.

Piensa que todo eso cambiará. Desde luego será duro, pero altamente recomendable para tu vida.

Aferrarse.

Nos aferramos a recuerdos, vivencias, experiencias, dolores. Podemos manejarlo, se trata de despedirnos. Con cariño, con dulzura, con amor. Nos han servido para muchas cosas, nos han hecho llorar, reír, nos han hecho más fuertes, pero sobretodo nos han hecho vivir; nos han hecho ser las personas que somos ahora.

Lo peligroso y verdaderamente dañino es aferrarnos a cosas que no son nuestras, a relaciones, a personas, a sentimientos ajenos. No son nuestros. No nos pertenecen ¿por qué llevarlos a cuestas? ¿Por qué cargarlos en nuestra espalda?

Repito, no es tuyo. Así pues, dedícale una gran ovación, y despídete. Abre la ventana y sonríe, que empieza un nuevo día, y llega la primavera.

Por cierto, María finalmente le echó agallas y plantó a Nacho. Él rápidamente encontró a una rubia preciosa con la que disfrutar. María sigue soltera, pero tiene a varios chicos dispuestos a darle lo que ella necesita, y ella, feliz, sonríe y piensa tomarse su tiempo, y disfrutarlo.

 

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Hoy. Ahora.

Nos pasamos la vida trabajando, echando más horas que un reloj, apartando personas de nuestro camino para poder escalar. Crecer económicamente; parece ser que esa es la finalidad de la vida, tener un futuro asegurado, asentado, y como no, acomodado.

No disfrutamos el ahora, porque preferimos invertirlo en el mañana. Esta historia me recuerda a Jaime ¿No conocen a Jaime?

Jaime era un joven de 29 años, abogado. Se pasaba la vida encerrado en el despacho intentando ser el mejor abogado de Madrid. Salía con los amigos, claro que sí, y se divertía como cualquier joven. Una noche conoció a Marta, y ambos se volvieron locos, el uno por el otro. El problema es que Jaime estaba más loco por el futuro de su profesión, que por las curvas de su morena pasión.

Así pues cuando Marta lo amenazó diciéndole que se iba de su lado, a Jaime no le importó mucho. Su trabajo nunca le fallaría.

A los 32 años Jaime ya era un conocido abogado, “el tiburón de las leyes”, le llamaban. Era rico, guapo, atractivo a más no poder. Y estaba solo. Ahora, además, sus amigos no salían a divertirse como antes, preferían cuidar de sus parejas o hijos, alguno incluso de las dos cosas.

Cuando tenía 40 años, ya disponía de más dinero del que podía gastar, aún así, como todo lo que conlleva el poder, quería más.

Pero la vida, que se encarga de darnos sabores dulces los queramos o no, hizo que Claudia se cruzara en el camino de Jaime. Ella tenía 41 años, él 50. Se enamoraron.

Jaime estaba en esa edad en la que debía poner su vida en una balanza, y valorar. Había vivido la mayor parte de su vida encerrado en un despacho. No tenía casi amigos. Era tremendamente rico. Y pensó que ya era hora de disfrutar de la vida. Dos semanas después, un infarto acabó con Jaime.

En sus últimos segundos de vida, creyó escuchar una voz que le preguntaba “¿Qué te gustaría cambiar de tu vida?”. No lo dudó ni dos segundos, nunca se consideró creyente, pero sabía que era su última oportunidad de mantener una conversación. Con lágrimas en los ojos contestó: “Dedicaría el tiempo a llenar mi corazón de amor y felicidad, no los bolsillo de dinero y vanidad”.

Damos por hecho que mañana siempre veremos salir el sol. Damos por hecho que todo lo que ahorramos hoy, lo disfrutaremos mañana. Damos por hecho que ya podremos hablar con ese amigo al que hace tiempo que no llamamos. Damos por hecho que ya nos aburriremos de hablar con nuestros padres por teléfono. Damos por hecho que ya tendremos tiempo de ser cariñosos con nuestra pareja. Damos por hecho que ya tendremos tiempo de resolver aquella pelea con un ser querido.

Y ese tiempo no es seguro. Vivimos pensando en la meta, en cómo será cuando seamos felices y podamos disfrutar de todo.

Y no somos conscientes que la vida no es llegar a la meta. La vida es disfrutar del camino, aprender de las curvas, superar las subidas, reír en las bajadas.

Que cada uno viva como quiera vivir, a su manera, con sus ideas y creencias, con sus valores y virtudes. Pero vivamos ahora. No dejemos nada para mañana. Reír hoy, llorar hoy, perdonad hoy, disfrutar hoy… y si el mañana llega, será un mañana más aprovechado.

Coged un folio en blanco y divididlo en dos partes.
En la parte de la izquierda escribir esas cosas que os gustan en vuestra vida, que os apasionan, que os hacen reír, que os emocionan, que os encantaría invertir el doble de horas en ello…
En la parte de la derecha, escribid aquellas cosas que os frenan, que os paran, que congelan vuestro camino, que os gustaría cambiar.

Potenciad la parte izquierda.
Poned remedio a la derecha.

Hoy.
Ahora.

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(NO)interesa.

No entendía por qué tanto revuelo por la aparición de esa joven en el bosque. Cierto es que no estamos acostumbrados a presencias humanas, pero sí que los conocemos, sabemos cómo actúan y sus aspiraciones a destruir y reinar.

Por eso me extrañó tanto cuando el Búho se acercó a mí acelerado y excitado gritando “¡Ha aparecido una joven en el Bosque! ¡Ha aparecido una joven en el Bosque!”

–          ¿Cómo es? – le pregunté.

–          Supongo que tonta, como todos los humanos, sólo habla de unas magdalenas y de una abuela que está medio muerta en su casa – contestó de mala manera el Búho.

–          Los humanos no son tontos, no hables así…

Al cabo de unas horas, tuve la oportunidad de cruzarme con esa joven. Llevaba el pelo recogido en dos trenzas, y una gran capa y capucha roja. No pude evitarlo, así que hablé con ella…

–          Tú debes ser la famosa humana de la capucha roja – le pregunté.

–          ¡Así es! – contestó la joven de una manera cursi y risueña.

Vi a la muchacha excitada y nerviosa, así que me interesé por su estado. Me explicó que se había encontrado con un atractivo Lobo, y tenía que llegar a casa de su abuela antes que él, como si se tratara de una ridícula y absurda apuesta.

–          Pero es un Lobo, no deberías tratar con él – advertí.

–          ¡Tonterías! Es muy simpático, y además muy atractivo – dijo ella con cara de boba.

–          ¿No te da miedo que te haga daño? – pregunté incrédulo.

–          No, creo que si nos conociéramos podríamos llegar a llevarnos bien…

–          E incluso a tener algo ¿no? – me aventuré.

–          Siempre me han gustado los retos, y yo creo que ese Lobo sólo necesita una mujer que le escuche y le de cariño.

–          Estás loca…

–          Tengo que volver a casa de mi abuelita, lo siento…

–          ¡Suerte! – le deseé, aunque estaba dividido por la mitad, una parte de mí lo dijo sinceramente, otra deseaba que se la comiera por estúpida.

Días después corrió la voz por todo el Bosque, el Lobo había muerto. Supuse enseguida que Caperucita había tenido algo que ver con todo ello.

Tuve la suerte de encontrarme con ella, y me explicó una historia digna de novela negra… algo sobre el Lobo haciéndose pasar por la Abuela, ella haciendo preguntas sobre sus orejas, boca, dientes… y al Lobo intentando comérsela.

–          Te lo advertí – le dije de forma sombría ¿Por qué los humanos nunca hacen caso?

–          Lo sé – dijo ella con la cabeza gacha – pero pensé que cambiaría por mí.

–          Nunca lo hacen, al menos no los Lobos.

–          ¡Da igual! Tengo prisa… ¡¡Me caso!!

–          ¿Te casas? – no podía creérmelo.

–          Sí, un joven y apuesto cazador me salvó la vida, y voy a casarme con él.

–          Pero si apenas le conoces – cada vez entendía menos a los humanos…

–          Da igual, toda mujer necesita a un hombre fuerte que las proteja y las cuide… – dijo ella más fascinada que aliviada.

–          ¿Te quiere? – pregunté yo.

–          No lo sé seguro, pero al menos tendré a un hombre a mi lado.

–          ¿Aunque no te quiera?

–          ¡Me querrá! Qué vas a saber tú, sólo eres una Ardilla…

Y se fue. No volví a verla nunca más, pero diversas aves del Bosque me comentan que la ven llorar cada noche, y suspirar cada mañana, mientras mira al cielo, “Ojalá el Lobo me hubiera comido…”

No interesa.

–          No interesa que te digan que estás buena cada cuatro minutos, y que te quiere una vez al mes.

–          No interesa que te haga sufrir en vano, simplemente para que “aprendas la lección”.

–          No interesa que te haga desesperar a un mensaje o a una señal de vida, cuando esto es provocado simplemente para hacerte sufrir.

–          No interesa que quiera verte a las cinco de la mañana, y nunca te lleve el desayuno a la cama.

–          No interesa que se comporte como un mármol a tu tacto, y que luego te diga “Te extraño tanto…”

–          No interesa que se calle sus emociones, sólo para competir en quién los expresa antes.

–          No interesa que te hable de las otras amiguitas que se pelean por su compañía, mientras tú evitas cogerle cada vez más manía.

–          No interesa que alimente tus inseguridades, mientras tú callas tus “te quiero” por miedo al rechazo.

–          No interesa que te trate como un segundo plato, y te exprese que eres como el postre deseado.

–          No interesa que no se muera de ganas de verte, pero sí en que le hagas la comida urgente.

–          No interesa que aún sabiendo que tú necesitas más cariño, te diga que eres una pesada, y que acabarás en el asilo.

–          No interesa que no se preocupe por lo que a ti te pasa, pero sí en que le tengas planchada la corbata.

–          No interesa que te trate bien cuando tú te enfadas, y cuando estás de buenas te trate como le da la gana.

Interesa.

–          Interesa que te haga sentir querida, escuchada y respetada.

–          Interesa que te diga y exprese sus emociones, miedos y necesidades.

–          Interesa que te haga sentir la persona más bella del planeta, aún cuando crees que hay mil que te dan la vuelta.

–          Interesa que te diga las ganas que tiene de verte, aunque haga cinco minutos que estabais en frente.

–          Interesa que se preocupe por tu vida, y no sólo en dónde acaba tu barriga.

–          Interesa que no se deje vencer por los miedos, y los batalle con caricias y besos.

–          Interesa que te haga sentir única, cuando crees que podría tener a veinte mejores.

–          Interesa que creas que sólo te hace reír, y descubras que también te está haciendo sentir.

–          Interesa que aunque tenga mil cosas que hacer, tenga dos segundos para decirte que te quiere ver.

Interesa que te quieran, te respeten y te hagan sentir. Pero también interesa que te quieras a ti mismo, y sepas elegir.

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Sentimientos y cadenas

Tenía otra entrada preparada para el día de hoy, pero recientemente una amiga mía está pasando por una situación emocional difícil, aunque ambos sabemos que el “The End” va a ser positivo, de cuento.
Así pues, me incitó a escribir algo sobre el tema. Espero que os guste.

Estaba el otro día escuchando música, entre examen y examen, canción y canción, pensamiento y pensamiento, cuando mi admirada y querida Lucía Etxebarría hacía la siguiente pregunta: “¿Qué diferencia hay entre los hombres de antes y los del S.XXI?

Inmediatamente llegué a lo que creo que es, o sería, una buena respuesta si estuviéramos ante un examen: “La principal diferencia, precisamente, es que los hombres ya no tenemos porqué ir de hombres”.
No tenemos porqué estar constantemente escupiendo, rascándonos lo que cuelga, dando cachetes en el culo de “nuestra moza” al pasar, y pidiendo comida y cerveza a cada minuto… Podemos admitir nuestra fragilidad, nuestra debilidad y nuestra feminidad, que también la tenemos (heteros y gays), y además, creemos firmemente que barrer, planchar y fregar, no es sencillamente “hacer un favor”, es, precisamente “nuestra responsabilidad”.

Obviamente, la generalización, como en toda base experimental, se hace patente. Hablo de los hombres de los que, afortunadamente, me rodeo; amigos, familia, padre, hermano… soy consciente, no obstante, de que esto, desgraciadamente, no es así en todas partes. Seguimos encontrándonos (de nuevo desgraciadamente), a ese macho alfa, ese bruto de cueva, ese “porque yo soy un tío”.

Rápidamente, horas después, esta pregunta caía entre mis amigos ¿Qué diferencia había entre el antes y el ahora?

Y, como en todo lo bueno, una cosa llevó a la otra, y acabamos hablando de las diferencias entre las relaciones de antaño, y las relaciones actuales, la era del “bloquear”, “agregar”, y “añadir a favoritos”.

Cierto es que las relaciones de antes tenían ese toque mágico y casero de las cartas, la labia y el saber conquistar. Cierto es, también, que antes era todo más difícil, no bastaba con tener suerte y pillar, también teníais que ser del mismo pueblo, o la cosa estaba difícil, tenías que gustar a sus padres, tenías que tener dinero… Pero la comunicación era más sencilla, aunque también más básica, “te quiero, me quieres, ya lo hemos dicho ¿nos casamos?

El problema de ahora es que hay demasiada información, y falta de sinceridad.

Demasiada información porque nos bombardean con modelos diferentes de conducta, y todos ellos se contradicen unos a otros.
Por una parte, la “reina de hielo”, debes ser inaccesible, no dar señales de interés, contestar después de 3 horas de espera martirizada, y todo ello para decir “¿Tomamos un café?”.

–          Me ha dicho de quedar, y le he dicho que no – dijo ella orgullosa.

–          ¿Por qué? Pensé que te gustaba – respondió la amiga, dudosa.

–          Y me gusta…

–          ¿Entonces?

–          Pero no se lo voy a poner en bandeja… – de nuevo esa sonrisa de orgullo.

–          Pero él ahora cree que tú no estás interesada…

–          Ya veremos… – afirma ella, sin poder ocultar una cara de desconcierto.

Días después, ella sigue sin saber nada de él, sigue esperando. Mientras, él cree que ella no está interesada, y él ya se ha interesado en esa compañera buenorra y risueña del gimnasio.

Por otra parte, nos dicen que si nos mostramos demasiado cariñosos, damos imagen de “quiero casarme, tener tres hijos, y pasear contigo de la mano toda mi vida”, entonces mareamos, agobiamos, y volvemos al punto de partida… ¿qué he hecho mal?

–          Fue todo muy bonito, me dijo que estaba muy pillado de mí. – dijo ella intentando contener la baba.

–          ¡Qué bonito! ¿Y tú qué dijiste? – contesta la amiga, sin esconder su envidia sana.

–          ¡¡Nada!! ¿Estás loca?

–          ¿Pero por qué?

–          ¿Quieres que piense que estoy enamorada perdidamente y que me mande a la mierda? – dijo ella, sintiéndose por primera vez una experta en relaciones.

–          Pero él te lo ha dicho, y tú no piensas lo mismo de él…

–          No, porque a mí me gusta – responde ella, cada vez más indefensa.

–          ¿Y tú a él no?

–          Cállate y acábate el café.

Días después, ella cree que debería haber contestado la verdad, y no sabe cómo hacerlo ahora. Por su parte, él cree que la agobió con su abrumadora sinceridad, y no volverá a saber nada de ella.

Falta de sinceridad, porque antes las cosas se hablaban más cara a cara, todo era más claro, menos complicado.
Ahora recibes un mensaje a la respuesta de tu “¿Tomamos un café?”, y antes de contestar dejas pasar media hora, lees el mensaje veinte veces, y crees que si dices que sí, ya te habrás puesto en bandeja.

Como de costumbre, ante tanta información y desinformación, acudo a mis Bíblias Humanas (léase como guiño, no como símbolo religioso). Así que un día pillo a mi madre habladora, y le comento el tema.

–          Deja de darle vueltas, cariño – dice ella con ese tono de “Te quiero, pero a veces pareces tonto”.

–          ¿Qué quieres decir? – contesto yo pasando por alto ese tono.

–          Que la respuesta es más sencilla. Hay tantas dudas y tanto miedo porque lo queréis todo.

–          ¿Todo?

–          Sí, queréis ser esas personas independientes que no necesitan a nadie, pero a la vez queréis a esa persona que os abrace y os haga sentir bien. Queréis tener una relación (como todo el mundo, Óskar, no me mires así) pero a la vez queréis salir de marcha con los amigos y ser los más guapos de la discoteca ¡Tonterías!

–          Claro, en tu época esas cosas no se permitían, por eso lo ves tan fácil.

–          De eso nada, lo que pasa es que en mi época no había tanta paranoia y tanto miedo. Si sientes algo lo dices, y dejas que ese sentimiento fluya. Si sale bien, eso que has ganado, si sale mal, eso que has aprendido.

–          Sí, eso lo entiendo, pero imagínate que luego te llevas el chasco…

–          ¿Qué pasaría?

–          Que te quedas con cara de tonto.

–          Más tonto eres si sientes algo, y sólo se lo comentas a tu almohada.
En conclusión, tenemos tanto miedo a expresar lo que sentimos, que preferimos callarlo y pasarlo por alto, como si no fuera importante. Tenemos un problema de conceptos, y dejamos que las películas made in Hollywood nos contaminen.

Por ejemplo, confundimos un “Me gustas”, con un “Te quiero”, por lo tanto callamos ese “Me gustas”. Por otra parte, confundimos un “Me encanta estar contigo”, con un “Quiero casarme contigo”, así que, como no, lo callamos. Unos lo llaman estrategia, otros cobardía. Que cada uno se incline en el lado del tablero que quiera.

Lo que está claro, desde luego, es que las relaciones de antaño, románticas, sinceras, claras, sin miedos, sin paranoias, parecen estar en peligro de extinción, no digo que sea bueno, tampoco que sea malo, simplemente es así.

Me siento a tomar un café con una amiga mía, y hablamos de ello.

–          Yo a mi novio le dije enseguida todo lo que sentía – dice La Sabia (veréis porqué este apodo).

–          ¿Y qué hizo él? – preguntó yo, mientras pienso “Salir corriendo ¿no?

–          Me dijo que llevaba tiempo queriendo decírmelo, pero no se atrevía – contesta con esa sonrisa característica de las personas que se sienten cómodas con sus emociones.

–          Qué bien ¿no?

–          Claro, ahora estamos juntos, tenemos proyectos, quiero irme a vivir con él, y quiero casarme con él…

–          Pero lleváis pocos meses… – digo yo mirando a mi amiga como si estuviera loca.

–          ¿Y qué? ¿Crees que si lleváramos 3 años sería señal de que va a ir bien seguro? Esas cosas nunca se saben, si lo sientes, lo sientes, no hay que darle más vueltas.

–          ¿Entonces? – pregunto yo impaciente, esperando una conclusión.

–          Entonces nada. Entonces siento eso por él, él siente eso por mí, y después de meses conociéndonos, estamos juntos, y si todo va bien, lo estaremos – contesta ella.

–          Pero te puedes hacer daño ¿y si sale mal?

–          ¿Y si no? Imagínate que sale bien ¡cuánto habré ganado! No puedo vivir con miedo a que las cosas salgan mal, o me hagan daño. Tienes que dejar ese pánico a salir herido, supéralo.

–          No tengo miedo a salir herido – me defiendo yo.

–          Tienes pánico. Y deberías dejarte querer, y guardar las uñas para otras cosas –dice ella.

Comento un tema parecido con una Nueva Bíblia que acabo de descubrir (desde aquí, que sé que me lees, gracias) y hablando sobre su relación, comenta:

–          Decir lo que sientes es de valientes ¿no es peor callarse las cosas?

–          Si – digo yo – tienes razón, pero una vez que las personas se enamoran, se vuelven medio tontas ¿no crees?

–          ¿A qué te refieres?

–          Cuando la gente se enamora, perdona cosas que nunca deberían ser perdonadas, simplemente porque están enamoradas, como si eso fuera excusa… es de tontos.

–          ¿De tontos? Imagínate a un perro. A ese perro le das su comida, y él piensa “Quizá mañana no tengo comida, o quizá esta comida me sienta mal, mejor la guardo y paso hambre” ¿No pensarías que ese perro es tonto?

 

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