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Archive for 21 septiembre 2012

Cromagnon emocional.

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Ana llega tarde a su cita. Entra corriendo en la cafetería de siempre, deja de una manera brusca, casi maleducada, el bolso encima de la mesa, y mira por décima vez el móvil en lo que lleva de día (eran sólo las once de la mañana).

–          Estoy hasta el coño. – dice Ana amargada.

Sus amigas se miran, preparándose para lo viene ahora.

–          Pasa de él – le dice una – te mereces algo mejor.

–          ¿Qué ha pasado ahora? – pregunta la otra, con menos paciencia.

–          ¿Que qué ha pasado ahora? – dice Ana deseando explotar.

Ana llevaba 6 meses de relación con Juan, al que conoció en una noche de borrachera y bailes. Resumiendo todo, se conocieron, se enamoraron, y meses después decidieron formalizar su relación. Resulta que ahora, actualmente, Juan se pasa el día criticando a Ana, su forma de vestir, su cara, su nariz, sus gestos, su tono, su forma de andar, su forma de cocinar…

Manipulador y destructor de autoestimas donde los haya, pero lo peor de todo es que Ana empieza a creérselo, y empieza a creer que Juan es demasiado para ella.

–          ¿Demasiado para ti? – dice una – es un puto gruñón, y, perdona querida, pero se está quedando calvo.

Aún así Ana empieza a verse cada vez más pequeña, más arrugada, más fea, más gorda… y cada mujer que ve al lado de Juan, le parece mucho mejor que ella. A veces, hasta se arriesga a comentarlo.

–          Bueno – dice él – es más guapa que tú, desde luego, y tiene mejores tetas, pero no te preocupes, cariño, quiero estar contigo.

Ante esto Ana no sabe si sonreír o llorar ¿Era un piropo? ¿Era una crítica? No estaba muy segura, pero sabía que era lo más cariñoso que él era capaz de expresar.

Mientras sus amigas hablan, Ana se enciende un cigarro, piensa… quiere decir algo, pero no sabe muy bien el qué. “Gilipollas”, dice ella, aunque, si hubiera encontrado las palabras adecuadas, hubiera dicho: Cromagnon emocional.

Cuando Laura perdonó a Fernando, su novio, la primera infidelidad, pensó que lo peor ya había pasado. Él prometió cuidarla y respetarla toda la vida si le perdonaba. Juró delante de todos que se ganaría de nuevo su amor, asegurándole que haría que cada día valiera la pena, se acabó el tormento, el sufrir, el miedo… le haría ver que eran él, y ella. Nadie más.

Mes y medio después, Laura volvía a estar inquieta, cansada, agobiada y decepcionada con Fernando. Y, por si fuera poco, Fernando seguía teniendo contacto con aquella chica con la que se acostó, cuando horas antes se había despedido de Laura en su puerta.

La impotencia de Laura venía cuando, de forma despreocupada, casi natural, Fernando dejaba caer:

–          ¡Qué bien me lo pasé ayer con los amigos! Ojalá eso no hubiera acabado nunca…

–          Me alegro que te lo pasaras bien, cariño – dice Laura – verás como se repite pronto.

–          Además estaba Claudia, simpatiquísima, muy guapa – dice Fernando.

Primero, Laura piensa que su novio es retrasado mental, y no cae en la cuenta. Luego, cree que sus amigas tienen razón, y tiene la empatía en la planta del pie. Luego escucha a su hermano, que le dice cada día que ese hombre no la quiere, y que se aleje.

–          Estás muy seria – dice Fernando, encantado de ver que Laura sigue teniendo miedo de perderle.

–          No, no… estaba pensando en mis cosas, estoy triste… – dice Laura, indefensa.

–          ¡Ah! Bueno, ya pasará…

“Ya pasará”, y se acabó el tema. “Definitivamente, tiene un poco de todo…” piensa Laura, cada vez más triste, resucitando esos miedos de la infidelidad.

–          Tienes que dejarlo – dice su mejor amiga – si te quisiera, y esa zorra de Claudia no fuera nada para él, pasaría de ella.

–          Es más – dice la otra amiga – si te respetara, ni te la mencionaría, haría lo posible por evitarte el daño.

–          Es simpático cuando quiere… – dice Laura aferrándose a un clavo ardiendo.

–          Y un capullo las 24 horas – dice la primera amiga.

Seguramente la primera amiga tiene toda la razón del mundo, pero, si hubieran investigado un poquito más la base conceptual, habrían visto que lo correcto era: Cromagnon emocional.

 

Julia llega a casa de Mario, su novio, preparada para pasar una buena velada, romántica, pasional,  divertida, cariñosa… ¡Ese hombre le volvía loca!

–          ¿Qué hacías? – pregunta ella, guapísima, nada más entrar en su casa.

–          Nada – dice Mario – hablaba con Marta mientras tú llegabas.

–          ¿Quién es Marta?

Entonces Mario empieza a explicar su historia con Marta, cómo se gustaban, lo bonita que fue la historia, pero que ahora son simplemente amigos, aunque ella a veces intente algo más.

A Julia le parece bien, todos tenemos un pasado, y ella no ha sido precisamente una monja en su época de caza. Es entonces cuando Mario dice:

–          Anda, me ha comentado un estado de FaceBook Clara.

–          ¿Clara? – dice Julia.

–          Sí, una chica con la que estuve, mira qué guapa es… – dice él.

Pues sí” dice María para sí misma, “Este hombre me vuelve loca… de los nervios”.

–          No has dicho nada de mi traje y mi peinado, ni me has dado un beso – dice Julia, cada vez más nerviosa.

–          ¿Me ves que haya parado? ¡Podrías ayudarme a poner la mesa, anda!

Todo esto sería soportable, sino fuera porque, cuando ocurre al revés, Mario no pasa ni una. Julia trabaja como enfermera, y muchas veces, tras una larga guardia, le gusta tomarse algo con sus compañeros de trabajo.

–          He estado tomando algo con Rafael, mi compañero de trabajo – dice ella.

–          ¿Y qué? ¿Te lo has tirado? – pregunta Mario, más niñato que villano.

–          ¿Perdona? – pregunta Julia sin entender nada.

–          Nada, yo me entiendo…

–          Debes ser el único, hijo… – dice ella cada vez más hartita.

–          ¿Qué dices? – pregunta él, que no es capaz de soportar que alguien le haga réplica a sus afilados comentarios.

–          Nada

Empiezan a cenar, y Julia le comenta lo guapo que está esa noche.

–          Gracias, aunque seguramente no tan guapo como tu compañero de trabajo. – dice él, mordaz.

–          O yo como alguna de tus amigas de FaceBook – dice ella, ya hasta la coronilla.

–          Yo no soy como tú, yo no tonteo con todos – responde el niñato.

–          ¿Se puede saber qué te pasa?

–          No quiero hablar del tema.

Y obviamente, no se habla más del tema. Seguramente sus padres no le enseñaron a respetar ideas ajenas, y santificaban todas las opiniones que él expresaba. Ahí tenemos el resultado.

Si todo esto lo metemos en un saco, y lo repartimos durante cada día, cada semana, cada mes… es posible entender que Julia cada vez está más agotada. Llama a sus amigas y se queja “Es que es tan inmaduro”, dice Julia al borde del llanto. Y lo es, es innegable, pero seguramente, como ya adivinaréis, si hubiera pensado en otra palabra más acertada, habría expresado: Cromagnon emocional.

 

Laia no recuerda cuándo fue la última vez que durmió de un tirón, sin preocupaciones, sin miedos, sin esa necesidad de levantarse cada cinco minutos para fumarse otro cigarro.

Su relación con Fran estaba gastada, quemada, y parecía que ella era la única que lo veía. El principal problema, la personalidad de su novio, más de gallo de corral que de hombre.

Todo iba bien, él era atento, cariñoso, divertido… hasta que surgía una situación en la que debían interactuar con otras personas, sobretodo sus amigos.

Entonces él adquiría una posición de: “Mi piva me tiene contento, ya me entendéis… con ella no paso hambre, cocina y come bien… ya me entendéis”. Al principio Laia reía esas gracias, poco a poco esas risas fueron sonrisas, luego arqueaba las cejas, divertida, y al final miraba al suelo y se tocaba el pelo, pensando “Quiero estar en mi casa… sin él”.

Cuando iban a una cena con amigos, o a algún evento juntos, él se preocupaba en que ella fuera guapa, elegante, divertida… la cosa cambiaba cuando ella salía por su cuenta, con sus amigas… le controlaba la última hora en la que se había conectado, sus vestidos, los lugares a donde iba, la hora a la que llegaba, y casualidades de la vida, cuando Laia salía hasta tarde, a él se le ocurrían mil planes que hacer al día siguiente, prontito.

–          Esta noche saldré con los amigos ¿nos vemos mañana? – pregunta Laia.

–          Claro ¿nos vemos a las diez?

–          ¿De la mañana? – pregunta Laia, extrañada.

–          ¡Claro! Me apetece mucho verte, quiero pasar todo el día contigo – dice Fran, encantador.

–          Pero llegaré sobre las seis o siete a casa, tendré que dormir algo… – dice ella.

–          Ah, claro, lo entiendo… no te preocupes, cada uno tiene sus prioridades. Las tuyas son salir a emborracharte con tus amigos, la mayoría hombres – dice él, con esa voz ensayada al milímetro.

–          ¿Tienes algún problema con que sean hombres? – dice ella.

–          Era broma, pásalo bien amor – dice él cerrando la conversación.

Pero ella se va a comer la cabeza, y ambos lo saben ¿Estará dedicando demasiado tiempo a sus amigos? ¿Estará descuidando a su novio? Y lo más importante… para una vez que su novio se mostraba activo y cercano ¿Iba a desaprovecharlo? ¡Qué egoísta era ella!

Poco a poco, Laia dejó de dar tantas explicaciones, y cuando él empezaba a desvariar, presa del miedo, del pánico, o de su propio victimismo, Laia, aspirando lentamente y pensando “Ya empezamos…”, decía “Sí, saldré. Tengo que dejarte cariño, hablamos luego”. Y no daba cabida a las artimañas de su amado.

Lo hablaba mucho con sus amigos, y Laia sabía que ella cada vez era más dura, menos permisiva, pero ya no lo aguantaba más… entre copas, diversos calificativos se pusieron encima de la mesa, aunque el que más se acercaba a esa actitud de Fran, era: Cromagnon emocional.

 

Todas y cada una de estas formas conductuales del Cromagnon emocional, vienen marcadas por un denominador común: la falta de empatía. Seguida de su primo lejano: la falta de autocrítica.

Nos encontramos ante personas, mayoritariamente hombres, que han crecido y se han desarrollado con una idea del bien y el mal muy delimitada por ellos mismos, y que, debido a la educación que han recibido, las cosas que le han aguantado, y los amigos que le han dorado la píldora, no han sido capaz de preguntarse nunca a ellos mismos ¿Me estoy equivocando?

Creen que todo lo que ocurre o sucede a su alrededor tiene que ver con ellos. Si ella, por ejemplo, se toma tiempo libre para ir a tomar una cerveza, él creerá que lo está haciendo para provocarle, o, depende el nivel de ego que tenga, para intentar darle celos.

Él creerá que todos sus actos son racionales, comprensibles y perdonables, desde un comentario fuera de tono, hasta una leve infidelidad. Sin embargo, no tiene problemas en ponerse la toga y juzgar y castigar a las otras personas por un hecho mucho más leve que los suyos.

Es autocomplaciente, y cree que si necesita algo, debe mover ficha para conseguirlo, a pesar de que ello conlleve hacer daño a la otra persona.

Es cruel, y cada vez que hace daño, se repite que es que él es así, y, además le encanta. Es un tío tan libre y raro, que afortunada será la mujer que lo entienda. Cuando la realidad debería ser que se encontrara con alguien que no le tuviera miedo, y le dijera: “No eres libre y raro, eres gilipollas. Las mujeres no te entienden, te soportan”.

Es cariñoso, afable y romántico, pero si estamos atentos a las señales, estas conductas tan humanas y positivas sólo ocurren cuando alguien le dice “Hasta aquí”, o si ve que el juguete (persona) con el que se entretiene (se tira) está cerca de marcharse y dejarle solo. Una vez estas conductas se perdonan, vuelve a su hábitat natural. Vuelve a la cueva.

Hace sentir culpable, y tras cada pelea te genera un pensamiento recurrente: “Con la suerte que tengo de estar con él, y no lo valoro”, o “Pobre, si en el fondo le gusto”, o la más temida y peligrosa de todas “¿Estaré exagerando?”. La más peligrosa, porque esto hace que la próxima vez no “exageres” tanto, y bajes el nivel de tu límite, tolerando aún más sus tonterías. Te ha ganado. Te ha llevado hasta la cueva. Prepárate para llorar y cocinar.

Por lo general, suele tener una relación de amor-odio con su familia, sobre todo con su madre, y la mayoría de veces que discute con ésta, es porque no le ha consentido un capricho, o le ha dicho algo que le ha sentado mal al señorito de la casa.

Hay que estar bien atentos, porque, como bien sabéis, el hombre de Cromagnon existe desde hace millones de años, y tienen mucho entreno.

¿Has discutido alguna vez con él y luego has pensado que toda la culpa es tuya?

¿Te has ido a dormir enfadado o enfadada, y no has podido pegar ojo hasta que no te ha enviado un mensaje bonito?

¿Pasas el día nervioso o nerviosa, mientras él se comporta como si nada?

¿Discutís por su culpa, y aún así te sientes culpable porque él estará mal?

¿Mete la pata hasta el fondo y luego adquiere un rol de despechado y herido, y acabas disculpándote?

¿Te hace sentir mal por hablar con otras personas?

¿Te hace sentir menos guapa y válida que lo que realmente eres?

¿Te repite alguna que otra vez que no necesita tu apoyo o tus opiniones?

La lista es larga, y dura, pero si has contestado que sí a varias de estas preguntas ¡Estás dentro de la cueva!

La solución es sencilla, aunque larga. Párate a observar, dale una oportunidad, pero apunta mentalmente cuáles son esas cosas que te sacan de quicio, las que no soportas, y cuáles son esas cosas por las que discutís, y cuántas provoca él (serán la mayoría). Si ves que estás más cerca de dormir en una cueva, que en una cama, la solución es sencilla. Piensa cómo te sentías y te veías a ti mismo o misma cuando no estabas con él, y cómo te hace sentir él ahora.

Es la prueba de fuego. Da miedo. Pero merece la pena intentarlo. Dentro de la cueva hace mucho calor, y aún queda sol que disfrutar.

Ana volvió a verse inmersa en otra discusión con él. Esta semana era la cuarta. Ya no aguantaba más. En plena pelea, por algo que ella aún no sabía ni de dónde salía, ella dice:

–          Es que no te aguanto, no te digo lo que estoy pensando porque…

–          Yo también lo he leído en El Hueco Educativo, quieres decirme Cromagnon emocional – dice él, orgulloso y altivo.

–          ¡Vete a la mierda! – dice ella sonriendo.

–          ¿Cómo? – dice él incrédulo – ¿De qué te ríes?

–          Que eso era lo que quería decir: ¡Vete a la mierda!

Levantándose del sofá, se acomoda bien el escote, se coloca los zapatos, se pone las gafas de sol, y se va.

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Dar por hecho

Rosana lleva toda su vida limpiando la mierda de los demás, y, además, le encanta. Siempre ha creído que no sirve para otra cosa, así que, con ese autoconcepto que se gasta, a mucho más no iba a llegar.

Nunca le ha faltado trabajo, aunque como todos, ha notado la crisis en sus propias carnes.

Hace un mes, Lisa, una joven psicóloga comprometida con su trabajo, la contrató para que le limpiara la casa. “Esta chica debe ser muy rica”, pensó Rosana la primera vez que entró en esa diminuta casa, decorada con un gusto exquisito.

Sólo había coincidido con Lisa una vez, apenas cinco minutos, y le bastó para saber que debía tener a mil hombres detrás. Era preciosa, con una larga melena, perfectamente cepillada e hidratada. Ante esto, Rosana no podía evitar sentir cierta envidia cuando, limpiando, se encontraba con algún que otro objeto personal.

Una rosa. Una rosa completamente muerta y podrida decoraba una de las estanterías del comedor. Rosana, imaginativa ella, veía ya la situación: Lisa se vería con ese hombre que le volvía loca después del trabajo. Éste la llevaría a cenar a un restaurante lujoso y romántico, y no se cansaría de decirle cada dos segundos lo guapa que estaba esa noche.

Tras varias copas de vino blanco, llegarían los besos, y paseando por las calles de Barcelona le regalaría esa rosa, ya marchita ahora ¡Qué romántico! ¡Qué bonito! Sin duda, se decía Rosana, Lisa se lo merecía.

Una foto. En ella aparecía un joven guapísimo besando la mejilla de Lisa. Estaban en la cama, y ella sonreía de oreja a oreja.

Se imaginaba la situación; tras la rosa pasarían varias citas, y Lisa, joven y moderna, le invitaría a pasar la noche en casa con ella. Tendrían sexo desenfrenado, de esos que Rosana se había cansado de ver en la televisión, pero que tan pocas veces había catado bajo su edredón.

A la mañana siguiente él la observaría dormir, pensando en la suerte que tenía de haberla conocido. Ella se despertaría, y reirían, mientras alguna que otra caricia y beso se dejaba caer.

La foto vendría después de que él pensara “Tengo que inmortalizar este momento con ella”.

Un peluche. No era muy bonito, según el gusto rural de Rosana. Representaba un pequeño tigre, un cachorro, que sujetaba fuerte un corazón.

Como todos los enamorados, tendrás sus peleas, pensó Rosana. Sería tras una de esas peleas cuando él le regalaría ese peluche. Ella le miraría, y con lágrimas en los ojos se echaría encima de él. Esas típicas batallas que te hacen recordar lo mucho que quieres a esa persona, aunque a veces te gustaría tirarle por un quinto piso.

Una entrada de cine colgaba de la pared. “No hay amor si no hay cine”, pensaba Rosana.

Eso debía ser de alguna primera cita con él. Ambos en el cine, nerviosos, pensando ¿Me cogerá la mano? Hasta que eso ocurre, y ya no se sueltan, deseando que la película no termine nunca. Después irían a cenar algo rápido, y él la dejaría en casa, deseando volver a verla mañana.

Cierta envidia se apoderaba de nuevo de Rosana. Lisa era preciosa, tenía un trabajo en el que podía ayudar a otros, un hombre que la quería, y esa ropa interior… ¡Qué ropa! Un poco de guarra para el gusto de Rosana, pero, sin ninguna duda, esa ropa le habría dado muchas alegrías a Lisa.

Un consolador. “Definitivamente esta mujer es una guarra”, pensaba Rosana, “Seguro que lo usa cuando no puede ver a su hombre”.

Una carta permanecía inmóvil al lado de la cama, en la mesita de noche. Llevaba ahí desde el primer día. Un corazón hacía de sello. Pero Rosana era una profesional, y jamás se le hubiera ocurrido abrirla. Era cotilla, pero esa faceta la reservaba para su vida personal. En el trabajo podía observar, imaginar y callar. Sin olvidarse de limpiar.

Supuso que esa sería la primera carta que Lisa recibió de manos de su novio. En ella le explicaría por escrito (expresar emociones nunca había sido el punto fuerte de él) todo lo que sentía, su amor, sus miedos, sus inseguridades, los miles de planes que había imaginado junto a ella… Y Lisa, en las noches en las que el miedo se apoderaba de ella, o una pelea le hacía dudar, leía esa carta, disipando todas las dudas, haciendo más fuerte su amor.

Volvió a ver a Lisa varias veces, y cada vez la veía más cansada, más agotada. Menos luz. Cada vez llegaba más pronto a casa, y más de una vez Rosana había llegado a la casa, y Lisa aún estaba en la cama, estirada.

Una de esas tardes, Lisa se encontraba fatal debido a la resaca, que le impedía ejercer debidamente su trabajo. Volvió, una vez más, a pedir permiso a su jefe para marcharse a casa, fingiendo un dolor menstrual, y olvidando que hace tres semanas ya había utilizado esa misma excusa. La energía de Lisa se agotaba, al igual que la paciencia y la cara de tonto de su jefe.

Al llegar Lisa a casa, Rosana ya se había marchado, dejando todo impoluto, perfecto, y perfumado.

Lo primero que vio Lisa al llegar a casa, fue una nota de Rosana, que rezaba: “La rosa empieza a oler mal ¿me da permiso para tirarla a la basura?

Lisa cogió la rosa entre sus manos, y se dejó caer en el sofá. Recordando.

Fue una de sus mejores noches con Raúl. Él la había llevado a cenar a un sitio precioso, cerca de la playa de Barcelona, y tras varios besos de arena, y risas infantiles, le había regalado esa rosa antes de llevarla a casa. Fue tres semanas antes de descubrir que se estaba follando a Raquel, por entonces su mejor amiga.

Debía tirar la rosa, ya había pasado tres años desde su ruptura con Raúl, y esa rosa no hacía más que recordarle todo aquello. Estaba completamente podrida. “Ya tenemos algo en común”, decía Lisa.

Entró a su habitación y se encontró con aquella foto. Recordaba la mañana que se había hecho. Fue horas después de que el pronunciara en voz alta el primer “Te quiero”. Lisa era feliz por entonces, y aquellas palabras le hicieron ver que la felicidad que sentía antes, no era nada con la que sentía en ese momento. Amaba a ese hombre, e iba a esforzarse por hacerlo suyo.

Días después, el coincidiría, completamente borracho, con Raquel en una fiesta, completamente borracha y cachonda, y con la excusa de saludarse, acabarían recordando a Lisa entre las sábanas.

También debería librarse de aquella foto, pero le recordaba a aquella fase de su vida en la que había sentido amor, amor de verdad, con todas las letras, y la última vez que alguien le había dicho al oído “Te quiero”.

Agarró la foto, y mientras lloraba, pronunció en voz alta “Te quiero”.

Vio aquél peluche, y el vómito se le puso en la garganta, obligándola a tragar. Había sido después de una pelea (punto para Rosana), cuando ella, celosa y rabiosa, se había quejado de la actitud de Raúl en las diversas fiestas a las que acudían. Siendo extremadamente encantador con las mujeres, sensual, dando mensajes erróneos…

Eres la única, sólo te quiero a ti”, le dijo Raúl al día siguiente, en su puerta, con el peluche en mano. Lisa le perdonó sin pestañear. Días después, volvería a colarse entre las piernas de Raquel, por tercera vez.

Una entrada de cine ¡Qué tiempos! Eso ocurrió en la segunda cita con Raúl, cuando él aún bebía los vientos por ella, y se prometía a él mismo que la cuidaría, y se ganaría su amor sobre todas las cosas.

Cómo han cambiado las cosas, se decía Lisa. Antes era todo pura ilusión e inocencia. Luego todo se contaminó y se rompió.

Cada vez las salidas nocturnas de Raúl se repetían más, y las visitas de Raquel a su casa crecían preocupantemente. Raquel decía que iba a verla a ella, pero que nunca la encontraba en casa, así que se quedaba con Raúl charlando, tomando un café, mientras éste le decía lo enamorado que estaba de Lisa, comentando una por una sus virtudes.

En uno de esos días en los que Lisa se sentía agobiada, perdida, abandonada, sin aparente motivo, abandonó el trabajo fingiendo un mareo repentino, y se presentó en casa de Raúl.

Esa, seguramente, fue la imagen que la llevó a la depresión y a la desesperación. Ella encima de él, mientras éste le agarraba la espalda y le mordía el cuello, y ella dejaba caer su larga melena sobre su cuello.

Lo que pasó después no lo recuerda, su psicólogo y terapeuta le dice que el cerebro es muy inteligente, y nos defiende de aquello que nos puede herir, bloqueando ciertas imágenes hasta que estemos preparados para verlas.

Se estiró en la cama, recordándose que debía tomarse la medicación para la depresión. Llevaba una semana sin tomarla, y cada día le costaba más levantarse de la cama y concentrarse en el trabajo era tarea imposible.

Vio aquella carta en la mesita de noche, y rompió a llorar como un bebé, repitiéndose en voz alta “¿Qué he hecho mal?”.

Aquella carta la escribió una noche de desesperación, hacía ya un año. En ella Lisa se disculpaba por todo, echándose la culpa de la infidelidad de Raúl, culpándose como mujer, amiga y amante, y le prometía que cambiaría, que haría lo que él le pidiera, pero que le diera otra oportunidad.

Tuvo el valor de dársela, pero Raúl no creyó conveniente leerla, devolviéndole la carta, y quedándose con la poca autoestima que le quedaba a ella.

Se tomó sus pastillas, y cerró los ojos.

El ruido de la puerta la despertó, y Rosana empezó a dejar todos los trastos encima de la mesa, sin piedad, con brusquedad.

Puta”, pensó Lisa dirigiéndose hacia el salón.

–          Buenos días, Rosana, si no le importa no haga ruido. Hoy no limpie mi habitación, me quedaré en ella todo el día trabajando.

–          Claro que sí, señora, como usted quiera.

Cerró de un portazo, mientras Rosana pensaba: “¡Qué envidia de mujer! Puede permitirse no ir a trabajar, debe ser muy importante. Seguro que ayer se quedó hasta las tantas paseando con su amor, y luego en la cama teniendo sexo ¿A quién no le gustaría ser ella?

Mientras, Lisa cerraba de un portazo, y al ver las diez llamadas desde su trabajo apagó el móvil, y se estiró en la cama. Mientras ella decidía que hoy tampoco iría a trabajar, su jefe decidía que estaba despedida.

Lisa se tumbó y se quedó cinco minutos mirando el techo. Abrió el cajón y vio su consolador.

Aún atontada por la medicación, lo agarró y pensó “Al menos te tengo a ti”.

 

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Cocodrilos de Pantano.

Hoy es una de esas entradas en las que mi madre me llamará para decirme: “¡Hijo, me has vuelto a mencionar! ¡Oix, qué alegría!”.

Resulta que, por cosas del destino y de decisiones correctas o incorrectas, terminé una madrugada de un domingo hablando con mi madre, té en mano, sobre las relaciones, los miedos, las inseguridades, las mentiras y los engaños.

Llegando a un caso concreto, mi madre exclamó:

–          ¡Cocodrilos de pantano!

–          ¿Cómo? – dije atónito creyendo haberme dormido y estar soñando.

–          Cocodrilos de pantano, hijo – de nuevo ese tono de “¿Eres tonto?” – ¿Sabes cuál es uno de los animales más cobardes que existen?

–          No me lo digas, los cocodrilos de pantano…

–          ¡Bingo! – eran las 5 de la mañana, y de nuevo ella con esa energía inagotable – ¿Sabes por qué?

–          Pues no, nunca hubiera dicho que un cocodrilo fuera cobarde…

–          Tampoco dirías nunca que la hormiga es el animal que más peso puede llevar, y míralas ellas… Resulta que los cocodrilos de pantano viven sumergidos en el agua, no salen, casi ni se relacionan, y cuando tienen hambre, se esperan en la orilla, bajo el agua, y sólo atacan cuando se acerca una cría sola, o cuando un adulto está bebiendo agua, indefenso y desprotegido. Lo arrastran al fondo del mar, donde el animal terrestre no puede moverse, y se ahogará enseguida. Esperan que se ahogue y se desangre, y entonces se lo comen.

Es entonces cuando ella misma observa mi cara de confusión, de no entender nada, y me explica esa forma de actuar, lo que es para ella un Cocodrilo de Pantano, con un claro ejemplo.

Marta tiene 27 años, es joven, guapísima, inteligente, e independiente. Una flecha errada de Cupido hizo que dejara de creer en el amor, y relacionara el concepto “querer” con el concepto “temer”, el “sentir” con el “herir”.

Es trabajadora, muy buena en su trabajo, y muy amiga de sus amigas. Los fines de semana le gusta salir con ellas, beber, conocer gente, bailar, quemar las horas… y si el cuerpo se lo pide, echar un buen polvo con el más guapo del local.

Conoció a Jaime, y lo que iba a ser una corta y pasional historia, se convirtió en algo más. Ella irradiaba felicidad, seguridad, amor por los poros. Pasó de zorra a gata, risueña, afectiva, cercana…

Fue entonces cuando Jaime se sinceró, explicándole sus miedos.

–          Es que verás, amor, no me fío de ti. Sales de fiesta, conoces gente, te arreglas para otros,  creo que en el momento menos pensado, te irás con otro hombre – dice él.

–          ¡Nunca te dejaría por otro hombre! – se queja ella.

–          Lo sé, pero esta inseguridad hace que no me sienta cómodo con la relación.

¡Bang! ¡Bingo! Justo en el medio de la diana. Conoce bien a Marta, y sabe que ahora mismo ella está indefensa, bebiendo en la orilla del pantano.

Marta no se arregla tanto como antes, no sonríe como debería, se niega a conocer a personas nuevas, y enfría las amistades que tenía con amigos varones de toda la vida.

Aún así, ella ve a su Jaime más seguro, más tranquilo… y ella, beata y santa donde las haya, daría todo por la seguridad de su macho.

Pasa el tiempo, y mientras ella está más sedienta, él está más hambriento. Y no tarda en dar el primer mordisco.

Fue por cosas de la mala conciencia, y otra vez, bendita vida, las malas decisiones, que Marta se entera de la infidelidad de Jaime. Una noche tonta de copas, risitas, tonteos y tanteos le llevó a la cama de otra mujer, con otras huellas dactilares, otro perfume, otra sonrisa, mucho deseo, y nada de amor.

Marta ya está bajo el agua, desangrada, y sólo espera que le den el mordisco mortal. Se queja, se enfada, llora, grita, y en la intimidad de la sábana y la oscuridad recuerda las caricias de Jaime.

Fue su amiga quien puso la palabra sobre la mesa, “Manipulación”. Ha jugado con ella, le ha hecho creer que tenía sed, y que el agua de ese pantano era la mejor del mundo. Ella se ha acercado a beber, y no ha sabido ver que, justo al lado de donde ella bebía, quedaban restos de otras víctimas. Justo cuando ella desaparecía bajo el agua, llegaban dos más creyendo tener sed.

La manipulación mental está asociada a la toma de control del comportamiento de un individuo o de un grupo mediante técnicas de persuasión o de la presión psicológica. El manipulador intenta eliminar el juicio crítico de la persona, distorsionando su capacidad reflexiva.

En este caso, además, estamos hablando de ese tipo de manipulación que surge y renace de una inseguridad, del miedo al abandono,  y de ese miedo asqueroso a sentirse dominado por otra persona, inferior. Con lo cual, la pena, la culpa, y la negativa asociación de ideas, llevan al manipulador a hacer obrar a la otra persona, creyendo que estas ideas surgen de ella misma, ideas propias. Títeres.

Me informo sobre ese tipo de relaciones manipuladas e influenciadas por un rol más “fuerte”. Los datos son asombrosos.

Resulta que este tipo de manipulación vive en todo tipo de relaciones; heterosexuales, y homosexuales. Pero aquí viene el dato curioso, en las relaciones heterosexuales, es el hombre el que infringe ese dominio sobre la mujer. En cuanto a las homosexuales, el 83% de esas manipulaciones se ocasionan en las relaciones hombre-hombre, frente a un triste 17% de mujer-mujer.

Así pues, existe un culpable, el hombre. Es el hombre quien origina la manipulación a causa de sus inseguridades y miedos a la derrota. Por su parte, la mujer prefiere otro tipo de armas, como la presión o el victimismo emocional.

Quizá a Marta le hubiera venido muy bien escuchar aquello de “Quién engaña no gana”, o “Quien no te respeta no te quiere”. Pero una de las características de la persona manipulada es que cree que si pierde en la batalla, es culpa de ella, podría haber luchado más, haberse esforzado más, no haber tirado la toalla… Mientras, el manipulador siembra el pánico:

–          Quizá te mereces algo mejor.

–          Con tu actitud me haces dudar.

–          Te quiero, pero no sé (pausa dramática), no sé…

–          Quizá deberíamos ver a otras personas…

Es entonces cuando la víctima ve venir el final, se siente culpable, y actúa de una manera irracional, se deja llevar, llama, llora, ralla, abusa, se hace la persona más insoportable del mundo… El manipulador, entonces, sólo tiene que sentarse, y esperar. Es cuestión de tiempo que la víctima la líe parda, y le ponga en bandeja el “Tenemos que dejarlo, Marta cariño, me estás presionando…”.

Es cuestión de tiempo que la víctima muera de sed, y se acerque al pantano a beber.

Es importante que la víctima recuerde en esos momentos quién era antes de conocer a su verdugo, qué cosas le gustaba hacer, cómo se comportaba, y que analice al dedillo dónde empezó a cambiar, y, sobretodo, por qué empezó a cambiar.

Si todas esas respuestas le apuntan a él, la solución es sencilla, beber agua en otro pantano. Romper esas esposas, y huir de la manipulación emocional.

Rodearte de tus seres queridos, y recordarte que la próxima vez no volverá a pasar.

–          ¿Lo entiendes, hijo? – dice ella – Un comportamiento totalmente diferente al de los leones, que aunque agresivos, pelean de cara, y no abandonan la manada.

–          Mama, de verdad, has tenido demasiadas citas con los documentales de la 2.

–          O tú demasiadas malas citas.

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