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Archive for 9 julio 2011

Vivir

He tenido la suerte, como tantos otros, de nacer en un pueblo a la orilla del mar, un mar salado y bravo que baña las costas de San Sebastián.

Actualmente vivo en Barcelona, con lo cual siempre he mantenido un contacto directo con la arena, el mar, y ese sonido de las olas capaz de adormecer al mayor sonámbulo o trasnochador que se precie.

Hoy he vivido una experiencia que me ha hecho pensar sobre las pequeñas cosas que nos rodean, nos hacen sonreír, llorar, pensar, crear… vivir.
Estaba en una de las escondidas playas de Barcelona, junto a mi libro y mi iPod, cuando un grupo de personas mayores, discapacitadas mentales, se acercaban a la orilla. Todos sonreían, pero esa sonrisa escondía desconfianza, temor, pánico, miedo a descubrir algo por primera vez… el mar.

En sus ojos se podía ver esa mirada de grandeza ante un océano conocido para todos nosotros, pero tan misterioso y nuevo para esas inocentes mentes.

Sonrío. Y ante esa sonrisa uno de los educadores me mira y dice:

–          Es la primera vez que ven el mar.

–          ¿De verdad? – No puedo evitar preguntarlo, me parece novedoso, increíble.

–          Si, vienen de Zamora, hemos tenido que pedir prestaciones para poder pagarles el viaje.

–          Merece la pena ¿no?

–          Ni lo dudes – me responde él.

Mientras diversos educadores y educadoras hablaban con ellos, explicando las normas y reglas que debían seguir, y narrando los ejercicios que harían sobre la arena, podría jurar que ninguno de ellos estaba escuchando, todos seguían mirando el mar, las olas, mientras muchos otros miraban la arena. Todos reían.

Intenté recordar la primera vez que pisé una playa, y, lamentablemente, no lo podía recordar. Pregunté a mi madre sobre ello, y sonriendo me decía “Te daba pánico, creías que estaba lleno de bichos o animales que podían tragarte, o hundirte”. Seguido, me dijo “El miedo te duró cinco minutos, luego siempre estabas en la playa”.

Y así es. Muchos dicen que cuando hay tormenta, o cuando hace mucho sol, el exterior encaja con su interior, y se encuentran a ellos mismos en esa paz que produce un bienestar inexplicable. A mí me pasa cuando estoy en la playa, es cuando estoy en contacto con la arena, cuando me baño, cuando escucho las olas,  que estoy en sintonía conmigo mismo.

Automáticamente recuerdo el primer beso, ese primer beso a la hora del patio con la, entonces, chica que me volvía loco. Todo yo era nervios, sudaba, estaba asustado, pero cuando mis labios se encontraron con los de ella, fue una de las mejores sensaciones que he vivido.
¿Recordáis el primer beso?

Recuerdo también, perfectamente, cuando dije por primera vez “Te quiero”, restando ese “Te quiero” que decimos a la familia o a los amigos. Hablo de un “te quiero” de amor, de pasión. Creo, sinceramente, que nunca lo he vuelto a decir con esa inocencia, con esa claridad, con esa sencillez.
Mis “te quiero” de después han sido diferentes, porque sabía de lo que hablaba, sabía lo que conllevaba, lo he usado para reafirmar un sentimiento, para evitar una pelea, para esconder una duda o un desafío interno. Pero nunca, nunca, he vuelto a decirlo de una manera tan humilde e inocente como aquel primer “te quiero” que dije en una parada de autobús.
¿Recordáis la primera vez que dijisteis “te quiero”?

Recuerdo también la primera vez que, de manera consciente, dije “Te perdono”. Y, curiosamente, ocurre lo mismo que con el “Te quiero”. Nunca he vuelto a decir un “te perdono” como aquél primer recuerdo del perdón que tengo. Fue un perdón sincero, de verdad, sin consecuencias. Y, si soy sincero conmigo mismo, el resto de perdones venía acompañado con un sentimiento de “me lo guardo”, o “ya te pasará factura”, o peor aún, con ese sentimiento de pensar “Hoy te he perdonado, mañana deberás perdonarme a mí”.
¿Recordáis la primera vez que perdonasteis de verdad?

Recuerdo aquellos años cuando me juntaba con mi grupo de amigos y salíamos, simplemente, a pasear por las calles. Éramos una piña, sólo pensábamos en dejar pasar las horas para reunirnos, charlar, reír, jugar…
Ahora, a pesar de que el sentimiento de amistad es más fuerte, maduro, y arraigado, las cosas no son, ni de lejos, como lo eran antes. Nos conformamos con un “¿Estás bien?” por el teléfono, el chat, el Messenger y diferentes medios, que no hacen más que separar el cara a cara, el mirar a los ojos, el agarrar la mano…
Estamos el triple de ocupados, y no hablo de la parte (lógica) que conlleva ser adultos: el trabajo, las responsabilidades, la casa… hablo de ese “No me apetece”, de esas cosas que creemos que no pueden esperar a mañana, dando por hecho que ese amigo sí podrá.
¿Recuerdas la primera vez que dedicaste el cien por cien de tu tiempo a un amigo?

Recuerdo cuando llegaba el fin de semana, y mi mejor plan, sin duda, era sentarme con mi madre y mi hermano frente al televisor, ver las series, ver películas, jugar, simplemente estar. Ahora, parece que tenemos tiempo de todo menos de sentarnos con esa madre, ese hermano, ese padre, y, simplemente, estar.
Preferimos dedicar esa llamada a un amigo al que, de hecho, acabamos de ver. Preferimos sentarnos delante del ordenador y matar el tiempo, y las neuronas. Preferimos coger un libro, leer, y aprender, en vez de dedicar un poquito a estar con la familia, y aprender a querer.
¿Recuerdas la primera vez que dedicaste tu tiempo a estar con tu familia?

Recuerdo cuando conseguía ahorrar dinero, y comprarme esas zapatillas, ese juguete, ese monopatín, esa pelota, que tanto y tanto ansiaba. Era un momento mágico. Me lo había ganado, y me lo compraba porque lo necesitaba, ni más ni menos.
Ahora gastamos gran parte de dinero en cosas que, una vez adquiridas, pasan directamente a formar parte de la decoración de la habitación, o, en el peor de los casos, el fondo del armario.
¿Recuerdas la primera vez que compraste algo que realmente necesitabas?
La conclusión a la que quiero llegar es evidente, y a pesar de que, posiblemente, es algo que todos sabemos y pensamos, parece ser que hasta que no nos lo recuerdan, no cambiamos el rumbo de nuestras acciones y pensamientos.

Parece que los años de inocencia han pasado, y atrás quedó la atención de verdad, el entusiasmo desmesurado, la pasión frenética, la dedicación sin presunción… Vivimos las cosas de una manera diferente, muchos dirán y creerán que es debido a que las vivimos de una manera más madura, más consciente.
Yo creo, sinceramente, que no es así. Creo que las vivimos con más pasividad. Todo nos resbala más, todo lo damos por hecho.
¿Por qué no decimos ese “te quiero” con la misma pasión? Porque damos por hecho que no es necesario.
¿Por qué no perdonamos con la misma humildad que antes? Porque creemos que nos merecemos una  venganza.
¿Por qué no pasamos más tiempo con nuestros amigos? Porque creemos que mañana estarán igual, y en el mismo sitio de siempre.
¿Por qué no nos dedicamos más a cuidar las relaciones con nuestra familia? Por que damos por hecho que los lazos familiares nunca se rompen.

Y un largo etcétera que podría dar varias hojas y escritos.
Mi consejo, mi humilde consejo, es que intentemos vivir las cosas con aquel entusiasmo y energía con el que lo hacíamos antes. Vivamos el día a día como si fuera la primera vez que lo vivimos.
No damos importancia al buen tiempo, porque sabemos que el año que viene volverá a estar. No saboreamos esa playa de la misma manera, porque, quizá, mañana podemos volver a estar.
Lo mismo ocurre con los amigos, la familia, el ocio, el dinero, la cultura, la lectura…

Intentad pensar que lo que vais a vivir hoy, no lo volveréis a vivir nunca más. Quizá se parezca, quizá el día sea parecido, pero nunca será el mismo.
Quizá hoy esa madre necesita esa llamada.
Quizá hoy ese amigo necesite ese abrazo.

Quizá estamos tan acostumbrados a vivir las cosas deprisa y sin tiempo, que cuando llegue el último día pensaremos “Qué bonito era todo cuando era pequeño”. Pues bien ¿a qué esperas? ¡Estás a tiempo! Mucho mejor decir “Qué bonita ha sido toda mi vida, de principio a fin” ¿No crees?

Intentad recordar la primera vez que dijisteis “te quiero”, y comparadla con la última ¿Tienen el mismo significado?
Pensad en la primera vez que perdonasteis, y comparadlo con la última ¿Es igual de sincero?
Pensad el tiempo que dedicabais antes a vuestros seres queridos, y el que dedicáis ahora ¿Tiene algo que ver?
Si es así, enhorabuena, lo estás haciendo bien. Si no es así, y sois de los míos ¿a qué esperamos para vivir las cosas con esa plenitud, entusiasmo, y curiosidad de nuestros años de inocencia?

No todo está vivido.
No todo está experimentado.
No todos los días tienen porqué ser iguales.
Tú, hoy, ahora mismo, puedes vivir las cosas con un valor diferente.
Tú, hoy, ahora mismo, puedes hacer que alguien tenga un mejor día.

–          Merece la pena ¿no?

–          ¡Ni lo dudes! – me responde él.

Y andando, corriendo, y entre risas, abandonaron la playa, más felices que nunca.

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