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Archive for 22 enero 2016

Encuentros

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Cuando Lucía abandonó el piso de Javier el miedo se apoderó de ella. La simple idea de meterse en su casa sin nada que hacer, nada que leer, nadie a quien amar le aterraba ¿Qué se suponía que iba a hacer?

 

Sabía que su relación con Javier no iba bien, seamos sinceros, hasta un tonto se hubiera dado cuenta. Ya no era por la falta de mensajes diarios, por la frialdad de sus palabras, por sus respuestas monosilábicas. Era por su mirada. Javier ya no le miraba como antes, ya no se le escapaba esa sonrisa tonta cada vez que ella le hablaba y él, adorándola, desconectaba de la conversación.

Ya no.

Ahora simplemente miraba a Lucía, bostezando, y contestaba con un simple “Ya”, mientras sus ojos volvían a ese estúpido teléfono.

Así pues, cuando Javier canceló los planes a última hora y ella se presentó en su casa para hablar, sabía que estaba acelerando lo inevitable.

 

  • Me vas a dejar ¿verdad? – preguntó ella, más furiosa que triste.
  • Verás, cariño… – empezó él.
  • ¡No me vengas con “cariño”! ¿Me vas a dejar?
  • Es difícil decir esto…

 

Y ocurrió.

 

A varios kilómetros de distancia ocurría lo mismo con Samuel.

Llevaba con Adriana más de un año, y ya no era lo mismo.

Ella cada vez pasaba más tiempo con sus amigas. Cada vez le daba más pereza hacer planes con él. Cada vez pasaba más tiempo en el trabajo, o viajando, o “liada”.

 

Cuando se conocieron todo el mundo decía que estaban hechos el uno para el otro. Se llevaban bien, Adriana y Samuel, y además, se hicieron amigos en el proceso.

Sin embargo, Adriana siempre había tenido varias puertas abiertas a su pasado, y Samuel siempre había vivido su relación sin quitar un ojo a esas puertas. Y era agotador.

Los cambios de tono, de mensajes, y de lecturas llegaron rápidamente. Y todos sabemos que cuando eso ocurre, es que se acerca el momento de los créditos.

 

Samuel dejó de oír esos “No paro de pensar en ti”, y se acostumbró a los “Luego hablamos”.

Los “No hay otros hombres en mi vida”, por los “Mi ex novio viene a verme este fin de semana”.

Los preciosos “Tengo todo el fin de semana para ti”, por “Me voy con un amigo de viaje a París”.

Cambiaron también los “Sólo quiero pasar tiempo contigo”, por los “Este fin de semana me voy con mis amigas a desconectar”.

 

Sin embargo, contra todo pronóstico, fue Samuel quien dejó a Adriana. Estaba enamorado. Enamorado hasta la médula. Era la mujer de su vida. O lo era.

Sin embargo, era tanto su amor hacia ella, que supo ver que no le iba a hacer feliz. Y prefirió dejarla volar.

“No puedes tratar a un halcón como si fuera un gorrión”, se decía.

 

Lucía y Samuel no se conocían de nada.

Sin embargo, esa misma noche, ambos escucharon “Leave your lover” a la vez. Al igual que ambos lloraron sin parar toda la noche. La voz de Sam Smith sonaba sin parar en el reproductor de música, mientras ambos juraron no volver a enamorarse.

 

Pasaron los días, las semanas y los meses. Las heridas dolían menos, las sonrisas cada vez eran menos forzadas.

Y ocurrió.

 

Las amigas de Lucía, cansadas de verla llorar y gemir, le llevaron a una fiesta que daban esa noche en el antiguo barrio de Madrid. Y allí estaba Samuel.

 

Se vieron.

Se miraron.

Se sonrieron.

Y hablaron.

 

Cuando dos corazones rotos se encuentran, es lo que ocurre, encajan a la perfección.

Ella, tan frágil y miedosa.

Él, tan sensible y paranoico.

Y como siempre, el amor se abrió paso.

 

Sus amigos dejaron de saber de ellos. Casi ni hablaban. Todos estaban tranquilos, pues sabían que ya no lloraban en casa, ahora esas lágrimas habían dado paso a besos apasionados en restaurantes. Esos llantos telefónicos habían sido sustituidos por largas conversaciones en un bar. Esas películas de Jennifer Aniston habían dado paso a largas sesiones de cine, de teatro, de cenas, de paseos, de sexo…

 

Samuel no tardó en explicarle su teoría.

Todo pasa por algo, y estaba seguro que su anterior relación le había ayudado a aprender, a saber lo que quería, lo que necesitaba. Y eso era Lucía.

Ella sonreía, encantada, y le devolvía mensajes parecidos.

 

Amor. Amor a raudales.

Sus amigos estaban encantados, aparecían juntos en cenas, comidas o eventos, y no se separaban. Ni un segundo.

 

Hasta que ocurrió.

 

Una tarde Lucía llegó a casa de Samuel, y este estaba nervioso, agitado.

Lucía le conocía lo suficiente como para saber que ese movimiento de piernas, esa manera de pasarse la mano por el pelo, no significaban nada bueno.

 

  • Me ha escrito Adriana – dijo Samuel.
  • Ah… – fue lo único que pudo decir Lucía.

 

Supo que algo no iba bien.

Maldito sexto sentido.

Y se sentó al lado de él.

 

  • ¿Y qué dice? – preguntó ella, temblando.
  • Quiere verme – dijo él – quiere hablar conmigo.
  • Eso está bien ¿no?
  • Quiere volver conmigo, Lucía… – dijo Samuel, conteniendo las lágrimas.
  • Pero tú no puedes volver con ella – dijo Lucía tomando su mano – Tú estás conmigo.
  • Verás Lucía…

 

Y la habitación se hizo oscura.

 

Lucía lo sabía. Algo le decía que Samuel no había cerrado esa puerta, que su ex seguía presente, que no tenía que fiarse de él. Y lo hizo. Y ahora volvía a encontrarse en esa situación en la que se había prometido no volver a estar jamás.

 

Cuando Lucía abandonó el edificio, tras el frío “Vamos hablando…” de Samuel, sabía que nunca más iba a volver a verle. Así de sencillo. Así de frío. Así de hija de puta era la vida.

 

Llegó a casa, y escuchó “When we were young”, de Adele, hasta quedarse dormida.
Cuando dos corazones heridos se encuentran, siempre hay uno que está herido de muerte.

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La liebre y el zorro

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El estanque quedó en silencio. Nada se oía, solo un pequeño matorral crujía a lo lejos.

La pequeña liebre asomaba el morro, orejas en alto. Atenta, asustada.

Poco después salió de su escondite, y corrió hacia la hierba verde, mojada. Era su época del año favorita. Las lluvias, no muy abundantes, dejaban la tierra mojada, húmeda, y el olor le parecía algo irradiante, mágico, casi orgásmico.

Y esa hierba, mojada, fresca, limpia… era la mejor manera de empezar el día.

Sus padres le habían advertido muchas veces; en esa zona del bosque vivían muchos depredadores, y se exponía a ser devorada sin miramientos, sin compasión alguna.

A ella le daba igual. Sus hermanos y compañeros se conformaban con ese suelo seco, hierbajos, paja para su paladar.

Siempre había sido valiente, nada temía.

 

Una tarde se acercó a aquella zona del bosque, como siempre orejas en alto, alerta, atenta. Y cuando creía que no había nadie, corrió a por su alimento.

  • ¿Es que estás completamente loca? – dijo una voz.

La liebre dio un salto. Su pulso iba más rápido de lo que ella creía poder controlar. Y ahí, delante de ella, relamiéndose, vio al temido zorro.

  • ¿Qué miras? ¡Parece que hayas visto un fantasma! – dijo el zorro.
  • ¿Me vas a comer? – dijo la liebre, buscando rápidamente una salida.
  • Acabo de comer, estás de suerte… – dijo el zorro, relamiendo su pata trasera.

La liebre le explicó que no pretendía molestarle, ni invadir su espacio. Iba allí únicamente a recoger la hierba fresca. Se disculpó unas veinte veces por segundo. Estaba aterrada.

  • ¿No hay hierba fresca cerca de tu hogar? – preguntó el zorro.
  • No, allí vivimos en una zona más seca, estamos lejos del río, así que el suelo no es tan húmedo como este – contestó la liebre.
  • ¿De dónde eres exactamente?

La liebre le dio todo lujo de detalles sobre su tierra, los puentes, el ruido de la carretera, su numerosa familia, las pesadas clases de sus padres sobre agilidad, salto…

  • ¡Caray! – dijo el zorro – ¡Suena divertido! A mí me enseñaron únicamente a detectar presas pequeñas y seguirlas.
  • ¿Por qué comes carne? – preguntó la liebre.
  • ¿Por qué comes hierba? – contestó el zorro.
  • La hierba es fresca y rica. Tiene grandes vitaminas y además me hidrata. Y ya si encuentro hierba fresca, cuida mi pelaje ¡Deberías probarla!
  • O quizá tú deberías probar la carne… ¿quieres probarla? – preguntó el zorro, sin poder esconder una pícara sonrisa.
  • ¡No puedo ahora! ¡Debería estar en casa! – dijo la liebre, aún temerosa.
  • ¿Qué te parece mañana? ¡Aquí mismo! Yo probaré tu hierba y tú probarás un trozo de carne.

Y así fue como quedaron para la primera cita.

Esa noche la liebre no durmió, estaba nerviosa, aterrada ¿y si era una trampa? ¿Y si el zorro pensaba comérsela? ¿Se había garantizado así el zorro su merienda para mañana?

Aún así, al día siguiente, la liebre se limpió el pelaje, seleccionó las mejores hierbas, y partió.

Allí estaba el zorro.

“Parece fuego”, pensó la liebre, viendo como el sol reflejaba en su pelo rayos rojos y amarillos.

  • ¡Has venido! – dijo el zorro sonriendo – ¿Qué traes ahí?
  • Hierba… para… ti – dijo la liebre, empezando a temblar.
  • Oye ¿tienes miedo? ¡No voy a comerte, puedes relajarte!

 

Fue entonces cuando de un salto el zorro se sentó al lado de su amiga, y sin dudar, se metió un puñado de hierba a la boca.

  • ¡Puaj! – dijo el zorro escupiendo la hierba – ¿cómo puedes comer esto? ¡No sabe a nada!

Rápidamente la liebre probó el trozo de carne. No quiso pensar de dónde venía esa presa.

  • ¡Oye, pues no sabe tan mal! – dijo la pequeña relamiéndose – ¡Está rica!
  • ¡Claro que sí! ¡Me enseñaron mis padres a cazar ratones!
  • ¿Tus padres?

 

Así fue como el zorro le habló a la liebre de sus padres, de su familia, de cómo al llegar a la adolescencia tuvo que separarse de ellos, y aprender a vivir solo. Le habló de sus aventuras en el bosque, le enseñó sus cicatrices “Mira, esta es de un caimán, y esta otra de aquella vez que me perdí y me encontré una hiena”.

La liebre también le habló de su pasado, de aquella vez que huyó de milagro de un cazador, de las veces que tiene que fingir que le gusta la zanahoria “¿Por qué tiene que gustarme? ¿Por ser una liebre? ¡La detesto!”

Cuando se dieron cuenta, la voz de la luna era la única que se escuchaba a lo lejos.

  • Mira el reflejo de la luna en el estanque – dijo el zorro – parece que esté bailando.
  • Parece además que lleve tacones y se esté arreglando para irse a un baile.

 

Y una vez se miraron, surgió la primera sonrisa.

Y con ella, la segunda cita.

Y la tercera.

Y los meses pasaron.

 

Cada vez que la liebre estaba en su hogar, sentía la necesidad de salir corriendo. Miraba al cielo y sabía por el color del sol que se acercaba la hora de encontrarse con él. Eso se lo había enseñado el zorro.

Se juntaban siempre a la orilla del lago. Y allí hablaban y reían. Se contaban sus miedos, sus metas, sus bagajes… y entre todas esas charlas, llegó el primer beso.

Y como suele pasar, llegó el segundo… hasta que llegaron a ese punto donde se besaban más que hablaban.

 

La liebre necesitaba hablar de él, a todas horas, sin parar.

Así fue como se lo contó a una amiga suya.

  • ¿Estás loca? – le decía su amiga – ¡Es un zorro! ¡Te hará daño!
  • Confío en él – decía ella sonriendo.

 

Pero un zorro, siempre será un zorro.

Y una liebre, siempre será una liebre.

 

Llegó el cálido temporal. Y con él llegó el calor, y el cauce del río cada vez era más pequeño.

Todos los animales que vivían en el bosque iban desapareciendo, buscando lugares más húmedos, con más sombra y más agua.

  • ¡Quizá deberías marcharte con el resto! – le dijo una tarde la liebre.
  • ¿Y dejarte? ¡Ni hablar!
  • ¿Cuánto hace que no comes?
  • ¡Tres semanas! – dijo el zorro, mirándose en el reflejo – ¡He perdido hasta pelo!
  • Algo tendrás que hacer.
  • No quiero irme sin ti.
  • ¿Y si me haces daño? – le dijo la liebre.
  • ¿Otra vez con lo mismo? ¡Nunca te haré daño! ¡Nunca podría comerte!

 

Lo que nadie le explicó a la pequeña liebre es que el daño y el dolor llegarían. Pero no en forma de mordisco.

Una tarde, nerviosa ante la tardanza de su zorro, la liebre decidió meterse en el interior del bosque. Y allí, apoyados en una roca, pudo ver el morrito que tan bien conocía de su zorro, cerca de su nueva compañera.

La pequeña liebre no pudo evitar soltar un grito, despertando así la atención de ambos zorros.

El zorro la miró, y dudó.

Miró entonces a su compañera, una nueva felina que había llegado perdida al bosque en busca de comida, y la duda desapareció.

En un segundo, y de un salto, el zorro se colocó al lado de la liebre. Y esta vez, mordió.

Un zorro siempre será un zorro.

 

El estanque quedó en silencio. Nada se oía, solo un pequeño matorral crujía a lo lejos.

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Así de breve

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Claudia llegó puntual al punto de reunión con sus amigas. Clavada. Iban a hablar de eso que a ella tanto le interesaba: ÉL.

Llegó, pidió su frío refresco, y sacó su móvil, dispuesta a leer ese largo y bonito mensaje que había recibido.

“Querida Claudia, mi vida, mi estrella, mi ilusión… hace tiempo que estamos conociéndonos, y quiero agradecerte estos días, días de alegría, de sonrisas, de complicidad, de charlas…”

Claudia seguía leyendo, sin dejar por un instante de sonreír, mientras sus amigas no podían evitar sentir cierta envidia. Sabían que era cuestión de tiempo que todas empezaran a echarse novio, pero nunca hubieran pensado que Claudia iba a ser la primera.

 

Mientras Claudia leía ese mensaje, Marcos, su deseado, hacía lo mismo con el mensaje escrito por él mismo. Sin embargo, mientras Claudia sonreía y amaba, Marcos cortaba y pegaba.

En concreto, cambiaba el nombre de Claudia por el de Alba, y lo enviaba.

“Querida Alba, mi vida, mi estrella, mi ilusión… hace tiempo que estamos conociéndonos, y quiero agradecerte estos días, días de alegría, de sonrisas, de complicidad, de charlas…”

Cambiaba el nombre de Alba por Míriam, y lo enviaba.

Hizo lo mismo con Lucía.

Y con Esther.

 

Mientras él dejaba el móvil en la mesa, y entraba en sus redes sociales a ver qué otra mujer podría haberle escrito, ellas recibían el mensaje, todas se derretían, todas se enamoraban. Todas contestaron.

Menos Lucía. De hecho, Marcos sabía que Lucía no iba a responder ese mensaje, había dado la batalla por perdida con ella. Pero oye, nunca se sabe.

Todas le gustaban. Además le gustaba gustar. Y el tonteo, el roneo, esa manera de conquistar y atraer, era innato. Su padre había sido uno de los hombres más guapos de la ciudad ¡Viva la genética!

Rápidamente empezó a recibir las respuestas de ellas. Menos de Lucía.

  • Me encantas, creo que en todo este tiempo… – decía Claudia.
  • ¡Qué mono eres! No me esperaba… – rezaba el mensaje de Alba.
  • ¡¡Oooohhhhh!! Qué mensaje más… – decía la lunática de Míriam.
  • ¡Cuánto tiempo! ¿Sabes que el otro día me acordé…? – contestaba la sensual Esther.

 

Todas ellas mandaron el mensaje con una fantasía, con una ilusión, con una esperanza:

  • ¡Que me quiera!

 

Él los leía, sonreía, su ego ya había vuelto a ser el de siempre, mientras pensaba:

  • ¡Qué desesperadas!

 

No contestó a ninguno de ellos. Una chica de su gimnasio había comentado una de sus fotos en su famosa red social, y se disponía a abordar. Mientras se relamía.

Y olvidó contestar.

Fue así de sencillo.

Así de breve.

 

Lucía, por su parte, ni se molestó en leer el mensaje. Había aprendido la lección.

Directamente lo borró, sin pestañear, y siguió con su vida.

Así de breve.

 

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Bagajes

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1   Conjunto de conocimientos y experiencias que una persona ha reunido a lo largo de un tiempo.

2   Equipaje militar que lleva un ejército en marcha.

3  Equipaje que una persona lleva consigo cuando viaja o se traslada de un lugar a otro.

 

Cuando Claudia conoció a Marc no se imaginaba que su principal problema y comedero de cabeza no iba a ser el presente, mucho menos el futuro, sino el pasado. Marc había sufrido un abandono parental con 14 años. Su madre, harta de las peleas con su padre, y de tener que conformarse con aspirar la mopa y recoger los platos, hizo las maletas y se fue. Sin mirar atrás.

Marc había crecido con esa idea. Una mujer puede irse, de golpe, sin previo aviso. Y dejarte sólo, tal y como seguramente se merecía estar.

Así pues esa relación que empezaba entre Claudia y Marc fue una pesadilla. Cada vez que tenían un conflicto, o que en algo no estaban de acuerdo, Marc se encerraba en su mundo y no se comunicaba, por miedo a decir algo que pudiera suponer la marcha y abandono de Claudia.

Claudia no supo comprenderlo.

 

Cuando Luís conoció a María, su mente se llenó de flores y violines, largas cenas a la luz de las velas, y charlas sobre museos y películas independientes, gustos que ambos compartían. Él ya tenía 42 años, y ella rondaba ya los 48. Ya le tocaba, por fin, conocer a una mujer digna de su tiempo y dedicación.

Lo que Luís no sabía es que María contaba ya con 2 hijos, y una orden de alejamiento. Luís quería tiempo, mucho tiempo. Y María, además de dedicar tiempo a sus hijos, había aprendido la importancia de dedicarse tiempo a ella misma.

Luís no supo verlo.

 

Cuando Javier conoció a Raúl, no se podía creer la suerte que tenía. Era guapo, pero nada comparado a lo guapo que era interiormente. Era optimista, divertido, tenía tema de conversación, y además, era buena persona. Las charlas entre ambos eran eternas. De esas charlas entre enamorados que empiezan a las 9 de la mañana y acaban a las 12 de la noche. Tenían cosas en común, pero las que no tenían sabían compartirlas. Sus cenas, una vez a la semana, pasaron a dos veces a la semana. Y rápidamente empezaron a verse. Mucho. Sin parar. Y ambos estaban encantados.

Lo que Javier no sabía es que Raúl venía de una relación tóxica, y duradera. Cuando se junta un producto tóxico, con un período de tiempo prolongado, las heridas tardan en curar. Raúl se convencía que sus sentimientos por su ex pareja habían acabado. Pero no era así. Aún así Raúl quería cerrar esa puerta. Quería intentar algo serio con Javier, pero necesitaba tiempo. Tiempo, y la compañía de Javier. Pero éste, a pesar de todo, se asustó ante la idea de salir herido.

Javier no supo comprenderlo.

 

Paula conoció a Alberto una noche de alcohol y risas. Y para ellos rápidamente se convirtió en una noche de sexo y condones. Pero fue más allá. Lo que parecía una noche loca, de diversión y complicidad, se convirtió en unos meses de ternura y amor, lo que rápidamente llevó a Paula a enamorarse.

Alberto, sin embargo, venía de una relación muy larga, donde ella se llevó, además de su orgullo, a su mejor amigo. La confianza en el género femenino, por lo tanto, estaba dañada, tocada, y hundida. Aún así confiaba en Paula, por eso le explicó toda la historia. La comprensión de Paula disminuyó, mientras sus celos se hicieron mayores. Alberto quería estar con Paula, pero necesitaba reconstruir esa confianza.

Paula no supo llevarlo.

 

Y así se repiten las historias. Las anécdotas. Las cicatrices.

Conocer a alguien especial implica muchas cosas bonitas, mensajes que te dibujan una sonrisa en la cara, caricias nuevas, nuevas y bonitas experiencias; quizá incluso amor.

Pero también implica otras tantas.

 

Querer conocer a alguien, y esperar que esa persona venga sin heridas, sin defectos, sin marcas en la piel y el corazón, es absurdo, además de egoísta.

Nos empeñamos en querer conocer a alguien, y que sea perfecto para nosotros, al cien por cien, sin “peros”, sin “es que mi ex…”, sin quebraderos de cabeza. Esperamos un día conocer a alguna persona, y que no tenga pasado, ni heridas… currículum en blanco.

Párate a pensarlo ¿de verdad quieres eso? Una persona que ha vivido, viajado, desenamorado, traicionado, perdonado… es una persona que ha aprendido. Que ha crecido emocionalmente, y que además, se presupone, ha aprendido aspectos tales como la empatía, y la generosidad.

 

¿De verdad quieres convertirte en maestro de alguien? ¿De verdad quieres ser el primero en escribir en una hoja en blanco?

Todos tenemos miedos. A todos se nos enciende la señal de alarma cada vez que, ante la persona deseada, sale en la conversación su ex pareja, un abandono, una herida sin cerrar…

  • ¡Sal de aquí!
  • ¡Huye!
  • ¡Estás a tiempo!

Pero más allá de esas señales de supervivencia de nuestro cerebro (genéticamente programado para hacernos sobrevivir), debemos ser coherentes. Nosotros también venimos con bagaje. Tú también recuerdas a veces a tu ex, tú también fantaseas a veces con el “¿Y si hubiera salido bien…?”

 

¿El consejo? ¿El remedio? ¡Salta! ¡Confía!

Deja atrás esos miedos al pasado de esa persona ¿Quieres conocerle? ¿Quieres formar parte de su vida? Pues escucha su bagaje, eso también forma parte de quien esa persona es.

Todos tenemos una mochila llena. Todos vamos cargados de bagajes. Quizá sale bien. Quizá sale mal.

Quizá te conviertes en la persona más especial para él. Quizá se convierte todo en una sana y bonita amistad. Quizá has aparecido sólo para escuchar sus historias, para ayudarle a cerrar sus heridas, y nunca más volverás a verle.

No te detengas ante eso.

La vida se encargará de resolverlo.

Y tú seguirás.

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Le llaman amor

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  • ¿En qué te puedo ayudar?

Raúl entra en esa habitación. Huele bien. De hecho huele muy bien. Se siente extraño, avergonzado. Quiere hablar de muchas cosas, pero va con una duda en la cabeza, y le va a costar hacer la pregunta.

Se sienta en ese sofá. Se mira las manos. Empiezan a sudar.

Mira a ese hombre, que sonríe y le mira mientras abre una libreta y prepara un bolígrafo.

  • ¿Qué es el amor? – pregunta Raúl. Mejor hacer la pregunta de golpe. A pelo.
  • ¿Cómo dices? – pregunta el hombre.
  • Quiero saber qué es el amor… – dice Raúl, esta vez mirando al suelo.
  • ¿Por qué quieres saberlo? ¡Es una difícil pregunta! ¿Tienes pareja?
  • No, no es mi pareja… sí que es cierto que hay alguien especial…muy especial, pero no sé si esto es amor, o no… estoy harto de meter la pata una y otra vez.
  • ¿Por qué no empiezas explicándome tu relación con esa persona?

 

Entonces Raúl reflexiona sobre la “relación” que tiene con esa persona.

  • Me levanto y lo primero que hago es mandarle un mensaje. Sin nada que decirle realmente. Sólo quiero hablar con esa persona, saber si ya ha empezado el día, si ha dormido bien… Me preocupa que haya tenido una mala noche, que haya tenido pesadillas, o que haya pasado frío…
  • ¿Te gustaría evitar que esa persona pasara frío?
  • ¡Me encantaría! ¿Sabe qué? Para esta persona el frío siempre empieza en los pies, siempre los tiene helados. Entonces cuando nos sentamos en el sofá y abre una botella de vino, lo primero que hago es coger sus pies y calentarlos, los tapo con cuidado, y me aseguro que esté cómoda en el sofá… ya sabe – dice Raúl avergonzado – no quiero que coja frío.
  • Lo entiendo – dice el hombre sonriendo – ¿y qué más hacéis?
  • Vemos películas, siempre dejo que las elija ella, a veces las elijo yo, entonces son de miedo. No me gusta que lo pase mal, entonces sé perfectamente cuándo se acerca una escena de tensión, y la abrazo. La abrazo fuerte y dejo que ponga su cara en mi pecho para no ver las imágenes… ya sabe, luego podría tener pesadillas y dormiría mal, no me gustaría que pasara eso…

El hombre intenta participar en la conversación, pero Raúl se ha abierto como un libro, y él sabe que en esas situaciones lo mejor es no intervenir, y callar.

  • Si cenamos juntos me gusta pedir un postre de algo dulce, sé que ella elegirá algo de fruta para cuidarse, pero también sé que le encanta picar algo dulce antes de acabar de cenar, por eso… por eso yo pediré algo de chocolate, o helado… para que ella pueda darse el capricho. Muchas veces le llevo en moto a casa, siempre llevo una pequeña bufanda por si hace frío ¿ya te he dicho que el frío le viene por los pies? La garganta es su segundo punto débil. Por eso la llevo, no quiero que coja frío.
  • ¿Soléis hablar mucho? – pregunta el hombre.
  • ¡Cada día! – dice él, ya menos tenso – sobre todo los jueves. Sé que son duros para ella en el trabajo, así que a la hora a la que llega a casa siempre le llamo o le hablo, para que me cuente sus cosas, para que se desahogue, para que no se sienta sola… entonces, si veo que la cosa ha ido mal, no dudo en comprar su vino preferido y presentarme en su casa. Cenamos, hablamos, le hago reír…
  • ¿Ocurre algo? – pregunta el hombre – te has callado de golpe.
  • ¡Su risa! – dice Raúl – ¡Su risa me ocurre! ¡Tendrías que verla reír, sonreír! ¡Es una maravilla! Esa línea de dientes blancos, un poquito torcidos, que tanto me gusta. Ese sonido de risa despreocupada…
  • ¿Te gusta verla feliz?
  • ¡Me encanta verla feliz!

Rápidamente a Raúl le viene nueva información a la mente, y no duda en compartirla.

  • Hace tiempo perdió a una persona muy especial para ella. Desde entonces las fiestas de Navidad son tristes para ella, apagadas, sin magia… me encargo entonces de entretenerla, llevarla a sitios bonitos, darle regalos… pero los regalos son hechos a mano, odia que la gente gaste dinero en ella. Ella siempre regala a todos bufandas hechas a mano, o postales, o cosas de esas… es una manitas la tía.
  • Sabes Raúl que no podrás evitarle todos los dolores de su vida ¿verdad?
  • ¡Pero quiero hacerlo! Sé que no puedo solucionarle todo, y que no puedo evitar ciertas cosas… pero pagaría para que sus lágrimas sean las mías, para batallar sus pesadillas, para curar sus fiebres en mi cuerpo. Mataría por enamorar sus penas. Hacerle la vida más divertida, más llevadera… ¿Sabes qué hago cuando me quedo en su casa?
  • Sorpréndeme – dice el hombre, ya dejando el bolígrafo y la libreta.
  • Enciendo su incienso. Sé que a ella le gusta ir a dormir oliendo a esos inciensos de vainilla, o lavanda… no recuerdo ahora. Mientras recogemos la mesa, doy un salto y enciendo uno para que la casa vaya cogiendo ese clima, ese olor… perfecto para que ella vaya a dormir tranquila.
  • ¿Qué cosas soléis hacer juntos?
  • Ya sabe… vemos películas, salimos a cenar, vamos al cine, a veces nos juntamos con los amigos…
  • ¿Son amigos en común? – pregunta el terapeuta.
  • Sí, aunque cada uno tiene luego los suyos… pero me da igual, no puedo dejar de mirarla. Disfruto cuando se va con sus amigos, sé que ellos la quieren y que ella está tranquila. Así que yo aprovecho para ir con los míos.
  • Os lleváis bien, veo…
  • ¡Mucho! Y cuando estamos todos juntos, no puedo dejar de mirarla… ¿ya se lo he dicho? ¡Lo siento! Es que cuando ella aparece… no sé explicarlo. Me siento tranquilo cuando está. Es más, a veces simplemente mandándole un mensaje a su móvil, o recibiendo yo uno de ella… todo se arregla, el día es mejor. Entonces mi cabeza da mil vueltas… y planeo una nueva película para el viernes por la noche, y llevo vino, y chocolate… vemos la película y podemos pasarnos horas hablando. Al principio de la película, luego del amor, del desamor, de su familia, de la mía… porque esa es otra… le encanta escucharme, saber mis cosas, se interesa por mi familia, mis amigos, mi día a día… Otras veces no hablamos. Sé que le encanta leer, así que alguna vez llevo yo un libro mío, y leemos. Cada uno en una punta del sofá, mientras mis pies cubren los suyos. Ella lee atenta, distraída, relajada… yo intento leer, pero no puedo concentrarme. No puedo dejar de mirar su cara. Creo que me estoy repitiendo ¿verdad?
  • No te preocupes por eso, Raúl, yo estoy aquí para escucharle.

Entonces Raúl volvió y siguió hablando de ella.

De sus gustos. Le gusta el café, mucho, pero con la leche natural, y solamente una cucharada de azúcar.

Le gustan los animales, los adora, menos los gatos, le dan miedo, y además es alérgica.

Habló de la cicatriz que ella tiene al lado de la ceja derecha. Se lo hizo de joven borracha en una fiesta. Es una cicatriz preciosa.

Habló de sus preferencias en la comida, en los juegos de mesa, en el cine, en el deporte… habló de cómo a él le gustaba ir a hacer ejercicio con ella, aunque eso de hacerse el sano delante de ella para ganar puntos a veces lo dejaban con unas agujetas el resto del fin de semana.

Habló y habló de ella. Sin parar. Sin dejar de sonreír.

  • Disculpe Raúl – dijo el terapeuta – pero vamos a tener que dejar la sesión aquí. Tengo una pregunta antes de dejarle ¿ella sabe todo lo que usted siente?
  • No – dijo Raúl, mirando al reloj de la pared.

Ambos se despidieron. El hombre dio unos consejos a Raúl, y quedó a su disposición por si le necesitaba en un futuro.

Raúl salía de la consulta mientras sacaba el teléfono de su pantalón.

El terapeuta se preparaba para abandonar la sala, cuando su teléfono sonó. Eran sus amigos.

  • Oye loquero ¿nos vemos esta noche? – se oía al otro lado de la línea.
  • Vale – dijo el terapeuta – claro que sí.
  • ¿Ocurre algo?
  • Quiero que me quieran como Raúl quiere a esa chica.
  • ¿De qué me hablas? ¿Un paciente?
  • Ves abriendo la botella, voy para allá.

Mientras se dirigía a casa, pensaba en la charla con su nuevo paciente, y sonriendo pensaba que él tampoco sabía exactamente qué era el amor, pero firmaría ya por encontrar a alguien como Raúl.

Quizá el amor es mucho más sencillo. Quizá el amor es sólo eso: protegerse del frío, taparse los pies y amar las cicatrices, mientras se enfría el vino y empieza la película.

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Disfruta el vuelo

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Marcelo nació un día cualquiera.

En una ciudad cualquiera.

Un barrio cualquiera.

Un nido cualquiera.

Situado en un árbol cualquiera.

 

Durante un largo tiempo, su principal función y objetivo era la de abrir su piquito, y dejar que sus adorables padres le alimentaran. Era tan sencillo como eso; tengo hambre, abro el pico, me alimento. Fin.

Pero esos días quedaron atrás. Quedaron atrás una fría tarde de diciembre cuando, calentito y protegido en su caliente nido, su madre le dijo:

  • Marcelo, Marcelo cariño, tienes que levantarte.
  • ¿Qué ocurre mami?
  • ¡Hoy es tu primera lección de vuelo!

 

Marcelo abrió poco a poco sus ojos, estiró las alas, y rápidamente volvió a su postura inicial ¿Qué significaba ese frío? ¡Qué locura empezar a volar hoy! Así que cerrando los ojos, y recogiendo las plumas, volvió a quedarse dormido.

 

Pasaron los días, y rápidamente Marcelo aprendió que las excusas bien utilizadas, funcionaban. Hoy era el frío. Mañana el viento. Otro día podía usar el dolor de alas. Al siguiente usaría el miedo a las alturas. Otro día usaría al gato del vecino, que lo había visto merodeando por el parque en busca de crías de pájaros que caían del árbol.

 

No quería volar, sin más.

 

Pasaron los años, y poco a poco Marcelo veía como sus hermanos conseguían sus propios alimentos, salían a jugar, disfrutando las fuertes sacudidas del viento, y disfrutaban de preciosos lugares y vistas.

Él, sin embargo, no le veía sentido a eso. Sus padres, ya mayores, le seguían proporcionando el escaso alimento que podían cargar en sus viejos picos. Pero Marcelo con eso se conformaba ¿Quién quería volar, con lo bien que se estaba en el nido?

  • ¿Habéis visto el nuevo centro comercial que han abierto? – decía su hermana.
  • ¿Y qué me dices de la nueva fuente que han creado a la salida del parque? – decía otro hermano.
  • ¡Eso no es nada! – decía el mayor – Hoy la vecina del edificio rojo se ha vuelto a quejar de la música tan fuerte que pone esa chica que trabaja en la peluquería del centro.

 

Marcelo intentaba ocultar su envidia y sus celos. Se recordaba a sí mismo que en el nido se estaba mejor, más calentito, más cómodo…

  • Marcelo, cariño – dijo un día su anciana madre – Es hora de que empieces a buscar tu propio alimento. Nosotros nos hacemos mayores, y ya casi no podemos ni con nuestras propias alas.
  • ¡Excusas! – decía él – ¡Sois mis padres! ¡Yo no pedí nacer! ¡Es vuestra responsabilidad!

 

Según pasaba el tiempo, y las excusas y mentiras de Marcelo crecían, también lo hicieron sus padres. Hasta que llegó la hora del vuelo final.

Una tarde Marcelo estaba hambriento. Se moría por algo que llevarse al pico. Y sus padres no volvían. Tampoco volvieron al día siguiente, ni al otro. Marcelo tardó varios días en entender que sus padres no volverían nunca más.

 

Una mañana en la que el hambre podía más que sus mentiras y excusas, Marcelo intentó volar. Se asomó al nido y miró abajo. Saltó, sin pensar. Sus alas no estaban entrenadas, nunca lo había intentado, así que la caída fue inevitable. No grave, pues afortunadamente, ayudándose de sus patas y pico, pudo volver al nido.

Fue su hermana mayor, Cloe, la que una tarde de visita le llevó comida, y le dijo:

  • Es la última comida que te traigo, Marcelo, tendrás que apañarte.
  • ¡Me da igual! ¡No voy a volver a intentar volar, casi me mato!
  • Tendrás que volver a intentarlo ¿no? – insistía su hermana.
  • ¡Me da igual! ¿Estás sorda? – contestaba él – Si no me traes tú la comida, me la traerá otro hermano que me quiera más que tú.
  • Eso no va a ocurrir, Marcelo, todos se han ido de la ciudad, han creado sus familias, sus nidos… y yo debo hacer lo mismo.
  • ¡Que me da igual! Además, yo lo intentaría, pero…

Cloe, sabiendo que su hermano volvería a lanzar otra de sus mentiras y excusas, alzó el vuelo, esta vez sin mirar atrás. Sin pena.

Una mañana en la que Marcelo se encontraba disfrutando de sus largos sueños, un ruido lo despertó.

Asustado se asomó y pudo ver cómo unos hombres vestidos de verde, y guiados por grandes máquinas, empezaban a cortar todos los árboles de la zona.

Marcelo sintió por primera vez miedo. Pánico.

Ansioso miraba de un lugar a otro buscando alguna manera de escapar. Fue entonces cuando vio a una pequeña paloma situada cerca de su nido.

  • ¡Socorro! ¡Ayúdame! – gritó Marcelo.
  • ¿Me dices a mí? – dijo la paloma extrañada – ¿Qué te pasa?
  • ¿Qué me pasa? ¿No lo ves? – dijo él, presa del pánico – ¡Están talando los árboles! ¿Qué voy a hacer?
  • ¿Cómo que qué vas a hacer? – dijo la paloma – Pues volar, como hacemos todas, cariño.
  • ¡No sé volar! ¿No puedes llevarme?
  • ¿Llevarte? ¿Estás loco? – dijo la paloma sin ocultar un bostezo – ¡Eres el doble de grande que yo! ¡Ni queriendo podría!

 

El tiempo pasaba.Y los trabajadores estaban cada vez más cerca del árbol.

Marcelo vio cómo la paloma se limpiaba las plumas, mataba alguna que otra pulga, y sin levantar ruido, echó a volar.

Ya sólo quedaban cuatro árboles en pie.

¡Tenía que hacer algo! ¿Pero el qué? Miraba rápidamente de una rama a otra. No había salida.

Ya sólo quedaban tres árboles.

¿Por qué? ¿Por qué no había aprendido a volar? ¿Por qué no había escuchado a su familia?

Sólo quedaban dos árboles.

 

Tenía que volar. Era la única salida que tenía. Debía armarse de valor, confiar, y saltar.

Su árbol empezó a temblar.

Marcelo se acercó al borde del nido. Miró abajo, la caída iba a ser grande. Miró al cielo, el éxito significaba salvar la vida.

El árbol empezó a perder atura, las ramas empezaban a caer.

Marcelo cerró los ojos.

Saltó y abrió las alas.

 

El siguiente recuerdo de Marcelo fue el de abrir los ojos y encontrarse tirado en el suelo.

El miedo le había hecho perder la conciencia. Afortunadamente, pues no pudo sentir cómo sus alas se partieron al caer al suelo, junto con una de sus patas y parte del pico.

Oía mucho ruido.

Tenía mucha hambre.

Tenía mucho sueño.

Recordó a sus padres.

Recordó a sus hermanos, que ahora estarían calentitos en sus nidos con sus familias, o enseñando a volar a sus pequeños.

Esos pequeños que ahora serían sus sobrinos. Podría haber pasado tiempo con ellos, o incluso enseñarles a volar y darles buenos consejos.

¿Pero qué consejos iba a dar él?

En sus últimos minutos de vida, sólo un posible consejo que dar se le pasó por la cabeza:

No dejes que el miedo te encierre en tu nido. Salta. Disfruta el vuelo.

Y cerrando los ojos, durmió.

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