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Archive for 19 noviembre 2016

Quien me conoce lo sabe.

Quien ha trabajado conmigo lo sabe.

Siempre voy a estar de parte del pequeño. Siempre. Aun cuando la ha armado bien gorda, y no sabe ya dónde meterse, delante de los padres le defenderé, ganándome muchas veces una mirada de desaprobación de éstos.

Luego, a solas, en nuestra intimidad, le daré mi verdadera opinión y trabajaremos los puntos débiles y errores.

Pero siempre, y ellos lo saben, van a contar con mi apoyo cara a la galería.

¡Y es que ellos tienen razón!

¡Ser niño es un engorro! ¡Un rollo!

Reciben tantos mensajes diarios, a cada hora, a cada minuto… que la cabeza ya deja de funcionar a primera hora de la mañana. Recién levantados, los padres, los hermanos, la gente de la calle, el profesor de castellano, la profesora de matemáticas, el monitor de comedor…

Lo que yo os digo. Agotador.

Es por ello que, en una de las sesiones, uno de esos pequeños se detiene, me mira, y dice:

  • Tú escribes ¿verdad?
  • Sí – digo sorprendido – ¿cómo lo sabes?
  • Mi madre a veces nos lee los cuentos que escribes.
  • ¿Todos? – digo alarmado, recordando algún que otro texto subido de tono que he podido publicar.
  • ¡Los que son para niños, hombre! – dice él, sintiéndose en ese momento más maduro e inteligente que yo.

Una vez recuperado del casi paro cardíaco, me dice:

  • ¡Deberías escribir dando nuestro punto de vista!

Y así empezó todo.

Es por ello que, con ayuda de algunos de ellos, hemos querido recoger qué son exactamente esas cosas que a ellos les sacan de las casillas, les ponen de los nervios, y como consecuencia deciden pasar de todo, no hacer ni caso.

Y es que demasiado rápido aprenden a asentir, decir “Sí, sí…”, y pensar “Voy a hacer lo que me dé la gana…”.

Mezclar ambientes

Imaginaos por un momento que habéis tenido un día agotador en el trabajo, seguramente como el que has tenido hoy. Sales de tu puesto, aun con la cabeza dando vueltas, llegas a casa, y aun no has cerrado la puerta cuando, de golpe, sin verlo venir, alguien te dice:

  • Acabo de hablar con tu jefe ¡Vaya día has tenido eh! ¡Ya te vale!

O peor aun:

  • ¿Qué es eso que me dice tu compañero de trabajo sobre hablarle mal y faltarle al respeto? ¡Hoy duermes en el sofá!

O, por poner otro ejemplo, escuchas:

  • Oye, que me dice tu jefe que no le has presentado el informe que tenías que darle hoy ¿Pero tú lo ves normal? ¡Este fin de semana no verás ni a tus amigos ni a tus familiares!

¿Os lo imagináis?

¿Cuánto tardariais en mandar a la mierda a esa persona?

Psicológicamente decimos que los adultos mezclamos ambientes cuando extrapolamos, llevamos los problemas que los pequeños han tenido en clase, a otras zonas que nada tienen que ver, por ejemplo el hogar.
Bien es cierto que el pequeño debe asumir consecuencias por aquello que hace mal, pero hacerlo de manera tan evidente, tan drástica, hace que ambos ambientes queden contaminados; escuela y hogar; llevando al pequeño a generar una guerra fría en ambos espacios.

Debemos entender que si el pequeño ha tenido un problema en la escuela, debe quedar dentro de la escuela. Otra cosa sería que el pequeño no estudiara, o no hiciera sus tareas. Esas son acciones que debería haber realizado en casa, por lo tanto, ahí sí tenemos mano libre para actuar.

¿Qué ocurre con las malas acciones? ¿Debemos introducirlas en casa? Siempre y cuando la llamada de atención venga por un tema de educación y respeto, debemos actuar, pues damos por hecho que esa educación y respeto la debe recibir en casa.

Por lo demás, debemos aprender a identificar ambientes. Si el pequeño ha tenido un problema con un profesor, o con un compañero, debemos reeducar esa conducta; pero nunca tratar al pequeño desde el enfado, como si aquello hubiera ocurrido dentro de casa.

De esta manera fomentamos que el pequeño aprenda a sentirse calmado en casa, que sepa que, una vez llegue a su hogar, hablaran del tema, con el único objetivo de generar soluciones; nunca de agravar el problema, y continuar la batalla que ha empezado en el aula.

Mensajes confusos

María llega a consulta con el pequeño Arturo. Travieso, vivo, dinámico, rabiosamente divertido, y quizá, un poco hiperactivo.

  • Me tiene contenta – dice María.
  • ¡Buenas tardes! – contesto yo – ¿Qué ha pasado?

Ambos toman asiento. Ella con la mirada llena de fuego. Él con la mirada llena de agua. Símbolos distintos, casi contrarios. Sé entonces que no va a fluir la comunicación.

Entonces María comenta las ganas que tiene de que su hijo se comporte, que sepa estar bien, y que sepa portarse bien.

Intento calmar los ánimos, y una vez la madre ha abandonado la sala, quedamos en ella Arturito y yo.

  • Arturo ¿cómo estás?
  • ¡Estoy enfadado!
  • ¿Por qué? – le pregunto
  • ¡Porque quiero portarme bien, pero no sé!

¿Cuántas veces hemos oído algo por el estilo?

“Yo quiero hacerlo bien, pero no sé cómo”

“Yo no quiero enfadarme, pero me sale solo”

Entonces le pregunto:

  • Arturo, cariño, antes de seguir hablando ¿te puedo hacer una pregunta?
  • ¡Claro!
  • ¿Qué es portarse bien?
  • Pues portarse bien.
  • Muy bien, gracias, aplausos – digo bromeando – Pero ponme un ejemplo.
  • Pues no sé, portarme bien…

Es entonces cuando veo claramente el error. Y no será ni la primera ni la última.

Nos llenamos la boca de mensajes hacia los más pequeños:

  • Compórtate
  • Pórtate bien
  • Sé educado
  • Quiero que seas feliz
  • No hagas las cosas mal
  • Tienes que cambiar

En este momento ya nos hemos olvidado del menor, y nos hemos colocado en el lugar del adulto ¿Qué es portarse bien? ¿Y comportarse? ¿Qué es, exactamente, hacer las cosas mal?

  • Arturo, dime algo que hagas mal…
  • Llorar
  • ¿Llorar está mal?
  • ¡No lo sé! Siempre que lo hago me dicen que deje de hacerlo…

Lo que yo os digo. Un lío.

Debemos entender que el menor no tiene por qué saber qué queremos exactamente de ellos, no saben leer la mente. Por ello, debemos intentar dar mensajes más claros, más concretos. El menor debe saber, en todo momento, qué queremos de ellos, qué es lo que se espera de ellos.

Malos ejemplos

  • ¡¡Es injusto!! – grita Luís en terapia
  • ¿El qué, exactamente?
  • Los mayores siempre nos dicen que no hagamos cosas, y ellos lo hacen.
  • ¿Por ejemplo? – pregunto.
  • Siempre me dicen que no puedo gritar cuando me enfado ¿y sabes cómo me lo dicen ellos?
  • Me lo puedo imaginar…
  • ¡Gritando!

Las personas entendemos más lo que vemos que lo que oímos.

¿Nunca habéis oído un rumor, o una información, y habéis dicho “Si no lo veo, no lo creo”? Con nuestros pequeños ocurre exactamente lo mismo. Entienden mejor lo que ven, que lo que oyen.

Les pedimos que no pasen muchas horas delante de la televisión, mientras los adultos llegamos a casa, y lo primero que hacemos es encenderla.

Que no pasen mucho tiempo con el móvil, cuando está más que demostrado que el 40% del tiempo de nuestro día, lo pasamos tecleando en esas pantallas.

Les decimos que no griten, mientras nos ponemos como ogros al enfadarnos.

Les pedimos que deben colaborar en casa, mientras el padre o la madre, nada más llegar, se sientan en la mesa esperando que la comida y los cubiertos, por arte de magia, aparezcan.

Les pedimos que hablen bien, mientras educamos a través de “Coño”, “Joder”, “Mierda”…

La lista es tan larga, en serio, de verdad, la elaboramos un día en terapia, y es tan, tan, tan, larga, que me faltan horas y teclas para hacerla.

Aquí os propongo que os centréis, que lo trabajéis. Coged papel y boli, y, sólo en el transcurso de un día, anotéis las cosas que le pedís a vuestro pequeño que no haga, y vosotros hacéis sin parar, a cada minuto.

Es mucho más sencillo de lo que parece.

¿Queréis que vuestro hijo colabore en casa? ¡No se lo digáis! ¡Que os vea hacerlo!

¿Queréis que hable bien? ¡Habladle bien!

¿Queréis que deje de gritar? ¡No gritéis!

Y así una larga lista.

Interés real

Javier tiene sólo 10 años, y ya ha aprendido, a tan corta edad, que le da igual a sus padres. Y no le falta razón, al menos, en la mayoría de los casos.

  • Sólo les importa una cosa – dice él, aguantando las ganas de llorar.
  • ¿Que seas feliz? – pregunto
  • ¡No! ¡Que saque buenas notas! – dice él.
  • Tener estudios es muy importante, Javier.
  • Lo sé, pero ¿y lo demás?
  • ¿A qué te refieres? – pregunto, aunque sé perfectamente a lo que se refiere.
  • Mis amigos,  mis novias, mis miedos…
  • ¿Tienes novias? – pregunto.
  • Sí.
  • ¿En plural? ¿Más de una? – digo, sorprendido.
  • No estamos hablando ahora de eso Óskar… – me dice.
  • Tienes razón, disculpa… – respondo, intentando recuperar mi lugar, sin dejar de pensar “¿Más de una?”

Y la conversación se repite. Con Javier. Marc. Oriol. Inés. Marta. Claudia. Y la lista sigue.

Llegan del colegio, y la pregunta es:

  • ¿Tienes deberes?
  • ¿Te has portado bien?
  • ¿Has estudiado?
  • ¿Tienes exámenes?

¿Os imagináis eso para vosotros mismos? Llegar a casa, y que vuestra pareja se centre, única y exclusivamente, en si tienes trabajo, si lo has hecho bien, y recordarte insistentemente, que debes ponerte a trabajar ahora mismo. Con prisas. Café, y a trabajar.

  • Sí mamá – dice el menor – tengo deberes de mates.
  • Pues venga – dice ella – a merendar y a hacerlos.

Fin de la conversación.

Luego, sin embargo, esperamos que nuestros hijos nos cuenten sus cosas. Sí, claro…

La propuesta es la siguiente: la próxima vez que tu hijo llegue de la escuela, probad lo siguiente:

  • ¿Cómo estás?
  • ¿Cómo ha ido el día?
  • ¿Qué es lo mejor que te ha pasado hoy? ¿Y lo peor?
  • ¿Estás cansado?
  • ¿Te apetece algo especial hoy?

Sé que hacer deberes y preparar exámenes es importante. Pero, seamos claros, no es lo MÁS importante. Así que, puestos a encauzar la vertiente escolar, un buen ejemplo sería:

  • ¿Y qué tienes pensado hacer esta tarde?

Esperar la respuesta. Escucharla. Y después:

  • ¿En qué momento harás deberes? Quizá deberías repasar algo.

Creedme. Os agradecerán este cambio.

Continuará…

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La pecera y el mar

arte-pecera-mar

Burbuja era un pez feliz. Siempre lo había sido.

Desde muy pequeño se crió en esa preciosa pecera. Sus dueños, una pareja encantadora de 70 años de edad, le daban la mejor comida, le mantenían su hogar perfectamente limpio, y, cada vez que la temperatura del agua empezaba a cambiar, una extraña cajita emitía un pitido, y ellos, rápidamente, devolvían a su hogar la temperatura que él necesitaba.

Le encantaba despertar cada mañana con el sonido de la música que esa bonita pareja escuchaba. Rápidamente Burbuja salía del castillo, colocado delicadamente en el fondo de la pecera, y, al ritmo de esos sonidos musicales, estiraba sus aletas, dispuesto a empezar un nuevo día.

Sus dueños le cuidaban tanto, que cuando recibían visita de otros humanos, colocaban la pecera en un lugar alto, para evitar que los más pequeños dieran golpes en el cristal ¡No soportaba aquello! ¡Era estresante!

Su vida era fácil y acomodada. Se levantaba, bailaba, paseaba por su pecera libremente, y esperaba el momento de la comida. Una vez había comido, se situaba en la superficie de la pecera, esperando que aquella mujer metiera el dedo en el agua, y él, contento y con el estómago lleno, lo besaba y mordisqueaba. La mujer reía complacida, y él se sentía orgulloso de ser el mejor pez del mundo.

Sin embargo todo cambió una mañana.

Burbuja estaba durmiendo tranquilamente en el interior del castillo, cuando escuchó cómo algo caía dentro del agua. Algo demasiado grande como para ser comida.

Rápidamente salió del castillo, y atónito, vio a otro pez dentro de la pecera. SU pecera.

Ambos se miraron, y finalmente, fue Burbuja quien dio el paso.

  • ¿Quién eres? – preguntó.
  • ¿Quién soy? – preguntó el pez – ¡Soy un pez!
  • Lo sé, puedo verlo ¿Pero cómo te llamas?
  • No tengo nombre ¿por qué iba a tenerlo? – dijo el pez extrañado.
  • No puedes no tener nombre – dijo Burbuja – ¿cómo te llaman entonces?
  • ¿Cómo me llama quién? Oye esto es muy extraño ¿dónde estoy? ¿Qué es esto?
  • No puedo hablar contigo si no tienes nombre – sentenció Burbuja – Te voy a llamar Pompa ¿te parece bien?
  • No, claro que no me parece bien ¿qué significa ese extraño nombre? ¿Qué está pasando?
  • No te preocupes Pompa, ven conmigo.

Burbuja se acercó a Pompa, y acompañándole hasta el cristal, le explicó.

  • Esta es mi casa. Aquí vivo yo. Me llamo Burbuja, por cierto. Esas dos personas que ves ahí sentadas son mis dueños, te van a encantar.
  • ¿Qué significa dueños? – preguntó el pez.
  • Verás Pompa…
  • No me llames Pompa, Burbuja…
  • ¡Shhh! Escucha atento, Pompa – dijo él – son mis dueños porque son los que me cuidan, me limpian la casa, y me dan de comer.
  • ¿Te dan de comer? – preguntó Pompa
  • ¡Claro! ¿Por qué pones esa cara? ¿Cómo comes tú?
  • ¡Cazo! – dijo Pompa.
  • ¿Cazas? ¡Qué salvaje! Mira, atento…

Ambos vieron cómo el humano se levantaba y se acercaba al cajón, sacaba el recipiente de comida para peces, y echaba el contenido dentro de la pecera. Esta vez fue más generoso, pues había dos bocas que alimentar.

Burbuja ya se encontraba en la superficie de la pecera, mientras Pompa miraba, asustado, desde las paredes del castillo.

  • ¿Qué te ocurre? – dijo Burbuja – ¡Vamos, acércate! ¡Prueba esto!

Receloso, y algo temeroso, Pompa se acercó a su compañero, y muerto de hambre, probó aquella comida.

  • ¡¡Esto es asqueroso!! – dijo Pompa – ¡Yo no puedo comer esto! ¿Qué clase de comida es esta?

Burbuja miró a su nuevo amigo, sorprendido.

  • ¿Se puede saber de dónde vienes? – preguntó.
  • Vengo del mar – dijo Pompa.
  • ¿Del mar? – dijo Burbuja echándose atrás – ¡Qué horror!
  • ¿Qué horror? – preguntó Pompa – ¡Somos peces! ¿De dónde quieres que vengamos?
  • No creo que yo venga del mar, yo nací aquí.
  • ¿Siempre has vivido aquí?
  • Sí – dijo Burbuja presumido – ¡Lo sé! ¡Soy muy afortunado!
  • ¿Afortunado? – dijo Pompa – ¿Afortunado por qué? ¿Nunca has jugado en una ola?
  • No
  • ¿Nunca has esquivado las gotas de la lluvia?
  • No…
  • ¿Nunca has hablado con las tortugas?
  • ¿Qué son las tortugas? – dijo Burbuja, ya algo molesto.

Entonces Pompa, paciente, le habló del reflejo del arco iris en el agua, de cómo la arena cambiaba de color cuando salía el sol, de los mareos que daban los remolinos en los días de tormenta, de cómo jugaban a adivinar las figuras que hacían las sombras de los barcos, de las peligrosas medusas, de los monstruosos tiburones, de la belleza del coral, las divertidas estrellas de mar, los alterados pulpos…

  • ¿Y no es peligroso? – dijo Burbuja.
  • ¡Claro que sí! Pero eso forma parte de la vida en el mar, hay riesgos, hay peligros, hay animales que intentan comernos…
  • ¿Entonces? – preguntó Burbuja sin entender nada – ¿Por qué quieres volver al mar?
  • ¡Porque forma parte de mi vida! Porque hay peligros, claro que los hay, pero también está toda la belleza que te he contado, crecer, aprender, disfrutar…
  • ¡Y sufrir! – gritó Burbuja.
  • Y sufrir – contestó Pompa – ¿Y tú qué haces aquí?
  • Cuido mi castillo.
  • ¿Lo cuidas de quién?
  • ¡Da igual! ¡Tengo un castillo!
  • ¡Esto es una cárcel, tonto!
  • Y voy a por mi comida.
  • No vas, te la traen.
  • Nado en mi mar, como le llamas tú.
  • Esto no es un mar, casi casi es un charco.
  • ¡Pero es cómodo! ¡Te apuesto a que es más cómodo que tu mar!
  • ¿Más cómodo? ¿O más seguro?
  • Mira, no puedo hablar ahora contigo… tengo cosas que hacer…
  • ¿Qué cosas?

Y rápidamente, sin ocultar su enfado, Burbuja se fue a la otra parte del castillo, donde, aburrido, se puso a jugar con la arena.

  • Voy a huír – le dijo un día Pompa.
  • ¿Cómo?
  • Si te fijas, cada mañana colocan la pecera al lado de ese agujero para que nos dé el sol. Esperaré paciente. Y cuando se alejen, saltaré tan alto, que llegaré al mar.
  • ¡Estás loco! ¡No lo conseguirás! – le advirtió Burbuja.
  • ¡Lo tengo que intentar!
  • ¿Por qué?
  • Porque entiendo que tú quieres una vida cómoda, pero yo no. Mi vida no es esta. Ven conmigo. Arriésgate.
  • No pienso salir de aquí. Fuera es todo desconocido, me da miedo…
  • ¡Lo conocerás!
  • ¿Y si me quedo solo?
  • ¡Me tienes a mí!
  • ¿Y si no encuentro comida?
  • ¡Yo te enseñaré!
  • ¿Y si…?
  • ¡Deja de poner excusas! ¿Vienes, o no?

 

Burbuja dudó unos segundos.

Nunca había salido de allí. No sabía nada de lo que había tras su pecera. Sólo conocía el sonido de ese extraño calefactor, y de la música que sus dueños escuchaban. El miedo era enorme. Las ganas también.

Al final le pudo el temor.

  • ¡Ni lo sueñes! ¡Yo me quedo!
  • Como quieras…

Fue la mañana siguiente cuando, una vez que la pecera quedó perfectamente colocada cerca de la ventana, Pompa tomó su decisión.

Esa mañana comió mucho, tanto como su pequeño estómago pudo soportar.

Llegado el momento, no dudó.

Se colocó en el fondo de la pecera, cogió impulso, movió fuerte y rápido sus aletas, y saltó.

Burbuja lo vio todo desde la ventana de su castillo.

Pudo ver cómo Pompa saltaba, salía fuera de la pecera, y desaparecía entre la mesa y la ventana, sin llegar a ésta.

Dudó. Siempre había imaginado que el mar estaba tras la ventana, no entre el sofá y la ventana. Pero ¿qué sabía él? ¡Nunca había salido!

Mientras Pompa volaba por los aires, y rozaba el borde de la ventana, pensaba en el arco iris, las olas, la espuma, el olor a sal, el baile con los delfines, la belleza del coral…

Burbuja, por otra parte, vivió toda su vida encerrado en su castillo. Seguro.

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