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Archive for 25 noviembre 2014

Vicenta

Vicenta era una mujer cansada. Agotada.

Se levantaba cada mañana quejándose del ritmo de vida que llevaba. Eso sí, su queja iba siempre dirigida al espejo, cuando nadie la escuchaba ni veía.

A vista de los demás era una mujer que podía con todo, y con todos.

  • Mira Vicenta – decían los vecinos – siempre con tanta energía ayudando a toda su familia.

En su interior Vicenta se decía “Debería haberme llamado Angustias, ese nombre me pega más”.

Se levantaba y rápidamente iba a casa de su hijo y su esposa. Despertaba a los niños, les preparaba el desayuno y los llevaba al colegio. A la vuelta volvía a esa casa, y se dedicaba a limpiar y a ordenar. Poner lavadoras, tender la ropa, y planchar los trajes de él, y los vestidos tan caros de ella.

Les preparaba algo de comer, y hacía siempre algo más de comida para congelar, así se encargaba que nunca les faltara algo de comida ya hecha.

Volvía a su casa, no sin antes pasar a comprar el periódico para su marido, y esas magdalenas que tanto le gustaban a él, con esa capa de azúcar glas por encima, sus preferidas.

Llegaba a casa y ordenaba el salón, le pedía a su marido que levantara los pies mientras pasaba la escoba, y él seguía tan concentrado en la sección de sucesos y deportes.

Cuando alguno de sus hijos le llamaba con algún problema económico, ella no dudaba en retirar el dinero que fuera necesario. Su dinero. Sus ahorros que tanto esfuerzo le había costado reunir.

La de viajes que podría haberme pegado. La de ropa que podría tener ahora. Pero soy una madre, y no hago más que lo que toda madre debe hacer, sacrificarme.” Al pensar en esto, rápidamente se decía a sí misma “Y lo hago encantada, faltaría más”.

Nunca nadie se había preocupado por su estado de ánimo, sus energías. Y, lo que más le dolía a ella, nunca nadie se había preocupado por sus sueños. Y los tenía, a miles.

Hasta que un día, algo cambió.

  • Mamá – dijo una vez su hijo mayor – mañana después del trabajo tenemos una fiesta en el despacho, y no tendremos tiempo de pasar por casa.
  • No te preocupes, cariño – dijo Vicenta – tienes tiempo de sobra para cocinar algo hoy, y dejarlo en la nevera para mañana ¡pasadlo bien!

Desde luego no era la respuesta que su hijo estaba esperando.

  • Mamá – dijo el pequeño – sigo sin encontrar trabajo, y casi no tengo dinero para mis cosas.
  • ¡Oh! Ya sabes cómo está el panorama ahora mismo – decía una tranquila Vicenta – simplemente intenta ahorrar todo lo que puedas, y no gastes tanto dinero cuando salgas ¡verás cómo te apañas!

Y no era la respuesta que su pequeño esperaba.

  • Suegra – decía la que tenía más morro – mañana por la noche queremos ir al cine con nuestros amigos, y no tenemos donde dejar a los niños.
  • No te preocupes – decía Vicenta – seguro que echarán esa película tarde o temprano en la televisión y podréis verla. Tengo que dejarte, empieza una película que quiero ver.

Seguía sin ser la respuesta que esperaban.

Un día su marido le dijo a su mujer que por la mañana iría con su grupo de amigos a pescar, y que comerían allí cualquier cosa. Tras un breve silencio, Vicenta dijo:

  • ¡Qué bien cariño! Recuerda levantarte un poco antes para comprarte pan y algo de embutido, pasarás hambre allí si no te preparas algo ¡y compra tus magdalenas!

Un frío día de diciembre su hijo llamó a su madre para anunciarle que la familia de su mujer venía de visita, y en su piso, con los niños, no tenían sitio. Vicenta, tan educada siempre, dijo:

  • ¡Qué grata sorpresa! No te preocupes, aquí se pueden quedar. Sacaré el sofá grande, y les pondré unas buenas sábanas, ahí dormirán muy bien.

 

Esta nueva actitud de Vicenta se repetía cada vez más. Se mostraba pasiva, despreocupada, y cada vez más tranquila y alejada. Así que un día sus hijos, mujeres y marido se reunieron con ella para preguntarle acerca de su estado de salud ¿Estaría enferma? ¿Deberían acudir al doctor? ¿Se hacía mayor?

Tras explicarle a Vicenta sus preocupaciones, ella dijo:

¿Sabéis? He tardado años en descubrir que cada quién es responsable de sus vidas. He descubierto que mi ritmo de vida, mi agotamiento, mi cansancio, mi estrés y mis enfados no sólo no resolvían vuestra situación, sino que empeoraba la mía.

He intentado ser una madre modelo, he ido a clases de relajación, yoga, autoconocimiento… y todo me ha llevado a la misma conclusión; os he dado las habilidades y mecanismos necesarios para resolver vuestros problemas, ahora debo dejar que lo hagáis. Y yo, por mi parte, debo hacer lo propio con mi vida. Mi mayor responsabilidad como madre es la de mantener la calma, y observar cómo solucionáis vuestros problemas.

Si necesitáis mi apoyo, o mi consejo, yo voy a ser la primera en estar ahí y darlo. De vosotros dependerá hacer caso, o no. Es vuestra responsabilidad. Desde hoy dejo de ser la bolsa de vuestras responsabilidades, la lavandera de vuestras culpas, la escoba de vuestros errores, o el espejo para vuestra autorrealización. Tomo las riendas de mi vida, de mi barco y de mis sueños.

Desde hoy, os declaro independientes y autosuficientes.

 

Ese día marcó un antes y un después.

Todos comenzaron a funcionar mejor.

Todos estaban más centrados y organizados.

Todos eran conscientes de sus responsabilidades.

Vicenta se miró al espejo, orgullosa por primera vez, y dijo: Ya era hora de que te fueras, Angustias”.

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Generando tiranos

Fórmula para generar un tirano.

  • Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que le pida, así crecerá convencido de que el mundo le pertenece.
  • No le dé ninguna educación espiritual, espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.
  • Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto le animará a hacer más cosas graciosas.
  • No le regañe nunca ni le diga que está mal algo de lo que hace, podría crearle complejo de culpabilidad.
  • Recoja todo lo que él deja tirado, libros, zapatos, juguetes, hágaselo todo, así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.
  • Déjele leer todo lo que caiga en sus manos, cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados pero que su mente se llene de basura.
  • Discuta y riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así no se sorprenderá ni le dolerá demasiado el día en que su familia quede destrozada para siempre.
  • Dele todo el dinero que quiera gastar, no vaya a sospechar que para disponer de dinero es necesario trabajar.
  • Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres; el sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.
  • Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores, vecinos, etc. Piense que ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarle.

¡Y así nos va!

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Decálogo de tus mentiras.

1. El mundo está contra mí.

Recuerda que eres tú el que decide la manera en la que quieres ser tratado. Si esa es tu opinión acerca del mundo, plantéate la siguiente pregunta “¿Qué mensaje estoy dando?”

2.  Ya no tengo edad para hacer esto.

¿Para hacer qué exactamente? Recuerda que antes de plantearte si puedes hacer algo, debes saber qué quieres hacer. Una vez te hayas marcado el objetivo, pregúntate “¿Realmente la edad es un problema para conseguirlo, o es una excusa más?”

3. Yo soy así.

¿Cuántas veces hemos escuchado, o dicho “Es que soy así, es lo que hay”? ¡Excusas! ¡Mentiras! ¿Y sabes qué se esconde detrás de todo? ¡Miedo! Miedo a cambiar, miedo a ver que puedes ser mejor, ya que eso indicaría que ahora mismo eres una versión peor de lo que puedes llegar a ser.

Si incluso las rocas cambian ¿estás seguro de que tú no puedes hacerlo? Piénsalo. Ubícate 6 meses atrás, 10 meses, 3 años… ¡no eres el mismo!

4. No me viene la inspiración.

¡Otra mentira!

La motivación no es algo que surge sola, te levantas y ahí la tienes, con un buen desayuno y una barrita energética, con el collar en la mano y diciendo “¿Preparado? ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!”

La motivación es algo que, como todo, debes encontrar dentro de ti. Tus inspiraciones, experiencias, metas, objetivos a corto y largo plazo… todo ello hará que tu motivación se despierte y actúe.

5. Soy una víctima.

Eres lo que te dices que eres ¡Bang!

Tu cerebro no está determinado genéticamente para decirte “Soy listo”, “Soy interesante”, “Soy un luchador”, “Soy un perdedor”, “Soy un fracasado”…

Como todo estudiante en época adolescente, tu cerebro se copia, usa chuletas… se fija en todo lo que tú te dices a ti mismo, lo que haces, cómo actúas… y a partir de ahí dice “Está bien, soy esto”, y adoptas ese rol.

Así pues, si tu mensaje continuo es “Soy una víctima”, tu cerebro acabará comportándose como tal, y mucho peor (y más peligroso aún), acabará recibiendo así los mensajes externos que recibe.

Así, por ejemplo, ante una ausencia de llamada, un cerebro víctima dirá “No me quiere, pobre de mí ¿me lo merezco?”. Mientras que un cerebro rodeado de mensajes positivos dirá “Seguramente crea que estoy ocupado, llamaré yo”.

6. No vale la pena intentarlo.

Cuando solemos cometer el mismo error varias veces, o desempeñamos una función errónea constantemente, solemos caer en el error de decir “Intentarlo es inútil”, dando por hecho entonces que debería salirnos todo bien a la primera.

Pero párate a pensar ¿cuántas cosas te han salido bien a la primera? ¿Te imaginas en el momento en el que aprendiste a andar?

“Oye no mira, que lo he intentado, y esto de andar no es lo mío, gatearé todo mi vida”

Suena ridículo ¿verdad? Pues tengo una noticia para ti: tú suenas igual de ridículo cuando dices eso.

7. Todos son mejores que yo.

Ni tanto, ni tan poco.

Empieza a aceptar de una vez que eres el mejor en algunas cosas, el peor en muchas otras, y uno del montón en la mayoría ¡Disfruta eso! ¡Quítate de encima el peso de tener que ser el mejor, o el peor (que también agota) en todo.

8. Necesito esto para ser feliz.

En el momento en el que dices “Lo que necesito para ser feliz es…”, estás firmando tu sentencia. Nunca serás feliz.

Necesitas dinero para ser rico.

Necesitas un hombre o una mujer para estar casado.

Necesitas educación y buenos libros para ser culto.

Pero si, en cambio, crees que para llegar a ser feliz necesitas realizar una unión de conceptos parecida a la que he hecho yo, te vas a equivocar, créeme.

El por qué es bien sencillo. La felicidad es una actitud, es una forma de ser, de vivir, de andar por la vida. Son momentos de alegría, de plenitud, precedidos por momentos más oscuros donde nos alejamos de ella.

Pero no es algo que consigas, no es una meta. Es una forma de hacer el camino.

9. Cinco minutos más.

Son (somos) muchos los que pensamos que esos 5 minutos más nos sentarán bien, nos ayudarán a relajarnos más, y empezar el día con mejor pie ¡Error!

Esos 5 minutos, realmente, sirven para que el cerebro entre en un bucle de subidas y bajadas, de “quiero pero no puedo”, que harán que a la hora de salir de la cama esté más lento y espeso.

¿Lo mejor? ¡Dar un salto en cuanto suene el despertador!

Por cierto, recuerda, el tiempo perfecto para una siesta es de 40 minutos, no más.

10. Todos son iguales.

En esta no perderé mucho tiempo. Si eres de los que cree que todos los hombres son iguales, todas las mujeres son iguales, etc, etc. Sencillamente, eres estúpido.

¿Realmente crees, entonces, que de tantas personas que hay en este planeta, conoces a todas? ¡Pasapalabra!

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