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Archive for 15 noviembre 2012

Derechos.

Derecho

Era mi primera clase de derecho en la Universidad de Barcelona. Seguramente era la mujer más nerviosa del mundo en ese momento. Toda mi vida había fantaseado con ser una abogada de élite, de esas que se levantan, moño perfecto, taconazos, traje entallado, y gritando “¡Protesto!”, la gente me miraba y asentía, como diciendo “Esta mujer sabe lo que quiere, menuda profesional…

Ese momento, ese, y no otro, era el inicio de mi viaje. Me lo tenía que tomar en serio. Ahí empezaba mi camino, la realización de mi sueño.

El aula era enorme, y alrededor de 40 personas estábamos a la expectativa, nerviosos, mirándonos de reojo unos a otros, recelo, miedo, inseguridad, nervios…

Fue entonces cuando apareció el profesor de Derecho y Ciudadanía.

Entró con pie firme, veloz, y, parándose enfrente de uno de nosotros, dijo:

–          ¡Tú! ¿Cómo te llamas?

–          ¿Yo? – dijo él, muriendo de vergüenza – Pablo.

–          Pablo, quiero que salgas de mi clase, y no vuelvas a entrar nunca más ¡Venga! ¡Fuera!

El silencio gobernaba en el aula. Pablo, temeroso y tímido, recogió sus cosas tan rápido como pudo, y abandonó la sala.

El miedo era palpable, nadie miraba a los ojos del profesor directamente. Como si se tratara de un tiburón, evitábamos que nuestro palpitar fuera detectado por sus sensores.

–          Bien, clase – dijo el profesor – ¿alguien podría decirme para qué sirven las leyes?

Nadie se atrevía a hablar, todos teníamos miedo.

–          ¿Nadie? No hace falta ser abogado para saberlo. Repito ¿para qué sirven las leyes?

–          ¡Para hacer que se cumplan! – dijo la más atrevida.

–          ¡No! ¿Alguien más?

–          Para castigar a la gente que hace el mal – dijo otro.

–          Más o menos… pero no, venga, pensad ¿Para qué sirven las leyes?

–          Para que haya un orden en la sociedad – dije yo, aventurada.

–          ¡Casi! Pero no.

Fue entonces cuando un joven de la primera fila dijo:

–          Para defender nuestros derechos.

–          ¡Exacto! – dijo un excitado profesor – Para defender nuestros derechos. Para que nadie pueda quitarnos lo que es nuestro. Y ahora – siguió – contestadme: ¿Tenía yo derecho a echar a Pablo fuera del aula?

 

Volvió a reinar el silencio en el aula.

–          Olvidaos de que soy un profesor. Quiero una respuesta unánime ¿Tenía derecho a echarle?

–          ¡¡No!! – gritó toda la clase.

–          ¡Bravo! ¿Tenía derecho Pablo a presenciar la clase, a estar aquí como todos vosotros?

–          ¡¡Sí!! – dijo una, cada vez más, valiente clase.

–          Entonces – dijo el profesor ya más tranquilo – ¿Por qué nadie ha dicho ni hecho nada?

La clase volvió a su mutismo selectivo, mirando hacia abajo, tomando nota, pasando el bolígrafo de una mano a otra.

Y fue entonces cuando el profesor pronunció:

Todos en esta vida tenemos derechos, pero también tenemos obligaciones. Debemos defender las leyes, pero no únicamente cuando estemos ante el tribunal. De nada sirve tener derechos, si cuando vemos como a alguien se los quitan, no hacemos nada para remediarlo.

Ese día, recibí mi mayor lección sobre derecho.

–          Y ahora, por favor, decidle a Pablo que, si quiere, tiene todo el derecho del mundo a asistir a mi clase.

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