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Archive for 26 enero 2017

80d

Naunet nació en una pequeña tribu situada cerca del río Nilo.

Su padre, Abasi, jefe de la tribu, era un hombre duro, tosco, y no le temblaba el pulso a la hora de poner orden en su territorio. Tenía, además, fama de sanguinario alrededor del país.

Su madre, Hehet, era una bella mujer heredera de varias tierras a lo largo de Egipto.

Así pues, una vez que los padres de Hehet acordaron el matrimonio con Abasi, éste no tardó en heredar las tierras, las aguas, y la dignidad de su mujer.

Llevaban tiempo esperando un bebé, y, finalmente, cuando la pequeña Naunet llegó, su padre empezó a buscar el mejor candidato para ella, y, además, para los bienes y prosperidad de su poblado.

La leyenda contaba que la pequeña Naunet, nacida bajo los rayos de la Luna Llena, tenía el poder de comunicarse con la noche y las estrellas. Esto, pensaba el padre, sería una ventaja a la hora de encontrar un marido.

Así fue como, cuando la pequeña Naunet llegó a los tiernos 10 años, sus padres le explicaron que su futuro ya estaba escrito, y sus sueños firmados.

No lo entendía, no era capaz de entender con esa corta edad lo que esas palabras significaban ¿Qué quería decir, exactamente, que su vida y su destino ya estaban firmados?

 

Fue la noche de su décimo cuarto cumpleaños cuando la joven Naunet conoció al que sería su futuro marido.

Su nombre era Bakari, “juramento noble”. Tenía veintitrés años, y ya contaba con varias victorias a sus espaldas. Era tirano, y las malas lenguas decían que acabó con su hermano mayor con sus propias manos, para ser así el único heredero de la tierras de su padre.

  • No me quiero casar con él – gimoteaba la joven a su madre.
  • Lo sé, cariño – respondía Hehet pacientemente – pero no tenemos elección. Las mujeres hemos nacido con el destino de procrear, apoyar a nuestros hombres, y unir territorios. No podemos hacer nada más.

 

Esa misma noche, Naunet se sentó cerca del río Nilo. Bien mirado, la idea de arrojarse al río y dejar que los caimanes acabaran con ella no era tan descabellada.

  • ¿Qué te ocurre? – preguntó una voz femenina.

Rápida y decidida, tal y como le había enseñado su padre, Naunet se levantó, se encorvó, y agarró con firmeza su daga, dispuesta a atacar.

  • ¿Estás bien? – volvió a preguntar la voz.
  • ¿Quién eres? – preguntó Naunet – ¿Dónde estás?
  • ¡Aquí arriba! ¿De verdad piensas hacerme daño desde ahí?

Naunet alzó la vista.

  • ¡Mucho más arriba! – dijo la voz.

Fue entonces cuando, por primera vez en su vida, Naunet descubrió que la leyenda era cierta. Podía comunicarse con la noche.

  • ¿Eres una estrella? – preguntó Naunet.
  • Así es – dijo la estrella – pero puedes llamarme Luan.
  • ¿De verdad estoy hablando contigo?
  • ¡Sí! Y para ser sincera, has tardado más de lo que creía en darte cuenta.
  • ¿Cuántos años tienes?
  • Tengo 14 años ¿y tú?
  • ¡Qué casualidad! ¡Yo también tengo 14 años!

Así fue como Naunet y Luan empezaron a crear una amistad. Hablaron de sus miedos, de sus infancias, de sus travesuras, de lo mal que se llevaban con sus familias…

Cada noche, después de cenar, Naunet se ausentaba de su cabaña con cualquier excusa, y rápidamente se dirigía hacia la orilla del río Nilo, donde, puntual, estaba Luan esperando.

  • ¡Caray! – dijo Naunet – ¡Hoy brillas muchísimo!
  • Sí, cuando estamos contentas brillamos más… tú también estás hoy muy guapa…
  • ¡Gracias! – dijo una sonrojada Naunet, quien se había pasado casi todo el amanecer eligiendo un vestido adecuado.

Una noche en la que Naunet se disponía a ir a ver su amiga, su madre la paró.

  • Esta noche no saldrás, jovencita.
  • ¿Por qué? – preguntó una angustiada Naunet.
  • Hoy hay caza en el poblado, y por lo tanto, te quedarás conmigo.
  • Pero madre…
  • Y no hay más que hablar – dijo la madre, agarrando el látigo como aviso.

 

Esa noche, desesperada, Naunet veía imposible la idea de dormir. Quería ver a Luan. Necesitaba ver a Luan. Presa de la tristeza, el miedo, y la pena, miró al cielo.

Fue entonces cuando la vio. Luan brillaba más que nunca. Le estaba llamando.

La joven Naunet encendió entonces un pequeño fuego fuera de la cabaña. Esperaba que su amiga pudiera verla. Y ocurrió.

Naunet pudo ver como la estrella parpadeó una vez.

Naunet tapó el fuego, y volvió a descubrirlo una vez.

Luan parpadeó dos veces.

Naunel hizo lo propio con su fuego.

Y así pasaron la noche. Juntas.

 

Fue la siguiente noche cuando Naunet, por fin, pudo correr a ver a Luan.

  • Vi las señales que hacías en el cielo ¿eran para mí? – preguntó Naunet.
  • ¡Claro que sí! – contestó – ¡Yo vi tu fuego! ¿Era para mí?
  • ¡Sí!

Ambas rieron.

  • Me gustaría poder tocarte – dijo Luan.
  • Me encantaría poder abrazarte – contestó Naunet.
  • Observa el río – dijo la estrella – voy a brillar más fuerte para que puedas ver bien mi reflejo en el agua.

La estrella emitió una fuerte luz , proyectándose así a la perfección en la orilla del Nilo.

  • Es como si estuvieras aquí al lado – dijo Naunet.
  • Así podrás tocarme, aunque sea sólo mi reflejo.
  • Así podré besarte… – dijo Naunet.
  • Así podré besarte… – contestó Luan.

Sin decir nada más, la joven Naunet se acercó a la orilla del Nilo, y nerviosa, besó el reflejo de la estrella.

Poco a poco la comunicación entre ellas era más fluída.

Naunet incluso había colgado en la pared de su dormitorio una brillante espada. Así, por la noche, Luan se reflejaba en ella, y juntas dormían.

El tiempo pasó, y el momento de la boda ya se dejaba ver en el horizonte. Cada vez más sus padres hablaban de ello, cada vez más Bakari se dejaba caer por el territorio de Naunet para verla. Y para cuando se dio cuenta, quedaba una semana para su décimo sexto cumpleaños. Y con él, la boda.

  • Hoy estás muy triste – dijo la estrella – ¿Va todo bien?
  • En unos días será mi cumpleaños…
  • ¡Lo sé! ¡El mío también! – dijo Luan – tengo muchas ganas de cumplirlos contigo ¿Crees que podríamos pasar esa noche juntas?

Y así fue como Naunet, temiendo ese momento, tuvo que explicarle el acuerdo al que había llegado su familia.

  • ¡Pero eso es horrible! – dijo Luan.
  • ¡Lo sé! – respondió Naunet.
  • ¿Estás enamorada de él? – quiso saber la estrella.
  • Creo que estoy enamorada de ti…
  • Yo también estoy enamorada de ti…

Ese día, la estrella Luan, perdió un poquito de su luz.

 

Llegó el día de la boda.

Fueron los tambores los que despertaron a Naunet.

Toda la tribu de su futuro marido estaba allí. Todos llevaban comida, pinturas, y tambores. No había ninguna mujer, debían estar todas cuidando de los hijos, suponía Naunet.

  • Yo no quiero tener hijos. Quiero ser una estrella – pensaba, mirando el cielo, soleado y sin una nube.

 

Cayó la noche.

Y tras una tarde de largos rituales, preparativos, y bailes, Naunet se encontraba ya colocada en el centro del terreno, junto a Bakari.

A lo lejos, y de reojo, pudo ver a Luan, brillando levemente.

El ritual empezó.

El corazón empezó a latir con fuerza.

Las manos empezaron a sudar.

Tenía que salir de ahí.

Fue justo en el momento en el que el padre de Bakari iba a colocar el collar nupcial a Naunet, cuando de golpe, una gran luz iluminó todo el poblado.

Era como si el sol hubiera salido. Todo brillaba. Una luz cegadora inundaba a todos los participantes de la ceremonia.

  • ¡Es esa estrella! – dijo uno de ellos.
  • ¿Será una mala señal? – contestó otro.

Naunet pudo entonces observar en el cielo a Luan brillando como nunca lo había hecho. Brillaba tanto que se parecía al Sol. Y de golpe, se apagó.

Su brillo era tan pequeño que apenas podía distinguirse en el cielo.

Se había quejado.

Había explotado de rabia. De celos. De pena.

Para cuando Naunet quiso darse cuenta, se vio a ella misma corriendo hacia el acantilado, el punto más alto del territorio de Abasi.

Sus padres y familiares corrían detrás de ella.

  • ¡Luan! – gritaba – ¡Luan! ¡Mi Luan!

Llegó al borde del acantilado. A unos metros sus familiares le estaban dando alcance. A sus pies, una muerte segura.

  • ¡Brilla Luan! – gitaba Naunet – ¡Brilla mi estrella! ¡Brilla mi amor!

 

La estrella lo intentaba. Daba pequeñas ráfagas de luz. Pero se agotaba. Se apagaba.

Cuando te arrebatan aquello que más quieres, no puedes hacer otra cosa más que apagarte.

Fue entonces cuando Naunet tomó una decisión. Firme y segura. Si no podía tener a su estrella con ella, ella tampoco brillaría nunca.

Y justo cuando su padre intentó agarrarla del brazo, se dejó caer.

No lloraba. No gritaba. Sólo sonreía.

Y también ella se apagó.

Esa noche en el poblado lo que iba a ser una ceremonia nupcial, se convirtió en un entierro.

Esa noche en el cielo, una nueva estrella brilló.

Justo al lado de la estrella Luan.

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