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Archive for 2 mayo 2014

El diario de Eva

El diario de Eva

 

Cuando llegué por primera vez al mundo, lo primero que tuve que escuchar fue: “Estás aquí para entretener al hombre. Él se aburría, por eso te traje aquí“.

¡Empezaba bien! Así cualquiera empieza con buen pie ¿os lo imagináis? Es como si vosotras, arregladas, preparadas, formadas, inteligentes… llegáis a vuestro puesto de trabajo, el primer día, y os dicen “Estás aquí para traer cafés, entretener a los hombres del despacho, y comprarnos el periódico“. Pues vaya…

 

Pero eso no queda ahí, ni mucho menos…

Recuerdo perfectamente el día en el que, paseando tranquila, lejos de aquel hombre que no dejaba de quejarse y de reclamar sexo, me acerqué a la copa de un árbol para descansar a su sombra.

  • Hola – me dijo él.
  • Hola. Sabes que no puedes hablar conmigo ¿verdad? ¡Eres el diablo! – dije yo, más emocionada que asustada.
  • ¡Lo sé! Sólo quería saber cómo te sentías. Ese compañero tuyo parece realmente una mala compañía – dijo ese hombre de negro tras el rostro de la serpiente.
  • ¡No te lo puedes ni imaginar! – dije yo, sintiéndome por primera vez comprendida.
  • ¿Son ciertos los rumores? ¿Estás aquí para entretenerle? – preguntó el reptil.
  • Eso dice el jefe – dije yo sintiéndome por primera vez enfadada con la idea – Pero no tiene sentido, apenas me mira. Está todo el día hablando con Él, orándole, obedeciéndole. Es cuando llega la noche cuando me atiende. Y yo, que llevo todo el día recolectando fruta para él, lo único que quiero es descansar. 
  • ¿Te gusta la fruta? – preguntó la serpiente.
  • ¡Ni idea! La que recolecto es para él.
  • ¿Quieres probarla? – dijo él, sin esconder esa sonrisa maliciosa.

 

Lo sé, sé que no tendría que haber accedido. Sé que lo mejor hubiera sido levantarme e irme. Pero pensadlo bien, mujeres… ¿nunca os ha pasado que os habéis sentido atraídas por la persona que menos os conviene?

Estás en esa fiesta, relajada, divertida, quizá hasta medio borracha, y se acerca ese hombre, del cual has escuchado que se dedica a partir corazones a las demás, y te presta atención.

Sabes que sólo será un beso, quizá una noche de sexo, y ya está ¿A quién le va a molestar eso?

 

  •  Sólo será un mordisco – me dijo él.
  • ¿Sólo uno? ¿Prometido? – dije yo, tentada.
  • Sólo uno, si sólo quieres uno. 
  • ¿Y si quiero más? – pregunté yo, que ya me conocía muy bien.
  • Será toda para ti, toda la que quieras.

 

Con eso me bastó. Agarré la manzana, y la mordí. Era fresca, agria, tenía el mejor sabor de los sabores que había probado anteriormente, y dios sabe que no había tenido la posibilidad de comer mucho.

Ahora sé que no debía haberlo hecho, pero ¿sabéis qué? Visto lo que ocurrió después, si llego a saberlo, me la hubiera comido entera.

  • Llévatela – se ofreció él – quizá luego quieras más.
  • No quiero más – dije, ya medio arrepentida.
  • Entonces llévatela sin miedo, no te molestará, total, si estás tan segura que no la comerás...

 

Llegué al lugar donde Adán descansaba. Estaba, como siempre, embobado con su aparato colocado entre las piernas, orgulloso, galante, pavoneándose…

  • ¿Dónde has estado? – me preguntó él.
  • Dando una vuelta, pasando el rato… 
  • Estaba aburrido – dijo él.
  • Haber aprovechado para coger fruta – dije yo, contestando por primera vez.
  • ¿Cómo dices? – dijo él, incrédulo – Recuerda que estás aquí para entretenerme, mujer.
  • Ya, como si eso fuera difícil… – dije mientras me alejaba.

 

Una noche, cuando él volvía de hablar con SU señor (que yo sentía cada vez menos mío), me vio recostada, entretenida con unas trenzas de árboles y cortezas.

  • ¿Y la fruta? ¡Tengo hambre! – ordenó él.
  • En los árboles, no sé si sabes que salen de ahí – dije yo.
  • Por supuesto que lo sé ¿te crees que soy tonto? – dijo haciéndose el ofendido.
  • Pues si quieres fruto, has pasado por delante de millones de árboles, sólo tenías que soltar tu aparato y agarrar una fruta. – Y dicho esto, me alejé, sonriendo.

 

Algo estaba ocurriendo en mí. Desde que mordí aquella fruta me sentía más valiente, decidida, rebelde… Me sentía estupendamente.

Todo cambió el día que Adán, con la excusa de que sospechaba de mí y me notaba rara, buscó entre mis cosas y encontró una fruta mordida. No tuve más remedio que confesar, y contarle lo ocurrido.

  • ¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre? ¡Has hablado con el diablo! – dijo él, que ya empezaba a tener la costumbre de gritarme.
  • No me ha hecho nada malo, sólo conversamos… y la fruta ¡era tan buena! – dije yo.
  • ¡No quiero ni probarla! – gritó él.
  • Perfecto, más para mí – dije yo orgullosa.
  • ¿Te la vas a comer? – preguntó él.
  • ¡Por supuesto! – respondí yo.
  • Si es así, quiero probarla. No es lógico que tú comas cosas sin que antes la haya comido yo. 
  • No tienes porque hacerlo, además… 

 

No me dio tiempo a terminar. Cogió la fruta y la mordió. Sé, perfectamente, que no quería probarla. Yo tampoco quería que la probara, la quería para mí. Pero cuando su jefe le otorgó los dotes y atributos, se le olvidó contaros que también le dio egoísmo, orgullo, y vanidad.

El resto lo sabéis. El jefe, como no, se enteró. Y fuimos expulsados.

Él estuvo quince días, que se dice pronto, llorando y quejándose. Yo era más feliz, más libre. Ya no había normas. Podía hacer lo que quisiera. Sin embargo, Adán no pudo dejarlo ahí, y me sentenció.

  • ¿Por qué no me lo impediste? – preguntó un día.
  • ¿Cómo dices? – dije yo mientras preparaba MI comida.
  • ¿Por qué me dejaste morder la fruta? – volvió a preguntar.
  • Porque eres libre. Porque no tienes tres años. 
  • ¡Eres la culpable! 

 

No necesitaron nada más. Ya tenían a su víctima. Yo. Vosotras.

No quisieron saber mi versión, y hoy en día leo los textos escritos hasta entonces, y no sé si llorar o reír.

A partir de esa experiencia se crearon mil ideologías, centros, grupos, claustros, y todos tenían la misma idea de la mujer. Eso sí , luego proclamaban el amor al prójimo y la igualdad ¿Sabéis por dónde me paso yo sus palabras? ¡Exacto!

Según el libro escrito, el cual forma parte del texto más vendido en la historia, dice que yo fui seducida por la serpiente, e hice que Adán comiera de la manzana. Eso sí, tal y como podéis leer, Dios sólo quiso castigarme a mí, diciéndome: “Multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos. Con dolor darás a luz a tus hijos, necesitarás de tu marido y él te dominará”  (Génesis 3:17-19)

 

Pero la cosa no queda ahí. Tertuliano de Cártago fue uno de los peores, afirmando:

(“Cada mujer debiera estar…) caminando como Eva, acongojada y arrepentida, (creedme chicas, no caminaba de esa manera, nunca lo he hecho) de manera que por cada vestimenta de penitencia, ella pueda expiar más completamente lo que ella obtuvo. ‘Con dolor darás a luz a tus hijos, necesitarás de tu marido y él te dominará.’

Encontramos en Ambrosiastro (Siglo IV DC) la misma actitud, cuyos escritos fueron erróneamente atribuidos a San Ambrosio. Él se las ingenia para combinar muchos prejuicios contra las mujeres en un mismo pasaje.

Las mujeres deben cubrirse sus cabezas, porque ellas no son la imagen de Dios. Ellas deben hacer esto como signo de sumisión a la autoridad y porque el pecado entró al mundo a través de ellas. Sus cabezas deben estar cubiertas en la iglesia, para honrar al obispo. De igual manera, ellas no tienen autoridad de hablar porque el obispo es la personificación de Cristo. Ellas deben hacer esto ante el obispo como ante Cristo, el juez, dado que el obispo es la representación del Señor. Por el pecado original, ellas deben mostrarse sumisas.
¿Cómo puede alguien insistir que una mujer es imagen de Dios, cuando ella está obviamente sujeta bajo el dominio del hombre y no tiene ningún tipo de autoridad? Por cuanto ella no puede enseñar ni ser testigo en una corte, ni ejercer ciudadanía ni ser juez – entonces, ciertamente, no puede ejercer dominio.

 

Increíble ¿verdad, mujeres?

¿No saben que cada una de ustedes es una Eva? ¡No se dejen pisar! ¡No miren nunca al suelo cuando tengan delante a un hombre! Recuerden que era él quien miraba al suelo, mientras yo miraba al cielo para recoger su fruta.

 

Ante todo esto, sólo me queda un pensamiento, al cual parece ser que he sido la única en llegar.

Yo comí la fruta que me ofreció el diablo.

Dios sabía que el diablo estaba ahí, y no hizo nada.

Tanto el diablo, como dios, son hombres.

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