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Archive for 9 agosto 2011

Cuidar y descuidar.

Cuando Juan regaló una rosa a María, ésta no pudo evitar sonreír. Qué recuerdos.

–          ¿Por qué sonríes? – preguntó Juan.

–          Me acabas de regalar una rosa ¿debería llorar? – dijo ella cariñosamente.

–          Pero es como si tuvieras la cabeza en otra parte.

–          Así es, me acabo de acordar de una leyenda que me contó mi abuelo hace muchísimo tiempo. Qué cosas, creí que la había olvidado.

–          ¿Qué leyenda?

–          Siéntate…

Hace mucho tiempo, cuando la tierra aún no estaba poblada por el ser humano, el Planeta se dividía en dos partes. En un extremo, vivían todas aquellas especies capaces de caminar entre tierra y agua, entre aire y mar, mientras que en el otro extremo, menos poblado, vivían todas aquellas plantas que, por miedo a ser devoradas por los herbívoros, decidieron refugiarse en un ambiente donde, debido al calor, pocas veces éstas se acercaban.

Un día, una pequeña rosa se acercó a un grupo de flores, llamada por el gran colorido y finura de sus tallos, pétalos y hojas. Al llegar allí, desconfiada, decidió esconderse tras una roca para observar al grupo de desconocidas. Todas reían, jugaban, y, entre bromas, se reían de aquellas más maduras que, pudorosas, veían cómo sus pétalos caían debido al paso del tiempo, quedando desnudas y desprotegidas.

La rosa no pudo evitar que su olor se filtrara entre el grupo de flores, siendo así descubierta.

–          Acércate – dijo una – no te quedes ahí mirando, tonta.

La pequeña rosa, tímida, se acercó, mientras todas la observaban intrigadas.

–          ¿Quién eres? – preguntó la más adulta, ajena ya a su desnudo.

–          Soy una rosa – contestó ella.

–          Eso ya lo sabemos, tonta ¿de dónde vienes?

La rosa, intentando esconder sus lágrimas, explicó su historia. Estaba con sus padres a las orillas de un río, refrescándose, cuando una fuerte lluvia y un violento viento las sorprendió. Ninguna de ellas tenía raíces, así que no pudieron evitar ser arrastradas por el viento. Explicó cómo, después de andar y arrastrarse colina abajo, había llegado a ese bosque.

–          Bienvenida entonces, pequeña flor.

–          Soy una rosa.

–          ¿Estás segura? ¡No pareces una rosa! – dijo la más joven de ellas.

La rosa no pudo evitar sentirse ofendida e inquieta, así que inmediatamente comenzó a llorar, desconsolada.

Fue en ese instante cuando, a causa del ruido de los sollozos y quejidos, un grupo de rosas se fijó en ella, llamándola así para que se acercara.

–          Eres una rosa bien rara, pequeña – dijo la que parecía ser la madre.

–          ¿Vosotras sois rosas? – preguntó la pequeña, ya más serena.

–          Así es.

La rosa no pudo esconder su cara de duda y asombro, eran tan diferentes…

–          ¿Por qué tenéis espinas? – preguntó la rosa acercándose.

–          ¿Por qué tenemos espinas? ¡Qué pregunta más estúpida! – dijo la menor del grupo.

–          Las espinas – empezó la supuesta madre – sirven para defendernos.

–          ¿Defenderos de qué? – preguntó de nuevo la rosa.

–          ¡De qué va a ser! De miles de insectos. Muchas veces los gusanos intentan subir a nosotras para crear su capullo, e invernar ¡Es tan doloroso! – dijo una.

–          ¡Exacto! – comentó otra – además otras veces moscas, mosquitos, abejas y otros de esa calaña intentan beberse nuestra agua cuando llueve.

La madre, al ver la cara de asombro de la pequeña rosa, se explicó más tranquila y cariñosa.

–          Así es, nuestras espinas evitan que muchos insectos se coman nuestros tallos, y que muchos otros pueblen nuestro cuerpo como si fuera su hogar.

–          Yo nunca he tenido espinas – dijo la pequeña – no las he necesitado.

–          ¿Por qué? – preguntaron al unísono.

–          Mis padres me decían que no me harían falta, que ellos estarían siempre para protegerme y cuidarme.

–          Aún así, estás herida…

–          Si – dijo la pequeña – cuando el viento me dejó caer, quedé inconsciente. Al despertarme, unas pequeñas hormigas se alimentaban de mí.

–          ¿Qué hiciste entonces? – preguntó por primera vez la rosa más pequeña del grupo.

–          Llamé a papá y mamá, pero no acudieron.

En ese momento la rosa empezó a llorar, desconsolada.

–          ¡Tonterías! – dijo la más anciana – una rosa siempre necesita sus espinas ¡Menuda barbaridad!

–          Pero mis papás me quieren mucho, por eso quisieron protegerme – dijo la pequeña enfadada.

–          Si tus padres te hubieran querido, te hubieran ayudado a desarrollar espinas ¡Tonta!

Rápidamente la madre del grupo puso paz entre la pequeña y la anciana. Acercándose a la herida rosa, le dijo:

–          De todas formas, hemos visto que puedes caminar, y puedes desplazarte a tu antojo.

–          Así es – dijo la pequeña – mis padres me explicaron que las rosas podían ser crueles y malas conmigo, y que mis amigas podían fallarme, así que no me enseñaron a echar raíces, así podíamos irnos cuando fuera necesario.

–          ¿Nunca has hecho amigas? – preguntó la más coqueta de ellas.

–          Sí, varias veces, pero entonces cuando llovía o hacía viento, sobretodo en invierno, volábamos al antojo de éste, y teníamos que volver a empezar.

–          ¿Nunca te has enamorado? – preguntó la más romántica.

–          No, nunca he conocido el amor. Pero nunca me han hecho daño – dijo por primera vez orgullosa.

–          Entonces, tonta, nunca has aprendido – volvió a atacar la anciana.

–          Me da igual lo que digáis, no sé porqué es tan importante tener raíces.

La madre, acercándose a la pequeña, le dijo:

–          Lo importante no es sólo la raíz, sino lo que conlleva. Al echar raíces nos recordamos a nosotros mismos que formamos parte de un grupo, que somos importantes para alguien, y que alguien es importante para nosotros. Moriremos, como todas las rosas, flores, y animales de este mundo. Pero moriremos sabiendo que hemos aprendido, y amado.

–          Explícale lo de las espinas, anda, que parece medio tonta ahí plantada – dijo la anciana, orgullosa de su chiste.

–          Las espinas, querida, hacen que seamos personas fuertes, que creamos en nosotras mismas, y que, a pesar de formar parte de un grupo, podamos ser independientes y autosuficientes. Quédate esta noche con nosotras – dijo la madre – mañana veremos qué podemos hacer.

La pequeña rosa se sintió por primera vez aceptada en ese grupo, pues todas las rosas encogieron sus pétalos para dejarla entrar. No sería un mal sitio para vivir, pensó la pequeña.

Sin embargo, esa noche la tormenta llegó al bosque, llevándose por delante todo aquello a su alcance; hojas caídas, ramas abandonadas, y, desafortunadamente, a la pequeña rosa.

Al día siguiente todas las rosas hablaban de lo mismo. El hecho de tener raíces, las había hecho permanecer ancladas en el suelo. Les había salvado la vida.

–          ¿Y bien? – preguntó María – ¿qué te ha parecido?

–          ¿La pequeña rosa murió, entonces? – dijo Juan.

–          Así es.

–          Y todo porque sus padres, por querer protegerla, no le enseñaron a defenderse – dijo Juan pensativo.

–          Claro – dijo María emocionada – no dejaron que se relacionara nunca con nadie, por miedo a que le hicieran daño. No dejaron que creara vínculos afectivos, por si le rompían el corazón. No le permitieron aprender a defenderse, porque no querían que nunca tuviera que pelear.

–          No lo entiendo – dijo Juan – ¿qué padre haría algo así a un hijo?

–          No importa – dijo María – ¿nos vamos? Llegaremos tarde.

–          Claro – contestó Juan – deja que coja yo las bolsas, a ver si te vas a hacer daño.

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