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Archive for 26 enero 2012

Princesas y cadenas

Princesas y cadenas

Lara ha crecido siendo amada, y es algo en lo que ella nunca ha pensado, pero le ha pasado factura. Continuamente.

Cuando tenía 15 años ya despuntaba como la más guapa de su grupo de amigas; melena larga y bien cuidada y peinada, largas piernas y unos pechos que ya se insinuaban rebeldes, con carácter.

Era la pequeña de dos hermanos, y la única chica, con lo cual siempre había estado protegida y consentida. Era la princesa. En casa, en el parque, en la escuela, con sus amigos…

A los 18 años, recién ingresada en el mundo universitario, conoció a Roberto, un joven que, como ella, aspiraba a colocarse en los primeros puestos de su promoción, un tiburón del estatus. Guapo, educado, fino, y con una brillante dentadura sólo superada por el brillo de su inmaculado currículum.

Se enamoraron lentamente, y cuando se dieron cuenta ya habían acabado la carrera, encontrado trabajo, y pasado cinco años de sus vidas juntos, sin separarse un solo segundo.

Pasaron esos años a la misma velocidad que crecían las ganas de Lara de hacer locuras. Todos esos años que había quedado con sus amigas se había hartado de escuchar lo mucho que follaban, las miles de “primeras citas” que habían tenido, las miles de veces que les habían roto el corazón…

Fue entonces cuando Lara se dio cuenta… había dejado pasar la época de hacer locuras, de quemar cartuchos, de cometer errores, de jugar con su hígado y su corazón, de ser joven.

Nunca había echado un polvo con un desconocido.

Nunca se había pasado dos horas preparándose para esa primera cita.

Nunca había dejado plantado a un chico.

Nunca había sentido celos.

Nunca había estado una noche entera mirando el teléfono.

Nunca se había pasado horas y horas diseccionando con alguna amiga esa cita, esos mensajes, esas fotos…

Nunca le habían roto el corazón.

Tres meses después, tras un abrazo, veinte besos y cero lágrimas, Lara dejó a Roberto. Se sentía libre, espléndida, atractiva y muy, muy guapa.

Salía mucho con sus amigas, y fue así como conoció a Marc, un joven banquero que tenía de chulo lo mismo que de alto. Ciento ochenta centímetros exactos de estupidez y chulería.

Sus amigas le recordaban que seguramente lo mismo que tenía de alto, lo tendría de polla, así que podrían perdonarle lo de ser un chulo. Así pues, bastaron tres semanas para que Lara se enamorara y se entregara de manera ferviente, sin medida. Él, obviamente, dejó de responder a sus llamadas y a sus lastimeros mensajes pidiendo compasión y atención.

–          ¡Me voy a quedar soltera, soltera toda mi vida! – lloraba Lara.

–          ¿Y qué? – contestaban sus amigas.

–          ¡Que yo quiero pareja! ¡No soy una solterona!

Así fue como Lara se fue enganchando a cada mínimo romance que vivía.

Mientras ellos querían meter, ella quería ser fiel.
Donde ella veía una cama de amados, ellos veían un lugar donde liberar sus pecados.

Sus amigas empezaron a cansarse del discurso de que ser soltera es malo, que estaba sola y que nadie le quería, y cada vez se mostraban más duras y antipáticas con ella.

Tiempo después, conoció a un hombre que quería lo mismo que ella. Poco tiempo después, prometían amarse el resto de sus vidas.

Una noche Lara despertó inquieta, con la sensación de que alguien había en su habitación, alguien la observaba.
Encendió la luz, y allí, plantada en frente de ella, vio a aquella joven Lara que recién empezaba la Universidad…

–          ¡No puede ser! – dijo Lara.

–          Lo que no puede ser es que gastes tu vida así… – contestó la joven.

–          ¿Así cómo?

–          Perdiéndola – sentenció la universitaria.

–          No la pierdo…

–          La pierdes, la malgastas, no la valoras…

–          Disfruto mi vida, tengo amigos, trabajo, amor…

–          ¿Amor? – dijo incrédula la joven.

–          Sí, estoy enamorada – contestó una defensiva Lara.

–          Te estás conformando.

–          ¡Le amo! – gritó Lara.

–          Amas formar una familia, tener una casa, hijos, dinero, un estatus…

–          Tenemos cosas en común, eso es bueno…

–          No os queréis, eso también lo tenéis en común… – dijo con malicia la adolescente.

–          Oye ¡vete a la mierda! – gritó Lara.

–          ¡Oye tú! Has crecido toda tu vida siendo mimada, lo has tenido todo… En el momento de desarrollar tu autoconcepto y tu identidad de adulta estabas en una relación, así que esa fue tu normalidad, tu pauta, aquello que te daba seguridad… ahora no te planteas la vida sin un hombre a tu lado, y te aferras al primero que aparece, porque si no te sientes incompleta, vacía…
Te sientes respetada, toda una señora, se te llena la boca diciendo que tienes una relación estable y madura, pero es lo más vacío que has tenido nunca, te engañas, porque no quieres a la persona que tienes al lado, quieres lo que conlleva tener a una persona contigo…
Te quejas de tus amigas, quizá ellas están solteras, pero ¿sabes cuál es la diferencia? ¡Lo han elegido, no necesitado!

Aprende a quererte por ti misma.

Aprende a valorarte por cómo te ves, no por cómo te ven los demás.

Aprende que estar soltera es una decisión, no un pecado.

Aprende que si un hombre no te ama, no es culpa tuya, ni suya, es una cuestión que va más allá de culpables.

Aprende que si un hombre prefiere a otra mujer, no te hace a ti más fea.

Aprende a decidir.

Aprende a valorarte.

Aprende la mejor lección, si no te amas, no te amarán.

Si no trabajas tu interior, todo lo que darás, y recibirás, será vacío.

Aprende que estar sola no es perder el tiempo, es tener más tiempo para trabajar en ti misma.

Aprende que las princesas también se pueden salvar ellas solas.

Recuerda que un buen final no va acompañado siempre de un príncipe.

Deja de mirar por la ventana y esperar al salvador, y vive tu vida.

Recuerda, siempre, que no necesitas ser salvada.

 

Lara se levantó en ese preciso momento, sabiendo que fue un sueño revelador.

Miró el reloj, las 4:13 de la mañana.

Miró la fecha, faltaban 7 días para la boda.

Se sentía tranquila, serena…

Cogió el teléfono, y mientras se encendía un cigarro marcó un número.

–          Tenemos que hablar – dijo ella.

La conversación duró dos horas.
Él lloró durante una hora.
Ella no dejó de sonreír.

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