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Septiembre. Repetir o pasar.

26d

Llega septiembre. Y como en casi todo, aquí podemos distinguir dos tipos de personas. Los que pasan limpios, y los que tienen que batallar con las temidas recuperaciones.

Se ven por la calle. Y se diferencian rápidamente. Unos, todo sonrisas, con el moreno del ya añorado agosto, relajados, preparados… Otros, con los ojos inundados en cafeína, con las sábanas pegadas en la cara, y el tic-tac del reloj en el corazón.

¿La diferencia? Unos han batallado durante todo el año; otros se han dormido, lo han dejado para mañana, no se han preocupado todo lo que deberían. Y, como todo en la vida, ahora tienen que rendir cuentas. Pasar factura.

 

¿Estás pensando en esos pequeños, y no tan pequeños, que empiezan el curso escolar? ¿En tu hijo? ¿Tu sobrino?  ¿Te han venido a la mente el nombre de asignaturas, apuntes y profesores?

¿Y si te dijera que no me refiero a eso? Me refiero a ti, a mí, a adultos con responsabilidades y con el curso escolar a punto de empezar.

Unos se enfrentan a matemáticas, sociales, tecnología, literatura… Nosotros, los adultos, nos enfrentamos a otra serie de asignaturas.

Fíjate en ellas, échales un ojo, reflexiona, y autoevalúate ¿Has pasado limpio, o debes enfrentarte tú también a las recuperaciones?

 

PARTE TEÓRICA

Primera asignatura: Aprender.

Esta asignatura tiene como objetivo valorar la capacidad de la persona en aprender de sus errores, corregirlos, y seguir adelante. Se basa en una serie de experiencias vividas que nos aportan habilidades para, en un futuro, no volver a caer en la misma piedra.

Para aprobar esta asignatura, se exigirá que la persona sea capaz de reflexionar sobre los errores cometidos, y sacar alguna enseñanza o aprendizaje de ello.


Segunda asignatura:

– Bloque A: Pedir perdón.
– Bloque B: Perdonar.

Es una de las principales asignaturas que la persona deberá superar, para poder pasar de curso.

El bloque A se centra en trabajar aspectos como la modestia, la humildad, y la ausencia de ego. Saber reconocer que se ha equivocado, y mostrarse sin máscaras delante de la persona dañada, aceptar que nos hemos equivocado, y disculparnos.

Esta asignatura, en el bloque B, pretende que la persona examinada sea capaz de relativizar, no dramatizar, y saber dejar el orgullo y el ego (recordar que son motivos de expulsión del curso) para perdonar.

Se penalizará a aquella persona que pronuncie las palabras “Te perdono” sin sentirlas realmente; igual que aquellas personas que digan “No pasa nada”, cuando en su mundo interno están heridas o enfadadas.


Tercera asignatura: Pensar antes de hablar.

Es requisito indispensable para pasar de curso que el alumno obtenga como mínimo un 5 en esta asignatura.

Esta asignatura tiene como objetivo que la persona sea capaz de conectar el cable del corazón al cerebro, en vez del corazón a la boca. Pensar antes de hablar, contar hasta diez, y respirar antes de soltar algo que puede ofender.

En caso de que esto ocurra, serán igualmente aprobadas aquellas personas que hayan aprobado la asignatura “Pedir perdón”.


Cuarta asignatura: Empatía.

Se exigirá a la persona evaluada que conozca el concepto de empatía, sus características, y  ser capaz de ponerlo en práctica en un 76% de las situaciones ocurridas en el día a día.

 

PARTE PRÁCTICA

Primera asignatura: Soltar.

En este apartado se le exigirá a la persona aprobar con un mínimo de 6 el siguiente ejercicio práctico:

  • Ser capaz de reconocerse, y exponerse a sí mismo, aquellos temas, personas, situaciones… que siguen afectándole en su día a día; ya sea en su plano laboral, emocional o cognitivo.
  • Una vez hecho esta parte del trabajo, se le exigirá que sea capaz de relativizarlo, explicándose a sí mismo por qué aquello salió mal, en qué ha fallado uno mismo.
  • Posteriormente, deberá ser capaz de perdonar su parte de error.
  • Cerrar el libro. Dejarlo atrás. Aceptar que la vida va y viene, y que todo tiene un principio y un fin; y todo sigue.
  • Decir adiós, sonreír, y soltar.

 

Segunda asignatura: Valorar.

En esta segunda parte práctica del curso, se espera que el evaluado sea capaz de reflexionar y valorar qué es aquello que realmente importa en la vida; familia, amigos, pareja, los placeres pequeños, los detalles… Esta parte tiene un valor del 40%.

Para superar la asignatura con un 100% de la nota, la persona deberá ser capaz de, una vez localizados los planos realmente importantes, dedicarles más tiempo, sonrisas y abrazos; y menos fotos, estados de redes sociales, y mensajes de texto por móvil.


Tener asignatura: Saber tener miedo.

Para aprobar la última parte práctica del curso, la persona deberá ser capaz de:

  • Aceptar que hay cosas que no hace por miedo.
  • Detectarlas.
  • Saber interpretar qué es aquello que le da miedo exactamente.
  • Hacerlas igualmente.

Serán suspendidas automáticamente todas aquellas personas que, ante una situación de miedo, no sean capaz de reconocérselo a ellos mismo.
Y bien ¿qué opinas?

Una vez ya has conocido el temario del curso por delante ¿qué crees que pasará?

O tengo una idea mejor ¿qué te parece si lo imprimimos, lo guardamos, y al final de curso nos evaluamos?

¡Ánimo, y bienvenidos al curso 2016-2017!

Tomen asiento.

No necesitan papel, ni bolígrafo, ni maleta. Sólo necesitan escucharse a ustedes mismos, y aprender.

¡Malditas brujas!

Hacía exactamente tres semanas desde que Isabel perdió a su marido en manos de una rara enfermedad que, según la medicina, se atribuía a los últimos brotes de la peste.

Fue exactamente un 14 de mayo de 1436 cuando Isabel encontró a Manuel, su respetado y trabajador marido, tirado en el suelo de la cocina rodeado de un charco de sangre.

Tres semanas a las que Isabel había dedicado casi maníacamente a rezar, frotar, y limpiar ese suelo. Pensaba en Manuel a todas horas, pero, presa del pánico social, el miedo de que en ese suelo quedase impregnada un poquito de esa enfermedad, le hacía pasarse más horas fregando, que llorando.

Tres semanas habían pasado cuando, el señor Federico, casado con doña Aurora, entró en casa de Isabel, embriagado por las bebidas alcohólicas que llevaba en la sangre, y la imagen de la viuda Isabel, deseosa de sexo tras semanas sin probarlo.

Entró como quien entra en una panadería, sin preguntar, sin llamar, sin avisar. Y allí la vio, de rodillas en el suelo, fregando, con la falda arremangada hasta las caderas para evitar mojar así sus vestiduras.

En cuanto Isabel lo vio entrar, se puso recta, casi a la misma velocidad en la que el miembro viril de Federico hacía lo mismo. No necesitaron intercambiar palabras, rápidamente Federico agarró del pelo a Isabel, y la llevó de nuevo al suelo. Ella luchó, forcejeó, mordió y pataleó. Nada le valía para quitarse a ese hombre, y esa peste a alcohol, de encima.

La violó. La violó varias veces en ese mismo suelo donde tres semanas antes su marido había perdido la vida.

Pero Isabel no lo dejó ahí, siguió gritando, aun cuando Federico ya se disponía a abandonar la casa. Gritaba, lanzaba cosas, lloraba, le arañaba… y en cuanto Federico pudo reaccionar, un gran número de vecinos ya estaban en la puerta, entrando, mirando por las ventanas, agarrando a Federico, mientras Aurora, su mujer, lo veía todo desde la plaza.

  • ¡Yo no quería hacerlo! – gritó Federico – ¡Me ha embrujado! ¡Esa maldita puta me ha embrujado para que lo hiciera! ¡Ella mató a su marido! ¡Ella es la bruja!

Y, en aquel mayo de 1436, no necesitó nada más.

Rápidamente la ley civil y la Iglesia lanzaron todo su peso contra Isabel. Fue acusada de brujería, de asesinato, y de uso de pócimas y utensilios relacionados con el diablo.

Aún así, afortunadamente, en España la fiebre por la caza de brujas era menos intensa que en el resto de Europa, por lo que se evitaba siempre la pena de muerte. Isabel solo tuvo que abandonar su pueblo, bajo amenaza de prisión y muerte por brujería.

Abandonó así su casa, presa de esa rabia al ver, una vez más, como una opinión masculina contra una mujer podía arrastrar a ésta a adquirir una fama que le obligaba a alejarse de su círculo, su familia, sus amigos…

Antes de abandonar el pueblo, sus ojos se cruzaron con los de Aurora, amiga de toda la vida.

Aurora desvió la vista, mientras un gran gentío gritaba desde la plaza “¡Puta bruja!”.

Corría el año 1436, pleno apogeo de la caza de brujas. Y el poder del hombre podía destruir al de la mujer en un abrir y cerrar de ojos.

 

Eran las 10 de la mañana cuando el iPhone de Claudia empezó a sonar.

Sin poder abrir los ojos miró la pantalla, y ahí estaba ese mensaje de Pedro:

“Me encantó conocerte ayer, espero que te lo pasaras tan bien como yo”

Claudia sonrió. Sin embargo no contestó, la resaca, y el cansancio que Pedro le había otorgado a causa de esa noche de sexo, hizo que se quedara dormida de nuevo, sonriendo.

Mientras ella dormía, Pedro se reunía con sus amigos para explicarles la noche. El principio era el de siempre: unas partidas a la videoconsola, unas cervezas, unos amigos, un bar de copas, la discoteca de moda del centro de Madrid… pero ahí cambiaba algo, aparecía Claudia.

Se vieron. Se sonrieron. Se besaron. Y sólo necesitaron 10 minutos para abandonar la discoteca e irse a casa de ésta. Tuvieron sexo hasta bien dadas las 7 de la mañana, cuando Pedro abandonó su casa para volver a su cama. A Claudia le gustaba dormir sola.

  • Tío, tío… – dijo su amigo César – enséñanos una foto de esa Claudia.

Pedró desbloqueó su móvil, y rápidamente ya tenía en la pantalla fotos de Claudia. En la playa, con amigas, de viaje, trabajando… ¡benditas redes sociales!

Fue entonces cuando Javier, el mejor amigo de Pedro, rompió el encanto.

  • ¡Joder Pedro! – dijo riendo – a esta tía me la he tirado yo.
  • ¿Cómo dices? – Pedro no daba crédito.
  • ¡Que a esa tía me la he tirado yo! ¡La primera noche que la conocí! Veo que no tiene nada de santita la tía…
  • ¿Se acostó con los dos la primera noche? ¡Menuda puta!
  • ¡Joder, ya no quedan tías como las de antes!
  • Tú verás lo que haces Pedro…
  • Sí, pero cuidado… estas tías están hoy con uno, mañana con otro…
  • Y a saber si no tienen alguna enfermedad chunga de esas…

 

Tres semanas después, Claudia seguía sin saber nada de él. Decidió pasar página. Al fin y al cabo, sólo había sido una noche de sexo más, como otras. Prefirió no darle más importancia, aunque se reconocía que Pedro le había gustado mucho.

Pasaron cuatro semanas cuando Claudia y sus amigas se encontraron a Pedro y sus amigos en la misma discoteca. Claudia, simpática y valiente, decidió acercarse a saludar a Pedro. Éste, sin embargo, la saludó con frialdad, y se despidió de ella.

Mientras Claudia, decepcionada y perpleja, se alejaba, pudo escuchar como un amigo de Pedro le decía a éste al oído: “¡Puta bruja!”

 

Corría el año 2016, pleno apogeo de la libertad sexual. Y el poder del hombre todavía podía destruir al de la mujer en un abrir y cerrar de ojos.

Llora, valiente

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Pablito está jugando en el comedor de su casa. Su padre le advierte “Si te caes, luego no llores”. Pablito, como buen niño, no hace caso. Se cae. Llora como si le estuvieran quitando la vida a cucharadas. Su padre actúa veloz: “¡No llores! ¡No ha sido nada! ¡Deja de llorar!”.

Claudia recibe un mensaje en su móvil. Su novio, o lo que queda de él, le dice que la historia ha llegado a su fin. Dejan de ser pareja desde este momento. Ella lee el mensaje a su amiga, entre llantos y temblores. Su amiga le dice rápidamente: “Tía, no llores ¡No merece la pena llorar por ese cabrón!”.

Marc llevaba tres semanas preparando ese examen. Cuando el profesor, sonriendo, le entrega su nota, Marc sólo puede ver, en rojo y en lo alto de la hoja, ese maldito tres y medio. Llega a casa llorando. Más por rabia que por pena. Su madre le relaja “¡No llores Marc, es sólo un examen! ¡Deja de llorar cariño!”.

Parece ser que estamos destinados a no llorar.

Reír es bueno. Vemos a una persona riendo, y automáticamente sonreímos. No nos alarmamos. Es una imagen que nos calma y relaja. Si vamos, por ejemplo, en el autobús, y la persona que tenemos al lado, mirando su móvil, empieza a reír, a carcajada, seguramente no podremos reprimir una gran sonrisa, mirarle, buscar el contacto visual, para hacerle saber lo placentero de esa situación.

¿Qué ocurre si esa persona que tenemos al lado mirando su móvil, está llorando? Desconsoladamente. Todo lágrimas y mocos ¿Buscaremos el contacto visual? ¿Nos sentiremos cómodos? ¿O buscaremos rápidamente una salida?

Parece ser que desde pequeños nos enseñan que llorar es malo, preocupante, negativo e incomoda a las personas de nuestro alrededor. Sin embargo, la risa es positiva, nos ayuda, y nos hace sentir mejor.

Pues bien, todo eso es totalmente mentira.

Resulta que llorar, entre otras cosas, es bueno para la salud.

Tomad nota:

Por muchos años se pensó que las lágrimas eran el principal signo de debilidad de una persona, pues con el sólo hecho de llorar se demostraba una personalidad inmadura; inclusive, se pensaba que las personas lloraban porque no sabían asumir sus faltas y pretendían inspirar un poco de compasión.

Cuando estamos tristes -y lo expresamos con llanto-, automáticamente el cuerpo libera sustancias que hacen el papel de calmante natural, el cual ayuda a que el dolor no sea tan fuerte como parece. De esta manera, el llanto hace que se liberen dos clases de hormonas llamadas opiáceas y oxitocina, las cuales tienen la capacidad de hacer que el dolor no sea tan fuerte. En este caso funcionan como anestesias naturales, que nos brindan tranquilidad y, en cierto modo, un poco de ‘relajación‘.

 

Las lágrimas lubrican los ojos y párpados; evitan la deshidratación de las membranas mucosas, lo cual es muy importante para mantener el sentido de la vista.

Poseen  lisozima, un fluido que mata las bacterias en solo cinco o diez minutos. Además, sirven como terapia natural que ayuda a liberar toxinas acumuladas por el estrés.

Las lágrimas son parecidas al sudor, pues ambos fluidos que libera el organismo ayudan a reducir el estrés. El exceso de manganeso en el organismo puede generar ansiedad, agresividad, fatiga, irritabilidad y otros tantos trastornos emocionales. Al llorar los niveles de manganeso se reducen, por lo tanto se pueden controlar el estado de ánimo.

Hay que enfrentarse a las emociones. Pasarlo mal. Hay que aceptar que hay emociones buenas y negativas y no se deben eliminar estas últimas. Ambas forman parte de la vida y, en ocasiones, hay que sentirlas. Evitarlas o bloquearlas solo hará que continúen ahí. Hay que enfrentarse a ellas, aunque duela.

Si una persona no libera los sentimientos tristes a través de las lágrimas, puede causar daño al sistema límbico del cerebro, al sistema nervioso y a su salud cardiovascular. Acumular angustia hace tan mal a la salud como fumar.

Hay que enfrentarse a la risa y al llanto, pues ambos forman parte de nuestra vida. Cuanto antes eduquemos, desde pequeños, que ambas emociones y maneras de expresar lo que sentimos son válidas, dignas y respetables, más preparados estaremos cuando seamos mayores para hacer frente a las cosas de la vida que, admitámoslo, no siempre van a salir como a nosotros nos gustaría.

Pongamos que tenemos a un niño o niña, no más grande de 5 años. Y desde entonces le enseñamos que llorar es malo, es negativo, y que sólo existe la risa y las emociones positivas. Este niño o niña crecerá pensando que nada puede salir mal, porque así se lo han enseñado.
Llegará entonces ese momento en el que un compañero le quite un lapicero, una profesora le suspenda, un amigo le falle, una pareja le rompa el corazón, muera su primera mascota, pierda a un ser querido… y a ver quién le explica, entonces, que eso también forma parte de lo que llamamos “Vivir”, y toca apechugar.

Riendo, y llorando.

 

 

Cierro los ojos y recuerdo perfectamente la primera vez que viví un desamor. Pero de esos grandes, de querer morirse. Yo tenía unos 6 años. Y, ante mis ojos, un niño se llevó ese juguete que tanto quería. Habíamos ido únicamente a recogerlo, y alguien me lo arrebató. Lloré, lloré y lloré durante horas. En todos esos momentos, mi madre, paciente como nadie, me abrazaba y decía “Llora, está bien que llores cariño, llora, que salga…”.

 

Puedo recordar perfectamente la primera vez que usé el lloro como arma manipuladora. Estábamos en un centro comercial. Yo quería algo. Mi madre no quería. La batalla estaba servida. Miraba a mi alrededor, el centro comercial estaba lleno. Sería perfecto. Tres, dos, uno… Me tiré al suelo, y empecé a patalear, gritar, llorar… ¡Deseaba tanto ese juguete! Ella entonces me soltó de la mano, dio unos pasos atrás para darme mi espacio, y mirándome, me dijo “Entiendo que lo quieras. Pero no puedes tenerlo todo. Te toca aprenderlo ahora. Llora cariño, que no te dé vergüenza la gente. Llora y échalo fuera”. Lo intenté. Pero ella me miraba, paciente, sonriente, haciendo caso omiso a la gente. Ella ganó. Yo perdí. Me quedé sin juguete, y además con un castigo al llegar a casa. “Ah, Óscar cariño, que no se me olvide. Lo de hoy, cielo, no puede volver a pasar ¿vale? Estás una semana sin la Nintendo”.

 

Recuerdo cuando, fruto de mis malas decisiones, me tocó repetir curso. Mis amigos pasaban, y yo, que me había pasado un año sabático mirando al techo, me quedaba donde estaba. Lloré. Eran lágrimas de rabia, de pena, de impotencia… mientras mi madre me abrazaba, y me decía “Entiendo perfectamente cómo te sientes. Llora, sácalo todo, luego lo verás mejor”.

 

Mi primer desengaño amoroso lo viví de la peor manera que uno se pueda imaginar. Simplemente decidí aislarme en mi nube, y aquí no ha pasado nada. En una de esas tardes de cama y helado, mi madre entró, abrió la ventana, y tal como entró me dijo “Te ha dejado, ha sido doloroso, estoy de acuerdo. Pero ¿vas a hacer algo con tu vida?” Desde ese momento nadie me había hablado así. Así que lloré. Lloré y estuve horas llorando. Entonces ella, sentada a mi lado, me dijo “Bueno, has decidido llorar, ya es un buen paso”.

Recuerdo el momento más duro que he pasado en mi vida. Entré en esa habitación de hospital, y le vi ahí. Luchando. Apagándose. No pude hacer otra cosa que tirarme al suelo y llorar. Llorar porque se iba, y lo sabíamos todos. Mi madre se sentó a mi lado, abrazándome con fuerza, y me decía “Llora, llórale… todo irá bien”.

 

Gracias, mamá.

El Día del Hombre

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Marta ha tenido un mal día en el trabajo.

Una vez más ha tenido que realizar el trabajo que no le toca, pero que si no hace ella, nadie hará. Además, una vez más, ha tenido que soportar los comentarios de su jefe “¡Qué mal genio tienes hoy! ¿Tienes la regla?”. Entre tantos otros.

Le anima ver que tiene un mensaje de su mejor amigo, Miguel, para ir a tomar una cerveza. Eso le alegra.

Se reúne con él en el bar de siempre. Miguel viene acompañado de un colega del trabajo, Javier.

Los 3 se sientan, y tras pensar y comentar lo que quieren, Miguel se lo hace saber al camarero.

  • Serán dos cervezas, y una copa de vino blanco.

Al rato el camarero llega, y casi sin pestañear, les coloca el vino a ella, y las cervezas a los hombres.

Marta pone los ojos en blanco, mientras agarra su cerveza y le pasa el vino a Miguel.

  • ¡Estoy agotada! ¡Necesito otro trabajo!
  • ¡Venga mujer! – dice Miguel – que mañana es el día de la Mujer Trabajadora.
  • ¡Menuda tontería! – dice Javier.
  • ¿Cómo dices? – dice ella, harta de escuchar esos comentarios.
  • Quiero decir… – responde Javier – ¿para cuándo un Día del Hombre?

María decide no contestar, y beber. Le parece la opción más inteligente. Y mientras ellos entran en debate, ella piensa en los datos.

 

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) afirma que existen 4 millones y medio de víctimas de explotación sexual forzada en el mundo. Más del 90% son mujeres y niñas.

Casi el 40% de las mujeres que mueren en el mundo, son a causa de la violencia de género.

Aproximadamente un 45% de las mujeres que viven en la Unión Europea sufren acoso en el trabajo.

Sólo el 17% de los puestos directivos son ocupados por mujeres.

Las mujeres representan dos tercios de las personas analfabetas en el mundo.

Una de cada tres mujeres sufre algún tipo de violencia a lo largo de su vida.

Las mujeres sólo representan el 16,8% del total de catedráticos de la universidad.

Las mujeres españolas cobran de salario medio anual un 22% menos que los hombres: 19.502 euros frente a 26.001 euros.

La cuantía y la duración de la prestación contributiva de desempleo en España: las mujeres perciben de media 25 euros al día, mientras los hombres 31 euros.

Unos 70 millones de mujeres y niñas han sufrido mutilación genital en 27 países de África y Oriente Medio.

Las mujeres españolas dedican de media diaria casi 5 horas al hogar y la familia, mientras los hombres dedican 2.

La brecha salarial entre mujeres y hombres aumenta notablemente cuando se llega a la jubilación pasando de un 22% a más de un 32%.

Casi el 62% de los lectores de tesis doctorales con menos de 34 años en España son mujeres.

En India el 4% de las mujeres son desposadas antes de cumplir los 18 años.

Las mujeres españolas, cada 4,3 años, deberían haber trabajado un año más que los hombres para percibir el mismo salario por trabajos de igual valor. Si esta comparación la situamos en los 38 años y 6 meses, necesarios para acceder a la pensión de jubilación, las mujeres tendrían que trabajar 8 años y 8 meses más. Lo que las situaría en 47 años y dos meses de vida laboral para percibir la misma cuantía de pensión por jubilación.

De media, la pensión que recibe una mujer en España es un 61% más baja que la de los hombres.

El 78% de las mujeres españolas están empleadas en puestos de trabajo peor retribuidos.

El 80% del trabajo no remunerado (cuidados, tareas del hogar, voluntariado…) lo hacen mujeres.

El 81% de los anuncios navideños de juguetes emitidos en España contienen tratamiento sexista.

Entre los desempleados por hacerse cargo de los hijos, el 82,2% son mujeres.

El 83% de las adolescentes estadounidenses de entre 12 y 16 años que van a colegios públicos han sido acosadas sexualmente.

El 85% de las mujeres trabajadoras querrían tener más hijos de los que tienen.

El 93% de las víctimas de violencia doméstica son mujeres.

El 94% de las mujeres que salen en televisión son más delgadas que la mujer promedio, y el 75% de las revistas femeninas incluyen por lo menos un anuncio o artículo de cómo modificar la apariencia a través de dieta, ejercicio o cirugías cosméticas.

Un deportista masculino cobrará un 78% más que una mujer por dedicarse a la misma actividad.

Más de un 56% de las mujeres se han sentido intimidadas o acosadas por un hombre en un lugar público.

En los aseos públicos, la zona para cambiar a los bebés está únicamente en el aseo de mujeres.

Nuestro lenguaje está lleno de connotaciones sexistas; “Coñazo” es algo malo. “Cojonudo” es algo bueno. “Zorra” es un insulto. “Zorro” es alguien listo, rápido. “Tener un par de huevos” quiere decir ser valiente. “Detrás de un gran hombre, hay una gran mujer” ¿Por qué la mujer tiene que estar detrás? Y un largo etcétera.

 

Marta vuelve a la conversación presente. Miguel y Javier siguen discutiendo sobre el tema. Ella intenta respirar, pero se sorprende diciendo:

  • ¿En serio crees que necesitáis un día especial para vosotros?
  • ¡Claro que sí! – dice Javier, mientras Miguel mira a su amigo, avergonzado.
  • ¿Exactamente por qué? ¡Siempre habéis tenido vuestros derechos! ¡Nadie ha muerto por defender nada de lo que tenéis! – dice Marta, aun sabiendo que eso no es del todo cierto.
  • ¡Ya tuvo que salir la feminazi! – responde Javier, tomándose la conversación a broma.

 

Marta decide no seguir con esto. Se acaba de un trago la cerveza, se levanta y se dispone a irse.

  • Me voy a casa, me estás tocando los huevos – dice, decidida.
  • ¿Huevos? – dice Javier – ¡Tú no tienes huevos!
  • Ni tú cerebro – dice ella – y aun así respiras.

 

 

Encuentros

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Cuando Lucía abandonó el piso de Javier el miedo se apoderó de ella. La simple idea de meterse en su casa sin nada que hacer, nada que leer, nadie a quien amar le aterraba ¿Qué se suponía que iba a hacer?

 

Sabía que su relación con Javier no iba bien, seamos sinceros, hasta un tonto se hubiera dado cuenta. Ya no era por la falta de mensajes diarios, por la frialdad de sus palabras, por sus respuestas monosilábicas. Era por su mirada. Javier ya no le miraba como antes, ya no se le escapaba esa sonrisa tonta cada vez que ella le hablaba y él, adorándola, desconectaba de la conversación.

Ya no.

Ahora simplemente miraba a Lucía, bostezando, y contestaba con un simple “Ya”, mientras sus ojos volvían a ese estúpido teléfono.

Así pues, cuando Javier canceló los planes a última hora y ella se presentó en su casa para hablar, sabía que estaba acelerando lo inevitable.

 

  • Me vas a dejar ¿verdad? – preguntó ella, más furiosa que triste.
  • Verás, cariño… – empezó él.
  • ¡No me vengas con “cariño”! ¿Me vas a dejar?
  • Es difícil decir esto…

 

Y ocurrió.

 

A varios kilómetros de distancia ocurría lo mismo con Samuel.

Llevaba con Adriana más de un año, y ya no era lo mismo.

Ella cada vez pasaba más tiempo con sus amigas. Cada vez le daba más pereza hacer planes con él. Cada vez pasaba más tiempo en el trabajo, o viajando, o “liada”.

 

Cuando se conocieron todo el mundo decía que estaban hechos el uno para el otro. Se llevaban bien, Adriana y Samuel, y además, se hicieron amigos en el proceso.

Sin embargo, Adriana siempre había tenido varias puertas abiertas a su pasado, y Samuel siempre había vivido su relación sin quitar un ojo a esas puertas. Y era agotador.

Los cambios de tono, de mensajes, y de lecturas llegaron rápidamente. Y todos sabemos que cuando eso ocurre, es que se acerca el momento de los créditos.

 

Samuel dejó de oír esos “No paro de pensar en ti”, y se acostumbró a los “Luego hablamos”.

Los “No hay otros hombres en mi vida”, por los “Mi ex novio viene a verme este fin de semana”.

Los preciosos “Tengo todo el fin de semana para ti”, por “Me voy con un amigo de viaje a París”.

Cambiaron también los “Sólo quiero pasar tiempo contigo”, por los “Este fin de semana me voy con mis amigas a desconectar”.

 

Sin embargo, contra todo pronóstico, fue Samuel quien dejó a Adriana. Estaba enamorado. Enamorado hasta la médula. Era la mujer de su vida. O lo era.

Sin embargo, era tanto su amor hacia ella, que supo ver que no le iba a hacer feliz. Y prefirió dejarla volar.

“No puedes tratar a un halcón como si fuera un gorrión”, se decía.

 

Lucía y Samuel no se conocían de nada.

Sin embargo, esa misma noche, ambos escucharon “Leave your lover” a la vez. Al igual que ambos lloraron sin parar toda la noche. La voz de Sam Smith sonaba sin parar en el reproductor de música, mientras ambos juraron no volver a enamorarse.

 

Pasaron los días, las semanas y los meses. Las heridas dolían menos, las sonrisas cada vez eran menos forzadas.

Y ocurrió.

 

Las amigas de Lucía, cansadas de verla llorar y gemir, le llevaron a una fiesta que daban esa noche en el antiguo barrio de Madrid. Y allí estaba Samuel.

 

Se vieron.

Se miraron.

Se sonrieron.

Y hablaron.

 

Cuando dos corazones rotos se encuentran, es lo que ocurre, encajan a la perfección.

Ella, tan frágil y miedosa.

Él, tan sensible y paranoico.

Y como siempre, el amor se abrió paso.

 

Sus amigos dejaron de saber de ellos. Casi ni hablaban. Todos estaban tranquilos, pues sabían que ya no lloraban en casa, ahora esas lágrimas habían dado paso a besos apasionados en restaurantes. Esos llantos telefónicos habían sido sustituidos por largas conversaciones en un bar. Esas películas de Jennifer Aniston habían dado paso a largas sesiones de cine, de teatro, de cenas, de paseos, de sexo…

 

Samuel no tardó en explicarle su teoría.

Todo pasa por algo, y estaba seguro que su anterior relación le había ayudado a aprender, a saber lo que quería, lo que necesitaba. Y eso era Lucía.

Ella sonreía, encantada, y le devolvía mensajes parecidos.

 

Amor. Amor a raudales.

Sus amigos estaban encantados, aparecían juntos en cenas, comidas o eventos, y no se separaban. Ni un segundo.

 

Hasta que ocurrió.

 

Una tarde Lucía llegó a casa de Samuel, y este estaba nervioso, agitado.

Lucía le conocía lo suficiente como para saber que ese movimiento de piernas, esa manera de pasarse la mano por el pelo, no significaban nada bueno.

 

  • Me ha escrito Adriana – dijo Samuel.
  • Ah… – fue lo único que pudo decir Lucía.

 

Supo que algo no iba bien.

Maldito sexto sentido.

Y se sentó al lado de él.

 

  • ¿Y qué dice? – preguntó ella, temblando.
  • Quiere verme – dijo él – quiere hablar conmigo.
  • Eso está bien ¿no?
  • Quiere volver conmigo, Lucía… – dijo Samuel, conteniendo las lágrimas.
  • Pero tú no puedes volver con ella – dijo Lucía tomando su mano – Tú estás conmigo.
  • Verás Lucía…

 

Y la habitación se hizo oscura.

 

Lucía lo sabía. Algo le decía que Samuel no había cerrado esa puerta, que su ex seguía presente, que no tenía que fiarse de él. Y lo hizo. Y ahora volvía a encontrarse en esa situación en la que se había prometido no volver a estar jamás.

 

Cuando Lucía abandonó el edificio, tras el frío “Vamos hablando…” de Samuel, sabía que nunca más iba a volver a verle. Así de sencillo. Así de frío. Así de hija de puta era la vida.

 

Llegó a casa, y escuchó “When we were young”, de Adele, hasta quedarse dormida.
Cuando dos corazones heridos se encuentran, siempre hay uno que está herido de muerte.

La liebre y el zorro

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El estanque quedó en silencio. Nada se oía, solo un pequeño matorral crujía a lo lejos.

La pequeña liebre asomaba el morro, orejas en alto. Atenta, asustada.

Poco después salió de su escondite, y corrió hacia la hierba verde, mojada. Era su época del año favorita. Las lluvias, no muy abundantes, dejaban la tierra mojada, húmeda, y el olor le parecía algo irradiante, mágico, casi orgásmico.

Y esa hierba, mojada, fresca, limpia… era la mejor manera de empezar el día.

Sus padres le habían advertido muchas veces; en esa zona del bosque vivían muchos depredadores, y se exponía a ser devorada sin miramientos, sin compasión alguna.

A ella le daba igual. Sus hermanos y compañeros se conformaban con ese suelo seco, hierbajos, paja para su paladar.

Siempre había sido valiente, nada temía.

 

Una tarde se acercó a aquella zona del bosque, como siempre orejas en alto, alerta, atenta. Y cuando creía que no había nadie, corrió a por su alimento.

  • ¿Es que estás completamente loca? – dijo una voz.

La liebre dio un salto. Su pulso iba más rápido de lo que ella creía poder controlar. Y ahí, delante de ella, relamiéndose, vio al temido zorro.

  • ¿Qué miras? ¡Parece que hayas visto un fantasma! – dijo el zorro.
  • ¿Me vas a comer? – dijo la liebre, buscando rápidamente una salida.
  • Acabo de comer, estás de suerte… – dijo el zorro, relamiendo su pata trasera.

La liebre le explicó que no pretendía molestarle, ni invadir su espacio. Iba allí únicamente a recoger la hierba fresca. Se disculpó unas veinte veces por segundo. Estaba aterrada.

  • ¿No hay hierba fresca cerca de tu hogar? – preguntó el zorro.
  • No, allí vivimos en una zona más seca, estamos lejos del río, así que el suelo no es tan húmedo como este – contestó la liebre.
  • ¿De dónde eres exactamente?

La liebre le dio todo lujo de detalles sobre su tierra, los puentes, el ruido de la carretera, su numerosa familia, las pesadas clases de sus padres sobre agilidad, salto…

  • ¡Caray! – dijo el zorro – ¡Suena divertido! A mí me enseñaron únicamente a detectar presas pequeñas y seguirlas.
  • ¿Por qué comes carne? – preguntó la liebre.
  • ¿Por qué comes hierba? – contestó el zorro.
  • La hierba es fresca y rica. Tiene grandes vitaminas y además me hidrata. Y ya si encuentro hierba fresca, cuida mi pelaje ¡Deberías probarla!
  • O quizá tú deberías probar la carne… ¿quieres probarla? – preguntó el zorro, sin poder esconder una pícara sonrisa.
  • ¡No puedo ahora! ¡Debería estar en casa! – dijo la liebre, aún temerosa.
  • ¿Qué te parece mañana? ¡Aquí mismo! Yo probaré tu hierba y tú probarás un trozo de carne.

Y así fue como quedaron para la primera cita.

Esa noche la liebre no durmió, estaba nerviosa, aterrada ¿y si era una trampa? ¿Y si el zorro pensaba comérsela? ¿Se había garantizado así el zorro su merienda para mañana?

Aún así, al día siguiente, la liebre se limpió el pelaje, seleccionó las mejores hierbas, y partió.

Allí estaba el zorro.

“Parece fuego”, pensó la liebre, viendo como el sol reflejaba en su pelo rayos rojos y amarillos.

  • ¡Has venido! – dijo el zorro sonriendo – ¿Qué traes ahí?
  • Hierba… para… ti – dijo la liebre, empezando a temblar.
  • Oye ¿tienes miedo? ¡No voy a comerte, puedes relajarte!

 

Fue entonces cuando de un salto el zorro se sentó al lado de su amiga, y sin dudar, se metió un puñado de hierba a la boca.

  • ¡Puaj! – dijo el zorro escupiendo la hierba – ¿cómo puedes comer esto? ¡No sabe a nada!

Rápidamente la liebre probó el trozo de carne. No quiso pensar de dónde venía esa presa.

  • ¡Oye, pues no sabe tan mal! – dijo la pequeña relamiéndose – ¡Está rica!
  • ¡Claro que sí! ¡Me enseñaron mis padres a cazar ratones!
  • ¿Tus padres?

 

Así fue como el zorro le habló a la liebre de sus padres, de su familia, de cómo al llegar a la adolescencia tuvo que separarse de ellos, y aprender a vivir solo. Le habló de sus aventuras en el bosque, le enseñó sus cicatrices “Mira, esta es de un caimán, y esta otra de aquella vez que me perdí y me encontré una hiena”.

La liebre también le habló de su pasado, de aquella vez que huyó de milagro de un cazador, de las veces que tiene que fingir que le gusta la zanahoria “¿Por qué tiene que gustarme? ¿Por ser una liebre? ¡La detesto!”

Cuando se dieron cuenta, la voz de la luna era la única que se escuchaba a lo lejos.

  • Mira el reflejo de la luna en el estanque – dijo el zorro – parece que esté bailando.
  • Parece además que lleve tacones y se esté arreglando para irse a un baile.

 

Y una vez se miraron, surgió la primera sonrisa.

Y con ella, la segunda cita.

Y la tercera.

Y los meses pasaron.

 

Cada vez que la liebre estaba en su hogar, sentía la necesidad de salir corriendo. Miraba al cielo y sabía por el color del sol que se acercaba la hora de encontrarse con él. Eso se lo había enseñado el zorro.

Se juntaban siempre a la orilla del lago. Y allí hablaban y reían. Se contaban sus miedos, sus metas, sus bagajes… y entre todas esas charlas, llegó el primer beso.

Y como suele pasar, llegó el segundo… hasta que llegaron a ese punto donde se besaban más que hablaban.

 

La liebre necesitaba hablar de él, a todas horas, sin parar.

Así fue como se lo contó a una amiga suya.

  • ¿Estás loca? – le decía su amiga – ¡Es un zorro! ¡Te hará daño!
  • Confío en él – decía ella sonriendo.

 

Pero un zorro, siempre será un zorro.

Y una liebre, siempre será una liebre.

 

Llegó el cálido temporal. Y con él llegó el calor, y el cauce del río cada vez era más pequeño.

Todos los animales que vivían en el bosque iban desapareciendo, buscando lugares más húmedos, con más sombra y más agua.

  • ¡Quizá deberías marcharte con el resto! – le dijo una tarde la liebre.
  • ¿Y dejarte? ¡Ni hablar!
  • ¿Cuánto hace que no comes?
  • ¡Tres semanas! – dijo el zorro, mirándose en el reflejo – ¡He perdido hasta pelo!
  • Algo tendrás que hacer.
  • No quiero irme sin ti.
  • ¿Y si me haces daño? – le dijo la liebre.
  • ¿Otra vez con lo mismo? ¡Nunca te haré daño! ¡Nunca podría comerte!

 

Lo que nadie le explicó a la pequeña liebre es que el daño y el dolor llegarían. Pero no en forma de mordisco.

Una tarde, nerviosa ante la tardanza de su zorro, la liebre decidió meterse en el interior del bosque. Y allí, apoyados en una roca, pudo ver el morrito que tan bien conocía de su zorro, cerca de su nueva compañera.

La pequeña liebre no pudo evitar soltar un grito, despertando así la atención de ambos zorros.

El zorro la miró, y dudó.

Miró entonces a su compañera, una nueva felina que había llegado perdida al bosque en busca de comida, y la duda desapareció.

En un segundo, y de un salto, el zorro se colocó al lado de la liebre. Y esta vez, mordió.

Un zorro siempre será un zorro.

 

El estanque quedó en silencio. Nada se oía, solo un pequeño matorral crujía a lo lejos.

Así de breve

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Claudia llegó puntual al punto de reunión con sus amigas. Clavada. Iban a hablar de eso que a ella tanto le interesaba: ÉL.

Llegó, pidió su frío refresco, y sacó su móvil, dispuesta a leer ese largo y bonito mensaje que había recibido.

“Querida Claudia, mi vida, mi estrella, mi ilusión… hace tiempo que estamos conociéndonos, y quiero agradecerte estos días, días de alegría, de sonrisas, de complicidad, de charlas…”

Claudia seguía leyendo, sin dejar por un instante de sonreír, mientras sus amigas no podían evitar sentir cierta envidia. Sabían que era cuestión de tiempo que todas empezaran a echarse novio, pero nunca hubieran pensado que Claudia iba a ser la primera.

 

Mientras Claudia leía ese mensaje, Marcos, su deseado, hacía lo mismo con el mensaje escrito por él mismo. Sin embargo, mientras Claudia sonreía y amaba, Marcos cortaba y pegaba.

En concreto, cambiaba el nombre de Claudia por el de Alba, y lo enviaba.

“Querida Alba, mi vida, mi estrella, mi ilusión… hace tiempo que estamos conociéndonos, y quiero agradecerte estos días, días de alegría, de sonrisas, de complicidad, de charlas…”

Cambiaba el nombre de Alba por Míriam, y lo enviaba.

Hizo lo mismo con Lucía.

Y con Esther.

 

Mientras él dejaba el móvil en la mesa, y entraba en sus redes sociales a ver qué otra mujer podría haberle escrito, ellas recibían el mensaje, todas se derretían, todas se enamoraban. Todas contestaron.

Menos Lucía. De hecho, Marcos sabía que Lucía no iba a responder ese mensaje, había dado la batalla por perdida con ella. Pero oye, nunca se sabe.

Todas le gustaban. Además le gustaba gustar. Y el tonteo, el roneo, esa manera de conquistar y atraer, era innato. Su padre había sido uno de los hombres más guapos de la ciudad ¡Viva la genética!

Rápidamente empezó a recibir las respuestas de ellas. Menos de Lucía.

  • Me encantas, creo que en todo este tiempo… – decía Claudia.
  • ¡Qué mono eres! No me esperaba… – rezaba el mensaje de Alba.
  • ¡¡Oooohhhhh!! Qué mensaje más… – decía la lunática de Míriam.
  • ¡Cuánto tiempo! ¿Sabes que el otro día me acordé…? – contestaba la sensual Esther.

 

Todas ellas mandaron el mensaje con una fantasía, con una ilusión, con una esperanza:

  • ¡Que me quiera!

 

Él los leía, sonreía, su ego ya había vuelto a ser el de siempre, mientras pensaba:

  • ¡Qué desesperadas!

 

No contestó a ninguno de ellos. Una chica de su gimnasio había comentado una de sus fotos en su famosa red social, y se disponía a abordar. Mientras se relamía.

Y olvidó contestar.

Fue así de sencillo.

Así de breve.

 

Lucía, por su parte, ni se molestó en leer el mensaje. Había aprendido la lección.

Directamente lo borró, sin pestañear, y siguió con su vida.

Así de breve.