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Adela y Ernesto

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Como cada tarde, una vez que ha reposado la comida y ha acabado aquella serie que tanto le gusta, Adela se prepara para salir. Se pone sus cómodos y algo rotos zapatos, esa falda que tanto le gusta (siempre por debajo de las rodillas), y esa chaquetita que la mantiene calentita y guapa. Se arregla el pelo, cada vez más canoso, y se echa ese perfume tan caro que sus hijos siempre le compran.

Hace tiempo que dejó sus vestidos negros. Ya había abandonado el luto. De hecho, decidió llevarlo más por un qué dirán que por ella misma. Ella llevaba el luto dentro. Ella llevaba a su Fermín siempre con ella.

Cogió la correa de Lola, acarició su peluda cabeza, y salieron a dar un paseo.

Era su rutina. Y la amaba. De hecho la idea de viajar, salir a excursiones, barcos, trenes… le ponía nerviosa. Ella era, como siempre se había descrito a sí misma, una señora de su casa, de sus flores, su Lola y sus series. Y que nadie le tocara el coño.

Sus tres hijos vivían solos hace ya mucho tiempo. Ana, la lista, vivía en Madrid, y estaba casada con Pedro, un arquitecto que lo que tenía de guapo lo tenía de chulo. Y juntos le habían dado el mayor de sus tesoros, sus dos nietos. Dos joyitas maleducadas que se la comían a besos esperando la paga.

Olga, la mediana, vivía en un pequeño estudio de Barcelona con su mujer, Mariona. Era, seguramente, con la que mejor se llevaba; y cuando llegó la noticia de que era lesbiana, Adela lo aceptó sin pestañear, de manera natural, y casi que se llevó una alegría, pensando que así era seguro que no le trajera otro Pedro a su casa. Adoraba a Mariona.

Y luego estaba el pequeño, Marc. Una bala perdida. Pero, seguramente, el más feliz de los tres. Estaba con María, o eso creía ella, pues en cuestión de dos años ya había conocido a Luz, Paula, Marta… niñitas estúpidas que no veían que, en realidad, su hijo seguía siendo un egoísta inmaduro.

Afortunadamente para Adela, Lola también estaba ya mayor, así que salir a pasear con ella ya no era aquello del pasado, tirar de la correa, correr, empujar… ahora ambas, presumidas y perfumadas, paseaban por el parque grande de Barcelona.

Cada tarde se encontraba con caras conocidas, charlaban, y se despedían hasta el día siguiente. Aunque a veces no coincidían hasta pasadas unas semanas.

  • ¡Hombre señora Adela! – dijo él.

Llevaba ya tres días seguidos coincidiendo con él. Era un hombre que rondaba los setenta y cinco años. Casi como ella. Ernesto era su nombre. Era un hombre educado, bien perfumado, y con un perro mucho más viejo y decrépito que Lola.

Ambos charlaron un rato en el parque, y minutos después Adela se despedía.

  • ¿Le veré mañana señora? – preguntó él.
  • ¡Oh! ¡Ya sabe cómo es esto! Quizás sí, quizás no…
  • Cuídese entonces.
  • Usted también.

Y volvieron a coincidir. Así fue el martes, miércoles, jueves y viernes. El sábado, sin embargo, Ernesto no apareció.

Adela pasó más tiempo del debido en el parque, esperando. Pero aquel hombre no aparecía.

  • ¡Pues nada Lola! ¡Que estoy aquí esperando como una tonta! ¿Nos vamos a casa?

Y Lola, que era igual de casera que Adela, movía su pequeña cola, como señal de aprobación.

  • ¿Qué se habrá creído? ¡Dejándome esperando! ¡Pues mañana no iré a ese parque!

Y así fue como ese domingo Adela decidió ir por otro camino, para sorpresa de Lola.

Llegó el lunes, y cuando Adela empezaba a prepararse para salir, recibió la sorpresa de Olga y Mariona. Ambas venían con unas pastitas para la merienda.

  • ¡Qué sorpresa! – dijo Adela – ¡Ni he preparado café! ¡Y Lola aún no ha salido!
  • No te preocupes mamá, yo puedo sacar a Lola mientras tú y Mariona preparáis todo.

Ambas se pusieron a preparar el café. Pasado un rato, Olga volvió a casa.

  • Mamá, qué extraño, un hombre me ha preguntado por ti…
  • ¿Un hombre? – dijo Adela extrañada.
  • Sí, me ha dicho que ha reconocido a Lola, y que si estabas bien ¿quién es?
  • ¡Oh, ya sabes! Gente del parque… – dijo Adela distraída, sin pasar por alto la miradita con el arqueo de ceja que Olga dedicó a Mariona.

Ese día Adela se sorprendió a sí misma estando nerviosa, inquieta. Estaba deseando que llegara al día siguiente ¿Justo hoy tenían que aparecer Olga y Mariona?

Al día siguiente, se sorprendió de nuevo. Esta vez echándose más perfume de lo habitual, y poniéndose esa falda tan incómoda pero que tan bien le quedaba.

Y, afortunadamente, vio a Ernesto.

  • ¡Hombre! ¡Benditos los ojos señorita!
  • ¡Buenos días señor Ernesto! ¿Qué ocurre?
  • No le vi ni ayer ni el sábado, andaba preocupado…
  • Pues yo vine como siempre – dijo ella, intentando ocultar el tono de enfado.
  • Vaya, igual se me echó el tiempo encima viendo la serie, y no me di cuenta.
  • ¿Qué serie ve usted?

Y así fue como descubrieron que veían la misma serie. Y, además, compartían gustos musicales.

  • ¡Me encanta ese disco! Es tan…
  • ¡Elegante!
  • ¡Exacto! Me lo pongo siempre que mis nietos se van, me ayuda a relajarme.
  • ¿A usted también le ponen nerviosa?
  • ¡Muchísimo!

Así fue como ambos hablaron de sus familias. Así fue como ambos se unieron un poco más. Y así fue cuando, hablando y hablando, se les hizo de noche.

  • ¿Le veré mañana señora Adela?
  • Puede llamarme Adela.
  • Y usted puede tutearme.
  • De acuerdo, tú también.
  • Hasta mañana Adela.
  • Hasta mañana Ernesto.

Sus hijos lo notaron.

Sus vecinas también.

Hasta el hombre del supermercado lo notó.

Adela se veía más contenta, más alegre, y más feliz. Había vuelto a cantarle a las plantas, a bailar sola en casa, y a dejar de lado esa melancolía que arrastraba a todas partes.

  • Perdóname, mi Fermín – decía muchas veces mirando la foto – ¡Que no sé qué me pasa!

Así fue como, pasados los meses, Ernesto decidió que llegaba el buen tiempo para hacer su primera propuesta.

  • Adela ¿Qué te parece si algún día nos vemos?
  • Nos vemos cada día Ernesto, qué cosas tienes…
  • Digo fuera del parque, y sin los perros.

Adela dudó. Pero finalmente reaccionó.

  • Hace tiempo que no voy al cine – dijo ella, mirando al suelo.
  • ¿Mañana?
  • Mañana.

Esa noche Adela no durmió. Batallaba entre la culpa y la alegría, y, como siempre, sabía que su hija Olga no le fallaría.

  • ¡Mamá! ¡Mamá! ¿Estás bien? – dijo Olga al borde del ataque.
  • ¡Claro que sí! ¿Por qué no iba a estar bien?
  • Mamá son las cuatro de la mañana… casi me matas del susto…
  • Qué tonterías tienes cariño. Sinceramente, una se hace mayor y ya todo el mundo se cree que una llamada es que me he ido con tu padre ¡Claro que estoy bien!
  • Vale, vale… Mariona vuelve a la cama cariño, falsa alarma.

Así pasaron madre e hija una hora al teléfono. Adela hablaba y lloraba. Olga escuchaba y sonreía.

  • Mamá, ya he escuchado suficiente. Guárdate algo para ti, hija. Escucha, papá hace ya más de nueve años que murió. Le conoces. Le conozco. Y ambas sabemos que papá te empujaría a ser feliz. Deja de sentirte mal, para lo que te queda…
  • ¡¡Olga!! ¿Cómo le dices eso a tu madre?
  • Mamá estoy bromeando. Parece un buen hombre, y desde luego se te ve más contenta.
  • ¿Entonces? ¿Te enfadarías si fuera al cine con él?
  • ¡Claro que no! Como si queréis echar un polvo…
  • ¡Olga que soy tu madre! ¡No te he educado para que hables así!
  • Mamá, tengo que dormir. Haz lo que te haga feliz. Y si alguien se enfada por ello, te hace un favor alejándose. Te dejo, que ya que tú no echas un polvo, lo voy a echar yo…
  • ¡Qué deslenguada eres hija mía!
  • Adiós mamá. Te quiero.
  • Te quiero.

Al día siguiente, ojerosa pero feliz, Adela se pasó el día con una vitalidad que creía extinta. Y llegado el momento, ella y su sonrisa salieron de casa. Había pasado por alto, sin embargo, que no se había echado perfume, y llevaba sus zapatos cómodos y rotos.

  • ¡Qué guapa estás Adela!
  • ¡Ay Ernesto! ¡Que me pones roja!

Vieron la película, rieron, lloraron, hablaron, y de nuevo se sintieron vivos.

A la salida del cine, fue ella quien tuvo la idea de ir a cenar a una vieja cafetería.

  • Adela…
  • Dime Ernesto.
  • Puedes cogerme del brazo si quieres, irás más cómoda.

Ambos se cogieron. Pasados unos minutos, ambos recobraron el aliento, se relajaron, y pasearon.

Las vecinas miraron. También los encargados de los comercios del barrio. Incluso las amigas del salón levantaron la cabeza al ver a Adela, la correcta Adela, paseando del brazo de otro hombre.

Sin embargo Adela no vio a nadie. Ni se fijó. Solo tenía ojos para él.

Eran sólo ellos dos.

Adela y Ernesto.

A cualquier edad el amor nos vuelve infantiles.

Malditos padres. Parte 1.

Quien me conoce lo sabe.

Quien ha trabajado conmigo lo sabe.

Siempre voy a estar de parte del pequeño. Siempre. Aun cuando la ha armado bien gorda, y no sabe ya dónde meterse, delante de los padres le defenderé, ganándome muchas veces una mirada de desaprobación de éstos.

Luego, a solas, en nuestra intimidad, le daré mi verdadera opinión y trabajaremos los puntos débiles y errores.

Pero siempre, y ellos lo saben, van a contar con mi apoyo cara a la galería.

¡Y es que ellos tienen razón!

¡Ser niño es un engorro! ¡Un rollo!

Reciben tantos mensajes diarios, a cada hora, a cada minuto… que la cabeza ya deja de funcionar a primera hora de la mañana. Recién levantados, los padres, los hermanos, la gente de la calle, el profesor de castellano, la profesora de matemáticas, el monitor de comedor…

Lo que yo os digo. Agotador.

Es por ello que, en una de las sesiones, uno de esos pequeños se detiene, me mira, y dice:

  • Tú escribes ¿verdad?
  • Sí – digo sorprendido – ¿cómo lo sabes?
  • Mi madre a veces nos lee los cuentos que escribes.
  • ¿Todos? – digo alarmado, recordando algún que otro texto subido de tono que he podido publicar.
  • ¡Los que son para niños, hombre! – dice él, sintiéndose en ese momento más maduro e inteligente que yo.

Una vez recuperado del casi paro cardíaco, me dice:

  • ¡Deberías escribir dando nuestro punto de vista!

Y así empezó todo.

Es por ello que, con ayuda de algunos de ellos, hemos querido recoger qué son exactamente esas cosas que a ellos les sacan de las casillas, les ponen de los nervios, y como consecuencia deciden pasar de todo, no hacer ni caso.

Y es que demasiado rápido aprenden a asentir, decir “Sí, sí…”, y pensar “Voy a hacer lo que me dé la gana…”.

Mezclar ambientes

Imaginaos por un momento que habéis tenido un día agotador en el trabajo, seguramente como el que has tenido hoy. Sales de tu puesto, aun con la cabeza dando vueltas, llegas a casa, y aun no has cerrado la puerta cuando, de golpe, sin verlo venir, alguien te dice:

  • Acabo de hablar con tu jefe ¡Vaya día has tenido eh! ¡Ya te vale!

O peor aun:

  • ¿Qué es eso que me dice tu compañero de trabajo sobre hablarle mal y faltarle al respeto? ¡Hoy duermes en el sofá!

O, por poner otro ejemplo, escuchas:

  • Oye, que me dice tu jefe que no le has presentado el informe que tenías que darle hoy ¿Pero tú lo ves normal? ¡Este fin de semana no verás ni a tus amigos ni a tus familiares!

¿Os lo imagináis?

¿Cuánto tardariais en mandar a la mierda a esa persona?

Psicológicamente decimos que los adultos mezclamos ambientes cuando extrapolamos, llevamos los problemas que los pequeños han tenido en clase, a otras zonas que nada tienen que ver, por ejemplo el hogar.
Bien es cierto que el pequeño debe asumir consecuencias por aquello que hace mal, pero hacerlo de manera tan evidente, tan drástica, hace que ambos ambientes queden contaminados; escuela y hogar; llevando al pequeño a generar una guerra fría en ambos espacios.

Debemos entender que si el pequeño ha tenido un problema en la escuela, debe quedar dentro de la escuela. Otra cosa sería que el pequeño no estudiara, o no hiciera sus tareas. Esas son acciones que debería haber realizado en casa, por lo tanto, ahí sí tenemos mano libre para actuar.

¿Qué ocurre con las malas acciones? ¿Debemos introducirlas en casa? Siempre y cuando la llamada de atención venga por un tema de educación y respeto, debemos actuar, pues damos por hecho que esa educación y respeto la debe recibir en casa.

Por lo demás, debemos aprender a identificar ambientes. Si el pequeño ha tenido un problema con un profesor, o con un compañero, debemos reeducar esa conducta; pero nunca tratar al pequeño desde el enfado, como si aquello hubiera ocurrido dentro de casa.

De esta manera fomentamos que el pequeño aprenda a sentirse calmado en casa, que sepa que, una vez llegue a su hogar, hablaran del tema, con el único objetivo de generar soluciones; nunca de agravar el problema, y continuar la batalla que ha empezado en el aula.

Mensajes confusos

María llega a consulta con el pequeño Arturo. Travieso, vivo, dinámico, rabiosamente divertido, y quizá, un poco hiperactivo.

  • Me tiene contenta – dice María.
  • ¡Buenas tardes! – contesto yo – ¿Qué ha pasado?

Ambos toman asiento. Ella con la mirada llena de fuego. Él con la mirada llena de agua. Símbolos distintos, casi contrarios. Sé entonces que no va a fluir la comunicación.

Entonces María comenta las ganas que tiene de que su hijo se comporte, que sepa estar bien, y que sepa portarse bien.

Intento calmar los ánimos, y una vez la madre ha abandonado la sala, quedamos en ella Arturito y yo.

  • Arturo ¿cómo estás?
  • ¡Estoy enfadado!
  • ¿Por qué? – le pregunto
  • ¡Porque quiero portarme bien, pero no sé!

¿Cuántas veces hemos oído algo por el estilo?

“Yo quiero hacerlo bien, pero no sé cómo”

“Yo no quiero enfadarme, pero me sale solo”

Entonces le pregunto:

  • Arturo, cariño, antes de seguir hablando ¿te puedo hacer una pregunta?
  • ¡Claro!
  • ¿Qué es portarse bien?
  • Pues portarse bien.
  • Muy bien, gracias, aplausos – digo bromeando – Pero ponme un ejemplo.
  • Pues no sé, portarme bien…

Es entonces cuando veo claramente el error. Y no será ni la primera ni la última.

Nos llenamos la boca de mensajes hacia los más pequeños:

  • Compórtate
  • Pórtate bien
  • Sé educado
  • Quiero que seas feliz
  • No hagas las cosas mal
  • Tienes que cambiar

En este momento ya nos hemos olvidado del menor, y nos hemos colocado en el lugar del adulto ¿Qué es portarse bien? ¿Y comportarse? ¿Qué es, exactamente, hacer las cosas mal?

  • Arturo, dime algo que hagas mal…
  • Llorar
  • ¿Llorar está mal?
  • ¡No lo sé! Siempre que lo hago me dicen que deje de hacerlo…

Lo que yo os digo. Un lío.

Debemos entender que el menor no tiene por qué saber qué queremos exactamente de ellos, no saben leer la mente. Por ello, debemos intentar dar mensajes más claros, más concretos. El menor debe saber, en todo momento, qué queremos de ellos, qué es lo que se espera de ellos.

Malos ejemplos

  • ¡¡Es injusto!! – grita Luís en terapia
  • ¿El qué, exactamente?
  • Los mayores siempre nos dicen que no hagamos cosas, y ellos lo hacen.
  • ¿Por ejemplo? – pregunto.
  • Siempre me dicen que no puedo gritar cuando me enfado ¿y sabes cómo me lo dicen ellos?
  • Me lo puedo imaginar…
  • ¡Gritando!

Las personas entendemos más lo que vemos que lo que oímos.

¿Nunca habéis oído un rumor, o una información, y habéis dicho “Si no lo veo, no lo creo”? Con nuestros pequeños ocurre exactamente lo mismo. Entienden mejor lo que ven, que lo que oyen.

Les pedimos que no pasen muchas horas delante de la televisión, mientras los adultos llegamos a casa, y lo primero que hacemos es encenderla.

Que no pasen mucho tiempo con el móvil, cuando está más que demostrado que el 40% del tiempo de nuestro día, lo pasamos tecleando en esas pantallas.

Les decimos que no griten, mientras nos ponemos como ogros al enfadarnos.

Les pedimos que deben colaborar en casa, mientras el padre o la madre, nada más llegar, se sientan en la mesa esperando que la comida y los cubiertos, por arte de magia, aparezcan.

Les pedimos que hablen bien, mientras educamos a través de “Coño”, “Joder”, “Mierda”…

La lista es tan larga, en serio, de verdad, la elaboramos un día en terapia, y es tan, tan, tan, larga, que me faltan horas y teclas para hacerla.

Aquí os propongo que os centréis, que lo trabajéis. Coged papel y boli, y, sólo en el transcurso de un día, anotéis las cosas que le pedís a vuestro pequeño que no haga, y vosotros hacéis sin parar, a cada minuto.

Es mucho más sencillo de lo que parece.

¿Queréis que vuestro hijo colabore en casa? ¡No se lo digáis! ¡Que os vea hacerlo!

¿Queréis que hable bien? ¡Habladle bien!

¿Queréis que deje de gritar? ¡No gritéis!

Y así una larga lista.

Interés real

Javier tiene sólo 10 años, y ya ha aprendido, a tan corta edad, que le da igual a sus padres. Y no le falta razón, al menos, en la mayoría de los casos.

  • Sólo les importa una cosa – dice él, aguantando las ganas de llorar.
  • ¿Que seas feliz? – pregunto
  • ¡No! ¡Que saque buenas notas! – dice él.
  • Tener estudios es muy importante, Javier.
  • Lo sé, pero ¿y lo demás?
  • ¿A qué te refieres? – pregunto, aunque sé perfectamente a lo que se refiere.
  • Mis amigos,  mis novias, mis miedos…
  • ¿Tienes novias? – pregunto.
  • Sí.
  • ¿En plural? ¿Más de una? – digo, sorprendido.
  • No estamos hablando ahora de eso Óskar… – me dice.
  • Tienes razón, disculpa… – respondo, intentando recuperar mi lugar, sin dejar de pensar “¿Más de una?”

Y la conversación se repite. Con Javier. Marc. Oriol. Inés. Marta. Claudia. Y la lista sigue.

Llegan del colegio, y la pregunta es:

  • ¿Tienes deberes?
  • ¿Te has portado bien?
  • ¿Has estudiado?
  • ¿Tienes exámenes?

¿Os imagináis eso para vosotros mismos? Llegar a casa, y que vuestra pareja se centre, única y exclusivamente, en si tienes trabajo, si lo has hecho bien, y recordarte insistentemente, que debes ponerte a trabajar ahora mismo. Con prisas. Café, y a trabajar.

  • Sí mamá – dice el menor – tengo deberes de mates.
  • Pues venga – dice ella – a merendar y a hacerlos.

Fin de la conversación.

Luego, sin embargo, esperamos que nuestros hijos nos cuenten sus cosas. Sí, claro…

La propuesta es la siguiente: la próxima vez que tu hijo llegue de la escuela, probad lo siguiente:

  • ¿Cómo estás?
  • ¿Cómo ha ido el día?
  • ¿Qué es lo mejor que te ha pasado hoy? ¿Y lo peor?
  • ¿Estás cansado?
  • ¿Te apetece algo especial hoy?

Sé que hacer deberes y preparar exámenes es importante. Pero, seamos claros, no es lo MÁS importante. Así que, puestos a encauzar la vertiente escolar, un buen ejemplo sería:

  • ¿Y qué tienes pensado hacer esta tarde?

Esperar la respuesta. Escucharla. Y después:

  • ¿En qué momento harás deberes? Quizá deberías repasar algo.

Creedme. Os agradecerán este cambio.

Continuará…

La pecera y el mar

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Burbuja era un pez feliz. Siempre lo había sido.

Desde muy pequeño se crió en esa preciosa pecera. Sus dueños, una pareja encantadora de 70 años de edad, le daban la mejor comida, le mantenían su hogar perfectamente limpio, y, cada vez que la temperatura del agua empezaba a cambiar, una extraña cajita emitía un pitido, y ellos, rápidamente, devolvían a su hogar la temperatura que él necesitaba.

Le encantaba despertar cada mañana con el sonido de la música que esa bonita pareja escuchaba. Rápidamente Burbuja salía del castillo, colocado delicadamente en el fondo de la pecera, y, al ritmo de esos sonidos musicales, estiraba sus aletas, dispuesto a empezar un nuevo día.

Sus dueños le cuidaban tanto, que cuando recibían visita de otros humanos, colocaban la pecera en un lugar alto, para evitar que los más pequeños dieran golpes en el cristal ¡No soportaba aquello! ¡Era estresante!

Su vida era fácil y acomodada. Se levantaba, bailaba, paseaba por su pecera libremente, y esperaba el momento de la comida. Una vez había comido, se situaba en la superficie de la pecera, esperando que aquella mujer metiera el dedo en el agua, y él, contento y con el estómago lleno, lo besaba y mordisqueaba. La mujer reía complacida, y él se sentía orgulloso de ser el mejor pez del mundo.

Sin embargo todo cambió una mañana.

Burbuja estaba durmiendo tranquilamente en el interior del castillo, cuando escuchó cómo algo caía dentro del agua. Algo demasiado grande como para ser comida.

Rápidamente salió del castillo, y atónito, vio a otro pez dentro de la pecera. SU pecera.

Ambos se miraron, y finalmente, fue Burbuja quien dio el paso.

  • ¿Quién eres? – preguntó.
  • ¿Quién soy? – preguntó el pez – ¡Soy un pez!
  • Lo sé, puedo verlo ¿Pero cómo te llamas?
  • No tengo nombre ¿por qué iba a tenerlo? – dijo el pez extrañado.
  • No puedes no tener nombre – dijo Burbuja – ¿cómo te llaman entonces?
  • ¿Cómo me llama quién? Oye esto es muy extraño ¿dónde estoy? ¿Qué es esto?
  • No puedo hablar contigo si no tienes nombre – sentenció Burbuja – Te voy a llamar Pompa ¿te parece bien?
  • No, claro que no me parece bien ¿qué significa ese extraño nombre? ¿Qué está pasando?
  • No te preocupes Pompa, ven conmigo.

Burbuja se acercó a Pompa, y acompañándole hasta el cristal, le explicó.

  • Esta es mi casa. Aquí vivo yo. Me llamo Burbuja, por cierto. Esas dos personas que ves ahí sentadas son mis dueños, te van a encantar.
  • ¿Qué significa dueños? – preguntó el pez.
  • Verás Pompa…
  • No me llames Pompa, Burbuja…
  • ¡Shhh! Escucha atento, Pompa – dijo él – son mis dueños porque son los que me cuidan, me limpian la casa, y me dan de comer.
  • ¿Te dan de comer? – preguntó Pompa
  • ¡Claro! ¿Por qué pones esa cara? ¿Cómo comes tú?
  • ¡Cazo! – dijo Pompa.
  • ¿Cazas? ¡Qué salvaje! Mira, atento…

Ambos vieron cómo el humano se levantaba y se acercaba al cajón, sacaba el recipiente de comida para peces, y echaba el contenido dentro de la pecera. Esta vez fue más generoso, pues había dos bocas que alimentar.

Burbuja ya se encontraba en la superficie de la pecera, mientras Pompa miraba, asustado, desde las paredes del castillo.

  • ¿Qué te ocurre? – dijo Burbuja – ¡Vamos, acércate! ¡Prueba esto!

Receloso, y algo temeroso, Pompa se acercó a su compañero, y muerto de hambre, probó aquella comida.

  • ¡¡Esto es asqueroso!! – dijo Pompa – ¡Yo no puedo comer esto! ¿Qué clase de comida es esta?

Burbuja miró a su nuevo amigo, sorprendido.

  • ¿Se puede saber de dónde vienes? – preguntó.
  • Vengo del mar – dijo Pompa.
  • ¿Del mar? – dijo Burbuja echándose atrás – ¡Qué horror!
  • ¿Qué horror? – preguntó Pompa – ¡Somos peces! ¿De dónde quieres que vengamos?
  • No creo que yo venga del mar, yo nací aquí.
  • ¿Siempre has vivido aquí?
  • Sí – dijo Burbuja presumido – ¡Lo sé! ¡Soy muy afortunado!
  • ¿Afortunado? – dijo Pompa – ¿Afortunado por qué? ¿Nunca has jugado en una ola?
  • No
  • ¿Nunca has esquivado las gotas de la lluvia?
  • No…
  • ¿Nunca has hablado con las tortugas?
  • ¿Qué son las tortugas? – dijo Burbuja, ya algo molesto.

Entonces Pompa, paciente, le habló del reflejo del arco iris en el agua, de cómo la arena cambiaba de color cuando salía el sol, de los mareos que daban los remolinos en los días de tormenta, de cómo jugaban a adivinar las figuras que hacían las sombras de los barcos, de las peligrosas medusas, de los monstruosos tiburones, de la belleza del coral, las divertidas estrellas de mar, los alterados pulpos…

  • ¿Y no es peligroso? – dijo Burbuja.
  • ¡Claro que sí! Pero eso forma parte de la vida en el mar, hay riesgos, hay peligros, hay animales que intentan comernos…
  • ¿Entonces? – preguntó Burbuja sin entender nada – ¿Por qué quieres volver al mar?
  • ¡Porque forma parte de mi vida! Porque hay peligros, claro que los hay, pero también está toda la belleza que te he contado, crecer, aprender, disfrutar…
  • ¡Y sufrir! – gritó Burbuja.
  • Y sufrir – contestó Pompa – ¿Y tú qué haces aquí?
  • Cuido mi castillo.
  • ¿Lo cuidas de quién?
  • ¡Da igual! ¡Tengo un castillo!
  • ¡Esto es una cárcel, tonto!
  • Y voy a por mi comida.
  • No vas, te la traen.
  • Nado en mi mar, como le llamas tú.
  • Esto no es un mar, casi casi es un charco.
  • ¡Pero es cómodo! ¡Te apuesto a que es más cómodo que tu mar!
  • ¿Más cómodo? ¿O más seguro?
  • Mira, no puedo hablar ahora contigo… tengo cosas que hacer…
  • ¿Qué cosas?

Y rápidamente, sin ocultar su enfado, Burbuja se fue a la otra parte del castillo, donde, aburrido, se puso a jugar con la arena.

  • Voy a huír – le dijo un día Pompa.
  • ¿Cómo?
  • Si te fijas, cada mañana colocan la pecera al lado de ese agujero para que nos dé el sol. Esperaré paciente. Y cuando se alejen, saltaré tan alto, que llegaré al mar.
  • ¡Estás loco! ¡No lo conseguirás! – le advirtió Burbuja.
  • ¡Lo tengo que intentar!
  • ¿Por qué?
  • Porque entiendo que tú quieres una vida cómoda, pero yo no. Mi vida no es esta. Ven conmigo. Arriésgate.
  • No pienso salir de aquí. Fuera es todo desconocido, me da miedo…
  • ¡Lo conocerás!
  • ¿Y si me quedo solo?
  • ¡Me tienes a mí!
  • ¿Y si no encuentro comida?
  • ¡Yo te enseñaré!
  • ¿Y si…?
  • ¡Deja de poner excusas! ¿Vienes, o no?

 

Burbuja dudó unos segundos.

Nunca había salido de allí. No sabía nada de lo que había tras su pecera. Sólo conocía el sonido de ese extraño calefactor, y de la música que sus dueños escuchaban. El miedo era enorme. Las ganas también.

Al final le pudo el temor.

  • ¡Ni lo sueñes! ¡Yo me quedo!
  • Como quieras…

Fue la mañana siguiente cuando, una vez que la pecera quedó perfectamente colocada cerca de la ventana, Pompa tomó su decisión.

Esa mañana comió mucho, tanto como su pequeño estómago pudo soportar.

Llegado el momento, no dudó.

Se colocó en el fondo de la pecera, cogió impulso, movió fuerte y rápido sus aletas, y saltó.

Burbuja lo vio todo desde la ventana de su castillo.

Pudo ver cómo Pompa saltaba, salía fuera de la pecera, y desaparecía entre la mesa y la ventana, sin llegar a ésta.

Dudó. Siempre había imaginado que el mar estaba tras la ventana, no entre el sofá y la ventana. Pero ¿qué sabía él? ¡Nunca había salido!

Mientras Pompa volaba por los aires, y rozaba el borde de la ventana, pensaba en el arco iris, las olas, la espuma, el olor a sal, el baile con los delfines, la belleza del coral…

Burbuja, por otra parte, vivió toda su vida encerrado en su castillo. Seguro.

Dos bailes y una copa de vino

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Sé que estás preocupado. Sé que estás preocupada.

Sé que actualmente vives bajo una presión y una ansiedad que crees que nunca se irá. Que se solucionará, quizá, pero que después vendrá otro, y otro problema.

Sé que algo te preocupa, igual que sé que dedicas más tiempo del que deberías a esa preocupación.

He acertado ¿verdad?

Ha sido fácil. Todos estamos preocupados.

Esto es como aquel o aquella que, movido quizá por la ignorancia, o la incultura, o quizá la desesperación, llama a esos programas donde “Juani la vidente”, o “Carlos el mago” te echa las cartas y ¡sorpresa! Acierta todo. Vendría a ser algo así:

  • Buenas tardes Aries, gracias por llamar.
  • Buenas tardes, llamo para ver si me puedes ayudar…
  • Claro que sí – dice el vidente, entrecerrando los ojos y mirando a cámara – Pero espera, espera… me dicen las cartas que estás muy preocupada ¿verdad?
  • ¡Caramba! Qué bueno eres ¡¡Eso es!!
  • El dinero… te preocupa el dinero ¿verdad? Veo que estás en una situación económica difícil ¿verdad?
  • ¡¡Verdad!!
  • Vaya… ¿estás casada?
  • No
  • ¿Lo ves? ¡Me lo dicen las cartas! Veo que te preocupa este tema, no has tenido mucha suerte ¿verdad?

Y un largo etcétera de llamadas que dejan a la persona con el mismo problema, y al “adivino” con la cartera más llena.

Lo adivinan. Al igual que lo he adivinado yo ¿y sabes por qué?

Porque no estás solo, no estás sola, todos, absolutamente todos, estamos preocupados. No existe una sola persona en el planeta al que no le ronde un problema por la mente.

El trabajo.

Los hijos.

El dinero.

Los padres.

La enfermedad.

Los amigos.

El tema varía, pero la presión mental es la misma: preocupación.

La preocupación es una emoción a la que estamos más que acostumbrados. Pensadlo bien. Nos enseñan desde bien pequeños a preocuparnos; los deberes, la agenda, la ropa del colegio, los trabajos, las notas… y esto luego empieza a abarcar más aspectos de la vida: qué hacer en el futuro, qué estudiar, la emancipación, los primeros desamores, la vida adulta, la vejez… y un largo etcétera que no hace más que arrastrarnos, sutilmente, hacia una depresión, una ansiedad, o un estrés que, en el mejor de los casos, te va a dejar calvo.

Me gustaría que pensaras, ahora mismo, en un problema que tuviste hace dos años. Piensa. Concéntrate, estoy seguro que algo se te ocurrirá.

¿Lo tienes? ¡Bien! Ahora piensa en ese problema actual, ya arreglado, o solucionado. Y pregúntate ¿valió la pena tanta preocupación? ¿Cuánto tiempo desperdiciaste? ¿Cuánta salud arrojaste?

La preocupación sólo es válida para ayudar a generar soluciones, o afrontar conflictos. Cuando no sirve para esto, y únicamente nos arrastra a esos mini ataques de corazón, a esa angustia… déjame decirte que estás perdiendo el tiempo ¡No estás haciendo nada, sólo preocuparte!

Vamos a pararnos aquí.

Vamos a analizar la palabra: PREOCUPACIÓN.

  • Pre: Prefijo que significa “antes que”, “antes de”.
  • Ocupación: Acción o movimiento que nos dirige a actuar sobre algo.

Así pues, si cogemos bien este significado, preocuparse no es más que ese momento antes de hacer algo, antes de actuar, antes de buscar soluciones. Por lo tanto, si estás preocupado, debes saber que este estado acaba cuando empiezas a actuar sobre el problema.

Ya lo sabes ahora ¿estás cansado de estar preocupado? ¡Empieza a ocuparte de tus problemas!

Para ello es importante que entiendas que preocuparse, no sirve absolutamente de nada cuando:

  • La situación no tiene solución.
  • La solución no está en tus manos.
  • El problema aún no ha ocurrido, y es posible que ocurra, o no, en un futuro.

Aquí encontramos el siguiente paso.

Estás preocupado, estás preocupada, ha quedado claro. Asegúrate de no estar en cualquier de los tres puntos citados anteriormente. Si no hay solución, si la solución no está en tus manos, y si el problema, aún hoy, no existe, no tienes nada de lo que ocuparte. Por lo tanto no estás preocupado. Analiza que no sea miedo, o inseguridad.

Preocuparse nada tiene que ver con ser una persona responsable. Eres responsable cuando actúas sobre el problema. Mientras tanto, mientras estás sentado pensando en los problemas, no estás siendo responsable, lo lamento.

Existe un antiguo dicho que reza: “Si tiene solución ¿para qué te preocupas? Y si no la tiene ¿para qué te preocupas?” Empieza a aplicarlo. Pocos dichos de la cultura española son tan ciertos.
Para empezar a salir de ese bucle, es importante que analicemos otros aspectos de nuestra vida. Estamos preocupados, de acuerdo ¿pero qué otras cosas tenemos que nos hacen sentir bien? No es una pregunta retórica, piénsalos, escríbelos. Da igual lo que sea, no estamos aquí para juzgar.

Ver la televisión, escuchar música, llamar a seres queridos, el cine, el sexo, los amigos, la familia, leer, tomar el sol, cuidar tus plantas… Vamos a ser justos, no podemos centrar toda nuestra vida en “esa preocupación”. Reparte bien el porcentaje, dedica tiempo a todo.

Una vez empieces a dedicar tiempo a lo que te gusta, estarás más relajado, más tranquilo, más contento…y  por lo tanto, más abierto a pensar en soluciones, y provocar los cambios que necesitas para ello.
Está demostrado que muchos de los puntos que nos preocupan tienen que ver con el pasado, con la forma de hacer las cosas. Vale la pena pensar en el pasado, pero únicamente si es para recordar momentos agradables, aprender de los errores, y recordar a aquellas personas que se han ido, y nos esperan con calma en el otro lado.

Si es para castigarnos, regañarnos, o sentirnos culpables, no tiene ningún sentido. Piénsalo bien, el pasado no puedes cambiarlo.

¿Sabes lo que sí que puedes cambiar? ¡El presente!
Cuando vives el presente, no desperdicias tu energía y disfrutas de la vida. Eso te ayuda a estar en mejor condición, para enfrentar lo que te traiga el futuro.

Cuando te preocupas demasiado por algo, sin ocuparte, te desgastas tanto que cuando se presenta esa situación, no estás en tu mejor momento para resolverla.

Disfruta del momento. Descubre todas las pequeñas cosas que te rodean y que te pueden dar bienestar, si tú lo permites.

Sé que te has equivocado en el pasado.

Sé que te gustaría cambiar cosas.

Sé que ahora mismo, crees que harías las cosas mejor.

Sé que estás en un túnel, y no ves salida.

Sé que a veces, sin querer, te sientes sola, perdida, incomprendida.

Pero créeme, sólo con una buena actitud podrás salir de este hoyo. Cuando la tormenta nos cae encima no podemos pararnos a pensar en las soluciones. Sal de la tormenta, date una ducha de agua caliente, ponte un pijama calentito, hazte un té, y, entonces sí, tómate tiempo para pensar en esas soluciones.

Dedícate tiempo a ti, pasa tiempo haciendo cosas que te gusten. Y las soluciones, poco a poco, vendrán.

La vida, al final, son dos bailes y una copa de vino.

Estorbos

tercera-edad

Cuando ella supo que estaba embarazada, decidió cambiar el estilo de vida que tanto le había costado construir.

Dejó el tabaco. Le costó, pero nada comparado con lo que le costó dejar el alcohol. Dejó entonces de acudir a aquellas fantásticas fiestas a las que le invitaban cada fin de semana. Y, con ello, su círculo social se vio reducido a tres amigas; todas ellas madres.

Él estuvo a su lado en todo momento, al fin y al cabo iba a ser el padre. Y con el paso de los meses, tuvo que dejar también el trabajo que tanto amaba y que tanto había luchado por conseguir.

Vio poco a poco cómo las fiestas, los cigarros, las copas, las largas charlas hasta el amanecer rodeada y embriagada por las risas y la música, daban paso a noches en el sofá, en el baño, y asomada a la taza del váter, vomitando hasta el alma.

Pero llegó.

Llegó ese pequeño de pelo rubio y ojos azules, y supo que absolutamente todo había valido la pena. Ya nada le apetecía más que quedarse echada con su bebé en brazos, mientras su marido le masajeaba los pies, y veían películas hasta el amanecer.

El niño creció; y con ello llegaron las facturas de colegios, clases extraescolares, logopedas, alguna visita al psicólogo, ropa, más ropa, más juguetes… así pues, y sin dudar, casi sin esfuerzo, renunció también a sus caprichos, a veces incluso a sus cenas con su marido, por darle a su pequeño todo lo que necesitaba.

Como todo niño caía enfermo, varias veces al año, y ella no tenía ningún problema en quedarse despierta, vigilando, cantando una y otra vez esa misma canción; todo era poco para que su bebé se recuperara.

Y así, dos años después, llegó el siguiente bebé.

Esta vez ella tuvo que ponerse también a trabajar. Limpiar escaleras no era lo que se decía un trabajo deseable, pero ahora los gastos eran dobles. Más bocas a alimentar, más agendas, más extraescolares (¿cómo iba a poder el mayor jugar a fútbol, y no dejar al pequeño acudir a clases de pintura?), más ropa, más juguetes… había que sacar el dinero de donde se pudiera.

Pasaron los años, y poco a poco su círculo de amigos se vio completamente apagado. Su vida era esa, cuidar a sus pequeños, no permitirse caprichos, enfermar, trabajar, fregar y fregar… pero al llegar a casa y ver a sus pequeños en la mesa haciendo deberes, jugando, o bebiendo un vaso de leche, le merecía la pena.

  • Vaciaría mi vida entera por vosotros. Daría la vida sin pensar.

Con el paso del tiempo, los juguetes pasaron a ser ropas caras, más dinero, una moto, una carrera universitaria, una paga para poder salir con los amigos, otra paga para poder llevar a la novia a cenar, más comida, y un largo etcétera que, por entonces, siendo ya madre soltera, le hacía pensar en la cantidad de escaleras que tendría que fregar para poder pagarlo. Y así lo hizo. Y sonreía. Sonreía a rabiar. Era feliz viendo cómo sus hijos conseguían sus sueños. Los suyos ya daban igual, ya se le había pasado el tiempo.

Llegó la primera boda. Con el tiempo la segunda. Y con el paso de los años, los nietos.

Ella entonces se conformaba con una pequeña paga, la cual, generosa ella, iba destinada a sus nietos, sus hijos, sus nueras… para todos. Menos para ella.

“Una sabe que se hace mayor cuando sus nietos traen a casa a sus novias”, decía a menudo. Y poco tiempo después, llegó el peso de la edad.

Ella se notaba torpe.

Cansada.

Un desastre.

Mala memoria.

Mal pulso.

Mucha orina. Poca voluntad.

Y empezaba a molestar.

 

Estaba preparada para ello, ya no tenía quince años, y sabía que el paso del tiempo no tenía favoritos, ni ojitos derechos. Pasaba para todos.

Lo que no se esperaba, lo que nunca se hubiera esperado, es encontrarse sentada en una silla mientras, los agentes de ayuda social, le hacían la maleta para llevarle a lo que sería su nueva casa. Un bonito y abandonado centro para personas de la tercera edad.

Intentó adaptarse. Lo intentó con todas sus fuerzas. Pero no pudo. No podía aceptar ver cómo pasaban los días, las semanas, los meses… y tenía que conformarse con una llamada de sus hijos, muy de vez en cuando.

No les había educado para eso.

¿Dónde iban a parar, entonces, todos esos años de dedicación a ciegas? Esas horas al lado de la cama, esos cambios infinitos de pañales, esas horas de trabajo enferma, dejar atrás su vida, sus amistades, sus sueños… ¿ése era el precio a pagar? ¿Ése era su final feliz?

  • No te preocupes, querida – decía su compañera de habitación – para lo que nos queda, qué más da.

Pues a mí sí que me da, pensaba triste, yo no quiero morir sola. No me lo merezco.

El plato y la maceta

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Llega a la consulta.

Se ve agotado, cansado. Últimamente siempre le veo así, agotado. Es otro. Lejos quedó aquel hombre que llegaba a la consulta riendo, abrazando, haciendo bromas.

Su nudo, su problema, sus conflictos, han crecido tanto, le han devorado tanto interiormente, que ya se le refleja por fuera.

Le ha salido la pena por los poros.

El cansancio por los ojos.

El enfado por la boca.

Y él es consciente. Está abatido.

  • ¿Cómo ha ido la semana, Pedro? – pregunto mientras le tiendo su té preferido, y le acerco un cojín.
  • Pf – resopla él – como siempre. Una mierda. Una enorme mierda.
  • Vaya, lo lamento ¿No han mejorado las cosas con Claudia?
  • Ni con Claudia – dice Pedro cogiendo carrerilla – ni con mi padre, ni con mi jefe, ni con mis problemas económicos… sigo estancado. Todo sigue igual. Además, el otro día…
  • Pedro – le interrumpo – ¿me acompañas un segundo por favor?
  • ¿Ya me estás cortando? – dice él de mala gana.
  • ¡Vamos Pedro! – sonrío – confía en mí. Acompáñame.

 

Acompaño a Pedro a otra sala, mucho más grande e iluminada. Llevo  un plato lleno de agua. Hasta arriba. Agua a rebosar. Está el plato tan lleno de agua que se hace imposible dar un paso sin que ésta se caiga.

Dejo el plato en la mesa, a su lado. Camino hacia el final de la sala, y me quedo de pie, al lado de una gran maceta donde habita una gran planta. No sé recordar el tipo.

  • ¿Ves esta planta, Pedro? – le digo.
  • ¡Claro! ¡Es más grande que tú!
  • Bien Pedro, me gustaría que trajeras agua hasta aquí, sin derramarla por favor. Y que regaras la planta ¿Preparado?
  • ¿Cómo? – dice él – ¿A qué viene esto?
  • ¡Vamos Pedro! – le animo – Eres un tío valiente. Alimenta a la planta ¡Adelante!

Rápidamente, sospecho que más movido por el ego, que por la motivación, Pedro agarra el plato y da el primer paso.

  • ¡Joder! – se queja.
  • ¡La boca! ¡Vamos Pedro, que ya tienes 38 años! ¿No vas a poder con esto?

Le provoco.

Conozco a mis pacientes. Sé perfectamente quién responde a las provocaciones, y quién no.

Veo cómo coge aire. Da el segundo paso. Cae un poco de agua. Se queja. Pero sigue intentándolo. Sigue dando pasos. Cada vez está más confiado.

Tras él se puede ver un pequeño río, formado por sus errores. Pero no desiste.

Finalmente, queda tan poca agua en el plato, que no le supone ningún problema llegar hasta la maceta.

Llega, sonríe, tira el agua a la maceta, y me abraza.

  • ¡Lo he conseguido! – dice riendo.
  • ¿En serio? ¿Puedes mirar detrás de ti?

Pedro se gira. Su cara cambia de la risa a la hostilidad. Pedro observa la sala. Está llena de agua. Hay tanto líquido en el suelo, que lo que ha llegado a la maceta apenas le daría para vivir unas horas.

  • ¿Te estás quedando conmigo? – me pregunta.
  • ¿Te parece si volvemos al punto de inicio? – le digo.

Ambos recorremos el camino de vuelta hacia el punto inicial. Él con respiración profunda, yo le acompaño colocando mi mano en su hombro. Me conoce, sabe que ese gesto significa “Relájate”.

  • Dime Pedro – pronuncio – ¿cuál era la señal?
  • Llevar agua a la puta maceta – responde él.
  • ¡La boca, Pedro! ¡No estamos con tus colegas en el bar tomando unas cervezas!
  • Llevar agua a la preciosa maceta – dice él, burlón.
  • Así mejor. Exacto. Llevar agua a la maceta ¿Por qué agarraste el plato?
  • ¿Cómo? – pregunta, sorprendido.
  • Digo que por qué decidiste coger el plato lleno de agua para llevarlo a la maceta.
  • Me has dicho que tenía que llevar el plato lleno de…
  • No – le interrumpo otra vez, aún sabiendo que lo odia – No te he dicho eso. He dicho exactamente: “me gustaría que trajeras agua hasta aquí, sin derramarla por favor”
  • Ah – dice Pedro, ya más tranquilo – ¿y qué querías que llevara? Tú has dejado el plato encima de la mesa.
  • Así es, junto con otras cosas ¿me podrías decir qué más hay en la mesa?

Pedro se gira, y sorprendido, observa que encima de la mesa había, además del plato, dos botellas de agua pequeñas, y, al lado de estas, seis vasos de plástico vacíos.

  • Vaya… – dice Pedro, incapaz de pronunciar otras palabras.
  • Dime Pedro ¿de qué otra manera podrías haber llevado el agua?
  • Con la botella de plástico.
  • Muy bien – le animo – dime otra.
  • La otra botella…
  • Perfecto. Otra.
  • Podría haber puesto el agua de una botella en el vaso.
  • Otra.
  • El agua de la otra botella en otro vaso.
  • Perfecto ¿Otra?
  • El agua del plato en otro vaso.
  • ¿Se te ocurren más?
  • Joder, hay mil combinaciones – dice Pedro, ya más divertido, tranquilo.
  • Así es ¿por qué entonces intentas siempre la más difícil, aunque veas que no funciona?
  • Porque no había visto las otras opciones.
  • ¿Por qué?
  • Porque estaba pendiente del problema.
  • ¿Lo entiendes?

Y lo entiende.

Porque llora.

Llora y me abraza. Es entonces consciente de ello, lo veo en sus ojos.

Está tan absorto en sus problemas, tan obsesionado con ellos, que no es capaz de pensar en otras opciones, otras maneras de solucionarlos. Tiene una manera de actuar, que no sirve, que no le ayuda, pero aún así sigue haciendo lo mismo, esperando que algo cambie.

  • Tienes más opciones Pedro.
  • Ahora lo sé.
  • Si algo no funciona, cambia la manera de hacerlo. Si una idea no sirve, piensa otra. No te ancles. Hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes, es absurdo Pedro.

Llega la hora.

Me abraza. Sonríe, y como siempre se queja, aunque agradecido, de la “caña” que le doy.

Abandona la consulta.

Un minuto después llaman a la puerta. Es él.

  • Siento molestar, sólo una cosa.
  • Y las que necesites. Dime Pedro.
  • ¿Otra solución podría ser, por ejemplo, cambiar de maceta, o incluso de planta?
  • Sólo lo sabrás si lo intentas ¿no crees?

Y creyó.

Rota

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¿Sabéis el típico cliché de mujer subida a unos tacones, enganchada a un móvil, y con bolsas de ropa recién comprada en cada brazo? ¡Soy yo! ¡Totalmente!

Cumplo tanto ese estereotipo que a veces llego a dudar si no estaré contribuyendo de alguna manera al clásico y rancio machismo de la sociedad en la que vivimos. Pero no hago daño a nadie, ni molesto. De hecho, me gusta tan poco molestar que si me pruebo una prenda, y no la quiero, no la dejo en el carro de la ropa. La doblo, la coloco, y la dejo perfectamente puesta tal y como la encontré.

A veces incluso he dejado que alguien se me cole en la fila del supermercado, o cuando encuentro un lugar donde aparcar, si veo que detrás hay una persona que también busca, se lo cedo. Una gilipollas nata, vamos.

Creo que todo esto me viene de pequeña. Me decía tanto mi madre eso de “No molestes, no hagas ruido, no desordenes, ordena, limpia, no pises lo fregado…” que crecí mentalizada con ello. Por no molestar, no molesto ni cuando me dejan mis novios. Lo acepto, más resignada que enfadada. A veces incluso he llegado a pedir perdón. Lo que yo os digo, subnormal perdida.

Nunca he sido una mujer de relaciones largas y estables. Me aburro. Pero no pasa nada, lo he aceptado, vivo con ello. Así pues, cuando ya los mensajes, las caricias, las llamadas… me empiezan a molestar, adelanto el final. Ya sabéis, por aquello de no molestar.

Perdón, que me lío. Me pongo a hablar y a hablar y cuando me doy cuenta ya no sé lo que quería contar.

Tengo 36 años. Vivo en un pequeño estudio en Madrid. Y comparto mi espacio, mi cama y hasta mi sofá con mi gato.

Lo que os decía, soy un cliché.

Y digo lo del espacio porque mi gato ocupa más que yo. No es que sea precisamente delgadita, soy lo que se dice hoy en día “Una mujer con curvas”. Vamos, que soy gordita.

Mi gato tiende a ponerse en medio del sofá, estirado. De tal manera que no puedo sentarme en ninguno de los lados. Pero le veo tan cómodo, tan a gusto, tan tranquilo… que por no molestar le dejo ahí.

Así que, queridos, os podréis imaginar las miles de bromas que una tiene que aguantar en cuanto pronuncio que soy una mujer de 36 años, soltera, y que vive con un gato.

El otro día, sin ir más lejos, un hombre me dijo, en plena cita, que si no tenía hijos, era una mujer incompleta.

Una amiga, al comentárselo, lejos de escandalizarse, me dijo “Es que Raquel, ya sabes, tener hijos le da sentido a tu vida, te llena, te da un objetivo…”

¿En serio la gente tiene hijos para llenar y dar sentido a sus vidas?

¿Y si mi vida ya tiene sentido? ¿Y si mi vida ya está llena?

No sé, llamadme romántica, pero yo siempre he pensado que la gente tiene hijos por aquello de la natalidad, de salvar la especie, y, sobre todo, para crear vida a partir del amor entre dos personas. Algo se llena cuando está vacío. Y tener hijos para ello, no me parece lo más sano, sinceramente.

¿Me tuvieron mis padres  a mí para darles sentido a sus vidas? ¿Debería llamar a mi madre para preguntárselo? Mejor no, no quiero que piense que estoy deprimida o, peor aún, que el paso de los años me está afectando.

No estoy incompleta.

En todo caso estoy rota.

Rota por las veces que he fracasado en el amor, las veces que no he cuidado mi salud, o que no hago el ejercicio que debería hacer.

Rota por mis tonteos con las drogas en mi adolescencia. Por mi falta de aspiración en el trabajo, por ser una conformista, básicamente.

Muchas cosas en mi vida me han hecho estar como estoy, rota. Pero ¿incompleta? ¡Ni de coña!

¿Qué hay de malo en que una no quiera tener hijos?

¿Por qué tengo que tenerlos?

¿Es obligatorio? ¿Dónde lo dice?

No quiero que mi vida esté marcada por lo que la sociedad, la Biblia, o un grupo de machos alfas rascándose los huevos, esperan de mí.

El otro día, sin ir más lejos, quedé con mi amiga Sara, que, al no poder encontrar una niñera para la impertinente de su hija, tuvo que traerla con nosotras. Así que imaginaos, me pasé tres horas hablando de “pililas”, en vez de “pollas”, “hacer esas cosas”, en vez de “follar”. Y mi amiga, por su parte, no paraba de decir “Sí, sí, te escucho… Carla cariño baja de ahí”, “Sí, te entiendo, pero… ¡¡Carla come más poco a poco cariño”, “Ostras Raquel, no sabía que… Carla cielo ¿tienes pipí?”

Tres horas.

Tres jodidas horas perdidas escuchando cómo mi amiga hablaba con su hija con voz de retrasada.

Llego entonces a casa, me tiro en el sofá, y, mientras miro Friends, pienso que no cambiaría mi vida por nada.

Me llama Pedro, mi amigo marica, y tras dos horas hablando me pregunta si cambiaría mi vida por la de mi amiga, a lo que yo respondo rápida, sin dudar, “¡Joder no!”.

Por otra parte, me consta que mi amiga, ahora mismo, le estará contando a su marido lo afortunada que es, y lo triste que se siente por mí, pues sigo sola, sin nadie a quien abrazarme por la noche, y con mi útero ya en cuenta atrás.

¿Y si viene todo de la educación? Joder no sé, quizá mi amiga ha sido educada bajo un dogma cristiano, mientras yo he sido educada a través de la culpa. Quizá es por eso que yo me siento culpable cada vez que como chocolate, falto al trabajo por tener resaca, o por echar un polvo sin más. Mientras mi amiga, por su parte, se siente escandalizada cada vez que me ve, sola, sin un hombre que me lleve al altar, y me jure amor eterno delante de (su) dios.

 

Tengo clara una cosa, por muy rota que esté, algún día seré madre. Y tengo claro que la criaré y educaré con libertad.

Que sea rota, puta, católica, o protestante… me da absolutamente igual. Pero que sea libre. Que no sienta culpa por ser quien es, que se exprese física e intelectualmente sin miedos, sin temer al qué dirán.

Completa o rota, pero libre.