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Archive for 7 febrero 2011

Sin ti.

Sin ti

Dentro de doce días me caso. Y me caso con mi ex marido.

Mi madre dice que ella es la primera sorprendida. Se equivoca totalmente. La primera sorprendida soy yo.
La historia es muy larga, y además muy aburrida. Chica de buenos modales conoce a gamberro universitario. Después de una noche de sexo desenfrenado, él promete llamarla, ella piensa “No lo hará”. Lo hace. Los cafés cada vez son más seguidos, vemos todas las películas que se estrenan, nos enamoramos, y 3 años después nos casamos. Típico.

Y como la mayoría de historias sobre divorcios, también típica. La rutina se apodera de nosotros, acabando con la pasión, el amor y los buenos modales. Siete meses después estamos firmando los papeles del divorcio.

El resto de detalles son menos importantes… Claro que tuve otras relaciones con otros hombres, así como supongo y me consta que él las tuvo con otras mujeres.

Pero mis citas siempre acababan igual. Me pasaba el día siguiente en la cama llorando, echándole de menos, maldiciendo el día que lo conocí, imaginándomelo en la cama con otra persona… vamos, lo que se dice “estar enamorada”.

Al final acabé utilizando las visitas de los niños, reuniones del colegio… para tener más contacto con él. Quizá alguien me entienda. Cuando le tenía delante me volvía tonta. No me salían las palabras, tartamudeaba, lo veía guapísimo… y no podía evitar imaginármelo ligando, entrando en un local, y todas las mujeres preguntándose quién sería, cómo se llamaría, si estaría casado… y aquí venía la peor parte, no estaba casado.

Pero entonces, tras varias reuniones y citas a causa del colegio de los niños, los médicos, las visitas…, una tarde me llamó a casa. Lo recuerdo como si fuera ayer.

–          ¿Qué haces?

–          Iba a darme una larga y caliente ducha (sí, iba con intención), y beberme un vaso de vino.

–          Quería hablar contigo de…

–          ¿Les ha pasado algo a los niños? – me alarmé.

–          No mujer, quería invitarte a cenar una noche de estas ¿Mañana?

–          ¿Y los niños?

–          Se los podemos dejar a mi madre.

Así que, por una vez en mucho tiempo, me pasé la tarde del viernes eligiendo vestido, depilándome, cantando, soñando… paseándome por la casa con una sonrisa de niña tonta, emocionada… yo, mi esperanza y mi ilusión teníamos una cita. Una cita con el hombre de mi vida. Con el padre de mis hijos ¿Cómo no iba a estar encantada?

Una vez en el restaurante, todo era muy curioso. Conocía al hombre que tenía sentado delante. Pero por otra parte era como una cita con un hombre al que acababa de conocer. Me sentía nerviosa, intrigada y cachonda, si a esto le sumabas el vino, la cosa tenía muy buena pinta…

Empezaba a recordar porqué me había casado con él. Teníamos conversación, sentido del humor, pasión, le conocía, me daba confianza, nos entendíamos… estábamos en el restaurante riendo sin parar… cuatro horas después estábamos igual, pero entre las sábanas.

Al día siguiente me mandó un mensaje diciéndome que le había encantado pasar la noche conmigo, y que lo volvería a hacer. Le contesté que yo también volvería a repetirlo. A esto le siguieron llamadas, mensajes, cenas, cines, teatros… Hasta que llegó el día.

Estábamos en la cama, donde últimamente pasábamos mucho tiempo. Se incorporó, dejándome ver su pecho musculado, su perfecto ombligo y su conocida erección, y me dijo:

–          ¡Quédate a cenar!

–          No puedo, tengo mucho trabajo.

–          Hazlo aquí.

–          Otro día – estaba encantada con su insistencia.

–          Es que me gusta que estés aquí, volvería a repetirlo, como te dije en el mensaje.

–          Yo también volvería a repetirlo – empezaba a ruborizarme su cercanía y delicadeza en el tono.

–          No lo has entendido, volvería a repetirlo cada día, a cada hora, cada amanecer y cada anochecer.

–          Yo también – ¿qué le estaba pasando? ¡Nunca había estado tan cariñoso!

–          Entonces hagámoslo…

–          ¿A qué te refieres?

Me pidió que me casara con él, otra vez. Dije que sí sin pensármelo, otra vez.

Los niños fueron los primeros encantados. Mami y Papi volverían a vivir bajo el mismo techo, en la misma cama.

Todo iba a ser perfecto. Iba a casarme con el hombre de mi vida, otra vez. Pero ahora era diferente, no había nada de duda y miedo, y sí mucho de amor y seguridad.

Dentro de diez días me caso.

Había pasado un día, y todo había cambiado.

Estaba en la cama plácidamente dormida cuando me llamaron. Quizá esto sólo nos pasa a las mujeres, o quizá sólo a mí, pero sabía que la llamada era mala. El tono me lo decía “No contestes. No contestes”. Contesté.

Mi marido volvía de dejar a los niños en casa de su madre. Luego iba a venir a buscarme para pasar la noche juntos. Al día siguiente tenía la prueba del vestido de novia. Mis sueños pasaron de las nubes al puño…

–          ¿Es usted la mujer de Daniel?

–          Sí, soy su ex mujer, sí.

–          Verá, necesitamos con urgencia que se dirija al Hospital…

Voy a ahorrar los detalles. Aunque sería difícil explicarlo de manera más fría que como aquel agente de policía me lo explicó a mí.
Resulta que una noche de copas y diversión para unos acabó con la vida de mi pasado y futuro marido. Salieron, rieron, bailaron, follaron, y cogieron el coche.
El resultado: mi marido tirado a 6 metros del accidente. No murió en el acto. Sufrió en el hospital.

¿Los otros? Borrachos que se quedaran sin puntos, y con una pena que no acabaran cumpliendo porque tendrán buena conducta y un papi que les solucionará este problema, como tantos otros.

Queda un día para mi boda, y está siendo, de lejos, el más duro de todos. Mis hijos se han ido con mis padres unos días fuera. Tuve que obligarles. No quiero que mis hijos vean este destrozo. La gente me dice que lo superaré, que tengo que superarlo… y no me entienden cuando yo les digo que no lo haré, porque no quiero hacerlo.
No quiero superarlo. Porque hacerlo será reconocerme que el padre de mis hijos se ha ido, y no volverá. Que nunca más me voy a levantar a su lado. Que no me hará enfadar, ni reír. Que no volveré a ser, por segunda vez, la novia más feliz del mundo…

No lo puedo superar porque no lo puedo entender. Estamos hartos de ver anuncios en la televisión, noticias, cifras… muchísima gente muere en manos de un borracho al volante. Debería hacerse justicia. Muchas veces pienso que cuando estas cosas pasan, automáticamente debería quedar herido el borracho. Y los inocentes a sus casas, con la gente que quieren.

Mi marido murió a causa de un fallo en el corazón. El golpe le ocasionó tantas heridas, que la sangre no llegaba, y dejó de latir. Muchas veces, entre risas, me decía que sufría por su salud y bienestar, ya me que me amaba tanto, tanto, tanto, que temía que el corazón le dejara de latir, de tanto amor que había dentro. Me gusta pensar, aunque pueda sonar extraño, que su corazón finalmente se llenó de tanto amor por mí, y dejó de latir.

Prefiero llorar esa idea, que maldecir a cuatro niñatos inconscientes e irresponsables.

No sé muy bien cómo crecerán mis hijos, con qué tipo de educación ni con qué tipo de valores. Pero tengo clara una cosa: les enseñaré a respetarse a sí mismos y a los demás. Y les tatuaré en la mente, en el corazón y en el alma el siguiente mensaje:

Si bebes, no conduzcas.

Mejor poner fin a una noche de fiesta y música,

que poner fin a una vida y una historia de amor.

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