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Archive for 29 septiembre 2010

María se levantó una mañana y supo que algo andaba mal. Se levantó con esa sensación de resaca continua. La noche anterior no había salido, así que esa sensación de falta de sangre en el cerebro la incomodaba.
Hacía 3 días que había pasado el período, así que rechazó la idea de la menstruación. Estaba triste, era un día triste. Sin más.

Dejó esos pensamientos debajo de la almohada, “a la noche me encargo de vosotros”, pensó, y se sumergió en sus rituales diarios para irse a trabajar.
Calentó café mientras se duchaba. La noche anterior ya había preparado la ropa. Hoy tocaba reunión general, así que eligió esa camisa la cual se abría de forma casual, dejando ver un generoso escote.

Una vez acabado su ritual de 40 minutos, ni uno más, ni uno menos, se fue a la oficina, larga jornada.

Lo primero que hizo al llegar a la oficina fue encender su ordenador y revisar sus correos. Tenía varios, todos ellos entradas o comentarios de la red social, y 2 más con cadenas. El más personal de ellos decía “¿Nos vemos este fin de semana?” Eso le hizo sentirse más triste aún. Algo le pasaba, y no era consciente. No tenía ganas de hablar con nadie, sólo quería hacer su trabajo y largarse a casa.

La reunión no fue del todo mal, probablemente le darían ese ascenso que tan poco merecía, pero que tanto había deseado.

Al llegar a casa se sentó en la mesa, mientras calentaba las palomitas, su cena, y pensaba en su tristeza y soledad. Echaba de menos a sus amigos, los echaba de menos de verdad… echaba de menos una charla sincera, un sincero “¿Qué tal?. Todo había cambiado, y no se había dado cuenta.

Echaba de menos a sus amigos, pero no a los de ahora, a los que solían ser antes. Antes se divertían, antes se querían… ¿Y ahora?

La gente no se moja.
La gente no opina.
La gente no se preocupa.

Cogió rápidamente el teléfono, y llamó a su madre. Me arrepentiré de esto, lo haré, pensó. Al rato  de estar con ella al teléfono, la madre dijo:

–  Estoy preparada, suelta.

–  ¿Preparada para qué? – preguntó María.

–  Sé que me has llamado porque tienes una tormenta mental – dijo la mayor de ellas – así que estoy preparada, suéltala, llueve sobre mí.

Amaba a su madre por eso. Cero dramas. Era todo tan sencillo con la gente mayor…

Al rato de estar hablando, la madre rompió el monólogo:

–  Cariño, casos como el tuyo se repiten hoy en día en nuestra sociedad, cada vez más, cada vez peor. Y es alarmante. Está demostrado que tener amigos – como decís ahora “de los de verdad, en mayúsculas” – es bueno no sólo para la salud, sino también para prevenir enfermedades, afrontar mejor los problemas, y enfrentarnos a la vida de una forma más optimista y sana.

–  Entonces ¿dónde está el problema?

–  El problema está en que hoy en día confundís “grupo de amigos”, con “rebaño de gente”, parece ser que hoy necesitamos ser miles de personas en un mismo grupo, para así demostrarnos a nosotros mismos que tenemos muchos amigos, que somos queridos, respetados, importantes… cuando lo más seguro es que a ninguno de ellos le importe qué hiciste ayer, o qué tal estás. Cabra en un rebaño.

–  Bueno, eso no es del todo cierto, sí que tengo amigos, muchos…

– Si, en la red social esa que teneis… ¿Por qué os da tanto miedo salir a tomar un café y charlar de verdad?

– ¡Sí que tengo amigos!

–  Dime uno – preguntó la madre.

–  Marta.

–  ¿Qué es lo último que sabes de Marta? ¿Cómo ha empezado la semana?

María rápidamente pasó su atención de su madre a Marta. La última vez que la había visto había sido el viernes pasado. Habían salido todos a tomar unas copas, habían bebido más de la cuenta, y… bueno… fue una gran noche.

Pero por lo demás… no había vuelto a saber nada de ella, de hecho, fue ella quien le dijo por la red social “¿Nos vemos este fin de semana?

Rápidamente sus pensamientos se trasladaron al verano del 2009. Las chicas decidieron irse juntas a la playa, solo ellas, y disfrutar así de un poco de cotilleo e intimidad femenina. Lucía, la más guapa de todas ellas, no pudo asistir a la playa ya que había conocido a un tío hacía 2 noches, y se pasaban el día encerrados en la habitación. Así empezó la conversación, o la matanza.Todas las amigas se pusieron de acuerdo en que Lucía era una puta, además de una cabrona y una mala amiga.
Al rato apareció Lucía, y todas se levantaron, gritando, felicitándola por ese tío tan bueno que había conocido. Además, le recordaban que hacían una pareja genial, eran los dos tan guapos, y ella, además, tan maja  y tan buena amiga…

Compartió esos pensamientos con su madre.

–  Pero ¿qué esperas? Sois amigas porque os toca. Salís juntas a las mismas discotecas, os gustan los mismos chicos, bebéis todas como si no hubiera un mañana, y eso está bien, os toca hacerlo ahora que sois jóvenes, pero hija ¿os une algo más?

–  Bueno, nos queremos…

–  No – protestó la madre – decís que os queréis porque así evitáis tener que pensar en si os sentís unidas, o si todo es falso. Como decís que os queréis, no hace falta pensar en porqué sois amigas. Créeme que eso no es querer.

–  ¿Por qué?

–  Porque no puedes querer a la gente con la que sólo te emborrachas, compartes tres estúpidos cotilleos y comentas la vida de Belén Esteban.

–  Es lo que hace todo el mundo.

–  Entonces todo el mundo está solo.

María pensó en Joan y Victoria. Eran sus amigos desde que pequeños. Casi ni recordaba cuándo se habían conocido. Habían crecido juntos. Habían llorado juntos. Eran amigos. O eso creía ella. Pareció que su madre le leía la mente, una vez más.

–  ¿Y qué me dices de Joan y Victoria? Hace tiempo que no los veo

–  Ni yo.

–  ¿Ha pasado algo?

–  Bueno, lo normal… la cosa se ha enfriado, ya casi no nos vemos.

–  ¿Eso es lo normal ahora?

–  No, si… no lo sé. Quiero decir que de vez en cuando nos llamamos y esas cosas, pero nunca profundizamos ni nos preguntamos más allá del qué tal, cómo va…

–  Creía que te habías peleado con Victoria.

–  Si, de hecho ni me cae bien… pero ¿qué voy a hacer? ¿Dejar de hablarle? ¡Es mi mejor amiga de toda la vida! ¿Qué voy a hacer?

–  ¿Qué vas a hacer? ¿Qué tal elegir mejor a la gente de la que te rodeas? ¿Qué tal quererte y respetarte?

–  ¿A qué viene eso ahora, mamá?

–  ¡Victoria te trató mal! Y tú hiciste como si nada, no me lo niegues, lo sabemos todos. Y ahora tú quieres perdonarla porque  “sois amigas de toda la vida”, eso no da derecho pleno a hacer lo que te dé la gana con la gente, cariño.

–  ¿Qué insinúas?

–  ¡Nada! Sólo que si la gente te trata mal y te demuestra que no es buena persona, da igual si la acabas de conocer, o si la conoces de toda la vida, tienes todo el derecho a decir “No te quiero en mi vida”, y al que no le guste, que se muerda el dedo y ande.

–  ¿Qué estoy haciendo mal?

–  No estás haciendo nada mal. Estás aprendiendo. La gente cambia, tú cambias, y cada uno lo hace a su ritmo. No puedes pedirle a todo el mundo que avance las casillas que tú avanzas, que retroceda cuando tú retrocedas, o que vuelva a empezar cuando tú lo hagas. Estoy de acuerdo que los amigos más importantes son los de toda la vida, pero eso no quiere decir que sean los mejores. Hay gente que entrará en tu vida durante un tiempo, y gente que se quedará para siempre. La antigüedad no da la seguridad. La gente te puede fallar, tú puedes fallar

–  ¿Y entonces qué hago?

–  ¡Seguir adelante! Has crecido, madurado, y ahora tienes unos principios que antes no tenías, y no todos tus amigos tienen porque ver la vida igual que tú. Tienes miedo de perder a Victoria porque es “la de toda la vida”. Pues bien, ha llegado el momento de ver que no es del todo cierto, que más bien es “la que toda la vida te ha menospreciado”, y tú lo has aceptado, y peor, lo has hecho normal.

–  ¿Por qué en tu época todo era más fácil?

–  ¿Más fácil? Apenas teníamos dinero, no podíamos ir al cine, no podíamos besarnos por la calle, apenas teníamos comida…

–  ¿Entonces?

–  Entonces… sabíamos lo que era la amistad. Ahora sales a una discoteca y ves a un grupo de 7 chicas o chicos bailando, y sabes que entre ellos no se soportan, no se llevan bien, se critican a la espalda… pero no lo sacan a la luz, porque si no ¿con quién saldrán el fin de semana que viene? ¡Es fácil detectarlo! Se conocen de 2 meses y se profesan amor sincero y verdadero. Lo que te digo es que huyas de esas cosas. Sal con tus amigos y amigas a las discotecas, liga, emborráchate… pero cultiva la flor, riégala. Conócete, conócelos, en los buenos momentos, en los malos momentos… Eso es la amistad.

–  ¿Siempre has sido tan sabia?

–  ¿Sabes cuántos amigos tengo? Cuatro, y me basta ¿Sabes cuántos colegas, como tú dices, tengo? ¡Cientos!

–  Ya, conozco la diferencia…

–  ¿Y sabes qué es lo bueno? Que algún día, quizá, algunos de esos “colegas” podrá ser mi amigo, mi amigo de verdad. Pero lo será porque ambos lo decidiremos, porque ambos nos sentiremos unidos a algo, a la lectura, a la forma de ver la vida, al cine, a la forma de compartir los problemas… Si tienes que echar a alguien de tu vida que no es bueno para ti, hazlo, no estás haciendo nada malo, estás cuidándote, respetándote, eligiendo de una forma sana lo que quieres en tu vida…

–  Ya mamá, he recibido el mensaje…

–  Ese tono, jovencita… No estés triste, estás a tiempo, siempre lo estás. Rodéate de la gente que te quiere, y diviértete con quien te dé la gana. Pero  cuida a tus amigos. Cuando preguntes “¿qué tal?” a un amigo, no esperes un “bien” para poder seguir a otro tema, echa raíces, profundiza, cuida.

–  Muchas gracias, mamá.

–  Por cierto ¿Qué tal Lucía? ¿Sigue con aquel chico?

–  No, ya no, la presión del grupo pudo con ellos. Aunque conociendo a las chicas, si critican a Lucía, me criticaran también a mi… ¿verdad?

–  Claro que sí, hija, también lo harán contigo cuando no estés. Aunque conozco a Lucía, y si te consuela, tú no eres tan guapa como ella… y espero que tampoco tan puta.

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Desde otros ojos

No necesité mucho tiempo, me bastaron apenas dos meses para darme cuenta de donde me encontraba ¡Tenía tantas ganas! Había imaginado este momento cientos de veces…

Lo primero que me sobresaltó fue la individualidad. La gente va por la calle como astros en el espacio. Independientes. No pertenecen a nada común. No se miran, no se saludan, no se sonríen. Cada uno hace su camino. Y si, en algún momento, alguien roza, choca o toca a otro, todo son sonidos de desánimo, miradas agresivas, dientes apretados…

Me dio miedo, me dio bastante miedo, así que me dediqué a andar por las calles más solitarias, más oscuras, para así poder evitar ese tipo de contactos ¿Qué les ocurre? ¿Por qué ese estado de ánimo temporal cuando están recién levantados? Creía que cuando una persona se levantaba estaba relajada, descansada, con fuerzas… pero se levantan arrastrando los pies, se quejan del día que hace, del día que es, del día que debería ser…
¡Sin sentido!

Por esas calles más apartadas, pude ver a diferentes señoritas. Todas ellas vestidas de una manera que aquí llama “provocante” y “sexy”, eso quiere decir que enseñan partes del cuerpo que no deberían enseñar. Es extraño, tomo nota, sólo veo a mujeres haciendo este tipo de trabajo. Ni un hombre, nada de nada.
Investigo en internet, y encuentro que también hay hombres que se dedican a esto, pero la mayoría en fiestas privadas,  en secreto, con discreción, y los que lo hacen en la calle, son en los países pobres. Aquí, en los países ricos, sólo las mujeres hacen ese trabajo.
Rápidamente miro mis apuntes de Historia ¡Lo sabía! Hace millones de años las mujeres ejercían la prostitución. Al principio, solamente a la gente de clase alta, por sus beneficios económicos, y a los soldados, para compensar su arduo trabajo. Luego, debido a la mala imagen del trabajo, a todo aquel que quisiera pagarla. No recuerdo las fechas, pero juraría que fue hace miles de años. No han avanzado en este aspecto, no.

En el hogar las cosas también son, cuanto menos, curiosas. Resulta que, a pesar de la intención de querer pintar una sociedad avanzada y moderna, la mujer sigue siendo la responsable del hogar en la mayoría de los casos, mientras el hombre se encarga de ir fuera a conseguir el alimento y sustento de la familia. No tengo que repasar apuntes, de esta parte me acuerdo, en la época prehistórica el hombre salía a cazar mientras la mujer, por débil, se quedaba en la cueva preparándola y acondicionándola a los placeres  del hombre (macho).

Continúo viendo, horrorizado, cómo las mujeres siguen muriendo a manos de sus parejas masculinas. Son violadas, maltratadas, asesinadas… y la ley que tienen creada no sólo no ayuda a la mujer, si no que hace un cara a cara entre la fuerza del hombre, mediante un puño, frente a la defensa de la mujer, mediante una hoja firmada por alguien, hoja que, por cierto, un niño de 4 años podría romper sin pestañear.

Los padres siguen ignorando a sus crías, o hijos, como los llaman ellos. Se sientan en el sofá mientras sus hijos pasan horas encerrados en sus habitaciones delante del ordenador, mirando cosas que no deberían ver… porno, sadomasoquismo, orgía, sexo anal, voyeurismo, lluvia dorada … son palabras y términos que he tenido que aprender, y son, desde luego, conceptos que un niño de 7 años no tiene porqué ver ni entender todavía.
Crecen y se desarrollan solos, no comparten sus miedos, frustraciones, emociones… y nacen siendo personas introvertidas con miedo a la socialización y comprensión de las emociones.  Sólo quieren escuchar “he aprobado todo”, “estoy bien”, “me voy a mi habitación a estudiar”, y se creen que saben todo sobre ellos. Los padres prefieren quedarse viendo la televisión
¡Sin sentido!

La televisión, por cierto, uno de los mejores inventos que han creado ¡y qué uso le dan! Utilizan imágenes deshumanizadas a la hora de comer, se habla de sexo, violencia, guerras a todas horas, programas donde la gente cuenta su vida privada, y por ello cobran más la hora que un profesor de colegio o una enfermera en una guardería ¡Qué vergüenza! Y peor aún, culpan a esos personajes de la televisión, cuando la culpa la tienen todos, absolutamente todos, desde el que lo comercializa, hasta el que lo ve, hasta el que lo critica pero escribe sobre ello…
¡Sin sentido!

No solo no han avanzado en casi nada, sino que en algunas cosas han dado marcha atrás. Antiguamente, me informo, un hombre podía disfrutar de la compañía sexual de otro hombre cuando éste era de alta clase, una persona erudita, noble, de alta cuna, o sabio. Era una manera de destacar positivamente en la sociedad, se paseaba de una manera noble, sana, orgullosa…
Ahora, a pesar que muchos lo viven de una manera libre, la mayoría viven escondidos, en armarios dicen aquí, aunque es una expresión que aún no he comprendido. Varias veces salen noticias de parejas del mismo sexo que mueren a manos de gente homófoba. Muchos matrimonios son fachadas, cortinas de humo para esconder en el fondo a una persona esclava de su pesadilla, una persona que no es capaz de vivir de una forma sana su sexualidad, engañándose así a sí mismo, y a su pareja.
¡Sin sentido!

Hace cientos de años se usaba a la gente de color, negra, para realizar trabajos como esclavos. Debían servir a sus amos en todo lo que ellos quisieran. Hoy en día, aquí las cosas son iguales. Se cubren dando derechos, canciones, himnos y días señalizados para celebrar, pero no me engañan. Los negros hacen el trabajo que los blanquitos no quieren hacer.
Que no, que no avanzan, a mi no me engañan.

En su propio mundo la gente está muriendo de hambre, y gastan fortunas incalculables en construir máquinas para descubrir qué hay fuera de su Planeta. Está claro que es importante, es Historia, es Ciencia… pero deberían abrir los ojos. Cuando la gente en tu casa se muere de hambre, y tú das dinero para comprar comida a tus vecinos, algo se te escapa, igual eres un poco imbécil.

Y la otra parte del dinero que más se mueve, se gasta en hacer bombas, armas, y misiles para matarse entre ellos ¡No lo entiendo!

¿Se trata, pues, de la especie más inútil de todas? Igual solamente se han equivocado en darle los objetos a ellos, y en realidad eran para otros animales. Es como darle un premio Nobel a un niño de un año, y un chupete a un tal Pierre Curie. Algo deben haber hecho mal, porque si no hay cosas que no entiendo…

Cuando me mandaron de mi Planeta a este para investigar y hacer mi tesis, pensé que me encontraría algo diferente ¡Quedé tan decepcionado!
Luego oigo comentarios de gente que dice “Tiene que haber vida fuera de nuestro Planeta, es imposible que el universo sea tan grande, y seamos los únicos”.

Yo entonces miro al suelo, sonrío, y pienso: “Claro que hay vida allí fuera, lo que pasa es que nos estamos escondiendo de vosotros.”

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cr21

Cada mañana, cuando suena el despertador, me levanto el primero en mi casa, y preparo café para todos, para que así nada más despertar lo tengan encima de la mesa.

Luego preparo mi desayuno para empezar el día con fuerza, como me dicen siempre, preparo el zumo de naranja natural y el bocadillo, lo recojo todo, y me marcho al taller.

Dicen que no podría vivir solo, y que no tengo algo llamado “autonomía”, a lo mejor si me lo explicaran lo podría tener. Cosas de mayores, supongo…

Una vez que estoy en el taller, saludo a todos mis compañeros, preparo mis cosas, dejo encima de la mesa la comida que me preparé la noche anterior, y empiezo a trabajar. Me gusta mucho mi trabajo, tengo que recoger piezas y colocarlas en su sitio, según el tamaño. Si hay alguna que está rota o estropeada, porque a veces las máquinas no hacen bien su función, las separo del resto.

Es muy importante mi trabajo, porque gracias a esto existen los coches, y la gente puede viajar, e ir de excursión, o ir a trabajar.

Dicen que no podré tener un trabajo digno en mi vida, que nunca alcanzaré, otra vez, esa autonomía laboral.

Cuando llega la hora de recoger, nos cambiamos la ropa, y siempre bromeamos, sobre todo con Pedro, es muy torpe y siempre mete la pata en el trabajo. Luego siempre nos vamos todos a merendar fuera, cerca de un parque muy famoso de la ciudad. Allí nos sentamos y jugamos, o charlamos.

Dicen que nunca tendré una vida social plena, y que mi forma de relacionarme nunca será exacta ni compleja.

Allí tengo la oportunidad de hablar con Míriam. Es una compañera que trabaja en el taller, aunque hacemos cosas diferentes, ella se encarga de contar las fichas y escribirlo para que todo esté correcto. Somos novios, pero nadie lo sabe. Si, tengo novia ¿no puedo? Y estoy enamorado de ella, y ella está enamorada de mí. No lo contamos porque estamos en el trabajo, y sabemos que ahí no es lugar para darnos besos ni caricias. Pero yo, cuando nadie mira, le escribo algo en alguna nota y se lo dejo en su mesa. No nos pueden castigar por hacer eso, y sé que a ella le alegra el día.

Dicen que no somos capaces de controlar nuestros impulsos sexuales, y que nunca sabremos qué es tener una relación estable.

Cuando llego a casa me siento con mi madre y le cuento qué tal me ha ido el día, y ella me cuenta su día. Cada vez la veo menos preocupada, creo se va dando cuenta que puedo hacer mi vida. Me gusta que sea tan cariñosa, la quiero mucho.

Dicen que hubiera sido mejor abortar, porque “qué será de mí el día de mañana”.

A la hora de cenar nos sentamos todos a la mesa, y vemos la tele o comentamos los programas. Me gustan las películas de guerras y aviones, y muchas veces mi padre me lleva al cine a ver alguna película. Ya he aprendido a usar el dinero, así que algunas veces me deja pagar a mí. Me gusta, me hace sentir responsable y mayor. Lo que soy.
¡Claro que me pongo triste! Me pongo triste cuando pierde el Barça, o cuando le hacen una falta a mi jugador favorito, Xavi. Pero cuando marcan un gol disfruto más que nadie, grito y me abrazo a mi padre, que también es del Barça.

Dicen que nunca podré tener una “vida normal”.

No me gusta llevar traje y corbata, me ahoga, pero una vez, cuando murió mi tía de un cáncer, tuve que ponerme un traje. Y me dio igual. Estaba muy triste, no comí en 3 días y mi madre decía que si no comía podía morirme. Pero me daba igual. Me llevaba muy bien con mi tía, me quería mucho y yo a ella. Y me daba igual morirme. Sólo pensaba en lo injusto que era. Ella era buena persona, amable, cariñosa, divertida, y había muerto. Y por la tele no dejo de ver a gente mala que sigue viva.

Dicen que siempre seremos inestables emocionalmente, y que nuestra implicación con el otro nunca se realizará de una manera arraigada y fiable.

Sé que cuando camino por la calle la gente me mira diferente. Algunos con burla, otros con pena. Sé que me falta inteligencia, no somos tontos, y sé que por eso vamos a otro colegio diferente al tuyo. Pero también sé, como dice mi educador, que tengo menos responsabilidades que tú, y que disfruto más de las cosas sencillas de la vida, de las risas, las caricias, las mariposas…

Dicen que no somos conscientes de nuestra realidad.

Pero hay cosas que no entiendo, no sé si por ser como soy, o porque de todas formas no las entendería.

Hablan de “autonomía”, “vida normal”, de “relaciones sanas y complejas”… y entonces me fijo en la vida de las otras personas.

Me levanto y desayuno, preparo mis cosas y me voy a mi trabajo, salgo y me voy con mis compañeros al parque, vuelvo a casa y me siento a hablar con mi familia, cenamos viendo la televisión, y me voy a dormir para levantarme al día siguiente.

Dicen que nunca podré tener una vida como la tuya, pero ¿tanto se diferencian?

Dicen que nunca seremos normales, porque tenemos eso que habéis llamado “Síndrome de Down”.

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Slamah

Cada vez que veía una historia parecida a la mía pensaba “No te lo crees ni tú. Tú te lo has buscado”. No sentía ni el mínimo ápice de solidaridad femenina hacia ellas… todo lo contrario, me repugnaban, no eran dignas de vivir donde vivían, de la cultura tan rica que corría por sus venas.

Como cambian las cosas. Y ahora estoy yo en esta situación, y si me paro a pensarlo, ni siquiera sé cómo he llegado ¿Cómo me ha podido pasar a mi?

Mi marido y yo sentimos muchas cosas, menos amor. De eso estoy totalmente convencida. Odio, asco, envidia, rivalidad, celos, apatía… a veces incluso cariño y nostalgia… pero amor, poco. Nada. Si a todo esto le sumas las palizas, vejaciones y abusos a los que me ha tenido sometida, imagínate las ganas que me quedaban para estar a su lado.

Me obligaba a quedarme en casa, una vez incluso me ató a la cama para que no me fuera. Me violaba, me obligaba a realizar prácticas sexuales denigrantes, muchas de ellas ante los ojos atónitos de nuestra hija. Ella tenía 5 años…

Siempre había vivido con el sueño de aprender a leer y a escribir. En casa teníamos miles de libros, todos de mi marido, y en mis horas muertas me lamentaba mirándolos “Ojalá os pudiera leer, cuántas cosas me contaríais, cuánta compañía me daríais…”

Fue entonces cuando encontré mi válvula de escape. Nuestra pequeña hija, Amîr, empezó a asistir a clases que se organizaban en el centro de la ciudad. A las mujeres se nos permitía asistir, y allí podíamos hablar entre nosotras.  Fue en uno de esos encuentros donde conocí a Jhadán, un joven profesor que se ofreció a enseñarme a leer y a escribir.

Nos encontrábamos siempre a la salida de la escuela. Dejaba a mi hija a manos de mi vecina, y nos encerrábamos en el aula a repasar todo tipo de oraciones, frases, letras, sílabas… me fascinaba todo aquello, cada día estaba más convencida, quería aprender y aprender, leer y leer, escribir y escribir…

Una tarde Jhadán no pudo ir a la escuela por motivos de salud, nada grave, así que yo fui hasta su casa, le llevé un poco de miel, y allí nos pusimos a repasar la lección que tanto me gustaba, que tanto necesitaba…

Dicen que las mujeres somos más egoístas y vengativas entre nosotras, y doy fe. Se corrió la voz por el pueblo, todos afirmaban haberme visto entrar en su casa, con oscuros y lascivos pensamientos, con proposiciones de prostituta que merecían la cárcel.
Tanto revuelo en el pueblo hizo que se presentasen los miembros masculinos de la familia de mi marido en casa del profesor. Me sacaron a patadas, literalmente. Por el cielo volaban hojas, lápices, libros, sangre, dientes… No sé, y quizá nunca llegaré a saber, qué pasó dentro de la casa.

Al poco rato me vi atada de pies y manos frente a una pared, desnuda, mientras 3 hombres se dedicaban a darme latigazos, sin miramientos, sin piedad, nada de remordimientos, nada de humanidad en esos gritos.
El motivo: querían que admitiera que había tenido relaciones sexuales con ese hombre. No las tuve. Mi Creador sabe que no miento, que en mi cabeza sólo tenía un pensamiento: aprender. Pero cuando te están diciendo que si confiesas se acabaran los latigazos, que te dejaran tranquila, y que no le harán nada a tu hija, créeme, confiesas lo que te pidan. Así que entre látigo y látigo, insulto e insulto, y sangre derramada, exclamé un breve “Lo hice, tuve relaciones sexuales con él”. De ese día no recuerdo nada más. Caí rendida.

Ahora estoy aquí. Encerrada en mi habitación, sin poder salir. Ante estos casos, miles y miles, siempre he pensado “Eso no hay quien se lo crea, si no querías mantener relaciones sexuales ¿por qué ibas?” y ahora la mayoría de mujeres de mi pueblo me mirarán así, y mi respuesta es sencilla, fui porque no quería morir inculta, porque necesitaba una vía de escape, porque no es bueno para mi salud mental estar encerrada aguantando los maltratos de un hombre.

Debería ser diferente. No es justo. Debería poder tener libertad de elección. No quiero a mi marido, mi marido tampoco me quiere a mi ¿Qué le importa a él? Sé perfectamente que él está teniendo relaciones sexuales con otras mujeres, todas ellas solteras. Y nadie dice nada. Yo ni siquiera he tenido un beso, y voy a morir lapidada. Si pudiera volver atrás, si pudiera retroceder en el tiempo… le habría besado. Al menos esto hubiera merecido la pena, al menos hubiera tenido unos segundos de libertad real, y felicidad no fingida.

Ahora oigo como gritan ahí fuera. Piden justicia. Qué sabrán ellos. Gritan y piden a la pecadora, a la traidora… Sigo escuchando más gritos. No me da miedo. Sé que no volveré a ver los ojos de mi pequeña. Sé que mi marido ha salido ganando. Sé que si estuviera en otro país, con un papel firmado estaría todo solucionado.

Oigo como preparan las piedras y las cuerdas. Eso sí me asusta. Mucho. Sé que me va a doler, sé que me va a matar. Lo peor de todo, desde luego, es saber que esto está pasando, ya está pasando… y sólo soy una mujer más, una estadística más… ellos seguirán llevando el mundo, y nosotras la casa. Ellos seguirán cosechando éxito, y nosotras tristeza. Ellos se llenarán los bolsillos de riqueza, y nosotras el alma de piedras.

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Hogar y miedo

Allí estábamos sentados, ella y yo, yo y ella… Cómo habíamos cambiado ¿Cómo era posible? Ella había sido la más deseada, la más admirada, la más bella… y ahora parecía que tenía 40 años más… empecé a comprender todo cuando empezó a contar su historia…

Aún recuerdo cuando dormíamos juntos, Óskar. Me acuerdo absolutamente cada día de cuando me levantaban sus besos, o cuando dormíamos abrazados, cuando le daba vergüenza que le besara en público, al principio…

Recuerdo cuánto nos queríamos, cómo me decía que era la mujer más maravillosa del mundo, su sonrisa cuando yo le susurraba: “¿A quién quiero yo?”

Recuerdo como, al poco tiempo, dormíamos ya separados…

Y su primera ostia. La recuerdo perfectamente. Estábamos discutiendo, no recuerdo muy bien de qué exactamente, pero él, como siempre, quería salirse con la suya. Mi respuesta fue clara “No, no quiero”. Su guantazo fue tremendo.

Al día siguiente nada había cambiado, fue como si no hubiera pasado nada. Mi reacción también. Me desperté, le preparé el desayuno, le di los buenos días, nos besamos, le desee una buena jornada, y nos despedimos. Fin.

Pensé que, quizá, se trataba solo de un hecho aislado, el estrés, un mal momento, todos tenemos derecho a tener alguno ¿no? Así que decidí pasarlo por alto, aquello no se repetiría más.

Hasta la siguiente. Lo recuerdo perfectamente; es curioso como el cerebro selecciona aquello que queremos recordar, y aquello que debemos olvidar. No sé porqué razón mi cerebro se encarga de que esto no lo olvide nunca.

La discusión empezó, como siempre, por temas económicos. No nos faltaba el dinero, pero tampoco nadábamos en la abundancia. Él quería gastarse mucho dinero en una cosa que dentro de 2 semanas ya ni miraría, como a mí. Me negué en rotundo, y allí vino el primer insulto.

Dolió más que la primera bofetada. Ese “Hija de puta” se me clavó en el corazón y en el alma, y parece ser que también en el cerebro. No supe reaccionar, una parte de mi gritaba “No lo toleres, crúzale la cara”, otra parte de mi, la que más me asustaba, rezaba “Huye, sal de la habitación de inmediato”. Decidí plantar cara, echarle fuerza. Él también. Usé toda mi razón y cariño para hacerle entender. Él sus puños y sus piernas para hacerme caer.

Al día siguiente pretendí hacer como si nada pasara. Puse todo mi empeño, todas mis ganas y fuerzas. Pero no pude evitarlo. En cuanto él entró en la habitación empecé a temblar. Me temblaba la voz. Me temblaban las piernas. Se rompió la tensión con un “Hoy no vendré a dormir a casa”. Le pregunté dónde iría. Me dijo que no era mi problema. Le dije que no me contestara así. Me agarró del brazo y me dijo que me contestaba como le salía de la polla. Y ahí acabó la conversación, tuve que salir corriendo al lavabo. Fue humillante sentir, por primera vez, la expresión “mearse de miedo”.

Mis amigas tampoco ayudaban. No paraban de hablar de ellos, que si uno era guapo, el otro muy trabajador, y entonces preguntaban “Sara, querida ¿y el tuyo qué tal? Lo vimos el otro día, qué guapo es”, y era instantáneo, me mareaba, me daban ganas de vomitar, quería salir de ahí y meterme en casa. Quería llorar mi desamor, mi corazón roto, mi orgullo pisado, mi vida arrastrada… Y así lo hice.

A los tres meses, ya estaba literalmente sola. No salía, no entraba, no preguntaba, no hablaba, no llamaba… sólo lloraba. Y mucho.

Mi rutina se había convertido en levantarme cuando él salía, y acostarme antes de que él llegara. Y los fines de semana, me limitaba a encerrarme en mi habitación, en mi mundo.

Por las noches, cuando oía la puerta de casa abrirse, temblaba, no podía hacer otra cosa que cerrar los ojos y rezar. “Que no entre, que no entre… por Dios que se quede en el comedor”. Algunas veces ese Dios estaba de buen humor, y la noche transcurría tranquila. Otras veces él entraba, le cogía el bolso, le robaba, la provocaba, le daba patadas, se quejaba, le lloraba… y se iba.

Un día la cosa se fue de las manos. Él llegó a casa borracho, y seguramente fumado. Me pidió dinero para seguir la fiesta con sus amigos. Le dije que era domingo, que mañana era lunes, y que se acostara, que ya había tenido demasiada fiesta. Normalmente noto cuando se enfada, cuando está al límite de soltarme una ostia.

Pero esa noche… estaba desquiciado, ido… loco… me agarró del pelo y me arrastró por la cocina. Aún puedo sentir como notaba los pelos separarse de mi cabeza. Fue horrible, horrible… entre mis gritos y sus gruñidos iba diciendo “Dinero, dinero, dinero… dame dinero…” y otras cosas que me dan hasta vergüenza contarte, Óskar, horrible, de verdad…

Más de una vez había pasado por mi cabeza “Mátate”, muchas otras veces, los días más positivos, había pensado “Mátale”. Pero al final todo era eso, ideas, pensamientos psicóticos… psicosis causada por una persona que te quiere. Nada tiene sentido.

Un día vi en la televisión a una mujer explicando su situación. Todo recordaba a la mía. Humillación. Vejación. Desgracia. Le había pasado exactamente lo mismo que a aquella mujer. Su solución era clara, denuncia. Lo decía con la mirada limpia, valiente, sana, clara, dulce, curada… “Denuncia”.

Decidí dar el paso. Antes que nada quiero decir que es totalmente falsa esa idea de levantarse y decir “Hoy cambiará mi vida… hoy denunciaré”. En absoluto funciona así. Tarda semanas, meses o años tomar esa decisión. En mi caso fueron 8 meses. Cada 2 meses iba, me presentaba delante de la comisaría, y me imaginaba explicando mi situación. Enseguida pensaba “¿En serio lo voy a hacer? ¿Cómo puedo ser tan cabrona?” Me daba la vuelta y volvía a casa. Y él volvía a pegarme. Y mis alegrías volvían a ser penas. Suma y sigue…

Muchas veces lo he hablado con alguna amiga, cuando me he roto y no he podido aguantarlo más, o cuando las heridas han sido tan grandes que no las he podido ocultar, y las excusas de “Me caí por las escaleras” se acababan…

Al final todas las conversaciones acababan igual:

– Sara denuncia.

Y yo, con voz temblorosa y ojos llorosos contesto:

– Pero ¿cómo voy a denunciar a mi propio hijo?

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Aquí tenemos una muestra de este precioso y enriquecedor trabajo. Hace unas horas un compañero de profesión, tutor de una clase de chicos de 14 a 16 años, me enviaba este texto. Fue leerlo y pensar que no toda la juventud es esa juventud que sale por la televisión, que sólo piensan en el botellón, que queman basuras, que ni estudian ni trabajan… Hay jóvenes sensibles, entregados, responsables, conscientes… y para muestra, un botón. Gracias tutor.

Este tema es de gran interés público, ya que actualmente es uno de los grandes problemas de la sociedad española. Al año mueren cientos de mujeres por esta cusa, y otras muchas sufren todo todo tipo de problemas.

Un alto número de víctimas mortales o no, nunca llegan a denunciar dichos comportamientos por parte de su pareja. Y esto ¿por qué sucede? nos preguntamos todos.

En este tipo de conflictos la mujer maltratada llega a tener unos niveles de pánico muy elevados. El estado y la justicia no ofrecen ninguna clase de protección lo suficientemente contundente como para que estas mujeres se atrevan a denunciarlo.

Una víctima atemorizada no será capaz de llevar al agresor a un juzgado arriesgándose casi con toda seguridad a que dicho elemento quede libre bajo fianza o con una absurda orden de alejamiento que puede desobedecer sencillamente.

Estas mujeres saben que actualmente la justicia no cuenta con la frialdad suficiente como para imponer una sanción lo necesariamente segura para que la víctima pueda vivir tranquila.

Aquí está la paradoja, el estado anima y necesita que las víctimas denuncien a sus agresores, pero después no tienen los medios necesarios para proteger a la mujer y castigar al imputado. De esta forma las víctimas no son capaces de querellar a sus parejas y el estado puede defenderse públicamente de las cifras mortales alegando que la mujer española no denuncia la violencia de género.

No puedo entender como un hombre puede pegar a una mujer y no sentirse mal. Y peor cuando tienen hijos, y no piensan en que pegando a su madre le pegan también a ellos.

Hay que respetar a todo el mundo, sobretodo a las mujeres, que nos dan la vida.

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PD: Cuando maltratas a una mujer, dejas de ser un hombre.

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