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Archive for 2 marzo 2013

De tal palo.

Hace mucho tiempo, en una antigua aldea situada cerca de la costa, vivía una humilde familia formada por el patriarca, Pedro, su mujer, Aura, y sus dos jóvenes hijos.

Cada mañana Pedro se levantaba al cantar del gallo, y, besando a su esposa en la frente, se dirigía al establo, donde alimentaba a sus innumerables animales, y se preparaba para acercarse al río a coger agua.

Sus dos hijos habían empezado a estudiar el oficio de maestro, el más grande, y carpintero, el pequeño, por lo que ya no podía contar con su ayuda, y los años pesaban ya en su cansada espalda.

Una de esas mañanas en las que el sol calentaba, y el agua abundaba, Pedro descubrió, tirado cerca del río, un extraño huevo. Era más grande de los que estaba acostumbrado a ver, y el color también llamaba su atención.

Observó alrededor, y vio que nadie andaba cerca, así que sin dudarlo, lo cogió y se lo llevó a casa. Al llegar, y mostrarlo a su familia, las impresiones fueron diversas:

–          Está claro que se trata de una malformación – dijo el más pequeño – Deberías deshacerte de él.

–          ¡Ni lo sueñes! – exclamó la esposa – ese huevo debe tener mucho alimento ¡Al fuego, y a comer!

–          No estoy de acuerdo – dijo el mayor – seguro que se trata de una especie que no conocemos, deberíamos tener cuidado, y no comerlo.

Así pues, negociando y discutiendo las diversas opciones entre todos, Pedro llegó a una conclusión:

–          ¡Tengo una idea! – dijo el patriarca, consiguiendo el silencio de todos – Colocaremos el huevo en el nido de alguna de nuestras gallinas, y observaremos a ver qué pasa.

Así lo hicieron.

La gallina no tardó en acostumbrarse a ese extraño huevo, y en unas horas, ya había aprendido a manejarlo, darle calor, y quererlo como si fuera el suyo propio.

Poco tiempo después, llegado el ansiado momento, el huevo se rompió, dando así vida al ser que guardaba en su interior.

El ser en sí era patoso, demasiado grande comparado con el resto de polluelos, y no tan bonito ni delicado. Su color era marrón, mezclado con algunos mechones blancos, y sus ojos eran más rasgados, desafiantes. Aún así, como toda cría, reclamaba el cuidado y la atención de su madre.

Su forma de expresarse también era diferente, y por ello el resto de pollitos no se acercaban a él, temerosos de esa voz de ultratumba que continuamente reclamaba juego, correr, y comida. Mucha comida. Comía a todas horas, y todo el pienso le parecía poco, y en cuestión de minutos ya estaba reclamando más.

Un buen día, el extraño polluelo se acercó a uno de sus amigos, y le dijo:

–          ¡Vamos a volar!

–          ¿A volar? – dijo el polluelo, extrañado – ¿cómo que a volar?

–          ¡Claro! – dijo excitado el extraño polluelo.

Y sin decir más, corrió y saltó, estirando sus pequeñas alas, no tardando en caer de cabeza contra el suelo. Su madre no tardó en acudir a los lloros, tranquilizándose. Le llevó a comer, y no tardó nada en vaciar su recipiente de comida. “Debes comer más poco a poco”, le recordaban continuamente.

Al día siguiente, volvió a acercarse a sus amigos y a expresar sus ganas de volar. Se acercaba a un elevado lugar, estiraba torpemente las alas, y saltaba. Las risas de sus compañeros, al principio tímidas y cohibidas, no tardaban en escucharse por todo el corral, a medida que el extraño pájaro iba saltando, y cayendo de pico contra el suelo.

Finalmente, el más grande de los allí presentes se le acercó y le dijo:

–          ¡Compórtate! No estás aquí para hacer reír.

–          Pero yo quiero volar… – dijo el extraño pájaro, sollozando.

–          ¡Tú no vuelas! Dedícate a comer poco a poco, y correr como todos.

Tras estas palabras, el extraño pájaro no pudo evitar sollozar, y correr lejos de sus compañeros.

Sentado cerca del río, se acercó el Gran Gallo, conocido por ser muy sabio, y ofrecer grandes consejos.

–          Pequeño – dijo el Gran Gallo – ¿qué te ocurre?

–          ¡Todos se ríen de mí! ¡No es justo!

–          ¿Por qué se ríen de ti? – pregunto el Gran Gallo, tranquilo.

–          Quiero volar, y me dicen que no puedo hacerlo, que debo comer poco a poco, y correr de un lado para el otro – dijo el extraño ave, secándose las lágrimas.

–          ¿Sabes por qué no puedes volar?

–          ¿Por qué? – dijo el ave marrón.

–          Porque eres un pollo. Los pollos no volamos. Muchos soñamos con llegar al cielo, ver qué hay más allá de las nubes, y eso está bien, pero debemos diferenciar lo que es un sueño, y lo que es la realidad – dijo el Gran Gallo.

–          ¿Entonces nunca volaré?

–          Nunca. Pero está bien que quieras hacerlo, eso te dará un objetivo, una esperanza en la vida… – dijo el Gran Gallo, alejándose.

–          No lo entiendo…- dijo el ave, confuso.

–          Lo harás cuando seas mayor.

Dicho esto, el Gran Gallo se alejó, orgulloso del sermón entregado, de la oportunidad que le había dado al extraño ave para ser feliz, y vivir una vida plena, y duradera.

Mientras tanto, el extraño pájaro paseaba por la orilla del río, arrastrando las alas y preguntándose por qué era tan diferente al resto, por qué sus locas ganas de volar, comer, explorar…

Se sentó sobre una elevada piedra, y se dijo a sí mismo: “Voy a intentar volar, y será la última vez. Si no lo consigo, aceptaré mi destino, me conformaré, y seré como el resto, seré lo que mi mamá y el Gran Gallo esperan de mí”.

Aprovechando un momento en el que el viento soplaba fuerte, el extraño pájaro abrió las alas, corrió hacia el pico de la roca, y saltó, extendiéndose a lo largo todo lo que podía.

Sintió por primera vez en su vida el sentimiento de libertad, de fuerza, de dominar el mundo. Abrió los ojos, y sólo alcanzó a ver un segundo el suelo, antes de caer sobre él, con el cuello torcido, y las alas dobladas.

En ese justo momento, escuchó unas risas en lo alto del árbol.

–          ¿Quién se ríe de mí? – preguntó el pájaro, enfadado.

Entonces bajó de lo alto del árbol un búho.

–          Perdona que me ría, joven. Pero esa caída ha sido de lo más torpe que he visto en toda mi vida, y mira que he vivido…

–          ¿Qué quieres que haga? ¡No puedo volar! – dijo el ave, enfadado.

–          ¿No puedes volar? ¿Te has roto un ala? – dijo el búho, extrañado.

–          No digas tonterías – dijo el pájaro- no puedo volar porque mi especie no vuela.

–          ¿Y quién te ha dicho eso? – dijo el búho, curioso.

–          Mi mamá, el Gran Gallo, mis amigos…

–          Curioso…

–          No tiene nada de curioso – dijo el pequeño.

–          Tiene mucho de curioso, puesto que te han mentido – dijo el búho agarrando unas pequeñas semillas.

–          ¡Ellos no me mentirían! ¡Me quieren! – dijo el ave.

–          Por supuesto que te quieren, pero a veces te extrañaría de lo que nuestros seres queridos nos pueden decir, por miedo a perdernos, o a conseguir triunfos que ellos no pueden… – dijo el búho.

–          ¡¡Soy un pollo!! – gritó el ave – ¿Cómo quieres que vuele?

–          ¿Puedes mirarte un segundo en el reflejo del río, y decirme en qué te pareces a tu familia?

La pequeña ave se acercó, y visualizando su imagen por primera vez, dijo:

–          No me parezco en nada. Ni eso tengo.

–          Por supuesto que no te pareces en nada. Pequeño, te dicen que no puedes volar, pero puedes alcanzar las nubes. Te dicen que no puedes comer tanto, pero eres capaz de comerte dos conejos en un momento. Te dicen que no eres rápido, pero puedes volar hasta 300 kilómetros por hora…

–          ¿Eso podemos hacer los pollos? – dijo el pequeño asombrado.

–          Es que no eres un pollo – dijo el búho, comprensivo.

–          ¿Qué soy?

–          Pequeño, eres un águila.

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