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Archive for 31 diciembre 2015

Y llegó la meta

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Sé que es posible que este 2015 no haya ido tan bien como esperabas.

Es posible, también, que hayas sufrido alguna pérdida, física o emocional.

Es muy (muy) posible, que todas esas metas que te pusiste para el 2015 no se hayan cumplido.

Es posible que quizá no hayas pisado el gimnasio.

Quizá tampoco has cumplido esa dieta que tanto prometiste conseguir.

Seguramente sigues fumando de vez en cuando.

Quizá no has sido capaz de dejar esa vaguería que tanto prometiste abandonar en el 2014.

Quizá no has encontrado trabajo.

Quizá sigues siendo un mal hijo, o padre, o madre, o novio…

Además, es posible que sigas bebiendo la misma cantidad de alcohol.

O que sigas soltero.

O que sigas sin soportar a tu cuñado.

 

¿Pero sabes qué? ¡Has llegado! ¡Estás aquí!

¿Te parece poco? ¿De verdad?

 

Cierra los ojos un segundo, y piensa en todas las situaciones difíciles que te ha puesto este año que ya acaba ¡De verdad! ¡Lo digo en serio!

 

Cierra los ojos y piensa en un par de ellas. Yo te espero aquí.

 

 

Fue duro ¿verdad? ¿Cuántas veces has pensado durante el 2015 que estabas viviendo una situación difícil, injusta, innecesaria…? ¿Cuántas veces has querido tirar la toalla?

 

¡Y aquí estás!

 

Hagamos entonces un trato.

No me prometas para este 2016 dejar de fumar. O hacer una dieta, o hacerte forofo de un gimnasio.

No me prometas que conseguirás el puesto de tu vida. O que pasarás más tiempo con tus amigos.

 

No me prometas, ni te prometas, nada de eso.

 

Prométete, simplemente, cara al 2016, que vengan las situaciones que vengan, ahí seguirás. Batallando. Viviendo. Luchando. Venciendo. Bailando.

 

Prométeme, únicamente, que volveremos a vernos al final de la carrera, al final del 2016, y podrás decir con una sonrisa en la cara:

 

“Sí, quizá el 2016 ha tenido cosas horribles ¡Pero aquí estoy!”

Y lo que nos queda.

 

¡Feliz 2016!

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El frasquito de Gerardo

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Gerardo se sentía abatido. Continuamente. Cada día.

Se iba a dormir cansado y se levantaba cansado, y durante el día, como siempre, una de las frases que más utilizaba era “¡Qué cansado estoy!”

Se acercaba el fin de semana y Gerardo planificaba salidas con sus amigos, ir a ver a su familia, dedicar tiempo a sus plantas, ponerse las pilas en el gimnasio… Pero una vez que el sábado llamaba a su puerta, se encontraba agotado, y lo único que hacía era estar tumbado en la cama, en el sofá, o donde pudiera…

Continuamente le asaltaba la idea que estaba triste, con ganas de llorar, con ganas de hacer la maleta y desaparecer. Harto de esa situación, se calzó sus botas, su ropa deportiva, y se fue a pasear.

Llegó a un pequeño bosque, cerca de su ciudad. Estaba a tan sólo 10 minutos en moto, y sin embargo tenía la sensación de estar a miles de kilómetros. Se acercó a un pequeño estanque, y apoyado en un pequeño árbol, descansó.

  • ¿Te encuentras bien? – dijo una femenina voz.
  • ¿Quién habla? – preguntó Gerardo extrañado – ¿quién eres?
  • ¿Quién soy yo? Tú has venido a mi casa, deberías presentarte primero.
  • Me llamo Gerardo – dijo él.
  • ¿Qué te ocurre Gerardo? ¡Pareces cansado!
  • Vivo cansado…

 

Y entonces empezó a explicar, sin saber muy bien por qué, todo lo que pasaba por su cabeza… sus desamores, sus amores, su mal trabajo, su mal sueldo, su mala relación familiar, el odio a sus compañeros, su falta de tiempo, o quizá su falta de organización… Habló y habló sin parar, hasta que la femenina voz le detuvo.

  • ¿Cuándo ha sido la última vez que has llorado?
  • ¡Ni me acuerdo! – dijo él – Ya no tengo tres años, no puedo pararme en un rincón a llorar cada vez que algo me sale mal, o algo me hace daño…
  • Entiendo, o lo intento… Vamos a hacer una cosa, mira a tu derecha.

 

Gerardo observó a su lado un pequeño frasco, de color blanco. Lo agarró, e instintivamente se lo acercó a la nariz. No olía a nada, pero desprendía frescor, casi gélido.

  • ¿Qué quieres que haga con esto? – preguntó extrañado.
  • Es un frasquito mágico. Cada vez que te sientas triste, agotado, herido o cansado, quiero que lo pongas boca abajo, y luego boca arriba de nuevo. Este frasquito hará que no llores, guardará tus lágrimas por ti, tu ira, tu rabia, tu depresión…
  • No me va a caber todo aquí – dijo casi burlón – en un día te lo lleno.
  • ¡No te preocupes por eso! Como ya he dicho, es mágico. Tú haz lo que te pido.
  • ¿Así de sencillo? – preguntó Gerardo.

 

No obtuvo respuesta.

Pasados unos minutos, volvió de nuevo a su casa, pensando que aquello era absurdo, que quizá estaba formando parte sin quererlo de una broma, o de un programa de televisión.

Entró en su casa y su móvil, a modo de saludo, se encendía y apagaba. Alguien le había escrito. Era Marta.

Llevaban sin hablar más de dos semanas, la última vez que lo hicieron ella salió llorosa de su piso, y él se quedaba con cara de tonto mirando sus manos. Marta había comentado algo sobre tiempo, agobios, espacio personal, tiempo para uno mismo… o lo que es lo mismo, Marta hablaba de ruptura.

El mensaje lo confirmaba, un “espero que te vaya bien” sentenciaba sus temores. Marta ya no le quería; Marta ya no le necesitaba. Él sí, constantemente, a todas horas.

Dejó caer el móvil en el sofá. Y casi sin querer, se encontró con el frasquito en las manos.

“Qué diablos”, pensó, y haciendo caso omiso a su juicio, lo puso boca abajo y boca arriba. Se sentía mejor, mucho mejor. Y el frasquito, de color transparente, se mostraba ahora de un color azul clarito.

“Cosas de la cabeza, esto es una tontería”. Pero se sentía mejor.

 

Al día siguiente en el trabajo, como cada día, tuvo pelea con su jefe, un mal saldo a cambio de horas interminables no era lo que él esperaba de su futuro, y las oportunidades de crecer descendían.

Se encerró en el baño y encendió un cigarrillo. Estaba nervioso. Y casi sonriendo, sacó el frasquito de su bolsillo, lo puso boca abajo y luego boca arriba, y ya se sentía mejor.

Esta vez el frasquito era ya de un azul vistoso, casi como el mar.

El poder de la sugestión, era lo que seguramente Pablo, su amigo psicólogo, le diría.

Se guardó el frasquito en el bolsillo de su chaqueta, y volvió a su trabajo, más aliviado, más contento, más relajado.

 

Una vez llegó a casa, escuchó en el contestador el mensaje de cada noche. El mismo. Su madre insistiendo en que le llamara, fuera a verla, le hiciera compañía… Gerardo quería ir, pero francamente, la idea de juntarse con ella y pasar horas hablando de sus dolores le mataba, directamente.

Ese pinchazo en el corazón volvió, a modo de mensaje. “Eres un mal hijo, con todo lo que ella ha hecho siempre por ti. Sinvergüenza”.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Rápidamente, ya casi instintivamente, cogió el frasquito, e hizo lo propio con él.

El alivio era inmediato. Eso era mucho mejor que colocarse.

Miró el frasquito, que descansaba encima de su mesa, esta vez de un color oscuro, casi como el mar de noche.

Su humor mejoró, tanto, que esa noche salió con sus amigos. Estaba de subidón, y tenía que hacer algo con esa energía.

Lo que hizo, exactamente, fue emborracharse, encontrarse a Marta con su nuevo novio, y tener sexo con una chica de la que ni recordaba el nombre.

 

A la mañana siguiente, detrás de las paredes de su resaca y mal olor, recordó casi enseguida la imagen de Marta. Marta con otro hombre. Mara riendo. Marta guapísima. Marta feliz. Sin él.

Busco como loco el frasquito. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Arriba y abajo.

Y ese dolor desapareció.

Guardó el frasquito en su bolsillo, no sin antes ver ese color oscuro, casi negro.

 

Volvió al trabajo, pero tardó más de lo habitual. Su bolsillo pesaba. Pesaba mucho. Casi no podía ni andar con normalidad.

Llegó abatido a su mesa. Repasó los informes, las llamadas que tenía que hacer, los e-mails que debía contestar con urgencia, el sonido de los compañeros tecleando con velocidad, las voces de su jefe, pidiendo sin parar.

Fue arrastrándose al baño, y sacó el frasquito. Arriba y abajo.

Se sentía mucho mejor, pero caray, esta vez el frasquito era negro. Negro como cuando apagas la luz para ir a dormir, y no se ve absolutamente nada.

Guardó el frasquito en su bolsillo, y arrastrándose volvió a su mesa.

 

Necesitó ayuda para subir las escaleras de su casa. Ese frasquito era una tortura ¡Debía pesar como 9 kilos! ¿Qué estaba pasando?

Esa noche tenía una cena. Debía ir arreglado. Así que decidió dejar el frasquito en casa.

En cuanto pisó la calle, las dudas le asaltaron “¿Y si ocurre algo y necesito el frasquito? ¿Y si veo a Marta? ¿Y si algo sale mal?”

¡Necesitaba el frasquito!

Así que corriendo escaleras arriba, lo agarró, y salió de nuevo.

Llegó agotado a la cena. Fingía tener un esguince en la rodilla que con calma y reposo pasaría ¿Cómo iba a explicar la verdadera historia?

 

La noche fue horrible.

Gerardo casi no pudo levantarse en toda la noche debido al peso del frasquito.

Casi no había podido ni llegar al baño.

 

Harto, cansado, y enfadado, volvió al bosque, buscando aquella voz femenina.

  • ¡Vaya! – dijo ella – Tengo que reconocer que has tardado más de lo que yo me pensaba.
  • ¿Qué está pasando? ¿Por qué pesa tanto el frasquito? – dijo él casi gritando.
  • ¡Tú sabrás! ¡Son tus penas!
  • ¿Puedes hacer que deje de pesar? – preguntó él, recuperando el tono neutral.
  • No, eso sólo puedes hacerlo tú – dijo ella casi burlona.

 

Gerardo dejó caer el frasquito en la tierra, con un sonoro golpe.

  • ¡Caray! – se sorprendió ella – Eso debe pesar mucho.
  • ¡Ni te lo imaginas! ¿Tú sabes lo difícil que es vivir con esto?  -se quejó él.
  • ¿Y por qué lo llevas? ¿Por qué no lo dejas?
  • ¡Lo necesito! ¿Cómo puedo hacer que vuelva a su peso original?
  • Eso es sencillo – comentó ella – sólo tienes que abrirlo y bebértelo. Una vez lo hagas, el frasquito recuperará su forma y color original.
  • ¿Beberlo? – dijo él, dubitativo – ¿A qué sabe?
  • Sabe a tus miedos. Sabe a tus penas ¡Tú sabrás qué hay ahí dentro!

 

Gerado no dudó. Rápidamente abrió el frasquito, y cogiendo aire, se dispuso a beberlo de golpe. Sin pensar.

  • ¡Detente! – dijo ella – ¡Era una broma!
  • ¡No entiendo nada! – gritó él – ¿Por qué te ríes de mí?
  • ¿Reirme? – respondió ella – ¿Cómo iba a saber yo que ibas a hacerlo? ¿Estás loco?
  • Empiezo a sospecharlo…
  • Aún no has entendido nada ¿verdad? – dijo la voz.
  • ¿Cómo quieres que lo entienda?
  • Este frasquito es tu forma de evitar los sentimientos. Cada vez que algo te preocupa, te pone triste, o te enfada, el frasquito te ayuda a gestionarlo, a evitarlo, pero eso no se soluciona.
  • ¿Qué tengo que hacer entonces? – dijo él.
  • ¡Arreglarlos! ¡Hacerles frente! El frasquito te da la oportunidad de apartarte del problema o del conflicto para que puedas pensar la mejor manera de solucionarlo.
  • ¿Y por qué pesa tanto?
  • ¿Ahora notas el peso? ¡El frasquito no pesa! ¡Nunca ha pesado! ¿Crees que lo que pesa es esto? ¡Pesan tus emociones! El frasquito únicamente te lo recuerda. Verás Gerardo, cada vez que no eres capaz de solucionar o hacer frente a algo, esas emociones se quedan ahí guardadas. Y aunque no lo notes, acaban pesando. Sólo que si no lo ves, no lo notas. Pero eso no quiere decir que no estén ahí. Mira tu vida…
  • ¿Qué le pasa a mi vida? – dijo Gerardo a la defensiva.
  • Nada – dijo ella – no le pasa absolutamente nada. Ni bueno, ni malo. No haces frente a nada, no luchas por lo que quieres, no te motivas, solo te sientas, te sientas y observas cómo la gente se va, avanza, crece… y tú te pudres.
  • ¡Eso no es cierto!
  • ¿Por qué entonces no luchaste por Marta? ¡Ella te quería!
  • Si me quería ¿por qué se fue? ¿Por qué? – dijo Gerardo, cada vez más nervioso.
  • Acompáñame – dijo ella – no olvides tu frasco.

 

Ambos partieron hasta una zona pantanosa. Empezaba a oscurecer, y la idea de estar ahí, guiado por una voz que no veía, empezaba a poner a Gerardo los pelos de punta.

  • ¡No puedo más! – dijo él – Esto pesa mucho, me agoto.
  • Está bien. Dime ¿por qué crees que Marta se fue?
  • Porque no me quería – dijo él, sin dejar de mirar al suelo.
  • ¿Y por qué crees que no te quería?
  • Yo hice que ella dejara de quererme. La descuidé, la aparté, no la tuve en cuenta… ella me daba señales, ella me decía que se sentía poco querida… Pero yo, yo… Yo nunca lo creí, pensé que era pasajero ¡Claro que la quería! – dijo Gerardo, cayendo al suelo.
  • ¿Quieres llorar? ¡Usa el frasquito! ¡Estás a tiempo! – dijo ella.
  • ¡No puedo levantarlo! ¡No tengo energía! – contestó, aguantando las lágrimas.
  • Sólo te queda llorar entonces. Marta se ha desenamorado de ti, porque todos necesitamos ser queridos. Si no la tratas bien, se va. Así deben ser las cosas.

 

Y sin pensarlo. Gerardo lloró.

Lloró como hacía tiempo que nunca había llorado. Lloró con rabia, con dolor, con pena, con desolación y soledad, y aún así, se sintió bien.

 

  • ¡Acompáñame! – dijo ella.

Se apartaron del lago, y fueron a un lugar donde las flores y plantas cubrían todo el suelo, a modo de mantel.

Hablaron. Hablaron y lloraron. Ambos.

Tomaron decisiones. Decidieron dejar el trabajo tan mal pagado, algo mejor encontraría. Hablaron sobre el miedo que Gerardo tenía de perder a su madre, por eso evitaba verla cada vez más mayor, más arrugadita.

Gerardo lloró. Lloró y volvió a llorar. Hasta que las lágrimas se acabaron.

  • ¡Fíjate Gerardo! – dijo ella – Llevamos horas hablando y paseando, y no te has quejado del frasquito.

Gerardo miró el frasquito y, sorprendido, estaba vacío, de color transparente, y casi ni pesaba. Casi ni lo notaba en su bolsillo.

 

  • ¿Lo entiendes ahora, Gerardo? No atender a tus emociones va a hacer que cada vez la vida te parezca más pesada, menos llevadera. Y no hacerles frente, hará que las cosas más simples y sencillas, como ir al servicio en un restaurante, te parezcan una aventura. Cosas tan rutinarias como salir de casa, te produzcan un terror horrible. Depresión y ansiedad, les llaman.
  • Sí – dijo él, más sereno, más tranquilo – Pero es difícil. Da miedo.
  • Da miedo aquello que se desconoce, o aquello que es peligroso. Tus emociones no son peligrosas, simplemente no las conoces. Enfréntate a ellas, agárralas. Aprende de ellas.

 

Gerardo se despertó.

Se despertó con esa sensación de alerta. Algo iba mal. Algo malo había pasado.

Miró a su lado, y pudo observar una figura femenina.

Era Marta.

  • ¿Marta? – dijo él.
  • ¿Qué ocurre cariño? – dijo ella, abriendo los ojos – son las cuatro de la mañana.
  • ¿Qué ha pasado? ¿Ha sido un sueño?
  • Supongo que sí, duérmete Gerardo, tienes todo el fin de semana para dormir y estar con tus amigos, ahora descansa… – dijo ella, recuperando su posición.
  • ¡Levántate Marta, ahora, vamos! – dijo Gerardo poniéndose en pie.
  • ¿Estás de broma? ¡Gerardo dejamos la discusión a medias porque estábamos agotados! Seguiremos discutiendo mañana.

Gerardo fue al armario, sacó dos mochilas, y empezó a llenarlas de ropa.

  • Gerardo, me estás asustando – dijo Marta incorporándose – ¿qué ocurre?
  • ¿Qué ocurre? ¡Que nos vamos! ¡Tú y yo!
  • ¿Dónde? – dijo ella, ya en pie.
  • ¡Donde tú quieras! ¿Te he dicho lo mucho que te quiero? ¡Estoy locamente enamorado de ti!
  • ¿Estás loco? – dijo ella, sonriendo.
  • ¡Por ti! ¿Dónde quieres ir? Vamos ¿dónde te gustaría ir?
  • ¿Donde sea? – pensó ella.
  • ¡Donde sea!
  • ¡París! ¡Me encantaría ver París! – dijo mientras agarraba la mochila.
  • ¡Nos vamos!

Ambos hicieron el amor como nunca lo habían hecho. Durmieron un par de horas, y se prepararon para marchar.

  • Espera cariño – dijo él – antes me gustaría hacer una llamada.
  • ¿A quién?
  • A mi madre.

Gerardo llamó a su querida madre, y tras intercambiar un par de palabras, colgó.

  • ¿Te importa que hagamos una parada, Marta? – preguntó él – Quiero pasar a desayunar con mi madre, y llevarle unas rosas.
  • ¡Por supuesto! ¿Estás bien?
  • Estoy mejor que nunca ¿Te he dicho ya lo sexy, guapa, y loco que estoy por ti?
  • ¡Estás como una cabra!- dijo ella, sonriendo de oreja a oreja.
  • ¡Nos vamos!
  • ¿No tienes nada que hacer, como siempre? Tu trabajo, tus correos, tus llamadas, tu jefe…

 

Gerardo se acercó a Marta. La rodeó con sus brazos. La besó. La besó con amor, la besó con ese amor de querer proteger y querer cuidar siempre de ella. Marta lloraba y sonreía. Gerardo apartó un par de mechones de su cara, y sonriendo dijo:

  • ¡Que le den por el culo a mi trabajo!

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Como si nada

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Había sido una pelea más, una de tantas, vaya.

Esta vez ella salió victoriosa, pues el golpe que en principio iba a la cara, acabó golpeando su hombro, que aunque se mostraba doloroso, se podía disimular con facilidad.

Se había salvado esta vez de poner otra estúpida excusa que ni ella misma se creía. Se había salvado esta vez de ver esas caras de sus amigos, jefes, padres, asintiendo con pena, con impotencia.

Se encerró en el baño y encendió el grifo de la ducha. No pensaba asearse, pero tampoco quería que sus pequeños la oyeran llorar.

Se miro en el espejo, y dijo:

“Estás sufriendo por culpa de tu marido. Soy una mujer maltratada, y estoy aceptando esta situación. Pero se acabó.

Me insulta, me amenaza, me golpea, y dice que me quiere. Pero yo lo estoy aceptando. Viene llorando, como una nenaza, se arrepiente, dice que necesita ayuda y que todo va a cambiar, que nunca más volverá a pasar. Pero vuelve a pasar.

Pero se acabó.

Dice que le provoco, que mis actitudes de mujer prepotente y chula le encienden, y que tengo que poner de mi parte. Entonces me tiene donde me quiere, sumisa, apagada, débil, sin fuerzas, diciendo que sí a todo.

Entonces me quiere. Me abraza, me hace el amor, llora conmigo, salimos con los pequeños, y sonríe a los vecinos como si no fuera el demonio hijo de puta que realmente es.

Algo le pasa en la cabeza.”

 

  • Mamá – oye ella fuera del baño – ¿estás bien?
  • Sí cariño, enseguida salgo – contesta ella.

 

“Mi cara es triste, se ve el sufrimiento, y la gente está dejando de preguntar. No es porque se lo crean, es porque no se pueden creer que esté aceptando esto.

No tengo la culpa de nada. Soy inocente. El enfermo es él. El agresivo es él.

Y yo no puedo vivir así. En alerta constante. Temblando cada vez que le oigo llegar por la noche, cuando oigo el portazo, cuando oigo que insulta, a nadie, al viento, a la pared, a la televisión… le da igual.

Hasta mis hijos son otros. Están más agresivos en la escuela, empiezan a suspender, y mi miedo e inseguridad se empieza a ver en sus pequeños y delicados rostros. Son tan bonitos. Tan inocentes.

Sé que no cambiará.

Pero se acabó.

Sé que quien pega o insulta una vez, lo hará dos, y tres, y cuatro… yo ya he perdido la cuenta.

Si no doy el paso ahora, no lo podré dar nunca.

Resuena ese número en mi cabeza constantemente; 016. 016. 016. 016.

No necesito dinero. Necesito ayuda.

016.016.016.

¿Qué les estoy enseñando a mis hijos?

A mi pequeña, a ser una mujer maltratada, a que esto es normal, a que es válido aceptar a un hombre así. Que esto es un hombre.

A mi hijo, que a una mujer si provoca se le puede golpear. Que las mujeres cuando se muestran sumisas, deben ser más queridas.

¿Esto quiero para ellos?”

 

  • ¿Vas a salir? – dice su marido desde el otro lado.
  • Un segundo – contesta ella, temblando.

 

“Tengo que pensar en mí.

Esto puede cambiar.

No debo sentir vergüenza. Lo vergonzoso realmente es él. Sus actitudes. Sus insultos. Sus golpes.

Se acabó.”

Entonces, dispuesta a salir del baño, recuerda que los vecinos hablarán. Que hay deudas y facturas que pagar. Que sus hijos necesitan un padre para ser felices. Que un matrimonio destruido no es bueno para unos niños.

“Tus hijos necesitan seguridad, no un padre violento” – dice una voz.

“No te pongas excusas, eso es miedo, pero es normal. Pasará”

“Tienes que salir de ahí ahora mismo con tus hijos”

“Tus hijos necesitan una madre viva, no golpeada”

Pero ella no oye esas voces. Ha aprendido a callarlas.

Sale del baño.

Mira a su marido.

Y se oye a sí misma diciendo, como si nada:

  • ¿Qué te apetece cenar?

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