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Archive for 30 diciembre 2014

La casa y el deseo

Miguel estaba harto de su vida, de sus padres, de sus normas, de estudiar, del colegio… todo le daba pereza, y creía que esforzarse no servía para nada.

Siempre lo había tenido todo ¿Por qué ahora le pedían esfuerzos para conseguir sus cosas?

  • Esta casa es una mierda ¡ojalá viviera en otro sitio! – se quejaba Miguel muchas veces.

Una vez sus padres, desesperados, se sentaron a hablar con él.

  • Miguel, cariño, tienes que estudiar, tienes que obedecer a las normas que tienes, que no son tantas.
  • ¡Estudiar no sirve para nada! – decía él.
  • Miguel – exclamó su padre – ¿qué te gustaría ser de mayor?
  • ¡Astronauta! – decía un entusiasmado Miguel, mirando al cielo.
  • Para ser astronauta también tienes que estudiar, Miguel…
  • ¡Para ser astronauta sólo tengo que tener un cohete! – gritaba él.

Los padres cada vez estaban más desesperados, más nerviosos… intentaban poner consecuencias a sus conductas, hablar con él, poner normas, avisos, metas… pero nada funcionaba. Miguel había entrado en la dinámica de no hacer nada, pasarse las horas mirando la televisión… ¡Cambiar era tan difícil!

  • ¿Qué queréis de mí? – preguntaba muchas veces Miguel.
  • ¡Que seas bueno! ¡Que te portes bien! – contestaban ellos.

Que seas bueno. Que te portes bien.

Era todo tan genérico, tan global… que Miguel no alcanzaba a entender su concepto.

Pasaron los años, y con ellos llegó lo que sus padres tanto temían. La adolescencia.

Miguel seguía en el colegio, aunque realizaba las mismas funciones que podrían realizar una planta, o un sofá.

Sus padres habían tirado la toalla, y se conformaban, simplemente, con que Miguel no se drogara, robara, o se metiera en peleas.

Muchas veces Miguel intentaba cambiar, coger el camino correcto, aprender de sus errores. Pero en su cabeza no había un único camino. Era todo un grupo de senderos, caminos, acantilados, que no sabía poner en orden. Y ya ni lo intentaba.

La situación llegó a ser tan tensa, tan insoportable, que sus padres, que muchas veces se habían jurado no llegar a ese punto, se escucharon decir: Si no te gusta esta casa, ya sabes dónde tienes la puerta.

Y efectivamente, esa noche Miguel durmió en la calle.

No sabría decir exactamente qué hora era, cuando alguien le golpeó las piernas.

  • Despierta – dijo la voz.
  • ¿Quién eres? ¿Qué quieres? – decía un dormido y congelado Miguel.
  • Ven conmigo.

Se llevó a Miguel lejos, muy lejos de ese pueblo que le había visto perder el brillo de la ilusión y la inocencia.

Llegaron a un gran prado verde, y allí se sentaron.

  • ¿Quieres cambiar? – le dijo el hombre.
  • ¡! – contestó Miguel.
  • ¿Por qué no lo haces?
  • ¿Cómo? Tengo que cambiar tantas cosas – y por primera vez, lloró – Las notas, la actitud, el comportamiento en casa, acatar las órdenes, respetar la decisión de mis padres, cuidar mis cosas…
  • ¡Qué agobio! Tienes trabajo ¿por dónde vas a empezar?
  • ¡Ni idea! Es que es imposible – gritaba Miguel – Quiero tener una carrera, ganarme bien la vida, llevarme bien con mis padres…
  • Eso son frutos ¿pero qué vas a sembrar?
  • No te entiendo…
  • Mira – dijo el hombre poniéndose en pie.

Y delante de sus ojos, Miguel vio surgir de la nada una casa. No una casa cualquiera. Su casa ideal. Era la casa que siempre había soñado poseer. Grande, de unas cuatro plantas. Con jardín, un gran jardín donde poner una piscina, y hacer barbacoas con sus amigos.

  • ¿Qué te parece? – preguntó el hombre.
  • ¡Una pasada! ¡Es mi casa! ¡Es la casa que siempre he soñado!
  • Pues bien – dijo el hombre – fíjate en esa casa ¿cuál crees que es el objeto, mueble, o habitación más importante?
  • No lo sé – dudó Miguel – ¿la cama?
  • ¿Seguro?
  • No, espera ¡la cocina! ¡NO! ¡El comedor! No, espera… el baño ¡quizá la ducha! ¡Espera! ¡La sala de estar! ¡No, el sofá! ¡O el dormitorio! ¡No lo sé!
  • Debes responder de inmediato ¿cuál crees que es el objeto, mueble, o habitación más importante? Sólo con la solución correcta lograrás cambiar todo lo que quieras, y conseguir tus sueños.
  • ¡Pero es imposible! ¡Hay muchas cosas importantes! ¿Sólo debo decir una? – decía un agitado Miguel.
  • Sí, y ahora, tengo cosas más importantes que hacer – decía el hombre, alejándose poco a poco.

Miguel no se podía centrar, no podía ni pensar con claridad. Una casa está formada por muchos objetos, habitaciones, cosas ¿cuál sería la más importante?

  • ¡Ya lo tengo! – gritó Miguel.
  • ¿Y bien? – preguntó el hombre – ¿Cuál es el objeto más importante de la casa, para poder vivir en ella?
  • ¡El dormitorio! – dijo Miguel, temblando.
  • No, ese no es. Lo siento.

Y en un segundo, Miguel pudo ver cómo su casa desaparecía delante de sus ojos.

  • ¡No es justo! ¡Era mi casa! – gritaba enfadado.
  • ¿Tu casa? ¡Para empezar te la he dado yo! Tienes tantas cosas en la cabeza que no puedes pensar con claridad en lo más importante. Y lo más importante siempre suele ser lo más básico, lo más esencial.
  • ¿Entonces? ¿Qué es lo más importante para poder vivir en la casa de mis sueños?
  • La llave.

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El pacto de Navidad

Un coche teledirigido, un Scalextric, una peonza, una videoconsola nueva, cuatro juegos para esa videoconsola, un perro, un portátil, una Tablet, juegos de mesa, mucha ropa, y una caja de herramientas para construir su propio robot.

Estos habían sido los regalos que Papa Noel trajo a Julio las últimas navidades ¡No podía estar más contento!

Se pasó el año jugando a esos juegos, compartiéndolos con sus amigos, y dedicando horas y horas a ese mundo de ocio y diversión.

Sus notas eran buenas, su actitud en casa era impecable, sus profesores no tenían queja alguna… así que sus padres no le daban importancia al hecho de que Julito dedicara tanto tiempo a sus juguetes.

Ese mismo año, la madre de Julio se quedó sin trabajo, y su padre, tan bueno en su profesión, había visto cómo sus jornadas laborales cada vez eran más cortas, y cómo sus servicios eran cada vez menos requeridos.

  • Toca apretarse el cinturón, Julito – le decían sus padres.

Pero él era muy pequeño, y no lo entendía.

Pasó la primavera, con sus hermosas flores y el canto de los pájaros.

Pasó el verano, y tocó quedarse en casa e ir a la piscina municipal.

Pasó el bonito otoño, con sus hojas en el suelo, que crujían al ser pisadas.

Y llegó el frío invierno.

¡¡Julito ya estaba pensando en su carta a Papa Noel!!

Ese año, sin embargo, recibió la mitad de regalos que el año anterior. Julito no lo entendía, había aprobado todas las asignaturas, había recibido notas positivas de los profesores, y sus padres estaban muy contentos con él ¡Había aceptado no irse a la playa en verano! ¡Sin rechistar! ¡Menudo morro tenía Papa Noel!

Estaba tan enfadado, tan irritado, que escribió una dura carta a ese hombre vestido de rojo que decía repartir regalos ¡Eso no iba a quedar así! ¡Julito tenía mucho que decir!

Tan dura fue la carta, que el propio Papa Noel decidió hacer algo, y acudió a visitar a Julio.

  • ¿Qué ocurre, Julio? – dijo Papa Noel.
  • ¿Qué ocurre? ¡Qué ocurre dice! – dijo Julito – ¿Y mis regalos? Te he pedido muchas cosas, me las he ganado, y me has traído la mitad ¡¡¡LA MITAD!!!
  • Pero cariño – dijo un tierno y cercano Papa Noel – no puedes quejarte, tienes muchos amigos con los que jugar.
  • ¡No quiero a mis amigos! ¡¡Quiero mis regalos!!

Entonces Papa Noel le ofreció un pacto, él le daría un regalo por cada amigo que tenía.

  • Tú recibirás un regalo por cada amigo del que te desprendas. Ese amigo tuyo irá a parar a otro niño que no tiene, y tú recibirás un regalo.
  • ¡Trato! – dijo el pequeño Julio sin pensar.

Así fue como Julio recibió más de 30 regalos ¡¡Tenía juguetes para pasar años y años jugando!!

Julio estaba muy feliz, cada día abría un regalo y dedicaba horas y horas a jugar con él.

Sin embargo, llegó un día en que los juguetes se gastaron, ya no le quedaban más. En un principio esto no le importó, tenía tantos regalos que siempre podía volver al primero, y así consecutivamente.

Aun así, llegó un momento en el que Julio se aburría. Se aburría mucho.

  • Esto no tiene sentido – decía – esto es un rollo. Con mis amigos era diferente. Nos inventábamos nuevas aventuras, y cada uno tenía una idea original y divertida¡Nunca nos aburríamos!

La mamá de Julio le recomendó volver a escribirle una carta a Papa Noel pidiéndole perdón. Y así lo hizo.

Las siguientes Navidades, Julio recibió a todos sus amigos en la puerta de su casa ¡Tenía tantas ganas de verles! Estaban todos allí, cargados de sonrisas, inocencia, paz, diversión… y muchas ganas de jugar.

  • Lo he entendido – dijo Julio – no necesito tantas cosas para pasar el rato. Necesito a mis amigos ¡Con ellos nunca me aburro!

Así fue como todos y cada uno de los niños cogieron todos los regalos que Julio había recibido, y los llevaron casa por casa a todos esos niños que, como Julio, les había tocado apretarse el cinturón.

  • Recibirán dos cosas – gritaba un entusiasmado Julio – el regalo, y un amigo con el que jugar.
  • Me queda algo por decir – dijo Papa Noel.
  • ¿El qué?
  • ¡Feliz Navidad!

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