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Archive for 5 julio 2015

Cometas

Fascinado. Esa sería la palabra que definiría a la perfección el estado de trance en el que Pablito entraba al ver a su padre, Antonio, trabajando en su vieja carpintería.

Su pelo, que empezaba a ser canoso, y su larga barba, que también empezaba a teñirse de blanco,  le daban a su padre el típico aspecto que una persona podría imaginar al pensar en un carpintero. Al contrario que su hijo, que siempre había sido pequeño y delgado, éste era robusto, fruto del trabajo diario con la madera y las herramientas. Lo único que había adquirido Pablito de él era ese pelo marrón claro, con un remolino en lo alto.

Veía cómo sus manos escogían delicadamente la tela. Era una delicadeza que casi se podía escuchar, podía incluso sentirla. Pasaba sus ya de por sí viejas manos por las diferentes telas y, casi esperando a que le hablaran, se detenía en una y la cogía.

Son ellas las que te eligen a ti, Pablito, decía su padre.

Pablito no podía evitar sentir admiración al ver su cara, que permanecía inmóvil con los ojos casi cerrados para evitar que el humo del tabaco le entrara.

Poco después sacaba la sierra y dedicaba poco tiempo, demasiado poco para el gusto de Pablito, a preparar las pequeñas y finas maderas que le darían cuerpo.

Era un arte, y como todo arte requiere paciencia, conocimientos y pasión. Y su padre, aseguraba Pablito, era un artista.

Tienes que saber lo que estás haciendo, Pablito – decía su padre – como en la vida, no puedes ir sin rumbo, tienes que estar sujeto a algún destino, funcionamos con patrones.

Fue su madre, Vicenta, la que sacó a Pablito de ese estado, casi espiritual. Tenía que prepararse para las clases, ya que en breve la señora Concha vendría, como siempre cargada de libros y con olor a whisky, para enseñarle lo que los adultos decían “lo esencial para la vida”.

Pablito odiaba las clases de la señora Concha. Prefería ir a la escuela como hacía antes. Antes de que su padre se quedara sin trabajo, por supuesto.

Antonio había trabajado toda su vida con la madera. Cada mañana bajaba al pueblo cargado de troncos, y allí, junto a los otros hombres del poblado, se dedicaba a manipular la madera y darle la forma deseada. Era casi como un truco de magia, o así se lo explicaba a Pablito.

  • ¿Ves ese árbol, Pablito? – preguntaba su padre en los largos paseos – ¿Qué ves?
  • Un árbol – respondía Pablito extrañado.
  • Yo veo una mesita de noche, un cabecero para la cama, o quizá una cuna – decía su padre.

Por aquel entonces vivían bien, Antonio iba a trabajar al pueblo, su madre, Vicenta, seguía dedicando largas horas en la sastrería, y Pablito empezaba a ir al colegio. Eran buenos tiempos, y Pablito, que por aquel entonces no pasaba los 6 años, era consciente de ello, ya que en su casa nunca faltaba leche, pan del día, y esos pequeños dulces que vendían a la salida del pueblo. Por aquel entonces el dinero no suponía un problema, y nada se sabía del nombre de Villard de Honnecourt, y su aserradero hidráulico.

Vicenta trabajaba más de 9 horas al día en la sastrería del pueblo. Sus padres, los abuelos de Pablo, habían heredado una gran cantidad de dinero debido a las ventas de unas antiguas tierras, destinando el total de esa ganancia a los estudios de su única hija. No tardaron mucho en arrepentirse cuando Vicenta anunció que quería dedicarse a la moda, a la confección de prendas de vestir, y a la aguja y el dedal. Sus padres hubieran preferido que fuera maestra antes que ver a su hija arrodillada delante de adineradas mujeres recogiéndose el bajo de la falda, para así poder llamar la atención de esos despistados maridos.

Al contrario que esas voluptuosas y adineradas mujeres, Vicenta era una mujer que no llamaba la atención, excepto cuando sonreía, mostrando una perfecta y cuidada dentadura. Era delgada, y sus mejillas siempre se mostraban sonrojadas y tímidas, en concordancia con su personalidad. Su pelo, largo y marrón, que actualmente recogía en un moño, antaño se mostraba libre y suelto, como única muestra de su rebeldía.

Podría haber sido peor – pensaba su padre – podría haber querido ser actriz.

Fue el sonido de un libro contra la mesa de la sala de estudio lo que le hizo a Pablito volver a la realidad. Se encontraba ensimismado, como siempre, pensando en las ganas que tenía de volver a montar a caballo y salir a pasear con su padre. Era su momento preferido del día, esa sensación de libertad que le llenaba el pecho, que le hacía sentir que todo iba bien, y que su padre no estaba enfermo.

  • ¡Pablo! – gritó la señora Concha como de costumbre – más te vale que hayas tomado nota, lo quiero todo hecho para el próximo día.
  • Sí, claro… – respondía Pablo sin tener la mínima idea de lo que estaban hablando – ¿Puedo irme ya?

Concha recogió sus cosas, echando una mirada al cielo y dejando caer sus gafas, que colgaban de un pequeño cordón a modo de collar, y salía, como de costumbre, enfadada. Pablo sonreía al imaginársela como un gran rinoceronte.

A Concha le gustaba su trabajo, la docencia había sido su forma de vida, su forma de ser. Enseñar formaba parte ya de su personalidad… pero sinceramente, enseñar a un niño pobre cuya única aspiración era salir a ensuciarse y jugar, no era su sueño ¡Cómo extrañaba las clases en el colegio privado de Madrid, con esas niñas educadas, limpias y agradecidas!

Rápidamente Pablo ordenó como pudo sus libros y carboncillos, y salió corriendo a la parte trasera de su casa. Por el camino, casi como rutina, su madre le acariciaba rápidamente el pelo, que a pesar de llevarlo siempre corto para evitar los piojos, se mostraba siempre despeinado. Pablo le respondía con una amplia sonrisa, mostrando la ausencia de un par de dientes, y de preocupaciones.  Y allí le esperaba él.

  • ¿La tienes? – decía un hiperactivo Pablito – ¿La has acabado?

Entonces su padre bajaba del caballo, abría una pequeña caja, y ahí estaba. Su nueva cometa. Juntos corrían montados a caballo mientras Pablito la hacía volar.

La noticia de la llegada de los nuevos aserraderos hidráulicos al pueblo cayó como un jarro de agua fría. Muchos se alegraron, deseosos de dar al pueblo una imagen más moderna, más de ciudad. Otros, sin embargo, se echaron las manos a la cabeza, conocedores de la importancia de esos puestos de trabajo para muchas familias.

José, el jefe de Antonio, les explicó con todo lujo de detalles las ventajas del nuevo sistema de trabajo para la madera. No sólo obtendrían cortes precisos, sino que también tendrían la capacidad adicional de cargar, nivelar, sujetar y voltear las trozas con facilidad, manteniendo la sierra en el corte un mayor porcentaje del tiempo, lo cual aumentaría no sólo la productividad, también las ganancias.

No dedicó tanto tiempo ni detalle en explicar que eso supondría que muchos de ellos se quedarían sin trabajo, Antonio entre ellos.

Estos nuevos avances no sólo trajeron consecuencias en el mundo de la madera, también en el de la moda, llenando así las tiendas del pueblo de nuevas máquinas traídas de la gran ciudad. Aún así, Vicenta pudo mantener su trabajo, ya que muchas clientas, más por caridad que por necesidad, seguían acudiendo a las viejas sastrerías.

Decidieron entonces aprovechar la vieja carpintería, situada a escasos metros de la casa. Allí Antonio se dedicaba a arreglar o fabricar utensilios de madera para la gente del pueblo, que aunque no daban para pagar un colegio, bastaban para pagar las clases que Concha daba a su hijo.

La pasión de padre e hijo por las cometas surgió en una larga etapa en la que Pablo estuvo enfermo. Un día su padre le hizo su primera cometa, y se la entregó con la esperanza de que su hijo fuera mejorando su estado anímico, y con ello, su salud. Y así fue. Pablito quedó entusiasmado con su primera cometa. Era roja, su color preferido, y tenía cosido, trabajo de su madre, en la punta las palabras “Vuela alto”.

Pablo nunca olvidó esas palabras, y supo entonces que quería dedicar más tiempo a volar, y menos a leer y calcular.

Dejaron el caballo situado cerca del río, donde acostumbraban a sentarse y pasar horas y horas mirando los peces y jugando con la cometa. Allí, sentados bajo el cálido sol de otoño, Antonio le explicó a su hijo la importancia de tomarse en serio sus estudios, y respetar a la señora Concha.

Pablito se quejaba del duro temperamento de la profesora, y su carencia de afecto y paciencia. Su padre le explicó entonces cómo la señora Concha necesitaba ese trabajo, al igual que él su educación. Las profesoras más jóvenes habían empezado a llenar las aulas de las escuelas, lo cual dejaba a los más veteranos fuera, debido a su falta de nuevas habilidades y metodologías que se empezaban a aplicar en las ciudades.

  • Está muy bien que quieras conocer, viajar, volar… como esta cometa, pero dime, si no supieras contar, o escribir, o leer ¿cómo ibas a saber dónde dirigirte? – le decía Antonio, siempre atento y cercano.
  • La cometa tampoco sabe dónde va – decía Pablito – yo la dirijo con las cuerdas, al igual que tú y mamá hacéis conmigo.
  • Eres un chico muy listo – decía Antonio – y está muy bien dejarte guiar por las cuerdas. Pero esas cuerdas no siempre estarán ahí Pablito, algún día tendrás que volar sólo.
  • Pero aún queda mucho para eso ¿verdad papá? ¡Tú aún vas a vivir como cien años más! ¿Verdad?

Ambos se miraron. Ambos aguantaron las ganas de llorar. Y a lo lejos la cometa cayó tímidamente al río, silenciosa.

La dolencia que atacaba diariamente a los pulmones de Antonio empeoró con el paso de los años. Pasaba el tiempo, y con ello las fuerzas del padre de Pablo disminuían, con lo cual su trabajo dejó de ser tan productivo.

Dejó de lado las grandes mesas de madera, o la gran variedad de sillas de comedor que realizaba, para dedicarse a pequeñas mesitas donde dejar el té, o esa sillita pequeña para que el menor de la casa pudiera sentarse.

Lo que antes eran muestras de madurez en su enredado pelo, ahora eran una muestra evidente de vejez, cubriendo todo su cuero cabelludo de un espeso blanco, como el pueblo cuando quedaba cubierto de nieve, pensaba Pablo.

Pablo se encargó de la carpintería, retomando así las grandes piezas de madera que algún que otro vecino del pueblo, que se mostraba en contra de las grandes máquinas de ciudad, le encargaba.

Salía de vez en cuando con un grupo de amigos del pueblo a comprar unas cuantas cervezas y sentarse en los bancos del parque, viendo pasar a las jóvenes que se dirigían a sus clases de costura, o enfermería. Y, de vez en cuando, como muestra de rebeldía adolescente, a fumar algún cigarrillo.

Muchos dicen que el cambio a la vida adulta, a la madurez, lo dan los años, marcados genéticamente desde que nacemos hasta que morimos. Pablo, sin embargo, creía que el paso de la adolescencia a la edad adulta lo daban los acontecimientos, las cosas que nos ocurrían.

Su paso a la madurez llegó sin avisar, sin previo aviso. Una tarde, cuando Pablo volvía de recoger maderas, se encontró a su padre tendido en el suelo, agarrándose el pecho.

El médico no dudó en dar el diagnóstico. Antonio había contraído una gran neumonía.

Así fue como Antonio vio su vida reducida a estar sentado, y observar.

Una de esas interminables tardes para Antonio, donde pasaba largas horas sentado en el porche de su casa sin separarse de sus cigarrillos, apareció Pablo sosteniendo una caja marrón, cubierta de polvo.

  • Es para ti, papá – anunció Pablo.

Antonio abrió la caja, y allí dentro pudo observar cómo descansaba plácidamente una cometa. Era de color verde y blanca, y cosido en el alto de su cuerpo, podía leerse “No te rindas”.

Antonio le miró, y pudo ver en él a ese pequeño niño desdentado y con su remolino en el pelo. Ahora era mucho más alto, ya rondaba la mayoría de edad, y había adquirido los músculos y la fortaleza que Antonio gozaba tiempo atrás.

  • Es preciosa Pablito, muchas gracias – dijo Antonio dando vida a ese bonito regalo.

Pablo miró a su padre, y en su mirada se pudo leer lo mismo que tantos años atrás. Estaba orgulloso, y no sentía más que amor y admiración hacia ese anciano que había cambiado la sierra por la cometa.

Una de esas tardes de parque, cigarrillos y muchachas, Pablo volvía hacia su casa cuando, a lo lejos, pudo ver a varios vecinos reunidos en la puerta. Pudo distinguir entre ellos a Concha, que se secaba las lágrimas con un viejo pañuelo. Supo que algo había ocurrido. Pablo corrió hasta llegar a su casa, evitando las miradas y las palabras de sus vecinos al pasar.

Vicenta, su madre, se encontraba sentada en las escaleras, llorando, mientras exclamaba “¡Ay mi Antonio! ¡Mi pobre Antonio!”. Pablo no se detuvo, y corrió escaleras arriba.

  • ¡Papá! ¡Papá soy Pablito! ¿Qué ocurre? – preguntó Pablo, agarrando las manos de su padre y colocándolas en su fría mejilla.

Su padre le miraba y sonreía mientras movía débilmente los dedos, pudiendo así acariciar la cara de su hijo, ya por última vez. Antonio se iba, pero se iba contento. Se iba feliz sabiendo que lo último que iba a ver era la cara de su Pablito, y lo último que iba a tocar era esa lágrima que ahora caía del ojo derecho de Pablo, posándose levemente en su dedo pulgar.

  • Recuerda Pablito, mi pequeño, lo importante en la vida no son las cuerdas. Lo importante es la dirección en la que volamos.

Pablito contestó algo sobre la injusticia, su promesa de vivir cien años más, la imposibilidad de lo que estaba ocurriendo… Pero Antonio ya no le escuchaba. Antonio había volado ya lejos de ahí, libre y sin cuerdas.

Ya no habría más charlas.

Ya no habría más paseos en caballo.

Ya no le vería, ya anciano y cansado, en la silla del patio.

Horas después Pablito seguía sentado en aquella cama, ya vacía, cuando su madre entró en la habitación.

  • No quiero molestarte – dijo ella, incapaz de aguantar las lágrimas – Sólo quería darte esto. Lo tenía tu padre guardado, y era para ti.

Al cabo de unos minutos Pablo vio que se trataba de dos trozos de tela. Uno rojo, y otro verde y blanco. Los agarró, y pudo leer en ellos “Vuela alto”, “No te rindas”.

Pablito no dudó.

Buscó aquella cometa que su padre le había regalado esa tarde de paseo en caballo. Le quitó el polvo y bordó sobre ella los dos trozos de tela que su madre le había dado. Montó su caballo y partió hacia el lago, donde tantas tardes había pasado con su padre.

La hizo volar, sabiendo que lo hacía por última vez.

Cortó la cuerda que sujetaba a esa cometa, y ahí se quedó durante horas, viéndola marchar.

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