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Archive for 29 julio 2014

Magia y actitud

Carlos se levanta, como siempre, cada mañana a las 6:50.

Su día se presenta largo, con apenas una hora para comer. Sabe que lleva tiempo sin ir al gimnasio, pero últimamente llega tan cansado a casa, y sin ganas de hacer nada, que lo último que le apetece es meterse en una sala llena de musculados personajes y anoréxicas Barbies. La idea de no hacer ejercicio le pone de mal humor, pero la idea de ir le produce malestar. De locos.

Sale de casa mordiendo su manzana, y una vez en el coche enciende su cigarro, aún sabiendo que podría provocarle algún accidente, y se dispone a enfrentar el camino hacia el trabajo.

Hay caravana, los coches casi ni se mueven, y el calor es sofocante. No puede evitar unirse a la rabia de los otros conductores, y le da a la bocina, sin pensar, rozando el desequilibrio mental.

Llega al trabajo y se cruza con su jefe. No le saluda. De hecho, casi ni le mira. A veces cree que si no estuviera ahí, y se quedara durmiendo en la cama, nadie se daría cuenta. La idea le ponía triste, y ya, de buena mañana, su cuerpo albergaba demasiadas emociones negativas.

A la hora de comer se dirige al restaurante de siempre, pide lo de siempre, y tarda el mismo tiempo que siempre. Siempre igual. Siempre. Salvo que ese día no tenían su plato favorito, así que, con mal humor, pasaba directamente al segundo plato.

Estúpida rutina.

Cuando llega la hora de salir, sabe que le toca enfrentarse a la pelea de siempre, salir del parking. Todos salen a la misma hora, todos van a por el coche, y todos quieren salir los primeros, así que se crean unas colas que pueden llegar a superar los veinte minutos. Desesperante. Mal humor. Rabia. Pena. Ansiedad. Y así vuelve a su casa, sin espacio para la sonrisa.

Llega, y por décima vez en el día mira su móvil. Ni rastro de ella. Seguro que está con otro. O teniendo sexo. O en una cita. O enamorándose. O haciendo cualquier otra cosa. Sin él. No aguanta más, y le manda el siguiente mensaje: “Ya te vale”. Al rato ella contesta: “¿Qué ocurre?”. Así entran en el mismo bucle de siempre.

  • ¿Estás bien?
  • Sí ¿y tú?
  • Ya veo ya, eres más lista…
  • Oye ¿qué pasa?
  • Tú sabrás.
  • Pues no, no sé de qué me estás hablando.
  • Que tengas un buen día.
  • Pues adiós.

Lanza su móvil contra el sofá, y se prepara la cena de siempre. Viendo el programa de siempre.

Se irá a la cama a la misma hora de siempre. Y tendrá el sueño de siempre. Trabajo. Como siempre.

Pero esa noche ocurre algo diferente. Alguien entra en su casa mientras él duerme.

Alarmado mira el reloj. Son las cuatro de la mañana. Quizá ha tenido una pesadilla. Entonces le parece oír la puerta del comedor. Afina el oído. Le retumban del silencio que hay. Y oye la puerta del comedor abriéndose. Se sienta en la cama, nervioso, mirando la poca luz que entra por la ventana.

Suena un portazo.

Claramente alguien ha entrado en su casa.

Se levanta y corre hacia la puerta de su habitación. Pega la cara contra ella, y escucha.

Oye a alguien toser y caminar por el comedor. Su corazón le va a explotar. Busca algo con lo que defenderse en caso de ser atacado. Un paraguas. Un viejo paraguas abandonado en la estantería y cubierto de polvo.

Abre un poco la puerta, y asoma la cabeza. Ve una sombra en el comedor. La persona intrusa está quieta, mirando papeles encima de la mesa.

Carlos saca medio cuerpo. La sombra le ve, y corre hacia él. Carlos cierra la puerta y camina hacia atrás, pegando su tembloroso cuerpo contra la pared. Oye a la persona reírse, mientras aparta las sillas.

  • Hola – dice la voz desde el otro lado de la puerta.

Carlos había escuchado mil veces noticias acerca de personas que entran en casas, atracan, secuestran, matan… pero nunca creyó que pudiera pasarle a él. Y le había pasado.

  • Sé que estás dentro, sal.

Su cabeza iba y venía, le latía el pulso. Sudaba, pero sentía frío. Mucho frío.

  • Puedes salir, no te voy a hacer daño.

La voz era femenina, joven. Y desde luego no parecía nada agresiva. Su mente, quizá con tintes machistas, se relajó al saber que era una mujer, joven. Quizá en un cuerpo a cuerpo podría ganar, aunque estaba desentrenado ¡Maldito gimnasio!

  • Sal, he venido a ayudarte.

Carlos dejó el paraguas sobre la cama, y salió.

Se encontró a una pequeña mujer, medio metro quizá, rubia, con el pelo hasta las rodillas. Llevaba un pequeño vestido de color blanco. Pero desde luego, lo que más le llamaba la atención era esa sonrisa de oreja a oreja.

  • He venido a ayudarte – dijo ella.
  • ¿Quién eres? – preguntó Carlos.
  • Eso ahora no importa ¿Qué te pasa? – dijo ella.
  • ¿Qué me pasa? – preguntó Carlos enfadado – Has entrado a mi casa de madrugada, casi me matas de un infarto. Podrías haber usado el timbre, te habría abierto encantado.
  • ¿Por qué no contestas a mi pregunta? ¡Qué manera de esquivar el tema! ¿Qué le pasa a tu carácter? Estás enfadado, triste, ansioso, angustiado… – dijo la pequeña mujer acercándose a él.
  • Bueno… mi vida es una mierda, básicamente.
  • Un parque lleno de excremento no le hace un parque de mierda.
  • ¿Cómo? – dijo Carlos.
  • ¡Que tu vida no es una mierda! Sólo tienes que limpiarla de vez en cuando. Te voy a ayudar ¿Crees en la magia? – dijo ella, sonriendo de nuevo.
  • Claro que no, no soy un niño pequeño.
  • ¡Oh! ¡Qué estupidez! Los niños pequeños no me necesitan, no necesitan magia.
  • ¿Por qué?
  • ¡Porque ellos ya son felices! Al menos la mayoría.

Carlos se dejó caer en el sofá. Estaba cada vez más seguro de que aquello era un sueño. Pero nunca lo había vivido de una manera tan real “¡Qué diablos!”, pensó, “Si esto es un sueño, voy a participar… para una vez que puedo”.

  • Voy a usar mis poderes contigo ¿y sabes qué te va a ocurrir? – dijo ella.
  • No ¿qué?
  • Que mañana – dijo la mujer abriendo los brazos – tendrás el mejor día de tu vida.

Carlos sonrió. Era ese tipo de sonrisa que haces cuando te dicen que tienes que quedarte hasta las tantas trabajando. Sonreír por no llorar, que decimos.

  • Está bien, está bien ¿qué ocurrirá? – dijo Carlos, divertido.
  • ¡Nada malo! ¡Ya lo verás! ¡Buenas noches!

Sonó el despertador, como siempre, a las 6:50.

Carlos se despertó pensando en aquel extraño sueño. Se dirigió al lavabo, y ahí pudo ver, escrito en el espejo:

“¡Buenos días! Recuerda: Hoy no te ocurrirá nada malo ¿Te vas a duchar? ¿Por qué no lo haces con tu canción preferida?”

Carlos se quedó inmóvil delante de aquello. No daba crédito. Aquello era real. Aquello ocurrió ¿O se estaba volviendo loco?

No quiso darle vueltas al asunto. Se dejó llevar por primera vez en su vida. Y al ritmo de “Ain’t no mountain high enough”, se duchó.

Sale de casa con una sonrisa en la cara. Se sube al coche, y al cabo de 10 minutos ya se encuentra inmerso en una enorme caravana. No podía ocurrirle nada malo. O eso había dicho la extraña y misteriosa mujer. Y si aquello era todavía un sueño, se disponía a vivirlo sin pensar. Así que se relajó. Abrió la guantera y encontró sus antiguos cd’s. Puso el que más le gustaba, subió la música, bajó la ventana dejando entrar el aire, encendió su cigarro, y cantó. Y bailó. Y lo hacía sonriendo.

Llegó al trabajo, y se dirigía por el pasillo todavía con el ritmo de la música en sus venas. Se cruzó con su jefe, como siempre mirando al suelo.

  • Buenos días señor Antonio – dijo Carlos.
  • ¡Oh! Hola Carlos – te veo de buen humor.
  • ¡Hoy va a ser un gran día! Hay que disfrutarlo ¿no?

Su jefe lo miró de arriba abajo. Y sonrió.

A la hora de comer Carlos notó que el camarero, que llevaba dos meses allí, se le acercaba con miedo, nervioso.

  • Lo siento señor – dijo el joven – pero no nos queda el primer plato que siempre pide.
  • ¡Oh! – se lamentó Carlos.
  • ¿Querrá pasar al siguiente como siempre? – dijo éste.
  • ¿Sabe qué? ¡Tráigame lo que quiera! Me apetece cambiar.

Carlos comió con calma, poco a poco, disfrutando de su plato.

Al salir del trabajo, Carlos pensó en el gran lío que iba a suponer salir del parking, como siempre. Pero esta vez algo cambió. O algo decidió cambiar.

Entró en el coche, escogió otro de sus cd’s favoritos, y al ritmo de “Make me wanna pray”, esperó con calma “De hecho, si tardo más en salir, quizá me da tiempo a escuchar el cd entero antes de llegar a casa”, se sorprendió pensando.

Llegó a casa. Y como siempre, prueba indudable de que uno se encuentra enamorado, pensó en ella, que solía ser su primer pensamiento del día. Y el último. La echaba de menos, así que, recordando el conjuro de magia, y sabiendo que no podía salir nada mal, le escribió.

  • Te invito al cine este fin de semana – escribió él.
  • ¿Cómo dices?
  • Si no quieres no te preocupes. Podemos hacer otra cosa. Sólo quiero verte.
  • ¿Para qué? – dijo ella contestando al mensaje.
  • Para verte. Sólo con eso me conformo, el resto lo decides tú.
  • ¿Estás triste?
  • ¡No! Hoy ha sido un día genial. Ya me dirás algo, te dejo que voy a hacer cosas.
  • Vale, vale. Nos vemos este fin de semana.

Carlos se dispuso a preparar su cena. Pizza. Y mucha Coca-Cola. Rápidamente el cerebro le mandó el siguiente mensaje: “¿Y el gimnasio?”.

  • ¡A la mierda! – dijo en voz alta Carlos – iré cuando quiera ir. No necesito esta presión. Necesito pizza.

Recordó que hacía semanas que no se sentaba frente al ordenador para disfrutar de sus series y programas favoritos. Y pizza en mano, y queso en boca, se sentó en el sofá.

Alrededor de las doce sus ojos empezaron a cerrarse, así pues, tras realizar los rituales propios antes de acostarse, se metió en la cama. “Ha sido un buen día”, pensó antes de caer rendido a Morfeo.

  • ¿Estás despierto? – dijo la pequeña mujer.
  • Ahora sí – dijo Carlos desperezándose – Y aprovechando que estás aquí, quiero darte las gracias.
  • ¿A mí? ¿Por qué? – dijo ella.
  • ¿Por qué? ¡Por el truco de magia!
  • No entiendes nada ¿verdad? – dijo ella acercándose a su rostro.
  • ¿Cómo? ¿Qué debería entender? -dijo él, cubriéndose con la sábana.
  • ¿Qué ha ocurrido esta mañana? ¿A qué se debe tanta alegría? – dijo ella.
  • ¡A tu nota! Fui corriendo a la ducha y me puse mi canción preferida…
  • ¿Quién la puso? – preguntó la pequeña.
  • Yo – dijo Carlos.
  • ¿Qué más? – dijo ella sentándose a su lado.
  • Luego salí de buen humor, estuve en el coche, y me puse un cd que hacía tiempo que no escuchaba… – explicó él, todo sonrisas.
  • ¿Y yo dónde estaba? – dijo ella.
  • Pues no lo sé…
  • ¿Quién decidió poner el cd?
  • ¡Exacto! ¿Qué más? – dijo la pequeña apartándose un mechón del pelo.
  • Luego fue todo mucho mejor – empezó él – mi jefe me habló, el trabajo fue genial, disfruté la comida, y logré hablar con ella ¡Fue perfecto!
  • ¿Y yo dónde estaba en todo eso?
  • No estabas.
  • ¿Quién decidió tener un buen día nada más meterse en la ducha? ¿Quién decidió disfrutar del viaje al trabajo? ¿Quién habló con su jefe? ¿Quién disfrutó de su comida? ¿Quién habló con ella?
  • Yo, fui yo.
  • ¿Sabes ya quién soy? – preguntó ella.
  • ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
  • Muchos me llaman pensamiento positivo, yo prefiero llamarme cambio de actitud.

 

Carlos renunció a su trabajo. Decidió dedicarse a algo mucho más divertido y gratificante. No sólo ha mejorado su nivel de vida, también su salud, su aspecto físico, y su brillo exterior e interior. Rompió la relación tan tóxica que tenía con esa chica, pero meses después conoció al verdadero amor de su vida. Sigue fumando, pero eso ya es otro tema.

Es feliz, tremendamente feliz.

Ríe y sonríe sin parar.

Y sí, este cambió vino originado por un sencillo “Sonríe, que hoy va a ser el mejor día de tu vida”.

 

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El muñeco Sam

Esta es la historia de Sam.

Sam no existe, o al menos no existía. Todo empezó la tarde que Pablito, ya con los deberes acabados y sus tareas de caligrafía hechas, se dirigió a su habitación, papel en blanco y tijeras en mano.

Poco a poco, sentado en el frío suelo de su habitación, Pablito recortó lo que iba a ser una figura de papel. Perfectamente cortada, demostrando así sus habilidades motoras, le dibujó un bonito traje con corbata, unos elegantes pantalones negros, y unas botas negras, cordones incluidos.

–          ¿Cómo le pintaré la cara? – se preguntaba – ¿le haré barba?

Justo en ese momento su madre le llamó para merendar, así que Pablito dejó la figura en el suelo, y corrió a por su, así esperaba él, bocadillo de queso.

Fue así como Sam cobró vida, entre chinchetas, grapas y material escolar.

La primera vez que se vio en el espejo le encantó ver su cuerpo, blanco, impoluto, flexible, frágil… sin embargo, no fue hasta su encuentro con uno de los juguetes de Pablito, cuando surgieron sus primeros complejos.

–          ¡Pero si no tienes cara! – decía el juguete de Pablito.

–          ¿Cómo? – preguntó Sam.

–          Tú no tienes cara, ni ojos, ni boca, ni dientes… ¡eres raro! – sentenció, mientras el resto de juguetes reían a carcajadas.

Fue en ese momento cuando Sam fue consciente de que no encajaba. Era diferente. Era raro. Y no quería serlo ¡Quería una cara!

Así pues, aprovechando que la ventana estaba abierta para dejar pasar el poco aire que corría en ese caluroso agosto, Sam saltó, y se dejó caer, planeando, sobre el asfalto de la calle.

Andar no le costaba, sobre todo cuando corría algo de aire y abriendo sus pequeños brazos se dejaba impulsar por éste.

Quería una cara, estaba dispuesto a dibujarse él mismo una. Era tan aburrido ser diferente…

Su primer contacto con el exterior se llevó a cabo con una pequeña flor plantada en medio de la acera.

–          ¡Hola! – le dijo ésta.

–          Hola… – dijo un tímido Sam – ¡quiero una cara!

–          ¿Cómo dices? – dijo la flor.

–          ¡Quiero una cara! Me han hecho sin una, y todo el mundo tiene. Así pues, quiero una yo también ¡Quiero una cara!

–          Está bien, está bien… – dijo la coqueta flor – A todo el mundo le gustan las flores. Somos preciosas, con bonitos colores y largos pétalos ¿por qué no te dibujas una flor?

Sam  quedó asombrado. La flor era bonita, así pues no podía mentir.

–          ¡Eso es! ¡Quiero una flor como cara! ¿Me la dibujas?

Y así fue como Sam, por primera vez, anduvo orgulloso, recto y contento por la calle, mostrando su preciosa y frágil cara.

Su segundo encuentro se produjo con una hoja seca, abandonada en la carretera.

–          ¿Te gusta mi cara? – preguntó Sam, por primera vez, engreído.

–          ¡No! – contestó malhumorada la hoja.

Max no pudo evitar su descontento ¿cómo no podía gustarle su cara? ¡Era una flor! ¡La flor le gustaba a todo el mundo! ¿Qué problema tenía la hoja?

–          No está seca… – dijo sin ganas la hoja.

–          ¡Claro que no está seca! ¡Soy una flor! – dijo Sam enfadado.

–          A la gente no les gustan las flores. Quieren hojas secas ¿Tú ves a los niños corriendo en otoño y pisando flores? ¡No! ¿Por qué? ¡¡Pues porque la gente quiere hojas secas!! ¡Somos tan divertidas! – dijo la hoja seca, sonriendo por primera vez.

Sam se paró a pensar. Aquello tenía sentido ¿cómo se podía haber dejado engañar por la flor? ¡La gente quería hojas secas!

–          ¿Me dibujarías una hoja seca encima de las flores? ¡No quiero tener una flor como cara! – dijo Sam.

–          ¡Por supuesto! ¡Eres inteligente, qué buena elección!

Dicho y hecho. Sam se mostraba ahora más seguro que nunca. Era una hoja seca, divertida, guapa, y todos los niños querrían jugar con él.

Quiso hacer la prueba, así pues se acercó a una gata que dormía plácidamente bajo el sol de agosto.

–          ¡Hola, gatita! – dijo Sam.

–          Hola… – dijo la gata bostezando – ¡Uy, qué cara más rara! ¿Por qué tiene una flor y una hoja seca como rostro?

–          La flor fue un error – empezó Sam – luego me di cuenta que mi personalidad pegaba más con las hojas secas, así que soy una hoja seca.

–          ¿Por qué? – preguntó la gata.

–          ¿Por qué? ¿¿Por qué?? – preguntó un atónito Sam – ¡Soy una hoja seca! ¡Todo el mundo quiere a las hojas secas!

–          Una hoja seca no es más que una hoja muerta¡Lo que llevas en la cara es una tontería! Los gatos somos los seres más queridos por la gente – dijo la gata mientras se relamía.

–          ¿Es eso cierto?

–          ¡Claro! Los humanos nos dan de comer, nos dan mimos, y cuando nos cansamos nos vamos, y no pasa nada, porque “somos gatos”, según ellos. No como los perros, que si no responden a sus tonterías, es que son unos aburridos.

–          ¡Quiero ser un gato! – gritó Sam – ¿me dibujarías una cara de gato?

Así pues, la gata le dibujó unos bonitos bigotes, unos grandes ojos, y unos blancos colmillos.

Esta vez sí, es la definitiva ¡soy un bonito gato!” pensaba Sam mientras se dirigía a las afueras del pueblo.

Llegó así a la entrada de un bonito bosque, y, dispuesto a demostrar que era el muñeco más guapo del mundo, entró decidido.

Algo se le escapaba, se suponía que ser guapo le iba a hacer sentirse seguro, decidido, y la gente le querría. Sin embargo esto no ocurría. Cada vez se sentía más inferior, y todo el mundo le decía que debía cambiar.

Se encontraba ensimismado en sus pensamientos, cuando una voz le devolvió a la realidad.

–          ¿Qué eres? – preguntó la vocecilla.

–          ¡Soy un gato! – dijo Sam.

–          ¿Un gato? Tienes pétalos, pero eres una hoja seca. Tienes colores, pero tienes bigotes y colmillos ¿de dónde te has escapado?

Sam se acercó al lugar de donde provenía la vocecilla, y se encontró a un pequeño conejo.

–          Sólo quiero gustar – dijo un lloroso Sam.

–          ¡Pero si das miedo! – dijo el conejo.

–          ¡Ayúdame! ¿Qué me haría gustar a la gente?

–          ¡Qué pregunta más estúpida! Un conejo, por supuesto. Fíjate en mi color blanco, en estas orejas tan bonitas, y sobre todo, en esta colita de algodón ¡Somos perfectos! – dijo el presumido conejo.

–          ¿Y la gente os quiere? – preguntó Sam.

–          ¿Qué si nos quieren? ¡Somos tan bonitos que hasta nos quieren en sus platos, en sus zoos, y en sus casas! ¿Has visto algún gato en el zoo? ¡Por supuesto que no! Ellos sólo comen,  beben y arañan.

–          ¡Quiero ser un conejo! ¿Me ayudarías?

Así fue como Sam volvió a cambiar de cara, esta vez con unas largas orejas encima de los pétalos, dos grandes y blancas paletas encima de los colmillos…

–          ¡Me encanta! – dijo Sam – ¡¡Soy un conejo!!

Fue esta euforia y alegría la que le hizo regresar al pueblo, decidido a mostrarle a todo el mundo que ahora sí era guapo, perfecto, divertido, ágil y sabroso.

Volvió así a encontrarse con la gata, que seguía en el mismo lugar de antes.

–          ¡Hola! – dijo Sam.

–          ¡Qué horror! ¿Quién eres? – pregunto la gata, dando un paso atrás.

–          ¡Soy yo! ¡¡Sam!! – dijo el pequeño muñeco.

–          ¿Sam? ¿Qué te ha pasado?

–          ¡Soy un conejo!

La gata no pudo evitar echarse a reír como una loca.

–          ¿Un conejo? ¡Eres un monstruo! Toda tu cara está llena de colores y formas muy diferentes y raras ¡Qué miedo das! ¡Eres horrible!

Sam corrió entonces en busca de la hoja seca, quien le dijo algo parecido.

–          ¡Eres feo! ¡Mucho más raro que antes!

Corrió entonces en busca de la flor, quien directamente se cerró en banda a hablar con él, despreciándolo como si fuera un despojo, un trozo de basura.

¿Cómo iba a volver así a casa de Pablito? ¿Cómo le iba a querer alguien de esa manera? ¡Estaba tan asustado!

Decidió entonces volver al bosque, subir a la rama más alta de todas, y esperar que el fuerte viento de la noche se lo llevara. Donde fuera.

–          ¿Qué haces aquí? – preguntó una pequeña nube.

–          ¡Esperando que el viento me lleve!

–          ¡Qué curioso! Normalmente todos huyen del viento ¿por qué quieres que te lleve? ¿Y a dónde?

–          ¡Dónde sea! – dijo Sam.

–          ¿No sabes dónde vas? – preguntó la nube.

–          ¡No! ¡No lo sé! – dijo Sam rompiendo a llorar de nuevo.

–          ¿Por qué lloras?

–          ¡Porque soy feo! ¡Porque no sé a dónde voy! – dijo Sam.

–          ¡Es bueno no saber dónde vas! A veces sólo necesitamos que el viento sople, nos lleve, y a empezar de nuevo ¡Yo nunca sé dónde voy!

–          ¿Y por qué no estás triste? – preguntó Sam.

–          ¿Por qué iba a estarlo?

–          ¡Porque no sabes a dónde vas! – dijo Sam, empezando a desesperarse.

–          ¡Me da igual dónde vaya! ¿Sabes por qué? – dijo la pequeña nube.

–          ¿Por qué? – dijo Sam, cada vez más intrigado.

–          Porque sé quién soy. Me da igual ser una nube aquí, que en otro país. Acabaré por vaciarme y desembocar en un mar.

Sam volvió a colocar sus manos sobre su cara, y, encogido, rompió a llorar de nuevo.

–          Oye, eres raro ¿qué te pasa en la cara? – dijo la nube.

–          ¡Que soy feo! ¿No lo ves? – gritó Sam.

–          Pero ¿por qué? Quiero decir, eres un muñeco de papel ¿por qué no te dibujaste algo más bonito, y no esas rallas sin sentido?

–          Primero quise gustar a una flor, así que me… – empezó a explicar Sam.

–          Perdona que te interrumpa ¿por qué querías gustarle a una flor? – dijo la extrañada nube.

–          Porque era bonita.

–          Si, eso lo sé, les doy agua cada día, y lo haré mientras el mundo sea mundo, pero ¿por qué?

–          Quería ser bonito yo también – dijo Sam.

–          ¿Qué ocurrió entonces?

–          Tuve cara de flor – dijo Sam – pero entonces quise gustarle a una hoja seca…

–          ¿A una hoja seca? – preguntó la nube.

–          ¡Caray! Vosotras las nubes no dejáis de interrumpir – se quejó Sam –  ¡Sí, quise gustarle a una hoja seca!

–          ¿Por qué?

–          ¡Porque son divertidas! ¡Quería ser divertido! – estalló Sam.

–          ¿No querías ser bonito?

–          ¡Bonito y divertido! ¡no entiendes nada! – dijo el pequeño muñeco.

–          Está bien, discúlpame ¿qué más?

–          Me encontré a un gato ¡y quise gustarle! Así que le pedí que me dibujara a un gato en mi cara… ¿no vas a decir nada? – dijo el muñeco, esperando a ser interrumpido.

–          ¡Claro que no! Ya me lo imagino…

–          Quise ser un gato para ser querido y deseado – dijo el muñeco, sintiéndose cada vez más estúpido.

–          Así que querías ser bonito, divertido, deseado y querido ¿verdad?

–          Verdad – dijo Sam.

–          ¿Y te sentías así?

–          No.

–          Está bien ¿qué más ocurrió? – preguntó la nube – Porque yo veo ahí unas extrañas orejas.

–          ¡Quise ser un conejo! – respondió Sam – quise ser sabroso y ágil ¡Y aquí tienes el resultado!

–          ¿Te sientes bonito?

–          No.

–          ¿Divertido?

–          No.

–          ¿Deseado?

–          No.

–          ¿Sabroso y ágil?

–          No.

–          ¿Y por qué lo hiciste? – preguntó la nube.

–          Quería gustar a todos ellos, supongo… – dijo el pequeño Sam, aguantando de nuevo las lágrimas.

–          ¿Me permitirías otra pregunta? Nosotras las nubes vemos todo desde arriba, y luego desde el suelo, nos perdemos lo que hay entre ambos sitios, somos muy curiosas…

–          Claro – dijo Sam – pregunta lo que quieras.

–          ¿Cómo te sentías antes de querer ser un conejo, una gata, una hoja seca y una flor?

–          No lo recuerdo… supongo que diferente…

–          ¿Dónde vivías? – pregunté la nube.

–          En una bonita casa con jardín – dijo Sam.

–          ¿Tenías amigos?

–          ¡Sí! Pablito, él me creó – respondió Sam, echando de menos por primera vez a Pablito.

–          ¿Te quería?

–          ¡Mucho! Se pasó horas en el suelo recortándome, y haciéndome éstas… ¡oh! – se interrumpió el muñeco.

–          ¿Qué ocurre? – dijo preocupada la nube – ¿va todo bien?

–          Había olvidado – dijo Sam mirando a sus pies – estos zapatos que me hizo Pablito. Y esta corbata…

–          ¡Son preciosos los zapatos! ¡Y la corbata es muy divertida! ¡Ese Pablito es un artista!

–          ¡Quiero volver a casa! – dijo Sam.

–          ¡Yo te puedo llevar si quieres! ¡Voy hacia allí! Podría soplar y llevarte en un momento.

–          ¡Sí! – dijo Sam animado por primera vez – ¡Quiero volver a ver a Pablito!

–          ¿Me permites antes decirte una cosa?

–          Claro – dijo Sam.

–          Puedo ayudarte con esa cara. Podría utilizar algunas de mis gotas para borrarte todos esos espantosos dibujos si quieres. Además, tengo algo que es bonito, divertido, deseado, sabroso y muy rápido ¿me dejarías dibujártelo?

–          ¡Claro! Eres mi amiga, me fío de ti.

Fue así como la pequeña nube utilizó sus gotitas de agua fría para borrar los dibujos de la cara de Sam, devolviéndole así su blanco impoluto . Además, como le había prometido, le hizo un dibujo en la cara que, sin ninguna duda, era el más bonito, divertido, deseado, sabroso y ágil de todos.

Y así, soplando y soplando, llevó a Sam hasta la calle de Pablito.

Volviendo corriendo a casa, alguien le detuvo. Era la gata.

–          ¡Hola! ¿Quieres sentarte a hablar conmigo? ¡Me gustaría conocerte!

–          ¡No puedo! ¡Tengo prisa!

Siguió corriendo, ya casi podía ver la casa de Pablito. Otra voz le detuvo.

–          ¡Hola! ¡Caray, qué envidia! Ojalá yo tuviera esa cara y no fuera seca y arrugada.

 

Sam se sentía cada vez más eufórico ¡por fin iba a ver a Pablito!

–          ¡Hola! ¿Quieres hablar conmigo? – dijo la abandonada flor.

–          ¡No puedo, voy con prisa! – gritó Sam.

–          Es una lástima, por fin había encontrado a alguien tan bonito como yo ¿seguro que no quieres quedarte?

Pero Sam ya estaba subiendo por la ventana de Pablito. Entrando de un salto por la ventana, y dejándose caer encima de la cama ¡Por fin había llegado! ¡Por fin estaba con Pablito!

Éste se encontraba pintando con sus ceras cuando su madre le advirtió que cerrara la ventana, ya que había visto una nube, y parecía que iba a llover. Fue en ese momento cuando Pablito vio a Sam.

–          ¡Oh! – dijo Pablito – ¡aquí estás! Pensaba que sin querer te había lanzado a la basura ¡Mamá! ¡Mamá! – dijo Pablito llamando a su madre.

–          ¿Qué ocurre cariño? – preguntó ella entrando en la habitación.

–          He encontrado a Sam ¡Estaba encima de la cama! – dijo Pablito, dando saltos de alegría.

–          ¡Ahí estaba! Por fin te conozco Sam ¡Pablito te ha quedado fantástico! Es muy bonito ¿de quién fue la idea de dibujarle esto en la cara? – preguntó la madre.

–          No recuerdo haberle pintado nada ¿qué tiene? – dijo Pablito alargando los brazos hacia el muñeco.

–          Una hermosa y divertida sonrisa, de oreja a oreja.

 

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