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Posts Tagged ‘respeto’

Hace apenas unos días una pareja gay recibía una paliza a la salida de un establecimiento por 3 menores de origen ecuatoriano.

A estos menores, obviamente, no les pasará absolutamente nada. Quizá la bronca de papá y mamá. Quizá un mes sin móvil y a muy malas sin videoconsola. La edad, exactamente, 16 años. A lo cual yo me pregunto ¿Me estáis vendiendo que una persona con 16 años no es capaz de diferenciar lo que está bien de lo que está mal? Si eres adulto para trabajar, para mantener relaciones sexuales y para poder elegir tu futuro, eres también adulto para pagar por tus errores, lo mires por donde lo mires.

La defensa de estas personas (respetaremos el concepto de que cualquier humano debe ser considerado persona) es, seguramente, el odio y rabia hacia aquello que no conocen ni entienden. Y como decía mi madre “no hay mayor tonto que el que pudiendo entender, no quiere”.

Hace una semana leía un artículo sobre la educación en la Edad Media y épocas continuas (gracias a la asociación SALTA por el texto). Básicamente, la educación diferenciada entre hombres y mujeres se basaba en la caza y defensa, para ellos, y el cuidado y la casa, para ellas. Pero detrás de esto, había una educación negra, de miedo e incomprensión, lo que en tiempos venideros fue llamada “La caza de Brujas”.

La caza de Brujas se basaba en la búsqueda mortal de brujas o personas bajo sospecha de brujería, normalmente mujeres. Surgió sobretodo en la Europa Central, sobre el inicio de la Época Moderna, y fue potenciada por (adivinen) la Iglesia, bajo la idea de una conspiración del Demonio para acabar con la Cristiandad ¿Se huele por donde voy?

Era una búsqueda irracional y discriminatoria. En cuanto una mujer tenía una actitud sospechosa (léase no acudir a la Iglesia los domingos, vivir sola, y acompañada de gatos –si, gatos, no es sólo una invención de Hollywood-) se la acusaba de sospecha de brujería. Era humillada en público, castigada, y posteriormente enviada a una “vida mejor”.

Todo esto no hacía más que mostrar el pánico moral de las personas “normales” hacia aquellas personas que decidían vivir una vida diferente, salirse de la norma, creer en sus propias convicciones, y dejando la suerte para ellas mismas, sin que nadie dotado de un poder extraterrenal tuviera que guiar sus pasos.

La relación con el tema es clara. Hoy en día seguimos encontrándonos con una Iglesia que persigue a personas diferentes por su condición sexual, con la finalidad de salvarlos de sus pecados y curarles (mientras miran hacia otro lado cuando se trata de abusos y violaciones a menores). Nos encontramos con partidos políticos extremistas que tienen por bandera el odio y la violencia a todos aquellos que han elegido una pluma en vez de un cañón. Nos encontramos con personas en la calle que no pueden evitar la risita floja cuando ven a dos mujeres o dos hombres dándose muestras de afecto en público, y, lo que es peor, otros tantos que ante estas muestras creen que la risita floja es poco, y lo potencian con un “maricones”, un “bolleras”, o una paliza.

Parece ser que no estamos tan lejos de la época de la caza de brujas. Eso sí, esta vez han cambiado las escobas por los arco iris.

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Muchas veces nos preguntamos por qué se quiere tanto a una mascota, pero las personas que han experimentado en primera persona la convivencia con un animal, seguro están de acuerdo con lo que leeréis a continuación.

Los animales de compañía están considerados como una medicina preventiva. Su cuidado y el afecto hacia ellos promueven la salud y prolongan la vida. Numerosos estudios han demostrado, por ejemplo, que cuando los acariciamos la tensión arterial se reduce, además de producir efectos relajantes en nuestro organismo. Y es que, sin duda, ellos son un verdadero antídoto contra el estrés y una fuente inagotable de amor y compañía.

Estos son algunos de los beneficios que aporta la convivencia con una mascota.

Disminuyen el sentimiento de soledad: su presencia constante hace que las personas se sientan más confiadas, seguras y protegidas. Su compañía también estimula el contacto físico y la comunicación; casi todos los dueños le hablan a su mascota y la conversación resulta más relajante debido a una sencilla razón: los animales no juzgan a las personas.

Incrementan la autoestima: los cuidados y atenciones que demandan las mascotas reducen los tiempos de ocio, hacen que la persona se sienta útil y generan una estrecha relación entre humano y animal, en la que ambos intercambian cariño y emociones. Son una constante fuente de motivación para su dueño.

Los niños aprenden: la convivencia con las mascotas contribuye a que los niños aprendan valores positivos como el respeto hacia los animales y la vida, la amistad y el amor, crea sentido de responsabilidad y promueve la comunicación entre padres e hijos. Las mascotas pueden enseñar a los niños a amar. Una mascota desarrolla en el niño la sensación de ser siempre aceptado y querido.

Mejoran el humor: ellas son una fuente de alegría y diversión para toda la familia, y con su compañía nos enseñan a disfrutar de las cosas sencillas de la vida.

Estimulan el contacto social: tener una mascota es una buena manera de establecer contactos sociales más positivos, conociendo a otras personas con quienes compartir anécdotas y experiencias sobre ella, ampliando así el círculo de amistades.

Ayudan a estar en forma: los perros necesitan caminar y hacer ejercicio diariamente. Compartir con la mascota y disfrutar de esta actividad hace que tanto ella como su dueño se mantengan saludables.

Favorecen la recuperación de las enfermedades: se ha demostrado que aquellas personas que poseen mascotas se recuperan más rápido de enfermedades como infartos y de cirugías, que aquellas que no las poseen.

Apoyan a personas discapacitadas: particularmente los perros, pueden convertirse en los ojos, los oídos y las piernas de muchas personas que padecen ciertos impedimentos físicos.

Nos hacen más humanos: los cuidados y el amor hacia los animales nos hacen demostrar mayor empatía y actitudes positivas hacia ellos, y así aprendemos a actuar de la misma manera con las personas.

Liberan el estrés: los estudios llevados a cabo sobre personas que poseen mascotas y otras que no tienen, muestran que el primer grupo tiene estados de ánimo más altos y periodos menores de depresión.

Mamá, mamá, quiero un perrito…

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Había una vez una princesa muy feliz. Su padre, el rey Andrés, y su madre, la reina Elena, siempre la habían querido mucho.  La vida de la princesa Ana transcurría alegremente en palacio. Le encantaban los animales, y siempre que había visto a alguno abandonado lo había acogido, cuidado… y sobretodo querido.

Entre esos había uno, su favorito…

¡Croak! ¡Croak!

Efectivamente! Era una ranita que vivía en el estanque.

Como la princesa era muy aficionada a los cuentos, solía sentarse en el estanque a leer sus favoritos a su ranita y sus pececitos. Ella siempre había creído que sus animalitos la entendían.

Con el tiempo Ana creció, y se convirtió en una princesita. Su padre, llegado el momento, le dijo que tenía que empezar a buscar a algún príncipe con el que casarse, y así poder reinar el día de mañana. Ana escuchaba a su padre, pero no sabía por qué sus palabras le hacían sentir tan triste. Cada día, miles de apuestos príncipes se presentaban ante ella para pedir su mano. Ana, lejos de sentirse alagada solo podía llorar y sentirse aún más triste. Entonces en esos momentos solía ir al estanque a hablar con su ranita.

– No te preocupes – le decía su ranita – el día de mañana encontrarás un príncipe que te querrá y cuidará mucho.

Ana seguía desconsolada porque en realidad ella no quería casarse con ningún príncipe. Pasaron los meses, y Ana cada día estaba más triste, hasta que un día le dijo a su ranita:

– Mira ranita… yo no me quiero casar con ningún príncipe, si me tuviera que casar con alguien, me casaría contigo

– Me alegra mucho lo que dices –dijo la ranita- en tus manos está que lo hagas realidad. Podrías empezar dándome un besito.

Ana se acercó a la ranita, y muy tiernamente la besó. Al momento, la ranita se convirtió en una bella y hermosa joven.

Por primera vez, y tras mucho tiempo de tristeza, Ana empezaba a sonreír. Cogidas de la mano, fueron a hablar con los reyes. Ambos se sorprendieron mucho, pero el rey Andrés, al ver la cara y los ojos de felicidad de su hija, tomó una decisión:

– A partir de mañana, las leyes cambian, todos en este reino podrán elegir libremente con quién casarse.

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Podríamos definir educación como el proceso multidireccional mediante el cual se transmiten conocimientos, valores, costumbres y formas de actuar.

La educación forma parte de nosotros, aprendemos porque sí, por curiosidad, por motivación, por interés, por imitación (dejando a un lado la obligación). Desde pequeños aprendemos; aprendemos a meternos la mano en la boca, a coger objetos, a mamar del pecho de la madre, a gatear, a caer y levantarnos, a volver a levantarnos, a volver a caer, a caminar, a reflexionar…

Aprendemos el arte y la belleza de la literatura, las difíciles matemáticas, la enrevesada historia, las (con perdón) aburridas física y química…

Aprendemos. Aprendemos. Aprendemos. Pero ¿toda educación se basa simplemente en aprendizajes innatos y humanos, o educativos y formativos?

A veces se nos olvida que quizá no somos tan inteligentes como pensamos. Pues quizá las materias anteriormente citadas las dominamos bien, pero contamos con el gran hándicap de la educación y del hombre (Hombre como humano, no como masculinidad): los valores.

¿Aprendemos a perdonar? ¿Aprendemos a pedir perdón? ¿Aprendemos lealtad? ¿Aprendemos sinceridad? ¿Aprendemos tolerancia?

El ser humano se caracteriza por el concepto conocido como simplicidad. Aprendemos lo que no nos cuesta, lo que nos parece sencillo, seguro, no arriesgado. Al igual como el mono aprendió que por los árboles se movían con más rapidez, o el cocodrilo que en  las orillas se caza mejor ¿Tanto creemos diferenciarnos de los animales?

No creo ni apuesto por una educación impartida entre cuatro paredes en un centro educativo. Ni por una formación facilitada en una empresa a cal y canto.
Creo que la educación se vive. Se respira. Se crea. Se comparte. Se siente. Se implanta.

Os diré para mí lo que es educación de verdad.

Hará unos días llegué a casa sonriendo, contento, animado, y le expliqué a mi compañera de piso a qué se debía. Esa mañana salí a correr como de costumbre por el parque situado cerca de mi casa. Al llegar a una de las fuentes me detuve, y vi la escena de un niño con su madre. Éste lloraba. Ella le decía que no debía llorar porque no era un bebé (sólo le faltó decir “y los hombres no lloran”). El motivo: al niño se le había escapado un globo.

Lo que pasó y vi a continuación no fue por casualidad. Yo vi a ese hombre, y vi el objetivo que tenía, así que me paré a ver. Un hombre, totalmente desconocido para la madre y el niño-hombre que no llora, se acercó a ellos con un globo que acababa de comprar, y se lo entregó al niño. Éste lo cogió con sorpresa y alegría, y dejó de llorar al instante.

La mujer agradecida le dijo que no tenía por qué hacer  eso, y que cuánto le debía. El hombre dijo que nada, que era un regalo para el niño que se había quedado sin globo. Y se fue.

Ese sería un concepto muy cercano a mi idea de educación.

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