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Posts Tagged ‘confianza’

Si alguien se decidiera a hacer un estudio arqueológico en el territorio sentimental de Valeria probablemente encontrara la huella que dejó su padre, la forma en que vestía, la música que escuchaba, los libros que leía, las actitudes que adoptaba e incluso sus patillas, aquel estilo que estuvo tan de moda en la niñez de Valeria.

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En cuanto al mapa del amor de Romano, sabemos que incluía estas características: mujeres asertivas, altas, inteligentes, irónicas, de cabello y piernas largas, manos lunares, bocas carnosas y gestos amplios, con una marcada debilidad por las narices muy rectas pero no pequeñas. El mismo tipo que se repetía en Valeria y en Sonia, y que se remontaba sin ninguna duda a Sabina.

De forma que en aquella fiesta, cuando Romano y Valeria chocaron como dos estrellas que colisionan en el espacio, cada uno activó la programación mental del otro, provocando una especia de shock químico en sus respectivos circuitos neuronales.

Las mujeres emiten feromonas al ovular, como cualesquiera otras hembras mamíferas, hormonas que se transmiten a través del sudor y que los hombres pueden percibir aunque no sean conscientes de ello. Por su parte, a partir de las feromonas transmitidas en el sudor masculino, las mujeres detectan, también de forma totalmente inconsciente, el complejo de histocompatibilidad mayor (CHM) del sistema inmune, y sienten mayor atracción por los varones con un CHM diferente al propio. Resumiendo, cuando una mujer está ovulando resulta más atractiva para los hombres. Pero además, la pituitaria de esa mujer es más receptiva y a partir de la secreción del sudor de los varones es capaz de detectar información transmitida en las feromonas del hombre, de manera que, sin saberlo, se sentirá inmediatamente atraída por un sujeto genéticamente compatible.

Aquella noche Valeria había bailado durante una buena media hora en la pista del pub y por lo tanto sudaba copiosamente y segregaba feromonas a ritmo de cadena industrial. Hemos de suponer que estaba ovulando aunque no tengamos constancia fehaciente de este hecho, dado que el ciclo menstrual de Valeria es tan caótico como su propia personalidad. Romano también sudaba, y rápidamente Valeria detectó, aún si saberlo, un CHM compatible. Estos hechos, unidos a la coincidencia de sus respectivos mapas del amor, desataron una tormenta química que les forzó a fundirse en un beso.

La saliva masculina transporta testosterona, un afrodisiaco natural. El nivel de testosterona de Romano podría ser más alto de lo normal, un hecho deducido a partir de factores como el tamaño de su pene y de sus manos, la abundancia de su vello corporal, su altura y una incipiente alopecia casi indetectable, que se manifestará en su plenitud a partir de los treinta, todas ellas características secundarias exclusivamente masculinas e indicios evidentes por tanto de un alto nivel de hormona masculina.

Desde aquel preciso momento los respectivos sistemas nerviosos de nuestros protagonistas se pusieron en marcha y se produjeron sendas descargas de feniletilamina (FEA), un compuesto de la familia de las anfetaminas que desata la pasión. Casi inmediatamente después vinieron las descargas de dopamina, que es el neurotransmisor relacionado con el placer y la recompensa. Las descargas de ambas sustancias provocaron en Romano y Valeria una necesidad incontrolable de sexo, que se resolvió casi inmediatamente.

Tras cada encuentro sexual (y aquella noche y en la mañana siguiente hubo varios) se mezclaba con la oxitocina (la hormona de la confianza y el apego), la serotonina (que genera bienestar), la dopamina y la noradrenalina (que dilatan las pupilas y aceleran la tensión). Esta explica por qué al día siguiente los dos tenían la sensación de conocerse toda la vida, por qué estaban dispuestos a hacerse confidencias que nunca le hubieran hecho a nadie y por qué se sentían tan acelerados y eufóricos a pesar de que casi no habían dormido. Para colmo, la descarga de dopamina inhibió en ambos las labores del córtex frontal, donde reside la racionalidad y el sentido crítico.

A partir de ese momento la cultura popular afirma que nuestros protagonistas se habían enamorado. Algunos podrían objetas que un enfoque cientificista de esta hecho despoja de contenido romántico el asunto, pero lo cierto es que la explicación científica de un tsunami (el fondo marino se desplaza en sentido vertical, el océano es impulsado fuera de su equilibrio normal, bla bla bla) no le resta a la ola gigante ni majestuosidad ni tragedia. Y desde luego, lo que sucedió aquel 15 de octubre no se puede catalogar de otra manera que de fenómeno natural.

En ese sentido, las comedias románticas tenían razón: era el destino, estaban hecho el uno para el otro. Cada cual venía diseñado al otro en su cabeza desde los tres años y para colmo tenían genes compatibles. No pudieron evitarlo. Las tragedias griegas lo advertían: el fondo común de lo trágico siempre estriba en la lucha contra un destino inexorable.

Valeria cree al principio que se había ido a la cama con Romano como se podría haber ido con cualquier otro. No es hasta la mañana siguiente, cuando lo escucha hablar, cuando se da cuenta de que Romano no es cualquier otro.

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Santa Envidia

Santa Envidia

La envidia es un fenómeno psicológico muy común que hace sufrir enormemente a muchas personas, tanto a los propios envidiosos como a sus víctimas. Puede ser explícita y transparente, o formar parte de la psicodinámica de algunos síntomas neuróticos. En cualquier caso, la envidia es un sentimiento de frustración insoportable ante algún bien de otra persona, a la que por ello se desea inconscientemente dañar. ¿Por qué?

El envidioso es un insatisfecho (ya sea por inmadurez, represión, frustración, etc.) que, a menudo, no sabe que lo es. Por ello siente consciente o inconscientemente mucho rencor contra las personas que poseen algo (belleza, dinero, sexo, éxito, poder, libertad, amor, personalidad, experiencia, felicidad, etc.) que él también desea pero no puede o no quiere desarrollar.

Así, en vez de aceptar sus carencias o percatarse de sus deseos y facultades y darles curso, el envidioso odia y desearía destruir a toda persona que, como un espejo, le recuerda su privación. La envidia es, en otras palabras, la rabia vengadora del impotente que, en vez de luchar por sus anhelos, prefiere eliminar la competencia. Por eso la envidia es una defensa típica de las personas más débiles, acomplejadas o fracasadas.

Dicho sentimiento forma parte también de ese rasgo humano, el narcisismo, desde el que el sujeto experimenta un ansia infatigable de destacar, ser el centro de atención, ganar, quedar por encima, ser el “más” y el “mejor” en toda circunstancia. Debido a ello, muchas personas se sienten continuamente amenazadas y angustiadas por los éxitos, la vida y la felicidad de los demás, y viven en perpetua competencia contra todo el mundo, atormentadas sin descanso por la envidia. No es ya sólo que los demás tengan cosas que ellas desean: ¡es que las desean precisamente porque los demás las tienen! Es decir, para no sentirse menos o “quedarse atrás”. Este sufrimiento condiciona su personalidad, su estilo de vida y su felicidad.

Las formas de expresión de la envidia son muy numerosas: críticas, ofensas, dominación, rechazo, difamación, agresiones, rivalidad, venganzas… A escala individual, la envidia suele formar parte de muchos trastornos psicológicos y de personalidad (p.ej., algunas ansiedades, trastornos obsesivos, depresión, agresividad, falta de autoestima…). En las relaciones personales y de pareja, está involucrada en muchos conflictos y rupturas. En lo social y político, su influencia es inmensa. Por ejemplo, la envidia del poder sexual, emocional y procreador de las mujeres alimenta el machismo. La envidia de la fuerza y libertad del varón refuerza el feminismo. La envidia de los pobres y resentidos estimula sus violentas revoluciones e igualitarismos. La envidia de los poderosos fomenta sus luchas intestinas. La envidia de los narcisistas y codiciosos nutre los concursos millonarios de televisión y sus audiencias. La mutua envidia de las mujeres robustece el colosal negocio de la belleza y la moda, así como la de los hombres excita su frenética competitividad. La envidia sexual es el combustible del morbo y la prensa rosa. Las envidias económicas desenfrenan el motor consumista… Etcétera.

No hay que confundir la envidia con los celos, que son sentimientos muy distintos. La envidia nace de las carencias del sujeto, que quiere destruir al objeto-espejo. Los celos, en cambio, nacen del miedo a perder el afecto de la persona amada, a la que se quiere conservar. No obstante, ambos sentimientos pueden ir juntos. Por ejemplo, cuando una persona ataca a su pareja infiel y al (o la) amante de ésta diciendo que lo hace por “celos”, a menudo una gran parte de su rabia procede también de su envidia inconsciente, ya que el despechado/a deseaba secretamente ser infiel sin atreverse a ello, mientras que sus engañadores se le adelantaron. Por eso ahora se siente herido/a y humillado/a en su orgullo.

En suma, cuanto más débil, insatisfecha o narcisista es una persona, tanto más envidiará a la gente que posea lo que a ella le falta. La envidia sólo se cura concienciando y resolviendo las propias carencias y facultades, a través de un proceso de crecimiento emocional. La persona madura no envidia a nadie.

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