Feeds:
Entradas
Comentarios

Estorbos

tercera-edad

Cuando ella supo que estaba embarazada, decidió cambiar el estilo de vida que tanto le había costado construir.

Dejó el tabaco. Le costó, pero nada comparado con lo que le costó dejar el alcohol. Dejó entonces de acudir a aquellas fantásticas fiestas a las que le invitaban cada fin de semana. Y, con ello, su círculo social se vio reducido a tres amigas; todas ellas madres.

Él estuvo a su lado en todo momento, al fin y al cabo iba a ser el padre. Y con el paso de los meses, tuvo que dejar también el trabajo que tanto amaba y que tanto había luchado por conseguir.

Vio poco a poco cómo las fiestas, los cigarros, las copas, las largas charlas hasta el amanecer rodeada y embriagada por las risas y la música, daban paso a noches en el sofá, en el baño, y asomada a la taza del váter, vomitando hasta el alma.

Pero llegó.

Llegó ese pequeño de pelo rubio y ojos azules, y supo que absolutamente todo había valido la pena. Ya nada le apetecía más que quedarse echada con su bebé en brazos, mientras su marido le masajeaba los pies, y veían películas hasta el amanecer.

El niño creció; y con ello llegaron las facturas de colegios, clases extraescolares, logopedas, alguna visita al psicólogo, ropa, más ropa, más juguetes… así pues, y sin dudar, casi sin esfuerzo, renunció también a sus caprichos, a veces incluso a sus cenas con su marido, por darle a su pequeño todo lo que necesitaba.

Como todo niño caía enfermo, varias veces al año, y ella no tenía ningún problema en quedarse despierta, vigilando, cantando una y otra vez esa misma canción; todo era poco para que su bebé se recuperara.

Y así, dos años después, llegó el siguiente bebé.

Esta vez ella tuvo que ponerse también a trabajar. Limpiar escaleras no era lo que se decía un trabajo deseable, pero ahora los gastos eran dobles. Más bocas a alimentar, más agendas, más extraescolares (¿cómo iba a poder el mayor jugar a fútbol, y no dejar al pequeño acudir a clases de pintura?), más ropa, más juguetes… había que sacar el dinero de donde se pudiera.

Pasaron los años, y poco a poco su círculo de amigos se vio completamente apagado. Su vida era esa, cuidar a sus pequeños, no permitirse caprichos, enfermar, trabajar, fregar y fregar… pero al llegar a casa y ver a sus pequeños en la mesa haciendo deberes, jugando, o bebiendo un vaso de leche, le merecía la pena.

  • Vaciaría mi vida entera por vosotros. Daría la vida sin pensar.

Con el paso del tiempo, los juguetes pasaron a ser ropas caras, más dinero, una moto, una carrera universitaria, una paga para poder salir con los amigos, otra paga para poder llevar a la novia a cenar, más comida, y un largo etcétera que, por entonces, siendo ya madre soltera, le hacía pensar en la cantidad de escaleras que tendría que fregar para poder pagarlo. Y así lo hizo. Y sonreía. Sonreía a rabiar. Era feliz viendo cómo sus hijos conseguían sus sueños. Los suyos ya daban igual, ya se le había pasado el tiempo.

Llegó la primera boda. Con el tiempo la segunda. Y con el paso de los años, los nietos.

Ella entonces se conformaba con una pequeña paga, la cual, generosa ella, iba destinada a sus nietos, sus hijos, sus nueras… para todos. Menos para ella.

“Una sabe que se hace mayor cuando sus nietos traen a casa a sus novias”, decía a menudo. Y poco tiempo después, llegó el peso de la edad.

Ella se notaba torpe.

Cansada.

Un desastre.

Mala memoria.

Mal pulso.

Mucha orina. Poca voluntad.

Y empezaba a molestar.

 

Estaba preparada para ello, ya no tenía quince años, y sabía que el paso del tiempo no tenía favoritos, ni ojitos derechos. Pasaba para todos.

Lo que no se esperaba, lo que nunca se hubiera esperado, es encontrarse sentada en una silla mientras, los agentes de ayuda social, le hacían la maleta para llevarle a lo que sería su nueva casa. Un bonito y abandonado centro para personas de la tercera edad.

Intentó adaptarse. Lo intentó con todas sus fuerzas. Pero no pudo. No podía aceptar ver cómo pasaban los días, las semanas, los meses… y tenía que conformarse con una llamada de sus hijos, muy de vez en cuando.

No les había educado para eso.

¿Dónde iban a parar, entonces, todos esos años de dedicación a ciegas? Esas horas al lado de la cama, esos cambios infinitos de pañales, esas horas de trabajo enferma, dejar atrás su vida, sus amistades, sus sueños… ¿ése era el precio a pagar? ¿Ése era su final feliz?

  • No te preocupes, querida – decía su compañera de habitación – para lo que nos queda, qué más da.

Pues a mí sí que me da, pensaba triste, yo no quiero morir sola. No me lo merezco.

Anuncios

El plato y la maceta

462

Llega a la consulta.

Se ve agotado, cansado. Últimamente siempre le veo así, agotado. Es otro. Lejos quedó aquel hombre que llegaba a la consulta riendo, abrazando, haciendo bromas.

Su nudo, su problema, sus conflictos, han crecido tanto, le han devorado tanto interiormente, que ya se le refleja por fuera.

Le ha salido la pena por los poros.

El cansancio por los ojos.

El enfado por la boca.

Y él es consciente. Está abatido.

  • ¿Cómo ha ido la semana, Pedro? – pregunto mientras le tiendo su té preferido, y le acerco un cojín.
  • Pf – resopla él – como siempre. Una mierda. Una enorme mierda.
  • Vaya, lo lamento ¿No han mejorado las cosas con Claudia?
  • Ni con Claudia – dice Pedro cogiendo carrerilla – ni con mi padre, ni con mi jefe, ni con mis problemas económicos… sigo estancado. Todo sigue igual. Además, el otro día…
  • Pedro – le interrumpo – ¿me acompañas un segundo por favor?
  • ¿Ya me estás cortando? – dice él de mala gana.
  • ¡Vamos Pedro! – sonrío – confía en mí. Acompáñame.

 

Acompaño a Pedro a otra sala, mucho más grande e iluminada. Llevo  un plato lleno de agua. Hasta arriba. Agua a rebosar. Está el plato tan lleno de agua que se hace imposible dar un paso sin que ésta se caiga.

Dejo el plato en la mesa, a su lado. Camino hacia el final de la sala, y me quedo de pie, al lado de una gran maceta donde habita una gran planta. No sé recordar el tipo.

  • ¿Ves esta planta, Pedro? – le digo.
  • ¡Claro! ¡Es más grande que tú!
  • Bien Pedro, me gustaría que trajeras agua hasta aquí, sin derramarla por favor. Y que regaras la planta ¿Preparado?
  • ¿Cómo? – dice él – ¿A qué viene esto?
  • ¡Vamos Pedro! – le animo – Eres un tío valiente. Alimenta a la planta ¡Adelante!

Rápidamente, sospecho que más movido por el ego, que por la motivación, Pedro agarra el plato y da el primer paso.

  • ¡Joder! – se queja.
  • ¡La boca! ¡Vamos Pedro, que ya tienes 38 años! ¿No vas a poder con esto?

Le provoco.

Conozco a mis pacientes. Sé perfectamente quién responde a las provocaciones, y quién no.

Veo cómo coge aire. Da el segundo paso. Cae un poco de agua. Se queja. Pero sigue intentándolo. Sigue dando pasos. Cada vez está más confiado.

Tras él se puede ver un pequeño río, formado por sus errores. Pero no desiste.

Finalmente, queda tan poca agua en el plato, que no le supone ningún problema llegar hasta la maceta.

Llega, sonríe, tira el agua a la maceta, y me abraza.

  • ¡Lo he conseguido! – dice riendo.
  • ¿En serio? ¿Puedes mirar detrás de ti?

Pedro se gira. Su cara cambia de la risa a la hostilidad. Pedro observa la sala. Está llena de agua. Hay tanto líquido en el suelo, que lo que ha llegado a la maceta apenas le daría para vivir unas horas.

  • ¿Te estás quedando conmigo? – me pregunta.
  • ¿Te parece si volvemos al punto de inicio? – le digo.

Ambos recorremos el camino de vuelta hacia el punto inicial. Él con respiración profunda, yo le acompaño colocando mi mano en su hombro. Me conoce, sabe que ese gesto significa “Relájate”.

  • Dime Pedro – pronuncio – ¿cuál era la señal?
  • Llevar agua a la puta maceta – responde él.
  • ¡La boca, Pedro! ¡No estamos con tus colegas en el bar tomando unas cervezas!
  • Llevar agua a la preciosa maceta – dice él, burlón.
  • Así mejor. Exacto. Llevar agua a la maceta ¿Por qué agarraste el plato?
  • ¿Cómo? – pregunta, sorprendido.
  • Digo que por qué decidiste coger el plato lleno de agua para llevarlo a la maceta.
  • Me has dicho que tenía que llevar el plato lleno de…
  • No – le interrumpo otra vez, aún sabiendo que lo odia – No te he dicho eso. He dicho exactamente: “me gustaría que trajeras agua hasta aquí, sin derramarla por favor”
  • Ah – dice Pedro, ya más tranquilo – ¿y qué querías que llevara? Tú has dejado el plato encima de la mesa.
  • Así es, junto con otras cosas ¿me podrías decir qué más hay en la mesa?

Pedro se gira, y sorprendido, observa que encima de la mesa había, además del plato, dos botellas de agua pequeñas, y, al lado de estas, seis vasos de plástico vacíos.

  • Vaya… – dice Pedro, incapaz de pronunciar otras palabras.
  • Dime Pedro ¿de qué otra manera podrías haber llevado el agua?
  • Con la botella de plástico.
  • Muy bien – le animo – dime otra.
  • La otra botella…
  • Perfecto. Otra.
  • Podría haber puesto el agua de una botella en el vaso.
  • Otra.
  • El agua de la otra botella en otro vaso.
  • Perfecto ¿Otra?
  • El agua del plato en otro vaso.
  • ¿Se te ocurren más?
  • Joder, hay mil combinaciones – dice Pedro, ya más divertido, tranquilo.
  • Así es ¿por qué entonces intentas siempre la más difícil, aunque veas que no funciona?
  • Porque no había visto las otras opciones.
  • ¿Por qué?
  • Porque estaba pendiente del problema.
  • ¿Lo entiendes?

Y lo entiende.

Porque llora.

Llora y me abraza. Es entonces consciente de ello, lo veo en sus ojos.

Está tan absorto en sus problemas, tan obsesionado con ellos, que no es capaz de pensar en otras opciones, otras maneras de solucionarlos. Tiene una manera de actuar, que no sirve, que no le ayuda, pero aún así sigue haciendo lo mismo, esperando que algo cambie.

  • Tienes más opciones Pedro.
  • Ahora lo sé.
  • Si algo no funciona, cambia la manera de hacerlo. Si una idea no sirve, piensa otra. No te ancles. Hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes, es absurdo Pedro.

Llega la hora.

Me abraza. Sonríe, y como siempre se queja, aunque agradecido, de la “caña” que le doy.

Abandona la consulta.

Un minuto después llaman a la puerta. Es él.

  • Siento molestar, sólo una cosa.
  • Y las que necesites. Dime Pedro.
  • ¿Otra solución podría ser, por ejemplo, cambiar de maceta, o incluso de planta?
  • Sólo lo sabrás si lo intentas ¿no crees?

Y creyó.

Rota

SONY DSC

¿Sabéis el típico cliché de mujer subida a unos tacones, enganchada a un móvil, y con bolsas de ropa recién comprada en cada brazo? ¡Soy yo! ¡Totalmente!

Cumplo tanto ese estereotipo que a veces llego a dudar si no estaré contribuyendo de alguna manera al clásico y rancio machismo de la sociedad en la que vivimos. Pero no hago daño a nadie, ni molesto. De hecho, me gusta tan poco molestar que si me pruebo una prenda, y no la quiero, no la dejo en el carro de la ropa. La doblo, la coloco, y la dejo perfectamente puesta tal y como la encontré.

A veces incluso he dejado que alguien se me cole en la fila del supermercado, o cuando encuentro un lugar donde aparcar, si veo que detrás hay una persona que también busca, se lo cedo. Una gilipollas nata, vamos.

Creo que todo esto me viene de pequeña. Me decía tanto mi madre eso de “No molestes, no hagas ruido, no desordenes, ordena, limpia, no pises lo fregado…” que crecí mentalizada con ello. Por no molestar, no molesto ni cuando me dejan mis novios. Lo acepto, más resignada que enfadada. A veces incluso he llegado a pedir perdón. Lo que yo os digo, subnormal perdida.

Nunca he sido una mujer de relaciones largas y estables. Me aburro. Pero no pasa nada, lo he aceptado, vivo con ello. Así pues, cuando ya los mensajes, las caricias, las llamadas… me empiezan a molestar, adelanto el final. Ya sabéis, por aquello de no molestar.

Perdón, que me lío. Me pongo a hablar y a hablar y cuando me doy cuenta ya no sé lo que quería contar.

Tengo 36 años. Vivo en un pequeño estudio en Madrid. Y comparto mi espacio, mi cama y hasta mi sofá con mi gato.

Lo que os decía, soy un cliché.

Y digo lo del espacio porque mi gato ocupa más que yo. No es que sea precisamente delgadita, soy lo que se dice hoy en día “Una mujer con curvas”. Vamos, que soy gordita.

Mi gato tiende a ponerse en medio del sofá, estirado. De tal manera que no puedo sentarme en ninguno de los lados. Pero le veo tan cómodo, tan a gusto, tan tranquilo… que por no molestar le dejo ahí.

Así que, queridos, os podréis imaginar las miles de bromas que una tiene que aguantar en cuanto pronuncio que soy una mujer de 36 años, soltera, y que vive con un gato.

El otro día, sin ir más lejos, un hombre me dijo, en plena cita, que si no tenía hijos, era una mujer incompleta.

Una amiga, al comentárselo, lejos de escandalizarse, me dijo “Es que Raquel, ya sabes, tener hijos le da sentido a tu vida, te llena, te da un objetivo…”

¿En serio la gente tiene hijos para llenar y dar sentido a sus vidas?

¿Y si mi vida ya tiene sentido? ¿Y si mi vida ya está llena?

No sé, llamadme romántica, pero yo siempre he pensado que la gente tiene hijos por aquello de la natalidad, de salvar la especie, y, sobre todo, para crear vida a partir del amor entre dos personas. Algo se llena cuando está vacío. Y tener hijos para ello, no me parece lo más sano, sinceramente.

¿Me tuvieron mis padres  a mí para darles sentido a sus vidas? ¿Debería llamar a mi madre para preguntárselo? Mejor no, no quiero que piense que estoy deprimida o, peor aún, que el paso de los años me está afectando.

No estoy incompleta.

En todo caso estoy rota.

Rota por las veces que he fracasado en el amor, las veces que no he cuidado mi salud, o que no hago el ejercicio que debería hacer.

Rota por mis tonteos con las drogas en mi adolescencia. Por mi falta de aspiración en el trabajo, por ser una conformista, básicamente.

Muchas cosas en mi vida me han hecho estar como estoy, rota. Pero ¿incompleta? ¡Ni de coña!

¿Qué hay de malo en que una no quiera tener hijos?

¿Por qué tengo que tenerlos?

¿Es obligatorio? ¿Dónde lo dice?

No quiero que mi vida esté marcada por lo que la sociedad, la Biblia, o un grupo de machos alfas rascándose los huevos, esperan de mí.

El otro día, sin ir más lejos, quedé con mi amiga Sara, que, al no poder encontrar una niñera para la impertinente de su hija, tuvo que traerla con nosotras. Así que imaginaos, me pasé tres horas hablando de “pililas”, en vez de “pollas”, “hacer esas cosas”, en vez de “follar”. Y mi amiga, por su parte, no paraba de decir “Sí, sí, te escucho… Carla cariño baja de ahí”, “Sí, te entiendo, pero… ¡¡Carla come más poco a poco cariño”, “Ostras Raquel, no sabía que… Carla cielo ¿tienes pipí?”

Tres horas.

Tres jodidas horas perdidas escuchando cómo mi amiga hablaba con su hija con voz de retrasada.

Llego entonces a casa, me tiro en el sofá, y, mientras miro Friends, pienso que no cambiaría mi vida por nada.

Me llama Pedro, mi amigo marica, y tras dos horas hablando me pregunta si cambiaría mi vida por la de mi amiga, a lo que yo respondo rápida, sin dudar, “¡Joder no!”.

Por otra parte, me consta que mi amiga, ahora mismo, le estará contando a su marido lo afortunada que es, y lo triste que se siente por mí, pues sigo sola, sin nadie a quien abrazarme por la noche, y con mi útero ya en cuenta atrás.

¿Y si viene todo de la educación? Joder no sé, quizá mi amiga ha sido educada bajo un dogma cristiano, mientras yo he sido educada a través de la culpa. Quizá es por eso que yo me siento culpable cada vez que como chocolate, falto al trabajo por tener resaca, o por echar un polvo sin más. Mientras mi amiga, por su parte, se siente escandalizada cada vez que me ve, sola, sin un hombre que me lleve al altar, y me jure amor eterno delante de (su) dios.

 

Tengo clara una cosa, por muy rota que esté, algún día seré madre. Y tengo claro que la criaré y educaré con libertad.

Que sea rota, puta, católica, o protestante… me da absolutamente igual. Pero que sea libre. Que no sienta culpa por ser quien es, que se exprese física e intelectualmente sin miedos, sin temer al qué dirán.

Completa o rota, pero libre.

Septiembre. Repetir o pasar.

26d

Llega septiembre. Y como en casi todo, aquí podemos distinguir dos tipos de personas. Los que pasan limpios, y los que tienen que batallar con las temidas recuperaciones.

Se ven por la calle. Y se diferencian rápidamente. Unos, todo sonrisas, con el moreno del ya añorado agosto, relajados, preparados… Otros, con los ojos inundados en cafeína, con las sábanas pegadas en la cara, y el tic-tac del reloj en el corazón.

¿La diferencia? Unos han batallado durante todo el año; otros se han dormido, lo han dejado para mañana, no se han preocupado todo lo que deberían. Y, como todo en la vida, ahora tienen que rendir cuentas. Pasar factura.

 

¿Estás pensando en esos pequeños, y no tan pequeños, que empiezan el curso escolar? ¿En tu hijo? ¿Tu sobrino?  ¿Te han venido a la mente el nombre de asignaturas, apuntes y profesores?

¿Y si te dijera que no me refiero a eso? Me refiero a ti, a mí, a adultos con responsabilidades y con el curso escolar a punto de empezar.

Unos se enfrentan a matemáticas, sociales, tecnología, literatura… Nosotros, los adultos, nos enfrentamos a otra serie de asignaturas.

Fíjate en ellas, échales un ojo, reflexiona, y autoevalúate ¿Has pasado limpio, o debes enfrentarte tú también a las recuperaciones?

 

PARTE TEÓRICA

Primera asignatura: Aprender.

Esta asignatura tiene como objetivo valorar la capacidad de la persona en aprender de sus errores, corregirlos, y seguir adelante. Se basa en una serie de experiencias vividas que nos aportan habilidades para, en un futuro, no volver a caer en la misma piedra.

Para aprobar esta asignatura, se exigirá que la persona sea capaz de reflexionar sobre los errores cometidos, y sacar alguna enseñanza o aprendizaje de ello.


Segunda asignatura:

– Bloque A: Pedir perdón.
– Bloque B: Perdonar.

Es una de las principales asignaturas que la persona deberá superar, para poder pasar de curso.

El bloque A se centra en trabajar aspectos como la modestia, la humildad, y la ausencia de ego. Saber reconocer que se ha equivocado, y mostrarse sin máscaras delante de la persona dañada, aceptar que nos hemos equivocado, y disculparnos.

Esta asignatura, en el bloque B, pretende que la persona examinada sea capaz de relativizar, no dramatizar, y saber dejar el orgullo y el ego (recordar que son motivos de expulsión del curso) para perdonar.

Se penalizará a aquella persona que pronuncie las palabras “Te perdono” sin sentirlas realmente; igual que aquellas personas que digan “No pasa nada”, cuando en su mundo interno están heridas o enfadadas.


Tercera asignatura: Pensar antes de hablar.

Es requisito indispensable para pasar de curso que el alumno obtenga como mínimo un 5 en esta asignatura.

Esta asignatura tiene como objetivo que la persona sea capaz de conectar el cable del corazón al cerebro, en vez del corazón a la boca. Pensar antes de hablar, contar hasta diez, y respirar antes de soltar algo que puede ofender.

En caso de que esto ocurra, serán igualmente aprobadas aquellas personas que hayan aprobado la asignatura “Pedir perdón”.


Cuarta asignatura: Empatía.

Se exigirá a la persona evaluada que conozca el concepto de empatía, sus características, y  ser capaz de ponerlo en práctica en un 76% de las situaciones ocurridas en el día a día.

 

PARTE PRÁCTICA

Primera asignatura: Soltar.

En este apartado se le exigirá a la persona aprobar con un mínimo de 6 el siguiente ejercicio práctico:

  • Ser capaz de reconocerse, y exponerse a sí mismo, aquellos temas, personas, situaciones… que siguen afectándole en su día a día; ya sea en su plano laboral, emocional o cognitivo.
  • Una vez hecho esta parte del trabajo, se le exigirá que sea capaz de relativizarlo, explicándose a sí mismo por qué aquello salió mal, en qué ha fallado uno mismo.
  • Posteriormente, deberá ser capaz de perdonar su parte de error.
  • Cerrar el libro. Dejarlo atrás. Aceptar que la vida va y viene, y que todo tiene un principio y un fin; y todo sigue.
  • Decir adiós, sonreír, y soltar.

 

Segunda asignatura: Valorar.

En esta segunda parte práctica del curso, se espera que el evaluado sea capaz de reflexionar y valorar qué es aquello que realmente importa en la vida; familia, amigos, pareja, los placeres pequeños, los detalles… Esta parte tiene un valor del 40%.

Para superar la asignatura con un 100% de la nota, la persona deberá ser capaz de, una vez localizados los planos realmente importantes, dedicarles más tiempo, sonrisas y abrazos; y menos fotos, estados de redes sociales, y mensajes de texto por móvil.


Tener asignatura: Saber tener miedo.

Para aprobar la última parte práctica del curso, la persona deberá ser capaz de:

  • Aceptar que hay cosas que no hace por miedo.
  • Detectarlas.
  • Saber interpretar qué es aquello que le da miedo exactamente.
  • Hacerlas igualmente.

Serán suspendidas automáticamente todas aquellas personas que, ante una situación de miedo, no sean capaz de reconocérselo a ellos mismo.
Y bien ¿qué opinas?

Una vez ya has conocido el temario del curso por delante ¿qué crees que pasará?

O tengo una idea mejor ¿qué te parece si lo imprimimos, lo guardamos, y al final de curso nos evaluamos?

¡Ánimo, y bienvenidos al curso 2016-2017!

Tomen asiento.

No necesitan papel, ni bolígrafo, ni maleta. Sólo necesitan escucharse a ustedes mismos, y aprender.

¡Malditas brujas!

Hacía exactamente tres semanas desde que Isabel perdió a su marido en manos de una rara enfermedad que, según la medicina, se atribuía a los últimos brotes de la peste.

Fue exactamente un 14 de mayo de 1436 cuando Isabel encontró a Manuel, su respetado y trabajador marido, tirado en el suelo de la cocina rodeado de un charco de sangre.

Tres semanas a las que Isabel había dedicado casi maníacamente a rezar, frotar, y limpiar ese suelo. Pensaba en Manuel a todas horas, pero, presa del pánico social, el miedo de que en ese suelo quedase impregnada un poquito de esa enfermedad, le hacía pasarse más horas fregando, que llorando.

Tres semanas habían pasado cuando, el señor Federico, casado con doña Aurora, entró en casa de Isabel, embriagado por las bebidas alcohólicas que llevaba en la sangre, y la imagen de la viuda Isabel, deseosa de sexo tras semanas sin probarlo.

Entró como quien entra en una panadería, sin preguntar, sin llamar, sin avisar. Y allí la vio, de rodillas en el suelo, fregando, con la falda arremangada hasta las caderas para evitar mojar así sus vestiduras.

En cuanto Isabel lo vio entrar, se puso recta, casi a la misma velocidad en la que el miembro viril de Federico hacía lo mismo. No necesitaron intercambiar palabras, rápidamente Federico agarró del pelo a Isabel, y la llevó de nuevo al suelo. Ella luchó, forcejeó, mordió y pataleó. Nada le valía para quitarse a ese hombre, y esa peste a alcohol, de encima.

La violó. La violó varias veces en ese mismo suelo donde tres semanas antes su marido había perdido la vida.

Pero Isabel no lo dejó ahí, siguió gritando, aun cuando Federico ya se disponía a abandonar la casa. Gritaba, lanzaba cosas, lloraba, le arañaba… y en cuanto Federico pudo reaccionar, un gran número de vecinos ya estaban en la puerta, entrando, mirando por las ventanas, agarrando a Federico, mientras Aurora, su mujer, lo veía todo desde la plaza.

  • ¡Yo no quería hacerlo! – gritó Federico – ¡Me ha embrujado! ¡Esa maldita puta me ha embrujado para que lo hiciera! ¡Ella mató a su marido! ¡Ella es la bruja!

Y, en aquel mayo de 1436, no necesitó nada más.

Rápidamente la ley civil y la Iglesia lanzaron todo su peso contra Isabel. Fue acusada de brujería, de asesinato, y de uso de pócimas y utensilios relacionados con el diablo.

Aún así, afortunadamente, en España la fiebre por la caza de brujas era menos intensa que en el resto de Europa, por lo que se evitaba siempre la pena de muerte. Isabel solo tuvo que abandonar su pueblo, bajo amenaza de prisión y muerte por brujería.

Abandonó así su casa, presa de esa rabia al ver, una vez más, como una opinión masculina contra una mujer podía arrastrar a ésta a adquirir una fama que le obligaba a alejarse de su círculo, su familia, sus amigos…

Antes de abandonar el pueblo, sus ojos se cruzaron con los de Aurora, amiga de toda la vida.

Aurora desvió la vista, mientras un gran gentío gritaba desde la plaza “¡Puta bruja!”.

Corría el año 1436, pleno apogeo de la caza de brujas. Y el poder del hombre podía destruir al de la mujer en un abrir y cerrar de ojos.

 

Eran las 10 de la mañana cuando el iPhone de Claudia empezó a sonar.

Sin poder abrir los ojos miró la pantalla, y ahí estaba ese mensaje de Pedro:

“Me encantó conocerte ayer, espero que te lo pasaras tan bien como yo”

Claudia sonrió. Sin embargo no contestó, la resaca, y el cansancio que Pedro le había otorgado a causa de esa noche de sexo, hizo que se quedara dormida de nuevo, sonriendo.

Mientras ella dormía, Pedro se reunía con sus amigos para explicarles la noche. El principio era el de siempre: unas partidas a la videoconsola, unas cervezas, unos amigos, un bar de copas, la discoteca de moda del centro de Madrid… pero ahí cambiaba algo, aparecía Claudia.

Se vieron. Se sonrieron. Se besaron. Y sólo necesitaron 10 minutos para abandonar la discoteca e irse a casa de ésta. Tuvieron sexo hasta bien dadas las 7 de la mañana, cuando Pedro abandonó su casa para volver a su cama. A Claudia le gustaba dormir sola.

  • Tío, tío… – dijo su amigo César – enséñanos una foto de esa Claudia.

Pedró desbloqueó su móvil, y rápidamente ya tenía en la pantalla fotos de Claudia. En la playa, con amigas, de viaje, trabajando… ¡benditas redes sociales!

Fue entonces cuando Javier, el mejor amigo de Pedro, rompió el encanto.

  • ¡Joder Pedro! – dijo riendo – a esta tía me la he tirado yo.
  • ¿Cómo dices? – Pedro no daba crédito.
  • ¡Que a esa tía me la he tirado yo! ¡La primera noche que la conocí! Veo que no tiene nada de santita la tía…
  • ¿Se acostó con los dos la primera noche? ¡Menuda puta!
  • ¡Joder, ya no quedan tías como las de antes!
  • Tú verás lo que haces Pedro…
  • Sí, pero cuidado… estas tías están hoy con uno, mañana con otro…
  • Y a saber si no tienen alguna enfermedad chunga de esas…

 

Tres semanas después, Claudia seguía sin saber nada de él. Decidió pasar página. Al fin y al cabo, sólo había sido una noche de sexo más, como otras. Prefirió no darle más importancia, aunque se reconocía que Pedro le había gustado mucho.

Pasaron cuatro semanas cuando Claudia y sus amigas se encontraron a Pedro y sus amigos en la misma discoteca. Claudia, simpática y valiente, decidió acercarse a saludar a Pedro. Éste, sin embargo, la saludó con frialdad, y se despidió de ella.

Mientras Claudia, decepcionada y perpleja, se alejaba, pudo escuchar como un amigo de Pedro le decía a éste al oído: “¡Puta bruja!”

 

Corría el año 2016, pleno apogeo de la libertad sexual. Y el poder del hombre todavía podía destruir al de la mujer en un abrir y cerrar de ojos.

Llora, valiente

12109253_107992839558634_6527694076235087690_n

Pablito está jugando en el comedor de su casa. Su padre le advierte “Si te caes, luego no llores”. Pablito, como buen niño, no hace caso. Se cae. Llora como si le estuvieran quitando la vida a cucharadas. Su padre actúa veloz: “¡No llores! ¡No ha sido nada! ¡Deja de llorar!”.

Claudia recibe un mensaje en su móvil. Su novio, o lo que queda de él, le dice que la historia ha llegado a su fin. Dejan de ser pareja desde este momento. Ella lee el mensaje a su amiga, entre llantos y temblores. Su amiga le dice rápidamente: “Tía, no llores ¡No merece la pena llorar por ese cabrón!”.

Marc llevaba tres semanas preparando ese examen. Cuando el profesor, sonriendo, le entrega su nota, Marc sólo puede ver, en rojo y en lo alto de la hoja, ese maldito tres y medio. Llega a casa llorando. Más por rabia que por pena. Su madre le relaja “¡No llores Marc, es sólo un examen! ¡Deja de llorar cariño!”.

Parece ser que estamos destinados a no llorar.

Reír es bueno. Vemos a una persona riendo, y automáticamente sonreímos. No nos alarmamos. Es una imagen que nos calma y relaja. Si vamos, por ejemplo, en el autobús, y la persona que tenemos al lado, mirando su móvil, empieza a reír, a carcajada, seguramente no podremos reprimir una gran sonrisa, mirarle, buscar el contacto visual, para hacerle saber lo placentero de esa situación.

¿Qué ocurre si esa persona que tenemos al lado mirando su móvil, está llorando? Desconsoladamente. Todo lágrimas y mocos ¿Buscaremos el contacto visual? ¿Nos sentiremos cómodos? ¿O buscaremos rápidamente una salida?

Parece ser que desde pequeños nos enseñan que llorar es malo, preocupante, negativo e incomoda a las personas de nuestro alrededor. Sin embargo, la risa es positiva, nos ayuda, y nos hace sentir mejor.

Pues bien, todo eso es totalmente mentira.

Resulta que llorar, entre otras cosas, es bueno para la salud.

Tomad nota:

Por muchos años se pensó que las lágrimas eran el principal signo de debilidad de una persona, pues con el sólo hecho de llorar se demostraba una personalidad inmadura; inclusive, se pensaba que las personas lloraban porque no sabían asumir sus faltas y pretendían inspirar un poco de compasión.

Cuando estamos tristes -y lo expresamos con llanto-, automáticamente el cuerpo libera sustancias que hacen el papel de calmante natural, el cual ayuda a que el dolor no sea tan fuerte como parece. De esta manera, el llanto hace que se liberen dos clases de hormonas llamadas opiáceas y oxitocina, las cuales tienen la capacidad de hacer que el dolor no sea tan fuerte. En este caso funcionan como anestesias naturales, que nos brindan tranquilidad y, en cierto modo, un poco de ‘relajación‘.

 

Las lágrimas lubrican los ojos y párpados; evitan la deshidratación de las membranas mucosas, lo cual es muy importante para mantener el sentido de la vista.

Poseen  lisozima, un fluido que mata las bacterias en solo cinco o diez minutos. Además, sirven como terapia natural que ayuda a liberar toxinas acumuladas por el estrés.

Las lágrimas son parecidas al sudor, pues ambos fluidos que libera el organismo ayudan a reducir el estrés. El exceso de manganeso en el organismo puede generar ansiedad, agresividad, fatiga, irritabilidad y otros tantos trastornos emocionales. Al llorar los niveles de manganeso se reducen, por lo tanto se pueden controlar el estado de ánimo.

Hay que enfrentarse a las emociones. Pasarlo mal. Hay que aceptar que hay emociones buenas y negativas y no se deben eliminar estas últimas. Ambas forman parte de la vida y, en ocasiones, hay que sentirlas. Evitarlas o bloquearlas solo hará que continúen ahí. Hay que enfrentarse a ellas, aunque duela.

Si una persona no libera los sentimientos tristes a través de las lágrimas, puede causar daño al sistema límbico del cerebro, al sistema nervioso y a su salud cardiovascular. Acumular angustia hace tan mal a la salud como fumar.

Hay que enfrentarse a la risa y al llanto, pues ambos forman parte de nuestra vida. Cuanto antes eduquemos, desde pequeños, que ambas emociones y maneras de expresar lo que sentimos son válidas, dignas y respetables, más preparados estaremos cuando seamos mayores para hacer frente a las cosas de la vida que, admitámoslo, no siempre van a salir como a nosotros nos gustaría.

Pongamos que tenemos a un niño o niña, no más grande de 5 años. Y desde entonces le enseñamos que llorar es malo, es negativo, y que sólo existe la risa y las emociones positivas. Este niño o niña crecerá pensando que nada puede salir mal, porque así se lo han enseñado.
Llegará entonces ese momento en el que un compañero le quite un lapicero, una profesora le suspenda, un amigo le falle, una pareja le rompa el corazón, muera su primera mascota, pierda a un ser querido… y a ver quién le explica, entonces, que eso también forma parte de lo que llamamos “Vivir”, y toca apechugar.

Riendo, y llorando.

 

 

Cierro los ojos y recuerdo perfectamente la primera vez que viví un desamor. Pero de esos grandes, de querer morirse. Yo tenía unos 6 años. Y, ante mis ojos, un niño se llevó ese juguete que tanto quería. Habíamos ido únicamente a recogerlo, y alguien me lo arrebató. Lloré, lloré y lloré durante horas. En todos esos momentos, mi madre, paciente como nadie, me abrazaba y decía “Llora, está bien que llores cariño, llora, que salga…”.

 

Puedo recordar perfectamente la primera vez que usé el lloro como arma manipuladora. Estábamos en un centro comercial. Yo quería algo. Mi madre no quería. La batalla estaba servida. Miraba a mi alrededor, el centro comercial estaba lleno. Sería perfecto. Tres, dos, uno… Me tiré al suelo, y empecé a patalear, gritar, llorar… ¡Deseaba tanto ese juguete! Ella entonces me soltó de la mano, dio unos pasos atrás para darme mi espacio, y mirándome, me dijo “Entiendo que lo quieras. Pero no puedes tenerlo todo. Te toca aprenderlo ahora. Llora cariño, que no te dé vergüenza la gente. Llora y échalo fuera”. Lo intenté. Pero ella me miraba, paciente, sonriente, haciendo caso omiso a la gente. Ella ganó. Yo perdí. Me quedé sin juguete, y además con un castigo al llegar a casa. “Ah, Óscar cariño, que no se me olvide. Lo de hoy, cielo, no puede volver a pasar ¿vale? Estás una semana sin la Nintendo”.

 

Recuerdo cuando, fruto de mis malas decisiones, me tocó repetir curso. Mis amigos pasaban, y yo, que me había pasado un año sabático mirando al techo, me quedaba donde estaba. Lloré. Eran lágrimas de rabia, de pena, de impotencia… mientras mi madre me abrazaba, y me decía “Entiendo perfectamente cómo te sientes. Llora, sácalo todo, luego lo verás mejor”.

 

Mi primer desengaño amoroso lo viví de la peor manera que uno se pueda imaginar. Simplemente decidí aislarme en mi nube, y aquí no ha pasado nada. En una de esas tardes de cama y helado, mi madre entró, abrió la ventana, y tal como entró me dijo “Te ha dejado, ha sido doloroso, estoy de acuerdo. Pero ¿vas a hacer algo con tu vida?” Desde ese momento nadie me había hablado así. Así que lloré. Lloré y estuve horas llorando. Entonces ella, sentada a mi lado, me dijo “Bueno, has decidido llorar, ya es un buen paso”.

Recuerdo el momento más duro que he pasado en mi vida. Entré en esa habitación de hospital, y le vi ahí. Luchando. Apagándose. No pude hacer otra cosa que tirarme al suelo y llorar. Llorar porque se iba, y lo sabíamos todos. Mi madre se sentó a mi lado, abrazándome con fuerza, y me decía “Llora, llórale… todo irá bien”.

 

Gracias, mamá.

El Día del Hombre

machismo

Marta ha tenido un mal día en el trabajo.

Una vez más ha tenido que realizar el trabajo que no le toca, pero que si no hace ella, nadie hará. Además, una vez más, ha tenido que soportar los comentarios de su jefe “¡Qué mal genio tienes hoy! ¿Tienes la regla?”. Entre tantos otros.

Le anima ver que tiene un mensaje de su mejor amigo, Miguel, para ir a tomar una cerveza. Eso le alegra.

Se reúne con él en el bar de siempre. Miguel viene acompañado de un colega del trabajo, Javier.

Los 3 se sientan, y tras pensar y comentar lo que quieren, Miguel se lo hace saber al camarero.

  • Serán dos cervezas, y una copa de vino blanco.

Al rato el camarero llega, y casi sin pestañear, les coloca el vino a ella, y las cervezas a los hombres.

Marta pone los ojos en blanco, mientras agarra su cerveza y le pasa el vino a Miguel.

  • ¡Estoy agotada! ¡Necesito otro trabajo!
  • ¡Venga mujer! – dice Miguel – que mañana es el día de la Mujer Trabajadora.
  • ¡Menuda tontería! – dice Javier.
  • ¿Cómo dices? – dice ella, harta de escuchar esos comentarios.
  • Quiero decir… – responde Javier – ¿para cuándo un Día del Hombre?

María decide no contestar, y beber. Le parece la opción más inteligente. Y mientras ellos entran en debate, ella piensa en los datos.

 

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) afirma que existen 4 millones y medio de víctimas de explotación sexual forzada en el mundo. Más del 90% son mujeres y niñas.

Casi el 40% de las mujeres que mueren en el mundo, son a causa de la violencia de género.

Aproximadamente un 45% de las mujeres que viven en la Unión Europea sufren acoso en el trabajo.

Sólo el 17% de los puestos directivos son ocupados por mujeres.

Las mujeres representan dos tercios de las personas analfabetas en el mundo.

Una de cada tres mujeres sufre algún tipo de violencia a lo largo de su vida.

Las mujeres sólo representan el 16,8% del total de catedráticos de la universidad.

Las mujeres españolas cobran de salario medio anual un 22% menos que los hombres: 19.502 euros frente a 26.001 euros.

La cuantía y la duración de la prestación contributiva de desempleo en España: las mujeres perciben de media 25 euros al día, mientras los hombres 31 euros.

Unos 70 millones de mujeres y niñas han sufrido mutilación genital en 27 países de África y Oriente Medio.

Las mujeres españolas dedican de media diaria casi 5 horas al hogar y la familia, mientras los hombres dedican 2.

La brecha salarial entre mujeres y hombres aumenta notablemente cuando se llega a la jubilación pasando de un 22% a más de un 32%.

Casi el 62% de los lectores de tesis doctorales con menos de 34 años en España son mujeres.

En India el 4% de las mujeres son desposadas antes de cumplir los 18 años.

Las mujeres españolas, cada 4,3 años, deberían haber trabajado un año más que los hombres para percibir el mismo salario por trabajos de igual valor. Si esta comparación la situamos en los 38 años y 6 meses, necesarios para acceder a la pensión de jubilación, las mujeres tendrían que trabajar 8 años y 8 meses más. Lo que las situaría en 47 años y dos meses de vida laboral para percibir la misma cuantía de pensión por jubilación.

De media, la pensión que recibe una mujer en España es un 61% más baja que la de los hombres.

El 78% de las mujeres españolas están empleadas en puestos de trabajo peor retribuidos.

El 80% del trabajo no remunerado (cuidados, tareas del hogar, voluntariado…) lo hacen mujeres.

El 81% de los anuncios navideños de juguetes emitidos en España contienen tratamiento sexista.

Entre los desempleados por hacerse cargo de los hijos, el 82,2% son mujeres.

El 83% de las adolescentes estadounidenses de entre 12 y 16 años que van a colegios públicos han sido acosadas sexualmente.

El 85% de las mujeres trabajadoras querrían tener más hijos de los que tienen.

El 93% de las víctimas de violencia doméstica son mujeres.

El 94% de las mujeres que salen en televisión son más delgadas que la mujer promedio, y el 75% de las revistas femeninas incluyen por lo menos un anuncio o artículo de cómo modificar la apariencia a través de dieta, ejercicio o cirugías cosméticas.

Un deportista masculino cobrará un 78% más que una mujer por dedicarse a la misma actividad.

Más de un 56% de las mujeres se han sentido intimidadas o acosadas por un hombre en un lugar público.

En los aseos públicos, la zona para cambiar a los bebés está únicamente en el aseo de mujeres.

Nuestro lenguaje está lleno de connotaciones sexistas; “Coñazo” es algo malo. “Cojonudo” es algo bueno. “Zorra” es un insulto. “Zorro” es alguien listo, rápido. “Tener un par de huevos” quiere decir ser valiente. “Detrás de un gran hombre, hay una gran mujer” ¿Por qué la mujer tiene que estar detrás? Y un largo etcétera.

 

Marta vuelve a la conversación presente. Miguel y Javier siguen discutiendo sobre el tema. Ella intenta respirar, pero se sorprende diciendo:

  • ¿En serio crees que necesitáis un día especial para vosotros?
  • ¡Claro que sí! – dice Javier, mientras Miguel mira a su amigo, avergonzado.
  • ¿Exactamente por qué? ¡Siempre habéis tenido vuestros derechos! ¡Nadie ha muerto por defender nada de lo que tenéis! – dice Marta, aun sabiendo que eso no es del todo cierto.
  • ¡Ya tuvo que salir la feminazi! – responde Javier, tomándose la conversación a broma.

 

Marta decide no seguir con esto. Se acaba de un trago la cerveza, se levanta y se dispone a irse.

  • Me voy a casa, me estás tocando los huevos – dice, decidida.
  • ¿Huevos? – dice Javier – ¡Tú no tienes huevos!
  • Ni tú cerebro – dice ella – y aun así respiras.