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La pecera y el mar

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Burbuja era un pez feliz. Siempre lo había sido.

Desde muy pequeño se crió en esa preciosa pecera. Sus dueños, una pareja encantadora de 70 años de edad, le daban la mejor comida, le mantenían su hogar perfectamente limpio, y, cada vez que la temperatura del agua empezaba a cambiar, una extraña cajita emitía un pitido, y ellos, rápidamente, devolvían a su hogar la temperatura que él necesitaba.

Le encantaba despertar cada mañana con el sonido de la música que esa bonita pareja escuchaba. Rápidamente Burbuja salía del castillo, colocado delicadamente en el fondo de la pecera, y, al ritmo de esos sonidos musicales, estiraba sus aletas, dispuesto a empezar un nuevo día.

Sus dueños le cuidaban tanto, que cuando recibían visita de otros humanos, colocaban la pecera en un lugar alto, para evitar que los más pequeños dieran golpes en el cristal ¡No soportaba aquello! ¡Era estresante!

Su vida era fácil y acomodada. Se levantaba, bailaba, paseaba por su pecera libremente, y esperaba el momento de la comida. Una vez había comido, se situaba en la superficie de la pecera, esperando que aquella mujer metiera el dedo en el agua, y él, contento y con el estómago lleno, lo besaba y mordisqueaba. La mujer reía complacida, y él se sentía orgulloso de ser el mejor pez del mundo.

Sin embargo todo cambió una mañana.

Burbuja estaba durmiendo tranquilamente en el interior del castillo, cuando escuchó cómo algo caía dentro del agua. Algo demasiado grande como para ser comida.

Rápidamente salió del castillo, y atónito, vio a otro pez dentro de la pecera. SU pecera.

Ambos se miraron, y finalmente, fue Burbuja quien dio el paso.

  • ¿Quién eres? – preguntó.
  • ¿Quién soy? – preguntó el pez – ¡Soy un pez!
  • Lo sé, puedo verlo ¿Pero cómo te llamas?
  • No tengo nombre ¿por qué iba a tenerlo? – dijo el pez extrañado.
  • No puedes no tener nombre – dijo Burbuja – ¿cómo te llaman entonces?
  • ¿Cómo me llama quién? Oye esto es muy extraño ¿dónde estoy? ¿Qué es esto?
  • No puedo hablar contigo si no tienes nombre – sentenció Burbuja – Te voy a llamar Pompa ¿te parece bien?
  • No, claro que no me parece bien ¿qué significa ese extraño nombre? ¿Qué está pasando?
  • No te preocupes Pompa, ven conmigo.

Burbuja se acercó a Pompa, y acompañándole hasta el cristal, le explicó.

  • Esta es mi casa. Aquí vivo yo. Me llamo Burbuja, por cierto. Esas dos personas que ves ahí sentadas son mis dueños, te van a encantar.
  • ¿Qué significa dueños? – preguntó el pez.
  • Verás Pompa…
  • No me llames Pompa, Burbuja…
  • ¡Shhh! Escucha atento, Pompa – dijo él – son mis dueños porque son los que me cuidan, me limpian la casa, y me dan de comer.
  • ¿Te dan de comer? – preguntó Pompa
  • ¡Claro! ¿Por qué pones esa cara? ¿Cómo comes tú?
  • ¡Cazo! – dijo Pompa.
  • ¿Cazas? ¡Qué salvaje! Mira, atento…

Ambos vieron cómo el humano se levantaba y se acercaba al cajón, sacaba el recipiente de comida para peces, y echaba el contenido dentro de la pecera. Esta vez fue más generoso, pues había dos bocas que alimentar.

Burbuja ya se encontraba en la superficie de la pecera, mientras Pompa miraba, asustado, desde las paredes del castillo.

  • ¿Qué te ocurre? – dijo Burbuja – ¡Vamos, acércate! ¡Prueba esto!

Receloso, y algo temeroso, Pompa se acercó a su compañero, y muerto de hambre, probó aquella comida.

  • ¡¡Esto es asqueroso!! – dijo Pompa – ¡Yo no puedo comer esto! ¿Qué clase de comida es esta?

Burbuja miró a su nuevo amigo, sorprendido.

  • ¿Se puede saber de dónde vienes? – preguntó.
  • Vengo del mar – dijo Pompa.
  • ¿Del mar? – dijo Burbuja echándose atrás – ¡Qué horror!
  • ¿Qué horror? – preguntó Pompa – ¡Somos peces! ¿De dónde quieres que vengamos?
  • No creo que yo venga del mar, yo nací aquí.
  • ¿Siempre has vivido aquí?
  • Sí – dijo Burbuja presumido – ¡Lo sé! ¡Soy muy afortunado!
  • ¿Afortunado? – dijo Pompa – ¿Afortunado por qué? ¿Nunca has jugado en una ola?
  • No
  • ¿Nunca has esquivado las gotas de la lluvia?
  • No…
  • ¿Nunca has hablado con las tortugas?
  • ¿Qué son las tortugas? – dijo Burbuja, ya algo molesto.

Entonces Pompa, paciente, le habló del reflejo del arco iris en el agua, de cómo la arena cambiaba de color cuando salía el sol, de los mareos que daban los remolinos en los días de tormenta, de cómo jugaban a adivinar las figuras que hacían las sombras de los barcos, de las peligrosas medusas, de los monstruosos tiburones, de la belleza del coral, las divertidas estrellas de mar, los alterados pulpos…

  • ¿Y no es peligroso? – dijo Burbuja.
  • ¡Claro que sí! Pero eso forma parte de la vida en el mar, hay riesgos, hay peligros, hay animales que intentan comernos…
  • ¿Entonces? – preguntó Burbuja sin entender nada – ¿Por qué quieres volver al mar?
  • ¡Porque forma parte de mi vida! Porque hay peligros, claro que los hay, pero también está toda la belleza que te he contado, crecer, aprender, disfrutar…
  • ¡Y sufrir! – gritó Burbuja.
  • Y sufrir – contestó Pompa – ¿Y tú qué haces aquí?
  • Cuido mi castillo.
  • ¿Lo cuidas de quién?
  • ¡Da igual! ¡Tengo un castillo!
  • ¡Esto es una cárcel, tonto!
  • Y voy a por mi comida.
  • No vas, te la traen.
  • Nado en mi mar, como le llamas tú.
  • Esto no es un mar, casi casi es un charco.
  • ¡Pero es cómodo! ¡Te apuesto a que es más cómodo que tu mar!
  • ¿Más cómodo? ¿O más seguro?
  • Mira, no puedo hablar ahora contigo… tengo cosas que hacer…
  • ¿Qué cosas?

Y rápidamente, sin ocultar su enfado, Burbuja se fue a la otra parte del castillo, donde, aburrido, se puso a jugar con la arena.

  • Voy a huír – le dijo un día Pompa.
  • ¿Cómo?
  • Si te fijas, cada mañana colocan la pecera al lado de ese agujero para que nos dé el sol. Esperaré paciente. Y cuando se alejen, saltaré tan alto, que llegaré al mar.
  • ¡Estás loco! ¡No lo conseguirás! – le advirtió Burbuja.
  • ¡Lo tengo que intentar!
  • ¿Por qué?
  • Porque entiendo que tú quieres una vida cómoda, pero yo no. Mi vida no es esta. Ven conmigo. Arriésgate.
  • No pienso salir de aquí. Fuera es todo desconocido, me da miedo…
  • ¡Lo conocerás!
  • ¿Y si me quedo solo?
  • ¡Me tienes a mí!
  • ¿Y si no encuentro comida?
  • ¡Yo te enseñaré!
  • ¿Y si…?
  • ¡Deja de poner excusas! ¿Vienes, o no?

 

Burbuja dudó unos segundos.

Nunca había salido de allí. No sabía nada de lo que había tras su pecera. Sólo conocía el sonido de ese extraño calefactor, y de la música que sus dueños escuchaban. El miedo era enorme. Las ganas también.

Al final le pudo el temor.

  • ¡Ni lo sueñes! ¡Yo me quedo!
  • Como quieras…

Fue la mañana siguiente cuando, una vez que la pecera quedó perfectamente colocada cerca de la ventana, Pompa tomó su decisión.

Esa mañana comió mucho, tanto como su pequeño estómago pudo soportar.

Llegado el momento, no dudó.

Se colocó en el fondo de la pecera, cogió impulso, movió fuerte y rápido sus aletas, y saltó.

Burbuja lo vio todo desde la ventana de su castillo.

Pudo ver cómo Pompa saltaba, salía fuera de la pecera, y desaparecía entre la mesa y la ventana, sin llegar a ésta.

Dudó. Siempre había imaginado que el mar estaba tras la ventana, no entre el sofá y la ventana. Pero ¿qué sabía él? ¡Nunca había salido!

Mientras Pompa volaba por los aires, y rozaba el borde de la ventana, pensaba en el arco iris, las olas, la espuma, el olor a sal, el baile con los delfines, la belleza del coral…

Burbuja, por otra parte, vivió toda su vida encerrado en su castillo. Seguro.

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Dos bailes y una copa de vino

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Sé que estás preocupado. Sé que estás preocupada.

Sé que actualmente vives bajo una presión y una ansiedad que crees que nunca se irá. Que se solucionará, quizá, pero que después vendrá otro, y otro problema.

Sé que algo te preocupa, igual que sé que dedicas más tiempo del que deberías a esa preocupación.

He acertado ¿verdad?

Ha sido fácil. Todos estamos preocupados.

Esto es como aquel o aquella que, movido quizá por la ignorancia, o la incultura, o quizá la desesperación, llama a esos programas donde “Juani la vidente”, o “Carlos el mago” te echa las cartas y ¡sorpresa! Acierta todo. Vendría a ser algo así:

  • Buenas tardes Aries, gracias por llamar.
  • Buenas tardes, llamo para ver si me puedes ayudar…
  • Claro que sí – dice el vidente, entrecerrando los ojos y mirando a cámara – Pero espera, espera… me dicen las cartas que estás muy preocupada ¿verdad?
  • ¡Caramba! Qué bueno eres ¡¡Eso es!!
  • El dinero… te preocupa el dinero ¿verdad? Veo que estás en una situación económica difícil ¿verdad?
  • ¡¡Verdad!!
  • Vaya… ¿estás casada?
  • No
  • ¿Lo ves? ¡Me lo dicen las cartas! Veo que te preocupa este tema, no has tenido mucha suerte ¿verdad?

Y un largo etcétera de llamadas que dejan a la persona con el mismo problema, y al “adivino” con la cartera más llena.

Lo adivinan. Al igual que lo he adivinado yo ¿y sabes por qué?

Porque no estás solo, no estás sola, todos, absolutamente todos, estamos preocupados. No existe una sola persona en el planeta al que no le ronde un problema por la mente.

El trabajo.

Los hijos.

El dinero.

Los padres.

La enfermedad.

Los amigos.

El tema varía, pero la presión mental es la misma: preocupación.

La preocupación es una emoción a la que estamos más que acostumbrados. Pensadlo bien. Nos enseñan desde bien pequeños a preocuparnos; los deberes, la agenda, la ropa del colegio, los trabajos, las notas… y esto luego empieza a abarcar más aspectos de la vida: qué hacer en el futuro, qué estudiar, la emancipación, los primeros desamores, la vida adulta, la vejez… y un largo etcétera que no hace más que arrastrarnos, sutilmente, hacia una depresión, una ansiedad, o un estrés que, en el mejor de los casos, te va a dejar calvo.

Me gustaría que pensaras, ahora mismo, en un problema que tuviste hace dos años. Piensa. Concéntrate, estoy seguro que algo se te ocurrirá.

¿Lo tienes? ¡Bien! Ahora piensa en ese problema actual, ya arreglado, o solucionado. Y pregúntate ¿valió la pena tanta preocupación? ¿Cuánto tiempo desperdiciaste? ¿Cuánta salud arrojaste?

La preocupación sólo es válida para ayudar a generar soluciones, o afrontar conflictos. Cuando no sirve para esto, y únicamente nos arrastra a esos mini ataques de corazón, a esa angustia… déjame decirte que estás perdiendo el tiempo ¡No estás haciendo nada, sólo preocuparte!

Vamos a pararnos aquí.

Vamos a analizar la palabra: PREOCUPACIÓN.

  • Pre: Prefijo que significa “antes que”, “antes de”.
  • Ocupación: Acción o movimiento que nos dirige a actuar sobre algo.

Así pues, si cogemos bien este significado, preocuparse no es más que ese momento antes de hacer algo, antes de actuar, antes de buscar soluciones. Por lo tanto, si estás preocupado, debes saber que este estado acaba cuando empiezas a actuar sobre el problema.

Ya lo sabes ahora ¿estás cansado de estar preocupado? ¡Empieza a ocuparte de tus problemas!

Para ello es importante que entiendas que preocuparse, no sirve absolutamente de nada cuando:

  • La situación no tiene solución.
  • La solución no está en tus manos.
  • El problema aún no ha ocurrido, y es posible que ocurra, o no, en un futuro.

Aquí encontramos el siguiente paso.

Estás preocupado, estás preocupada, ha quedado claro. Asegúrate de no estar en cualquier de los tres puntos citados anteriormente. Si no hay solución, si la solución no está en tus manos, y si el problema, aún hoy, no existe, no tienes nada de lo que ocuparte. Por lo tanto no estás preocupado. Analiza que no sea miedo, o inseguridad.

Preocuparse nada tiene que ver con ser una persona responsable. Eres responsable cuando actúas sobre el problema. Mientras tanto, mientras estás sentado pensando en los problemas, no estás siendo responsable, lo lamento.

Existe un antiguo dicho que reza: “Si tiene solución ¿para qué te preocupas? Y si no la tiene ¿para qué te preocupas?” Empieza a aplicarlo. Pocos dichos de la cultura española son tan ciertos.
Para empezar a salir de ese bucle, es importante que analicemos otros aspectos de nuestra vida. Estamos preocupados, de acuerdo ¿pero qué otras cosas tenemos que nos hacen sentir bien? No es una pregunta retórica, piénsalos, escríbelos. Da igual lo que sea, no estamos aquí para juzgar.

Ver la televisión, escuchar música, llamar a seres queridos, el cine, el sexo, los amigos, la familia, leer, tomar el sol, cuidar tus plantas… Vamos a ser justos, no podemos centrar toda nuestra vida en “esa preocupación”. Reparte bien el porcentaje, dedica tiempo a todo.

Una vez empieces a dedicar tiempo a lo que te gusta, estarás más relajado, más tranquilo, más contento…y  por lo tanto, más abierto a pensar en soluciones, y provocar los cambios que necesitas para ello.
Está demostrado que muchos de los puntos que nos preocupan tienen que ver con el pasado, con la forma de hacer las cosas. Vale la pena pensar en el pasado, pero únicamente si es para recordar momentos agradables, aprender de los errores, y recordar a aquellas personas que se han ido, y nos esperan con calma en el otro lado.

Si es para castigarnos, regañarnos, o sentirnos culpables, no tiene ningún sentido. Piénsalo bien, el pasado no puedes cambiarlo.

¿Sabes lo que sí que puedes cambiar? ¡El presente!
Cuando vives el presente, no desperdicias tu energía y disfrutas de la vida. Eso te ayuda a estar en mejor condición, para enfrentar lo que te traiga el futuro.

Cuando te preocupas demasiado por algo, sin ocuparte, te desgastas tanto que cuando se presenta esa situación, no estás en tu mejor momento para resolverla.

Disfruta del momento. Descubre todas las pequeñas cosas que te rodean y que te pueden dar bienestar, si tú lo permites.

Sé que te has equivocado en el pasado.

Sé que te gustaría cambiar cosas.

Sé que ahora mismo, crees que harías las cosas mejor.

Sé que estás en un túnel, y no ves salida.

Sé que a veces, sin querer, te sientes sola, perdida, incomprendida.

Pero créeme, sólo con una buena actitud podrás salir de este hoyo. Cuando la tormenta nos cae encima no podemos pararnos a pensar en las soluciones. Sal de la tormenta, date una ducha de agua caliente, ponte un pijama calentito, hazte un té, y, entonces sí, tómate tiempo para pensar en esas soluciones.

Dedícate tiempo a ti, pasa tiempo haciendo cosas que te gusten. Y las soluciones, poco a poco, vendrán.

La vida, al final, son dos bailes y una copa de vino.

Estorbos

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Cuando ella supo que estaba embarazada, decidió cambiar el estilo de vida que tanto le había costado construir.

Dejó el tabaco. Le costó, pero nada comparado con lo que le costó dejar el alcohol. Dejó entonces de acudir a aquellas fantásticas fiestas a las que le invitaban cada fin de semana. Y, con ello, su círculo social se vio reducido a tres amigas; todas ellas madres.

Él estuvo a su lado en todo momento, al fin y al cabo iba a ser el padre. Y con el paso de los meses, tuvo que dejar también el trabajo que tanto amaba y que tanto había luchado por conseguir.

Vio poco a poco cómo las fiestas, los cigarros, las copas, las largas charlas hasta el amanecer rodeada y embriagada por las risas y la música, daban paso a noches en el sofá, en el baño, y asomada a la taza del váter, vomitando hasta el alma.

Pero llegó.

Llegó ese pequeño de pelo rubio y ojos azules, y supo que absolutamente todo había valido la pena. Ya nada le apetecía más que quedarse echada con su bebé en brazos, mientras su marido le masajeaba los pies, y veían películas hasta el amanecer.

El niño creció; y con ello llegaron las facturas de colegios, clases extraescolares, logopedas, alguna visita al psicólogo, ropa, más ropa, más juguetes… así pues, y sin dudar, casi sin esfuerzo, renunció también a sus caprichos, a veces incluso a sus cenas con su marido, por darle a su pequeño todo lo que necesitaba.

Como todo niño caía enfermo, varias veces al año, y ella no tenía ningún problema en quedarse despierta, vigilando, cantando una y otra vez esa misma canción; todo era poco para que su bebé se recuperara.

Y así, dos años después, llegó el siguiente bebé.

Esta vez ella tuvo que ponerse también a trabajar. Limpiar escaleras no era lo que se decía un trabajo deseable, pero ahora los gastos eran dobles. Más bocas a alimentar, más agendas, más extraescolares (¿cómo iba a poder el mayor jugar a fútbol, y no dejar al pequeño acudir a clases de pintura?), más ropa, más juguetes… había que sacar el dinero de donde se pudiera.

Pasaron los años, y poco a poco su círculo de amigos se vio completamente apagado. Su vida era esa, cuidar a sus pequeños, no permitirse caprichos, enfermar, trabajar, fregar y fregar… pero al llegar a casa y ver a sus pequeños en la mesa haciendo deberes, jugando, o bebiendo un vaso de leche, le merecía la pena.

  • Vaciaría mi vida entera por vosotros. Daría la vida sin pensar.

Con el paso del tiempo, los juguetes pasaron a ser ropas caras, más dinero, una moto, una carrera universitaria, una paga para poder salir con los amigos, otra paga para poder llevar a la novia a cenar, más comida, y un largo etcétera que, por entonces, siendo ya madre soltera, le hacía pensar en la cantidad de escaleras que tendría que fregar para poder pagarlo. Y así lo hizo. Y sonreía. Sonreía a rabiar. Era feliz viendo cómo sus hijos conseguían sus sueños. Los suyos ya daban igual, ya se le había pasado el tiempo.

Llegó la primera boda. Con el tiempo la segunda. Y con el paso de los años, los nietos.

Ella entonces se conformaba con una pequeña paga, la cual, generosa ella, iba destinada a sus nietos, sus hijos, sus nueras… para todos. Menos para ella.

“Una sabe que se hace mayor cuando sus nietos traen a casa a sus novias”, decía a menudo. Y poco tiempo después, llegó el peso de la edad.

Ella se notaba torpe.

Cansada.

Un desastre.

Mala memoria.

Mal pulso.

Mucha orina. Poca voluntad.

Y empezaba a molestar.

 

Estaba preparada para ello, ya no tenía quince años, y sabía que el paso del tiempo no tenía favoritos, ni ojitos derechos. Pasaba para todos.

Lo que no se esperaba, lo que nunca se hubiera esperado, es encontrarse sentada en una silla mientras, los agentes de ayuda social, le hacían la maleta para llevarle a lo que sería su nueva casa. Un bonito y abandonado centro para personas de la tercera edad.

Intentó adaptarse. Lo intentó con todas sus fuerzas. Pero no pudo. No podía aceptar ver cómo pasaban los días, las semanas, los meses… y tenía que conformarse con una llamada de sus hijos, muy de vez en cuando.

No les había educado para eso.

¿Dónde iban a parar, entonces, todos esos años de dedicación a ciegas? Esas horas al lado de la cama, esos cambios infinitos de pañales, esas horas de trabajo enferma, dejar atrás su vida, sus amistades, sus sueños… ¿ése era el precio a pagar? ¿Ése era su final feliz?

  • No te preocupes, querida – decía su compañera de habitación – para lo que nos queda, qué más da.

Pues a mí sí que me da, pensaba triste, yo no quiero morir sola. No me lo merezco.

El plato y la maceta

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Llega a la consulta.

Se ve agotado, cansado. Últimamente siempre le veo así, agotado. Es otro. Lejos quedó aquel hombre que llegaba a la consulta riendo, abrazando, haciendo bromas.

Su nudo, su problema, sus conflictos, han crecido tanto, le han devorado tanto interiormente, que ya se le refleja por fuera.

Le ha salido la pena por los poros.

El cansancio por los ojos.

El enfado por la boca.

Y él es consciente. Está abatido.

  • ¿Cómo ha ido la semana, Pedro? – pregunto mientras le tiendo su té preferido, y le acerco un cojín.
  • Pf – resopla él – como siempre. Una mierda. Una enorme mierda.
  • Vaya, lo lamento ¿No han mejorado las cosas con Claudia?
  • Ni con Claudia – dice Pedro cogiendo carrerilla – ni con mi padre, ni con mi jefe, ni con mis problemas económicos… sigo estancado. Todo sigue igual. Además, el otro día…
  • Pedro – le interrumpo – ¿me acompañas un segundo por favor?
  • ¿Ya me estás cortando? – dice él de mala gana.
  • ¡Vamos Pedro! – sonrío – confía en mí. Acompáñame.

 

Acompaño a Pedro a otra sala, mucho más grande e iluminada. Llevo  un plato lleno de agua. Hasta arriba. Agua a rebosar. Está el plato tan lleno de agua que se hace imposible dar un paso sin que ésta se caiga.

Dejo el plato en la mesa, a su lado. Camino hacia el final de la sala, y me quedo de pie, al lado de una gran maceta donde habita una gran planta. No sé recordar el tipo.

  • ¿Ves esta planta, Pedro? – le digo.
  • ¡Claro! ¡Es más grande que tú!
  • Bien Pedro, me gustaría que trajeras agua hasta aquí, sin derramarla por favor. Y que regaras la planta ¿Preparado?
  • ¿Cómo? – dice él – ¿A qué viene esto?
  • ¡Vamos Pedro! – le animo – Eres un tío valiente. Alimenta a la planta ¡Adelante!

Rápidamente, sospecho que más movido por el ego, que por la motivación, Pedro agarra el plato y da el primer paso.

  • ¡Joder! – se queja.
  • ¡La boca! ¡Vamos Pedro, que ya tienes 38 años! ¿No vas a poder con esto?

Le provoco.

Conozco a mis pacientes. Sé perfectamente quién responde a las provocaciones, y quién no.

Veo cómo coge aire. Da el segundo paso. Cae un poco de agua. Se queja. Pero sigue intentándolo. Sigue dando pasos. Cada vez está más confiado.

Tras él se puede ver un pequeño río, formado por sus errores. Pero no desiste.

Finalmente, queda tan poca agua en el plato, que no le supone ningún problema llegar hasta la maceta.

Llega, sonríe, tira el agua a la maceta, y me abraza.

  • ¡Lo he conseguido! – dice riendo.
  • ¿En serio? ¿Puedes mirar detrás de ti?

Pedro se gira. Su cara cambia de la risa a la hostilidad. Pedro observa la sala. Está llena de agua. Hay tanto líquido en el suelo, que lo que ha llegado a la maceta apenas le daría para vivir unas horas.

  • ¿Te estás quedando conmigo? – me pregunta.
  • ¿Te parece si volvemos al punto de inicio? – le digo.

Ambos recorremos el camino de vuelta hacia el punto inicial. Él con respiración profunda, yo le acompaño colocando mi mano en su hombro. Me conoce, sabe que ese gesto significa “Relájate”.

  • Dime Pedro – pronuncio – ¿cuál era la señal?
  • Llevar agua a la puta maceta – responde él.
  • ¡La boca, Pedro! ¡No estamos con tus colegas en el bar tomando unas cervezas!
  • Llevar agua a la preciosa maceta – dice él, burlón.
  • Así mejor. Exacto. Llevar agua a la maceta ¿Por qué agarraste el plato?
  • ¿Cómo? – pregunta, sorprendido.
  • Digo que por qué decidiste coger el plato lleno de agua para llevarlo a la maceta.
  • Me has dicho que tenía que llevar el plato lleno de…
  • No – le interrumpo otra vez, aún sabiendo que lo odia – No te he dicho eso. He dicho exactamente: “me gustaría que trajeras agua hasta aquí, sin derramarla por favor”
  • Ah – dice Pedro, ya más tranquilo – ¿y qué querías que llevara? Tú has dejado el plato encima de la mesa.
  • Así es, junto con otras cosas ¿me podrías decir qué más hay en la mesa?

Pedro se gira, y sorprendido, observa que encima de la mesa había, además del plato, dos botellas de agua pequeñas, y, al lado de estas, seis vasos de plástico vacíos.

  • Vaya… – dice Pedro, incapaz de pronunciar otras palabras.
  • Dime Pedro ¿de qué otra manera podrías haber llevado el agua?
  • Con la botella de plástico.
  • Muy bien – le animo – dime otra.
  • La otra botella…
  • Perfecto. Otra.
  • Podría haber puesto el agua de una botella en el vaso.
  • Otra.
  • El agua de la otra botella en otro vaso.
  • Perfecto ¿Otra?
  • El agua del plato en otro vaso.
  • ¿Se te ocurren más?
  • Joder, hay mil combinaciones – dice Pedro, ya más divertido, tranquilo.
  • Así es ¿por qué entonces intentas siempre la más difícil, aunque veas que no funciona?
  • Porque no había visto las otras opciones.
  • ¿Por qué?
  • Porque estaba pendiente del problema.
  • ¿Lo entiendes?

Y lo entiende.

Porque llora.

Llora y me abraza. Es entonces consciente de ello, lo veo en sus ojos.

Está tan absorto en sus problemas, tan obsesionado con ellos, que no es capaz de pensar en otras opciones, otras maneras de solucionarlos. Tiene una manera de actuar, que no sirve, que no le ayuda, pero aún así sigue haciendo lo mismo, esperando que algo cambie.

  • Tienes más opciones Pedro.
  • Ahora lo sé.
  • Si algo no funciona, cambia la manera de hacerlo. Si una idea no sirve, piensa otra. No te ancles. Hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes, es absurdo Pedro.

Llega la hora.

Me abraza. Sonríe, y como siempre se queja, aunque agradecido, de la “caña” que le doy.

Abandona la consulta.

Un minuto después llaman a la puerta. Es él.

  • Siento molestar, sólo una cosa.
  • Y las que necesites. Dime Pedro.
  • ¿Otra solución podría ser, por ejemplo, cambiar de maceta, o incluso de planta?
  • Sólo lo sabrás si lo intentas ¿no crees?

Y creyó.

Rota

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¿Sabéis el típico cliché de mujer subida a unos tacones, enganchada a un móvil, y con bolsas de ropa recién comprada en cada brazo? ¡Soy yo! ¡Totalmente!

Cumplo tanto ese estereotipo que a veces llego a dudar si no estaré contribuyendo de alguna manera al clásico y rancio machismo de la sociedad en la que vivimos. Pero no hago daño a nadie, ni molesto. De hecho, me gusta tan poco molestar que si me pruebo una prenda, y no la quiero, no la dejo en el carro de la ropa. La doblo, la coloco, y la dejo perfectamente puesta tal y como la encontré.

A veces incluso he dejado que alguien se me cole en la fila del supermercado, o cuando encuentro un lugar donde aparcar, si veo que detrás hay una persona que también busca, se lo cedo. Una gilipollas nata, vamos.

Creo que todo esto me viene de pequeña. Me decía tanto mi madre eso de “No molestes, no hagas ruido, no desordenes, ordena, limpia, no pises lo fregado…” que crecí mentalizada con ello. Por no molestar, no molesto ni cuando me dejan mis novios. Lo acepto, más resignada que enfadada. A veces incluso he llegado a pedir perdón. Lo que yo os digo, subnormal perdida.

Nunca he sido una mujer de relaciones largas y estables. Me aburro. Pero no pasa nada, lo he aceptado, vivo con ello. Así pues, cuando ya los mensajes, las caricias, las llamadas… me empiezan a molestar, adelanto el final. Ya sabéis, por aquello de no molestar.

Perdón, que me lío. Me pongo a hablar y a hablar y cuando me doy cuenta ya no sé lo que quería contar.

Tengo 36 años. Vivo en un pequeño estudio en Madrid. Y comparto mi espacio, mi cama y hasta mi sofá con mi gato.

Lo que os decía, soy un cliché.

Y digo lo del espacio porque mi gato ocupa más que yo. No es que sea precisamente delgadita, soy lo que se dice hoy en día “Una mujer con curvas”. Vamos, que soy gordita.

Mi gato tiende a ponerse en medio del sofá, estirado. De tal manera que no puedo sentarme en ninguno de los lados. Pero le veo tan cómodo, tan a gusto, tan tranquilo… que por no molestar le dejo ahí.

Así que, queridos, os podréis imaginar las miles de bromas que una tiene que aguantar en cuanto pronuncio que soy una mujer de 36 años, soltera, y que vive con un gato.

El otro día, sin ir más lejos, un hombre me dijo, en plena cita, que si no tenía hijos, era una mujer incompleta.

Una amiga, al comentárselo, lejos de escandalizarse, me dijo “Es que Raquel, ya sabes, tener hijos le da sentido a tu vida, te llena, te da un objetivo…”

¿En serio la gente tiene hijos para llenar y dar sentido a sus vidas?

¿Y si mi vida ya tiene sentido? ¿Y si mi vida ya está llena?

No sé, llamadme romántica, pero yo siempre he pensado que la gente tiene hijos por aquello de la natalidad, de salvar la especie, y, sobre todo, para crear vida a partir del amor entre dos personas. Algo se llena cuando está vacío. Y tener hijos para ello, no me parece lo más sano, sinceramente.

¿Me tuvieron mis padres  a mí para darles sentido a sus vidas? ¿Debería llamar a mi madre para preguntárselo? Mejor no, no quiero que piense que estoy deprimida o, peor aún, que el paso de los años me está afectando.

No estoy incompleta.

En todo caso estoy rota.

Rota por las veces que he fracasado en el amor, las veces que no he cuidado mi salud, o que no hago el ejercicio que debería hacer.

Rota por mis tonteos con las drogas en mi adolescencia. Por mi falta de aspiración en el trabajo, por ser una conformista, básicamente.

Muchas cosas en mi vida me han hecho estar como estoy, rota. Pero ¿incompleta? ¡Ni de coña!

¿Qué hay de malo en que una no quiera tener hijos?

¿Por qué tengo que tenerlos?

¿Es obligatorio? ¿Dónde lo dice?

No quiero que mi vida esté marcada por lo que la sociedad, la Biblia, o un grupo de machos alfas rascándose los huevos, esperan de mí.

El otro día, sin ir más lejos, quedé con mi amiga Sara, que, al no poder encontrar una niñera para la impertinente de su hija, tuvo que traerla con nosotras. Así que imaginaos, me pasé tres horas hablando de “pililas”, en vez de “pollas”, “hacer esas cosas”, en vez de “follar”. Y mi amiga, por su parte, no paraba de decir “Sí, sí, te escucho… Carla cariño baja de ahí”, “Sí, te entiendo, pero… ¡¡Carla come más poco a poco cariño”, “Ostras Raquel, no sabía que… Carla cielo ¿tienes pipí?”

Tres horas.

Tres jodidas horas perdidas escuchando cómo mi amiga hablaba con su hija con voz de retrasada.

Llego entonces a casa, me tiro en el sofá, y, mientras miro Friends, pienso que no cambiaría mi vida por nada.

Me llama Pedro, mi amigo marica, y tras dos horas hablando me pregunta si cambiaría mi vida por la de mi amiga, a lo que yo respondo rápida, sin dudar, “¡Joder no!”.

Por otra parte, me consta que mi amiga, ahora mismo, le estará contando a su marido lo afortunada que es, y lo triste que se siente por mí, pues sigo sola, sin nadie a quien abrazarme por la noche, y con mi útero ya en cuenta atrás.

¿Y si viene todo de la educación? Joder no sé, quizá mi amiga ha sido educada bajo un dogma cristiano, mientras yo he sido educada a través de la culpa. Quizá es por eso que yo me siento culpable cada vez que como chocolate, falto al trabajo por tener resaca, o por echar un polvo sin más. Mientras mi amiga, por su parte, se siente escandalizada cada vez que me ve, sola, sin un hombre que me lleve al altar, y me jure amor eterno delante de (su) dios.

 

Tengo clara una cosa, por muy rota que esté, algún día seré madre. Y tengo claro que la criaré y educaré con libertad.

Que sea rota, puta, católica, o protestante… me da absolutamente igual. Pero que sea libre. Que no sienta culpa por ser quien es, que se exprese física e intelectualmente sin miedos, sin temer al qué dirán.

Completa o rota, pero libre.

Septiembre. Repetir o pasar.

26d

Llega septiembre. Y como en casi todo, aquí podemos distinguir dos tipos de personas. Los que pasan limpios, y los que tienen que batallar con las temidas recuperaciones.

Se ven por la calle. Y se diferencian rápidamente. Unos, todo sonrisas, con el moreno del ya añorado agosto, relajados, preparados… Otros, con los ojos inundados en cafeína, con las sábanas pegadas en la cara, y el tic-tac del reloj en el corazón.

¿La diferencia? Unos han batallado durante todo el año; otros se han dormido, lo han dejado para mañana, no se han preocupado todo lo que deberían. Y, como todo en la vida, ahora tienen que rendir cuentas. Pasar factura.

 

¿Estás pensando en esos pequeños, y no tan pequeños, que empiezan el curso escolar? ¿En tu hijo? ¿Tu sobrino?  ¿Te han venido a la mente el nombre de asignaturas, apuntes y profesores?

¿Y si te dijera que no me refiero a eso? Me refiero a ti, a mí, a adultos con responsabilidades y con el curso escolar a punto de empezar.

Unos se enfrentan a matemáticas, sociales, tecnología, literatura… Nosotros, los adultos, nos enfrentamos a otra serie de asignaturas.

Fíjate en ellas, échales un ojo, reflexiona, y autoevalúate ¿Has pasado limpio, o debes enfrentarte tú también a las recuperaciones?

 

PARTE TEÓRICA

Primera asignatura: Aprender.

Esta asignatura tiene como objetivo valorar la capacidad de la persona en aprender de sus errores, corregirlos, y seguir adelante. Se basa en una serie de experiencias vividas que nos aportan habilidades para, en un futuro, no volver a caer en la misma piedra.

Para aprobar esta asignatura, se exigirá que la persona sea capaz de reflexionar sobre los errores cometidos, y sacar alguna enseñanza o aprendizaje de ello.


Segunda asignatura:

– Bloque A: Pedir perdón.
– Bloque B: Perdonar.

Es una de las principales asignaturas que la persona deberá superar, para poder pasar de curso.

El bloque A se centra en trabajar aspectos como la modestia, la humildad, y la ausencia de ego. Saber reconocer que se ha equivocado, y mostrarse sin máscaras delante de la persona dañada, aceptar que nos hemos equivocado, y disculparnos.

Esta asignatura, en el bloque B, pretende que la persona examinada sea capaz de relativizar, no dramatizar, y saber dejar el orgullo y el ego (recordar que son motivos de expulsión del curso) para perdonar.

Se penalizará a aquella persona que pronuncie las palabras “Te perdono” sin sentirlas realmente; igual que aquellas personas que digan “No pasa nada”, cuando en su mundo interno están heridas o enfadadas.


Tercera asignatura: Pensar antes de hablar.

Es requisito indispensable para pasar de curso que el alumno obtenga como mínimo un 5 en esta asignatura.

Esta asignatura tiene como objetivo que la persona sea capaz de conectar el cable del corazón al cerebro, en vez del corazón a la boca. Pensar antes de hablar, contar hasta diez, y respirar antes de soltar algo que puede ofender.

En caso de que esto ocurra, serán igualmente aprobadas aquellas personas que hayan aprobado la asignatura “Pedir perdón”.


Cuarta asignatura: Empatía.

Se exigirá a la persona evaluada que conozca el concepto de empatía, sus características, y  ser capaz de ponerlo en práctica en un 76% de las situaciones ocurridas en el día a día.

 

PARTE PRÁCTICA

Primera asignatura: Soltar.

En este apartado se le exigirá a la persona aprobar con un mínimo de 6 el siguiente ejercicio práctico:

  • Ser capaz de reconocerse, y exponerse a sí mismo, aquellos temas, personas, situaciones… que siguen afectándole en su día a día; ya sea en su plano laboral, emocional o cognitivo.
  • Una vez hecho esta parte del trabajo, se le exigirá que sea capaz de relativizarlo, explicándose a sí mismo por qué aquello salió mal, en qué ha fallado uno mismo.
  • Posteriormente, deberá ser capaz de perdonar su parte de error.
  • Cerrar el libro. Dejarlo atrás. Aceptar que la vida va y viene, y que todo tiene un principio y un fin; y todo sigue.
  • Decir adiós, sonreír, y soltar.

 

Segunda asignatura: Valorar.

En esta segunda parte práctica del curso, se espera que el evaluado sea capaz de reflexionar y valorar qué es aquello que realmente importa en la vida; familia, amigos, pareja, los placeres pequeños, los detalles… Esta parte tiene un valor del 40%.

Para superar la asignatura con un 100% de la nota, la persona deberá ser capaz de, una vez localizados los planos realmente importantes, dedicarles más tiempo, sonrisas y abrazos; y menos fotos, estados de redes sociales, y mensajes de texto por móvil.


Tener asignatura: Saber tener miedo.

Para aprobar la última parte práctica del curso, la persona deberá ser capaz de:

  • Aceptar que hay cosas que no hace por miedo.
  • Detectarlas.
  • Saber interpretar qué es aquello que le da miedo exactamente.
  • Hacerlas igualmente.

Serán suspendidas automáticamente todas aquellas personas que, ante una situación de miedo, no sean capaz de reconocérselo a ellos mismo.
Y bien ¿qué opinas?

Una vez ya has conocido el temario del curso por delante ¿qué crees que pasará?

O tengo una idea mejor ¿qué te parece si lo imprimimos, lo guardamos, y al final de curso nos evaluamos?

¡Ánimo, y bienvenidos al curso 2016-2017!

Tomen asiento.

No necesitan papel, ni bolígrafo, ni maleta. Sólo necesitan escucharse a ustedes mismos, y aprender.

¡Malditas brujas!

Hacía exactamente tres semanas desde que Isabel perdió a su marido en manos de una rara enfermedad que, según la medicina, se atribuía a los últimos brotes de la peste.

Fue exactamente un 14 de mayo de 1436 cuando Isabel encontró a Manuel, su respetado y trabajador marido, tirado en el suelo de la cocina rodeado de un charco de sangre.

Tres semanas a las que Isabel había dedicado casi maníacamente a rezar, frotar, y limpiar ese suelo. Pensaba en Manuel a todas horas, pero, presa del pánico social, el miedo de que en ese suelo quedase impregnada un poquito de esa enfermedad, le hacía pasarse más horas fregando, que llorando.

Tres semanas habían pasado cuando, el señor Federico, casado con doña Aurora, entró en casa de Isabel, embriagado por las bebidas alcohólicas que llevaba en la sangre, y la imagen de la viuda Isabel, deseosa de sexo tras semanas sin probarlo.

Entró como quien entra en una panadería, sin preguntar, sin llamar, sin avisar. Y allí la vio, de rodillas en el suelo, fregando, con la falda arremangada hasta las caderas para evitar mojar así sus vestiduras.

En cuanto Isabel lo vio entrar, se puso recta, casi a la misma velocidad en la que el miembro viril de Federico hacía lo mismo. No necesitaron intercambiar palabras, rápidamente Federico agarró del pelo a Isabel, y la llevó de nuevo al suelo. Ella luchó, forcejeó, mordió y pataleó. Nada le valía para quitarse a ese hombre, y esa peste a alcohol, de encima.

La violó. La violó varias veces en ese mismo suelo donde tres semanas antes su marido había perdido la vida.

Pero Isabel no lo dejó ahí, siguió gritando, aun cuando Federico ya se disponía a abandonar la casa. Gritaba, lanzaba cosas, lloraba, le arañaba… y en cuanto Federico pudo reaccionar, un gran número de vecinos ya estaban en la puerta, entrando, mirando por las ventanas, agarrando a Federico, mientras Aurora, su mujer, lo veía todo desde la plaza.

  • ¡Yo no quería hacerlo! – gritó Federico – ¡Me ha embrujado! ¡Esa maldita puta me ha embrujado para que lo hiciera! ¡Ella mató a su marido! ¡Ella es la bruja!

Y, en aquel mayo de 1436, no necesitó nada más.

Rápidamente la ley civil y la Iglesia lanzaron todo su peso contra Isabel. Fue acusada de brujería, de asesinato, y de uso de pócimas y utensilios relacionados con el diablo.

Aún así, afortunadamente, en España la fiebre por la caza de brujas era menos intensa que en el resto de Europa, por lo que se evitaba siempre la pena de muerte. Isabel solo tuvo que abandonar su pueblo, bajo amenaza de prisión y muerte por brujería.

Abandonó así su casa, presa de esa rabia al ver, una vez más, como una opinión masculina contra una mujer podía arrastrar a ésta a adquirir una fama que le obligaba a alejarse de su círculo, su familia, sus amigos…

Antes de abandonar el pueblo, sus ojos se cruzaron con los de Aurora, amiga de toda la vida.

Aurora desvió la vista, mientras un gran gentío gritaba desde la plaza “¡Puta bruja!”.

Corría el año 1436, pleno apogeo de la caza de brujas. Y el poder del hombre podía destruir al de la mujer en un abrir y cerrar de ojos.

 

Eran las 10 de la mañana cuando el iPhone de Claudia empezó a sonar.

Sin poder abrir los ojos miró la pantalla, y ahí estaba ese mensaje de Pedro:

“Me encantó conocerte ayer, espero que te lo pasaras tan bien como yo”

Claudia sonrió. Sin embargo no contestó, la resaca, y el cansancio que Pedro le había otorgado a causa de esa noche de sexo, hizo que se quedara dormida de nuevo, sonriendo.

Mientras ella dormía, Pedro se reunía con sus amigos para explicarles la noche. El principio era el de siempre: unas partidas a la videoconsola, unas cervezas, unos amigos, un bar de copas, la discoteca de moda del centro de Madrid… pero ahí cambiaba algo, aparecía Claudia.

Se vieron. Se sonrieron. Se besaron. Y sólo necesitaron 10 minutos para abandonar la discoteca e irse a casa de ésta. Tuvieron sexo hasta bien dadas las 7 de la mañana, cuando Pedro abandonó su casa para volver a su cama. A Claudia le gustaba dormir sola.

  • Tío, tío… – dijo su amigo César – enséñanos una foto de esa Claudia.

Pedró desbloqueó su móvil, y rápidamente ya tenía en la pantalla fotos de Claudia. En la playa, con amigas, de viaje, trabajando… ¡benditas redes sociales!

Fue entonces cuando Javier, el mejor amigo de Pedro, rompió el encanto.

  • ¡Joder Pedro! – dijo riendo – a esta tía me la he tirado yo.
  • ¿Cómo dices? – Pedro no daba crédito.
  • ¡Que a esa tía me la he tirado yo! ¡La primera noche que la conocí! Veo que no tiene nada de santita la tía…
  • ¿Se acostó con los dos la primera noche? ¡Menuda puta!
  • ¡Joder, ya no quedan tías como las de antes!
  • Tú verás lo que haces Pedro…
  • Sí, pero cuidado… estas tías están hoy con uno, mañana con otro…
  • Y a saber si no tienen alguna enfermedad chunga de esas…

 

Tres semanas después, Claudia seguía sin saber nada de él. Decidió pasar página. Al fin y al cabo, sólo había sido una noche de sexo más, como otras. Prefirió no darle más importancia, aunque se reconocía que Pedro le había gustado mucho.

Pasaron cuatro semanas cuando Claudia y sus amigas se encontraron a Pedro y sus amigos en la misma discoteca. Claudia, simpática y valiente, decidió acercarse a saludar a Pedro. Éste, sin embargo, la saludó con frialdad, y se despidió de ella.

Mientras Claudia, decepcionada y perpleja, se alejaba, pudo escuchar como un amigo de Pedro le decía a éste al oído: “¡Puta bruja!”

 

Corría el año 2016, pleno apogeo de la libertad sexual. Y el poder del hombre todavía podía destruir al de la mujer en un abrir y cerrar de ojos.