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Miedos

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Miedo.

  1. m.Angustia por un riesgo o daño real o imaginario.
  2. m.Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

Allí se encontraban los dos.

Él no le quitaba los ojos de encima, mientras agarraba sus manos y sonreía, nervioso, dispuesto a decir lo que quería decir hace ya semanas.

Ella, nerviosa, intentaba sostenerle la mirada, realizando un baile visual; sus ojos, su boca, su barba, sus manos, sus pies, la pared…

Finalmente, sacando valor de quién sabe dónde, dijo:

  • Te quiero, Lucía. Vamos a intentarlo, joder.

Ella supo entonces lo que pasaría. Lo había tenido claro desde el primer día.

Ella le diría que también le quería.

Empezarían una bonita y larga historia de amor bañada en flores, bombones, largas conversaciones, y noches de cariño.

Él hablaría de ella, a todas horas, por todos los rincones, a todos los conocidos y desconocidos.

Ella haría lo propio, eso sí, más cauta, más miedosa, más reservada.

Bailarían. Bailarían mucho, a solas, entre velas y música. Se besarían a cada minuto.

Ella se vería más joven y bonita.

Él con más canas, y más energía.

Los mensajes entre ellos volarían casi a cada minuto. Un buenos días, un qué tal, un pienso en ti, una foto, dos, tres, mil…

Pasearían de la mano, eso también lo sabía ella, y no habría estreno de cine al que no fueran. Divertidos, enamorados, compartirían refresco, palomitas, caricias y miradas.

Se engancharían a las mismas series y películas.

Entonces, sabía Lucía, darían por seguro que ya tenían ese amor, ya habían conquistado esa isla, y los mensajes irían desapareciendo, también las largas charlas.

Ya no se cogerían de la mano tanto, ahora los bolsillos serían más cálidos que las otras manos. Los mensajes ya eran más secos, empezando a abusar de los malditos monosílabos.

Volverían las desconfianzas, los celos, las mentiras piadosas… y separarse ya no sería tan duro. Incluso empezaría a ser necesario.

Él empezaría a ver los perfiles de otras mujeres, solo por curiosidad. Empezaría a contestar a los mensajes de sus ex, sólo por saber qué tal.

Ella, por su parte, empezaría a hacer más planes con sus amigas, y, casi sin querer, casi, empezaría a devolver las sonrisas provocativas de aquel chico de la barra, de ese camarero, o del amigo de su compañera de trabajo.

Él pensaría que ella es guapa, incluso divertida, pero atrás quedaría esa pasión, esas ganas de abrazarla y no soltarla.

Ella pensaría que él es guapo, cariñoso, pero atrás quedarían esas ganas de saber de él.

Se acostumbrarían.

Y tarde o temprano, uno acabaría llorando, y el otro con un tremendo sentimiento de culpa.

Así sería. Estaba segura.

 

  • Dime algo nena, joder – decía Luís.

Pero Lucía no decía nada. Se callaba. Sabía que si abría la boca las lágrimas empezarían a brotar, y ya no pararían.

 

Luís, por su parte, también sabía lo que pasaría en un futuro. Estaba seguro de ello.

Se enamorarían, y pretendía dedicar cada uno de sus días a hacer a aquella mujer la mujer más feliz del mundo. No la quería, la adoraba. Sabía que su vida era mucho mejor con ella. Ella tenía el poder de hacerle más divertido, más inteligente, más atractivo, incluso más lleno.

Sabía, conociéndola, que empezarían a emerger en ella los miedos, las tinieblas y las pesadillas.

Pero sabía que iba armado, y emplearía todas y cada una de sus armas en apartar esas pesadillas, hacerle saber que estaba ahí, y que nunca se iba a apartar de ella. Ni para coger aire.

Sabía, sin embargo, que todo esto sería posible si ella daba el salto. Si ella decía “Sí”.

 

Entonces, frente a ella, se sorprendió a él mismo pensando en ese “Sí”.

Con acento, pues había aprendido en el colegio que lleva tilde aquel “Sí” de afirmación.

Sin acento cuando queremos expresar una condición.

¿Por qué pensaba ahora en eso?

“Si (sin acento) ella dice que sí (con acento), seremos la pareja más feliz del mundo”

“¿He cerrado el coche bien?”, pensaba.

  • Joder, Luís – se decía – céntrate.

 

El leve movimiento de Lucía le devolvió a la realidad.

¿Iba a hablar? ¿Iba a hacer o decir algo?

Lucía, entonces, agarró su chaqueta, besó a Luís en los labios, y acarició su barba.

  • Lo siento, Luís – dijo ella – No puedo hacer esto.

 

Y se fue.

 

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Naunet y la estrella

80d

Naunet nació en una pequeña tribu situada cerca del río Nilo.

Su padre, Abasi, jefe de la tribu, era un hombre duro, tosco, y no le temblaba el pulso a la hora de poner orden en su territorio. Tenía, además, fama de sanguinario alrededor del país.

Su madre, Hehet, era una bella mujer heredera de varias tierras a lo largo de Egipto.

Así pues, una vez que los padres de Hehet acordaron el matrimonio con Abasi, éste no tardó en heredar las tierras, las aguas, y la dignidad de su mujer.

Llevaban tiempo esperando un bebé, y, finalmente, cuando la pequeña Naunet llegó, su padre empezó a buscar el mejor candidato para ella, y, además, para los bienes y prosperidad de su poblado.

La leyenda contaba que la pequeña Naunet, nacida bajo los rayos de la Luna Llena, tenía el poder de comunicarse con la noche y las estrellas. Esto, pensaba el padre, sería una ventaja a la hora de encontrar un marido.

Así fue como, cuando la pequeña Naunet llegó a los tiernos 10 años, sus padres le explicaron que su futuro ya estaba escrito, y sus sueños firmados.

No lo entendía, no era capaz de entender con esa corta edad lo que esas palabras significaban ¿Qué quería decir, exactamente, que su vida y su destino ya estaban firmados?

 

Fue la noche de su décimo cuarto cumpleaños cuando la joven Naunet conoció al que sería su futuro marido.

Su nombre era Bakari, “juramento noble”. Tenía veintitrés años, y ya contaba con varias victorias a sus espaldas. Era tirano, y las malas lenguas decían que acabó con su hermano mayor con sus propias manos, para ser así el único heredero de la tierras de su padre.

  • No me quiero casar con él – gimoteaba la joven a su madre.
  • Lo sé, cariño – respondía Hehet pacientemente – pero no tenemos elección. Las mujeres hemos nacido con el destino de procrear, apoyar a nuestros hombres, y unir territorios. No podemos hacer nada más.

 

Esa misma noche, Naunet se sentó cerca del río Nilo. Bien mirado, la idea de arrojarse al río y dejar que los caimanes acabaran con ella no era tan descabellada.

  • ¿Qué te ocurre? – preguntó una voz femenina.

Rápida y decidida, tal y como le había enseñado su padre, Naunet se levantó, se encorvó, y agarró con firmeza su daga, dispuesta a atacar.

  • ¿Estás bien? – volvió a preguntar la voz.
  • ¿Quién eres? – preguntó Naunet – ¿Dónde estás?
  • ¡Aquí arriba! ¿De verdad piensas hacerme daño desde ahí?

Naunet alzó la vista.

  • ¡Mucho más arriba! – dijo la voz.

Fue entonces cuando, por primera vez en su vida, Naunet descubrió que la leyenda era cierta. Podía comunicarse con la noche.

  • ¿Eres una estrella? – preguntó Naunet.
  • Así es – dijo la estrella – pero puedes llamarme Luan.
  • ¿De verdad estoy hablando contigo?
  • ¡Sí! Y para ser sincera, has tardado más de lo que creía en darte cuenta.
  • ¿Cuántos años tienes?
  • Tengo 14 años ¿y tú?
  • ¡Qué casualidad! ¡Yo también tengo 14 años!

Así fue como Naunet y Luan empezaron a crear una amistad. Hablaron de sus miedos, de sus infancias, de sus travesuras, de lo mal que se llevaban con sus familias…

Cada noche, después de cenar, Naunet se ausentaba de su cabaña con cualquier excusa, y rápidamente se dirigía hacia la orilla del río Nilo, donde, puntual, estaba Luan esperando.

  • ¡Caray! – dijo Naunet – ¡Hoy brillas muchísimo!
  • Sí, cuando estamos contentas brillamos más… tú también estás hoy muy guapa…
  • ¡Gracias! – dijo una sonrojada Naunet, quien se había pasado casi todo el amanecer eligiendo un vestido adecuado.

Una noche en la que Naunet se disponía a ir a ver su amiga, su madre la paró.

  • Esta noche no saldrás, jovencita.
  • ¿Por qué? – preguntó una angustiada Naunet.
  • Hoy hay caza en el poblado, y por lo tanto, te quedarás conmigo.
  • Pero madre…
  • Y no hay más que hablar – dijo la madre, agarrando el látigo como aviso.

 

Esa noche, desesperada, Naunet veía imposible la idea de dormir. Quería ver a Luan. Necesitaba ver a Luan. Presa de la tristeza, el miedo, y la pena, miró al cielo.

Fue entonces cuando la vio. Luan brillaba más que nunca. Le estaba llamando.

La joven Naunet encendió entonces un pequeño fuego fuera de la cabaña. Esperaba que su amiga pudiera verla. Y ocurrió.

Naunet pudo ver como la estrella parpadeó una vez.

Naunet tapó el fuego, y volvió a descubrirlo una vez.

Luan parpadeó dos veces.

Naunel hizo lo propio con su fuego.

Y así pasaron la noche. Juntas.

 

Fue la siguiente noche cuando Naunet, por fin, pudo correr a ver a Luan.

  • Vi las señales que hacías en el cielo ¿eran para mí? – preguntó Naunet.
  • ¡Claro que sí! – contestó – ¡Yo vi tu fuego! ¿Era para mí?
  • ¡Sí!

Ambas rieron.

  • Me gustaría poder tocarte – dijo Luan.
  • Me encantaría poder abrazarte – contestó Naunet.
  • Observa el río – dijo la estrella – voy a brillar más fuerte para que puedas ver bien mi reflejo en el agua.

La estrella emitió una fuerte luz , proyectándose así a la perfección en la orilla del Nilo.

  • Es como si estuvieras aquí al lado – dijo Naunet.
  • Así podrás tocarme, aunque sea sólo mi reflejo.
  • Así podré besarte… – dijo Naunet.
  • Así podré besarte… – contestó Luan.

Sin decir nada más, la joven Naunet se acercó a la orilla del Nilo, y nerviosa, besó el reflejo de la estrella.

Poco a poco la comunicación entre ellas era más fluída.

Naunet incluso había colgado en la pared de su dormitorio una brillante espada. Así, por la noche, Luan se reflejaba en ella, y juntas dormían.

El tiempo pasó, y el momento de la boda ya se dejaba ver en el horizonte. Cada vez más sus padres hablaban de ello, cada vez más Bakari se dejaba caer por el territorio de Naunet para verla. Y para cuando se dio cuenta, quedaba una semana para su décimo sexto cumpleaños. Y con él, la boda.

  • Hoy estás muy triste – dijo la estrella – ¿Va todo bien?
  • En unos días será mi cumpleaños…
  • ¡Lo sé! ¡El mío también! – dijo Luan – tengo muchas ganas de cumplirlos contigo ¿Crees que podríamos pasar esa noche juntas?

Y así fue como Naunet, temiendo ese momento, tuvo que explicarle el acuerdo al que había llegado su familia.

  • ¡Pero eso es horrible! – dijo Luan.
  • ¡Lo sé! – respondió Naunet.
  • ¿Estás enamorada de él? – quiso saber la estrella.
  • Creo que estoy enamorada de ti…
  • Yo también estoy enamorada de ti…

Ese día, la estrella Luan, perdió un poquito de su luz.

 

Llegó el día de la boda.

Fueron los tambores los que despertaron a Naunet.

Toda la tribu de su futuro marido estaba allí. Todos llevaban comida, pinturas, y tambores. No había ninguna mujer, debían estar todas cuidando de los hijos, suponía Naunet.

  • Yo no quiero tener hijos. Quiero ser una estrella – pensaba, mirando el cielo, soleado y sin una nube.

 

Cayó la noche.

Y tras una tarde de largos rituales, preparativos, y bailes, Naunet se encontraba ya colocada en el centro del terreno, junto a Bakari.

A lo lejos, y de reojo, pudo ver a Luan, brillando levemente.

El ritual empezó.

El corazón empezó a latir con fuerza.

Las manos empezaron a sudar.

Tenía que salir de ahí.

Fue justo en el momento en el que el padre de Bakari iba a colocar el collar nupcial a Naunet, cuando de golpe, una gran luz iluminó todo el poblado.

Era como si el sol hubiera salido. Todo brillaba. Una luz cegadora inundaba a todos los participantes de la ceremonia.

  • ¡Es esa estrella! – dijo uno de ellos.
  • ¿Será una mala señal? – contestó otro.

Naunet pudo entonces observar en el cielo a Luan brillando como nunca lo había hecho. Brillaba tanto que se parecía al Sol. Y de golpe, se apagó.

Su brillo era tan pequeño que apenas podía distinguirse en el cielo.

Se había quejado.

Había explotado de rabia. De celos. De pena.

Para cuando Naunet quiso darse cuenta, se vio a ella misma corriendo hacia el acantilado, el punto más alto del territorio de Abasi.

Sus padres y familiares corrían detrás de ella.

  • ¡Luan! – gritaba – ¡Luan! ¡Mi Luan!

Llegó al borde del acantilado. A unos metros sus familiares le estaban dando alcance. A sus pies, una muerte segura.

  • ¡Brilla Luan! – gitaba Naunet – ¡Brilla mi estrella! ¡Brilla mi amor!

 

La estrella lo intentaba. Daba pequeñas ráfagas de luz. Pero se agotaba. Se apagaba.

Cuando te arrebatan aquello que más quieres, no puedes hacer otra cosa más que apagarte.

Fue entonces cuando Naunet tomó una decisión. Firme y segura. Si no podía tener a su estrella con ella, ella tampoco brillaría nunca.

Y justo cuando su padre intentó agarrarla del brazo, se dejó caer.

No lloraba. No gritaba. Sólo sonreía.

Y también ella se apagó.

Esa noche en el poblado lo que iba a ser una ceremonia nupcial, se convirtió en un entierro.

Esa noche en el cielo, una nueva estrella brilló.

Justo al lado de la estrella Luan.

Punto y aparte.

doce

Se acabó.

Aquello  que pasó hace justamente un año, ha vuelto a ocurrir. Se acaba una etapa. Se pasa la página, o, en el mejor de los casos, se cambia de libro.

Pero, a pesar de todo, a pesar de aquellos propósitos cumplidos, los que no se han podido llevar a cabo, las cosas que han cambiado… a pesar de todo esto, seguimos siendo los mismos.

Y me quedo con esa palabra: Seguimos.

Seguimos adelante.

Seguimos luchando.

Seguimos, un año más, intentando ser mejor de lo que fuimos ayer.

 

Y volveremos a amar, y volverán a rompernos el corazón.

Y volveremos a perdonar, y volverán a fallarnos.

Volverán a perdonarnos, y volveremos a fallar.

Volveremos a usar precipitadamente la velocidad de la boca, y volveremos a meter la pata.

Volveremos a discutir.

A caer.

A odiar.

A envidiar.

A gritar.

 

Pero seguimos.

 

Seguimos. Primera persona del plural del pretérito perfecto de indicativo. Verbo transitivo e intransitivo. Verbo pronominal. El verbo seguir.

Seguir: Ir en busca de alguien o algo. Dirigirse, caminar hacia algo. Proseguir o continuar en lo empezado. Ir en compañía de alguien. Dirigir la vista hacia un objeto que se mueve y mantener la visión de él.

Y eso, exactamente, es lo que os deseo para este nuevo año que empieza.

Que sigáis.

Que sigáis en todas y cada una de las metas que os habéis propuesto, y, además, que sigáis intentando alcanzar aquellas que se quedaron en el tintero en el 2016.

Se sabe que el ser humano es de las pocas especies vivas que vive por y para conseguir objetivos, caminar hacia una meta.

Es por ello que en este 2017 te deseo nuevas metas. Que dejes de lado si es difícil, si parece imposible, o si la gente de tu alrededor no te ve capaz de conseguirlo.

Lucha.

Corre.

Persigue.

Muerde.

Sigue.

Si algo ha aprendido nuestra especie a lo largo de los años, de la historia, de las batallas y las derrotas, es que el individuo por sí sólo no llega lejos. Irá más rápido, pero nunca llegará lejos.

Es por ello que te deseo compañía. Tú eliges cuál y cómo.

Puede ser una pareja. Si es así, espero de todo corazón que sea una pareja que te haga llorar de risa, que te escuche sin bostezar, que sea capaz de comprenderte con sólo una mirada, que le intereses más allá de tus zonas genitales; que te lleve a cenar, que le guste comer, que paséis largas tardes en silencio, abrazados, viendo vuestras series o películas preferidas, que no comparta tus gustos, pero que los acepte. Que te ame, que le ames. Que te haga feliz más allá de las peleas o los malos entendidos. Que odie el juego de los celos, que sea leal, y que sepa darte tu tiempo y lugar a solas, al igual que tú harás con ella.

Si esa compañía son tus amigos, espero que sean leales, canallas, sinceros y guerreros en tus batallas. Que no duden en sacar las espadas ante los enemigos, pero que luego, en la soledad de las llamas, sepan remarcar tus errores. Que te hagan reír, que te hagan pensar, y que te hagan mejor persona, cada día.

Quizá tu compañía es tu familia. Si es así, espero que estéis unidos, que os una algo más que la simple y absurda sangre. Que sepas dedicar tiempo, que honres a tus mayores, que eduques a tus pequeños; que no te calles los “te quiero”, que no te duelan los “lo siento”. Que entiendas, de una vez, que esas personas son las que te van a apoyar y querer siempre, pase lo que pase.

 

Y entre todas y cada una de las múltiples opciones que tienes para rellenar tu casilla de “Compañía”, espero que descubras, si no lo has hecho ya, la más importante: TÚ.

Espero entonces que sepas entenderte, escucharte; que aprendas qué es lo que te hace feliz, y lo busques. Que sepas discernir lo que te hace daño, lo que te hace peor persona, y lo alejes de tu alcance.

Que te trates con dignidad. Físicamente, para saber que tu cuerpo es tu templo sagrado, es tu transporte, es tu motor, y por ello debes respetarlo, cuidarlo, tratarlo bien. Y, sobre todo, aceptarlo tal y como es. Eres mucho más que este traje que te ha dado la genética.

Que te respetes emocionalmente para no exigirte demasiado, para no presionarte. Para que te perdones, y entiendas que tú también tienes derecho a equivocarte.

 

Y con todo ello, llegó el 2017.

Hemos llegado. A algunos les habrá costado, a otros les habrá sido más fácil; pero cara al cambio, en esa mesa llena de seres queridos, con esa tía que vuelve a explicar cómo funcionan las campanadas, con esos sobrinos enganchados al móvil, con esa prima haciendo morritos para la foto, con tu pareja jugando con tu sobrino mientras se te cae la baba, con tu querida madre preparando las uvas, tu señor padre sentado presidiendo la mesa, tu estimado hermano encendiendo un cigarro… delante de esto, todos somos iguales.

Y al final, todos queremos lo mismo. Salud y amor.

Es por ello que me gustaría recordarte que el dinero, al final, va y viene. Y no va a ser lo que recuerdes cuando te llegue el momento de partir.

Que el trabajo es eso, trabajo, y debe permanecer ahí.

Que el desamor, al final, pasa, y deja una ventana abierta con el aire fresco entrando.

Que todas esas peleas no son tan importantes como ahora mismo crees.

Que tu hijo o hija estarán bien, aprenderán, mejorarán. Dales alas, y deja de preocuparte en exceso.

Que esa persona que tanto te interesa, y tan poca atención te da, se está perdiendo una oportunidad única para conocer a una persona excepcional.

Que lo que ves en la televisión es mentira. Que esos cuerpos, al final, sienten y padecen igual que tú.

Que el tiempo es el regalo más bonito y sincero que puedes darle a alguien.

Que lo que no se dice, no muere. Te mata.

Que una dieta equilibrada es buena, pero también una noche en el sofá comiendo pizza.

Que tu compañía, en soledad, es el mejor regalo que puedes hacerte.

Que un abrazo es el mejor medicamento para el alma.
Y entre tantos recuerdos que van y vienen este último día del año, te propongo que visualices dónde te gustaría estar dentro de, exactamente, 365 días.

Y una vez que lo tengas visualizado, una vez que tengas claro hacia dónde quieres dirigirte, dediques todos y cada uno de estos días que empiezan ahora a conseguir esos objetivos.

Te moverás, avanzarás, caerás, pararás, darás marcha atrás, te perderás…

Pero recuerda que hasta el Titanic, el barco más famoso del mundo, tuvo su mal día.
¡Feliz año nuevo a todos!

Chica lista

chicalista

Poneos cómodos, os voy a contar la historia de amor de Diana y Manuel.

No os esperéis una de esas historias de pasión, destinos truncados, y peleas que acaban con una reconciliación apoteósica entre risas, lenguas y sábanas.

Diana conoció a Manuel a través de unas amigas en común. Ambos coincidieron en una fiesta, y rápidamente se interesaron el uno por el otro.

Ya se conocían, ambos se seguían en las redes sociales, y, al menos la cara, la tenían más que vista y deseada.

Manuel era el típico chico resultón que si le dedicabas cinco minutos, le bastaba para volverse un hombre atractivo a rabiar, ya sabéis, uno de esos chicos con labia y morro que te lleva al huerto rápidamente.

Él le invitó a cenar, y ambos pasaron una velada genial, que fugazmente les llevó a otra, y a otra…

Todos decían que estaban hechos el uno para el otro. Hacían una pareja estupenda, y Diana era consciente que levantaba más de una envidia entre su círculo social femenino.

Sin embargo, gracias a las magníficas y aterradoras redes sociales, Diana pudo ver cómo Manuel, además de lanzar piropos a Diana, también lo hacía a Carmen, a Mónica, y a la tímida pero voluptuosa Rocío.

Volvieron a quedar, pero esta vez Diana no se presentó. Lo cerró todo con un mensaje instantáneo que  decía: “Lo siento, no estoy interesada en esto. Besitos”.

Sus amigas rápidamente acudieron para aconsejarle: extremista, radical, fría, celosa, paranoica…

Sin embargo, cuando llegó a casa de sus padres de visita y les contó lo ocurrido, su padre no pudo evitar arquear la ceja, dibujar en su anciano rostro una leve y calmada sonrisa, y decir en voz alta: Chica lista.

Porque mientras Manuel y sus amigos la tachaban de loca, puta y celosa compulsiva; Diana, sin saberlo, había escapado de una red de mentiras, de cortinas de humo, y de otras tantas Cármenes, Mónicas y Rocíos.

No quiso dar otra oportunidad. Al fin y al cabo, se decía ella, se merecía un hombre que si quería conocerle, quisiera conocerle sólo a ella, y el tiempo diría. Rondaba los cuarenta años, y ya no estaba para gilipolleces.

Mientras se sentaba en su sofá, se servía una copa de vino, y daba una lenta y placentera calada a su cigarro, Carmen gimoteaba, Mónica lloraba, y Rocío contaba, entre un leve ataque de ansiedad, lo cabrón que estaba siendo Manuel.

Diana, ya bajo los efectos del frío vino, se puso su película preferida, y durmió a pierna suelta.

Chica lista.

Feliz Navidad

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Finalmente llegaron esas fechas donde la ilusión por la Navidad y la preocupación por la cartera y las digestiones pesadas se sitúan a ambos lados de la balanza.
Todos sabemos que la Navidad es importante, rozando lo mágico, porque es capaz de reunir a la familia bajo un mismo techo. Porque hace que seamos agradecidos por lo que tenemos, y conscientes de lo que nos falta o ya se ha ido.
Es, además, una fecha más especial aún si hay niños en esa mesa, compartiendo sus risas, sus nervios, sus preocupaciones por cómo se habrán portado y si Papa Noel o los Reyes Magos habrán visto esa travesura que hicieron, ese examen que suspendieron, o esa palabrota que aprendieron.
Y miramos alrededor de la mesa, y no podemos más que sonreír.
Porque a pesar de todo, los que quedamos estamos ahí.
Los que se han ido siguen ahí.
Y los que están lejos, de alguna u otra manera se hacen presentes.
Entonces somos conscientes de la salud, del amor, de la compañía. De la suerte que tenemos con la familia que nos ha tocado, y no podemos evitar abrazar más fuerte a nuestra madre o padre. Del hermano que tenemos, que, aunque muchas veces los mataríamos, no seríamos los mismos sin ellos; y le damos una colleja, y le besamos la mejilla.
De nuestra pareja, si está, y entonces agradecemos que haya querido unirse a tu familia. Y le miras, le sonríes, y le besas. De los más pequeños, que sabes en el fondo que, sin esa locura y descontrol que llevan, tu vida sería más aburrida, más vacía. Entonces los agarras y los besas con fuerza. De esos amigos, que son capaces de decirte lo malo y lo bueno, con una sonrisa y una copa de vino, siempre apoyando, siempre a tu lado, siempre tu ejército fiel. Y entonces los abrazas, te tiras encima de ellos, y entre carcajadas, y con mucho cariño, les dices lo granujas que son.
Y bien mirado, si nos paramos a pensarlo, esa pelea ya no fue tan importante.
Ese tiempo invertido en el teléfono móvil fue absurdo.
Esa pereza que hizo que no fuéramos a pasar el día con la familia aquel día es mortal.
Ese enfado o ira que aún guardamos por aquella persona, ya no pesa tanto realmente.
Y observas la mesa. Y eres consciente que lo importante, lo que de verdad importa, está en esa mesa.
En esas caras.
En las sonrisas.
En esa sensación que nos da la Navidad de que todo está bien tal y como está.
En esa esperanza blanca que nos hace sentir que todo irá mejor mañana.
Que las penas compartidas son menos.
Que los abrazos que se dan se hacen reales.
Que los “Te quiero” que se callan, mueren, y con ellos mueres tú un poquito más.
Y toda la importancia que le das al trabajo se hace nada.
Las horas que pasas mirando el móvil te hace sentir más tonto.
El tiempo perdido delante de la televisión.
Ese examen no era tan importante al final.
Ni esa cama sin hacer.
Ni esa partida a la consola.
Ni esa reunión aburrida.
Ni ese inepto profesor que no supo valorar lo que tanto vales.
Ni esa ex pareja que, lejos de darte buenos recuerdos, te da malos ratos.
Ni ese vecino que no para de quejarse por la música.
Ni el reloj.
Ni la alarma.
Ni tu pelo.
Ni tus kilos.
Ha sido un año duro, han habido derrotas, caídas, pérdidas, sustos… pero también ha habido, estoy seguro, personas nuevas que han llegado para quedarse, metas, nuevos objetivos, aprendizajes y ganas de levantarse y seguir. Al fin y al cabo, aquí estás. Y permíteme decirte que no lo estás haciendo nada mal.
En esa mesa, con todas las personas que amas y por las que eres amado, eres consciente de lo que realmente importa.
Y todos desean suerte, salud, amor, prosperidad…
Y yo, desde aquí, simplemente os deseo que todas y cada una de las sensaciones que sintáis esta noche en esa mesa, os duren mucho más que dos semanas. Os duren todos y cada uno de los días que faltan para las siguientes Navidades.
¡Feliz Navidad!

Adela y Ernesto

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Como cada tarde, una vez que ha reposado la comida y ha acabado aquella serie que tanto le gusta, Adela se prepara para salir. Se pone sus cómodos y algo rotos zapatos, esa falda que tanto le gusta (siempre por debajo de las rodillas), y esa chaquetita que la mantiene calentita y guapa. Se arregla el pelo, cada vez más canoso, y se echa ese perfume tan caro que sus hijos siempre le compran.

Hace tiempo que dejó sus vestidos negros. Ya había abandonado el luto. De hecho, decidió llevarlo más por un qué dirán que por ella misma. Ella llevaba el luto dentro. Ella llevaba a su Fermín siempre con ella.

Cogió la correa de Lola, acarició su peluda cabeza, y salieron a dar un paseo.

Era su rutina. Y la amaba. De hecho la idea de viajar, salir a excursiones, barcos, trenes… le ponía nerviosa. Ella era, como siempre se había descrito a sí misma, una señora de su casa, de sus flores, su Lola y sus series. Y que nadie le tocara el coño.

Sus tres hijos vivían solos hace ya mucho tiempo. Ana, la lista, vivía en Madrid, y estaba casada con Pedro, un arquitecto que lo que tenía de guapo lo tenía de chulo. Y juntos le habían dado el mayor de sus tesoros, sus dos nietos. Dos joyitas maleducadas que se la comían a besos esperando la paga.

Olga, la mediana, vivía en un pequeño estudio de Barcelona con su mujer, Mariona. Era, seguramente, con la que mejor se llevaba; y cuando llegó la noticia de que era lesbiana, Adela lo aceptó sin pestañear, de manera natural, y casi que se llevó una alegría, pensando que así era seguro que no le trajera otro Pedro a su casa. Adoraba a Mariona.

Y luego estaba el pequeño, Marc. Una bala perdida. Pero, seguramente, el más feliz de los tres. Estaba con María, o eso creía ella, pues en cuestión de dos años ya había conocido a Luz, Paula, Marta… niñitas estúpidas que no veían que, en realidad, su hijo seguía siendo un egoísta inmaduro.

Afortunadamente para Adela, Lola también estaba ya mayor, así que salir a pasear con ella ya no era aquello del pasado, tirar de la correa, correr, empujar… ahora ambas, presumidas y perfumadas, paseaban por el parque grande de Barcelona.

Cada tarde se encontraba con caras conocidas, charlaban, y se despedían hasta el día siguiente. Aunque a veces no coincidían hasta pasadas unas semanas.

  • ¡Hombre señora Adela! – dijo él.

Llevaba ya tres días seguidos coincidiendo con él. Era un hombre que rondaba los setenta y cinco años. Casi como ella. Ernesto era su nombre. Era un hombre educado, bien perfumado, y con un perro mucho más viejo y decrépito que Lola.

Ambos charlaron un rato en el parque, y minutos después Adela se despedía.

  • ¿Le veré mañana señora? – preguntó él.
  • ¡Oh! ¡Ya sabe cómo es esto! Quizás sí, quizás no…
  • Cuídese entonces.
  • Usted también.

Y volvieron a coincidir. Así fue el martes, miércoles, jueves y viernes. El sábado, sin embargo, Ernesto no apareció.

Adela pasó más tiempo del debido en el parque, esperando. Pero aquel hombre no aparecía.

  • ¡Pues nada Lola! ¡Que estoy aquí esperando como una tonta! ¿Nos vamos a casa?

Y Lola, que era igual de casera que Adela, movía su pequeña cola, como señal de aprobación.

  • ¿Qué se habrá creído? ¡Dejándome esperando! ¡Pues mañana no iré a ese parque!

Y así fue como ese domingo Adela decidió ir por otro camino, para sorpresa de Lola.

Llegó el lunes, y cuando Adela empezaba a prepararse para salir, recibió la sorpresa de Olga y Mariona. Ambas venían con unas pastitas para la merienda.

  • ¡Qué sorpresa! – dijo Adela – ¡Ni he preparado café! ¡Y Lola aún no ha salido!
  • No te preocupes mamá, yo puedo sacar a Lola mientras tú y Mariona preparáis todo.

Ambas se pusieron a preparar el café. Pasado un rato, Olga volvió a casa.

  • Mamá, qué extraño, un hombre me ha preguntado por ti…
  • ¿Un hombre? – dijo Adela extrañada.
  • Sí, me ha dicho que ha reconocido a Lola, y que si estabas bien ¿quién es?
  • ¡Oh, ya sabes! Gente del parque… – dijo Adela distraída, sin pasar por alto la miradita con el arqueo de ceja que Olga dedicó a Mariona.

Ese día Adela se sorprendió a sí misma estando nerviosa, inquieta. Estaba deseando que llegara al día siguiente ¿Justo hoy tenían que aparecer Olga y Mariona?

Al día siguiente, se sorprendió de nuevo. Esta vez echándose más perfume de lo habitual, y poniéndose esa falda tan incómoda pero que tan bien le quedaba.

Y, afortunadamente, vio a Ernesto.

  • ¡Hombre! ¡Benditos los ojos señorita!
  • ¡Buenos días señor Ernesto! ¿Qué ocurre?
  • No le vi ni ayer ni el sábado, andaba preocupado…
  • Pues yo vine como siempre – dijo ella, intentando ocultar el tono de enfado.
  • Vaya, igual se me echó el tiempo encima viendo la serie, y no me di cuenta.
  • ¿Qué serie ve usted?

Y así fue como descubrieron que veían la misma serie. Y, además, compartían gustos musicales.

  • ¡Me encanta ese disco! Es tan…
  • ¡Elegante!
  • ¡Exacto! Me lo pongo siempre que mis nietos se van, me ayuda a relajarme.
  • ¿A usted también le ponen nerviosa?
  • ¡Muchísimo!

Así fue como ambos hablaron de sus familias. Así fue como ambos se unieron un poco más. Y así fue cuando, hablando y hablando, se les hizo de noche.

  • ¿Le veré mañana señora Adela?
  • Puede llamarme Adela.
  • Y usted puede tutearme.
  • De acuerdo, tú también.
  • Hasta mañana Adela.
  • Hasta mañana Ernesto.

Sus hijos lo notaron.

Sus vecinas también.

Hasta el hombre del supermercado lo notó.

Adela se veía más contenta, más alegre, y más feliz. Había vuelto a cantarle a las plantas, a bailar sola en casa, y a dejar de lado esa melancolía que arrastraba a todas partes.

  • Perdóname, mi Fermín – decía muchas veces mirando la foto – ¡Que no sé qué me pasa!

Así fue como, pasados los meses, Ernesto decidió que llegaba el buen tiempo para hacer su primera propuesta.

  • Adela ¿Qué te parece si algún día nos vemos?
  • Nos vemos cada día Ernesto, qué cosas tienes…
  • Digo fuera del parque, y sin los perros.

Adela dudó. Pero finalmente reaccionó.

  • Hace tiempo que no voy al cine – dijo ella, mirando al suelo.
  • ¿Mañana?
  • Mañana.

Esa noche Adela no durmió. Batallaba entre la culpa y la alegría, y, como siempre, sabía que su hija Olga no le fallaría.

  • ¡Mamá! ¡Mamá! ¿Estás bien? – dijo Olga al borde del ataque.
  • ¡Claro que sí! ¿Por qué no iba a estar bien?
  • Mamá son las cuatro de la mañana… casi me matas del susto…
  • Qué tonterías tienes cariño. Sinceramente, una se hace mayor y ya todo el mundo se cree que una llamada es que me he ido con tu padre ¡Claro que estoy bien!
  • Vale, vale… Mariona vuelve a la cama cariño, falsa alarma.

Así pasaron madre e hija una hora al teléfono. Adela hablaba y lloraba. Olga escuchaba y sonreía.

  • Mamá, ya he escuchado suficiente. Guárdate algo para ti, hija. Escucha, papá hace ya más de nueve años que murió. Le conoces. Le conozco. Y ambas sabemos que papá te empujaría a ser feliz. Deja de sentirte mal, para lo que te queda…
  • ¡¡Olga!! ¿Cómo le dices eso a tu madre?
  • Mamá estoy bromeando. Parece un buen hombre, y desde luego se te ve más contenta.
  • ¿Entonces? ¿Te enfadarías si fuera al cine con él?
  • ¡Claro que no! Como si queréis echar un polvo…
  • ¡Olga que soy tu madre! ¡No te he educado para que hables así!
  • Mamá, tengo que dormir. Haz lo que te haga feliz. Y si alguien se enfada por ello, te hace un favor alejándose. Te dejo, que ya que tú no echas un polvo, lo voy a echar yo…
  • ¡Qué deslenguada eres hija mía!
  • Adiós mamá. Te quiero.
  • Te quiero.

Al día siguiente, ojerosa pero feliz, Adela se pasó el día con una vitalidad que creía extinta. Y llegado el momento, ella y su sonrisa salieron de casa. Había pasado por alto, sin embargo, que no se había echado perfume, y llevaba sus zapatos cómodos y rotos.

  • ¡Qué guapa estás Adela!
  • ¡Ay Ernesto! ¡Que me pones roja!

Vieron la película, rieron, lloraron, hablaron, y de nuevo se sintieron vivos.

A la salida del cine, fue ella quien tuvo la idea de ir a cenar a una vieja cafetería.

  • Adela…
  • Dime Ernesto.
  • Puedes cogerme del brazo si quieres, irás más cómoda.

Ambos se cogieron. Pasados unos minutos, ambos recobraron el aliento, se relajaron, y pasearon.

Las vecinas miraron. También los encargados de los comercios del barrio. Incluso las amigas del salón levantaron la cabeza al ver a Adela, la correcta Adela, paseando del brazo de otro hombre.

Sin embargo Adela no vio a nadie. Ni se fijó. Solo tenía ojos para él.

Eran sólo ellos dos.

Adela y Ernesto.

A cualquier edad el amor nos vuelve infantiles.

Malditos padres. Parte 1.

Quien me conoce lo sabe.

Quien ha trabajado conmigo lo sabe.

Siempre voy a estar de parte del pequeño. Siempre. Aun cuando la ha armado bien gorda, y no sabe ya dónde meterse, delante de los padres le defenderé, ganándome muchas veces una mirada de desaprobación de éstos.

Luego, a solas, en nuestra intimidad, le daré mi verdadera opinión y trabajaremos los puntos débiles y errores.

Pero siempre, y ellos lo saben, van a contar con mi apoyo cara a la galería.

¡Y es que ellos tienen razón!

¡Ser niño es un engorro! ¡Un rollo!

Reciben tantos mensajes diarios, a cada hora, a cada minuto… que la cabeza ya deja de funcionar a primera hora de la mañana. Recién levantados, los padres, los hermanos, la gente de la calle, el profesor de castellano, la profesora de matemáticas, el monitor de comedor…

Lo que yo os digo. Agotador.

Es por ello que, en una de las sesiones, uno de esos pequeños se detiene, me mira, y dice:

  • Tú escribes ¿verdad?
  • Sí – digo sorprendido – ¿cómo lo sabes?
  • Mi madre a veces nos lee los cuentos que escribes.
  • ¿Todos? – digo alarmado, recordando algún que otro texto subido de tono que he podido publicar.
  • ¡Los que son para niños, hombre! – dice él, sintiéndose en ese momento más maduro e inteligente que yo.

Una vez recuperado del casi paro cardíaco, me dice:

  • ¡Deberías escribir dando nuestro punto de vista!

Y así empezó todo.

Es por ello que, con ayuda de algunos de ellos, hemos querido recoger qué son exactamente esas cosas que a ellos les sacan de las casillas, les ponen de los nervios, y como consecuencia deciden pasar de todo, no hacer ni caso.

Y es que demasiado rápido aprenden a asentir, decir “Sí, sí…”, y pensar “Voy a hacer lo que me dé la gana…”.

Mezclar ambientes

Imaginaos por un momento que habéis tenido un día agotador en el trabajo, seguramente como el que has tenido hoy. Sales de tu puesto, aun con la cabeza dando vueltas, llegas a casa, y aun no has cerrado la puerta cuando, de golpe, sin verlo venir, alguien te dice:

  • Acabo de hablar con tu jefe ¡Vaya día has tenido eh! ¡Ya te vale!

O peor aun:

  • ¿Qué es eso que me dice tu compañero de trabajo sobre hablarle mal y faltarle al respeto? ¡Hoy duermes en el sofá!

O, por poner otro ejemplo, escuchas:

  • Oye, que me dice tu jefe que no le has presentado el informe que tenías que darle hoy ¿Pero tú lo ves normal? ¡Este fin de semana no verás ni a tus amigos ni a tus familiares!

¿Os lo imagináis?

¿Cuánto tardariais en mandar a la mierda a esa persona?

Psicológicamente decimos que los adultos mezclamos ambientes cuando extrapolamos, llevamos los problemas que los pequeños han tenido en clase, a otras zonas que nada tienen que ver, por ejemplo el hogar.
Bien es cierto que el pequeño debe asumir consecuencias por aquello que hace mal, pero hacerlo de manera tan evidente, tan drástica, hace que ambos ambientes queden contaminados; escuela y hogar; llevando al pequeño a generar una guerra fría en ambos espacios.

Debemos entender que si el pequeño ha tenido un problema en la escuela, debe quedar dentro de la escuela. Otra cosa sería que el pequeño no estudiara, o no hiciera sus tareas. Esas son acciones que debería haber realizado en casa, por lo tanto, ahí sí tenemos mano libre para actuar.

¿Qué ocurre con las malas acciones? ¿Debemos introducirlas en casa? Siempre y cuando la llamada de atención venga por un tema de educación y respeto, debemos actuar, pues damos por hecho que esa educación y respeto la debe recibir en casa.

Por lo demás, debemos aprender a identificar ambientes. Si el pequeño ha tenido un problema con un profesor, o con un compañero, debemos reeducar esa conducta; pero nunca tratar al pequeño desde el enfado, como si aquello hubiera ocurrido dentro de casa.

De esta manera fomentamos que el pequeño aprenda a sentirse calmado en casa, que sepa que, una vez llegue a su hogar, hablaran del tema, con el único objetivo de generar soluciones; nunca de agravar el problema, y continuar la batalla que ha empezado en el aula.

Mensajes confusos

María llega a consulta con el pequeño Arturo. Travieso, vivo, dinámico, rabiosamente divertido, y quizá, un poco hiperactivo.

  • Me tiene contenta – dice María.
  • ¡Buenas tardes! – contesto yo – ¿Qué ha pasado?

Ambos toman asiento. Ella con la mirada llena de fuego. Él con la mirada llena de agua. Símbolos distintos, casi contrarios. Sé entonces que no va a fluir la comunicación.

Entonces María comenta las ganas que tiene de que su hijo se comporte, que sepa estar bien, y que sepa portarse bien.

Intento calmar los ánimos, y una vez la madre ha abandonado la sala, quedamos en ella Arturito y yo.

  • Arturo ¿cómo estás?
  • ¡Estoy enfadado!
  • ¿Por qué? – le pregunto
  • ¡Porque quiero portarme bien, pero no sé!

¿Cuántas veces hemos oído algo por el estilo?

“Yo quiero hacerlo bien, pero no sé cómo”

“Yo no quiero enfadarme, pero me sale solo”

Entonces le pregunto:

  • Arturo, cariño, antes de seguir hablando ¿te puedo hacer una pregunta?
  • ¡Claro!
  • ¿Qué es portarse bien?
  • Pues portarse bien.
  • Muy bien, gracias, aplausos – digo bromeando – Pero ponme un ejemplo.
  • Pues no sé, portarme bien…

Es entonces cuando veo claramente el error. Y no será ni la primera ni la última.

Nos llenamos la boca de mensajes hacia los más pequeños:

  • Compórtate
  • Pórtate bien
  • Sé educado
  • Quiero que seas feliz
  • No hagas las cosas mal
  • Tienes que cambiar

En este momento ya nos hemos olvidado del menor, y nos hemos colocado en el lugar del adulto ¿Qué es portarse bien? ¿Y comportarse? ¿Qué es, exactamente, hacer las cosas mal?

  • Arturo, dime algo que hagas mal…
  • Llorar
  • ¿Llorar está mal?
  • ¡No lo sé! Siempre que lo hago me dicen que deje de hacerlo…

Lo que yo os digo. Un lío.

Debemos entender que el menor no tiene por qué saber qué queremos exactamente de ellos, no saben leer la mente. Por ello, debemos intentar dar mensajes más claros, más concretos. El menor debe saber, en todo momento, qué queremos de ellos, qué es lo que se espera de ellos.

Malos ejemplos

  • ¡¡Es injusto!! – grita Luís en terapia
  • ¿El qué, exactamente?
  • Los mayores siempre nos dicen que no hagamos cosas, y ellos lo hacen.
  • ¿Por ejemplo? – pregunto.
  • Siempre me dicen que no puedo gritar cuando me enfado ¿y sabes cómo me lo dicen ellos?
  • Me lo puedo imaginar…
  • ¡Gritando!

Las personas entendemos más lo que vemos que lo que oímos.

¿Nunca habéis oído un rumor, o una información, y habéis dicho “Si no lo veo, no lo creo”? Con nuestros pequeños ocurre exactamente lo mismo. Entienden mejor lo que ven, que lo que oyen.

Les pedimos que no pasen muchas horas delante de la televisión, mientras los adultos llegamos a casa, y lo primero que hacemos es encenderla.

Que no pasen mucho tiempo con el móvil, cuando está más que demostrado que el 40% del tiempo de nuestro día, lo pasamos tecleando en esas pantallas.

Les decimos que no griten, mientras nos ponemos como ogros al enfadarnos.

Les pedimos que deben colaborar en casa, mientras el padre o la madre, nada más llegar, se sientan en la mesa esperando que la comida y los cubiertos, por arte de magia, aparezcan.

Les pedimos que hablen bien, mientras educamos a través de “Coño”, “Joder”, “Mierda”…

La lista es tan larga, en serio, de verdad, la elaboramos un día en terapia, y es tan, tan, tan, larga, que me faltan horas y teclas para hacerla.

Aquí os propongo que os centréis, que lo trabajéis. Coged papel y boli, y, sólo en el transcurso de un día, anotéis las cosas que le pedís a vuestro pequeño que no haga, y vosotros hacéis sin parar, a cada minuto.

Es mucho más sencillo de lo que parece.

¿Queréis que vuestro hijo colabore en casa? ¡No se lo digáis! ¡Que os vea hacerlo!

¿Queréis que hable bien? ¡Habladle bien!

¿Queréis que deje de gritar? ¡No gritéis!

Y así una larga lista.

Interés real

Javier tiene sólo 10 años, y ya ha aprendido, a tan corta edad, que le da igual a sus padres. Y no le falta razón, al menos, en la mayoría de los casos.

  • Sólo les importa una cosa – dice él, aguantando las ganas de llorar.
  • ¿Que seas feliz? – pregunto
  • ¡No! ¡Que saque buenas notas! – dice él.
  • Tener estudios es muy importante, Javier.
  • Lo sé, pero ¿y lo demás?
  • ¿A qué te refieres? – pregunto, aunque sé perfectamente a lo que se refiere.
  • Mis amigos,  mis novias, mis miedos…
  • ¿Tienes novias? – pregunto.
  • Sí.
  • ¿En plural? ¿Más de una? – digo, sorprendido.
  • No estamos hablando ahora de eso Óskar… – me dice.
  • Tienes razón, disculpa… – respondo, intentando recuperar mi lugar, sin dejar de pensar “¿Más de una?”

Y la conversación se repite. Con Javier. Marc. Oriol. Inés. Marta. Claudia. Y la lista sigue.

Llegan del colegio, y la pregunta es:

  • ¿Tienes deberes?
  • ¿Te has portado bien?
  • ¿Has estudiado?
  • ¿Tienes exámenes?

¿Os imagináis eso para vosotros mismos? Llegar a casa, y que vuestra pareja se centre, única y exclusivamente, en si tienes trabajo, si lo has hecho bien, y recordarte insistentemente, que debes ponerte a trabajar ahora mismo. Con prisas. Café, y a trabajar.

  • Sí mamá – dice el menor – tengo deberes de mates.
  • Pues venga – dice ella – a merendar y a hacerlos.

Fin de la conversación.

Luego, sin embargo, esperamos que nuestros hijos nos cuenten sus cosas. Sí, claro…

La propuesta es la siguiente: la próxima vez que tu hijo llegue de la escuela, probad lo siguiente:

  • ¿Cómo estás?
  • ¿Cómo ha ido el día?
  • ¿Qué es lo mejor que te ha pasado hoy? ¿Y lo peor?
  • ¿Estás cansado?
  • ¿Te apetece algo especial hoy?

Sé que hacer deberes y preparar exámenes es importante. Pero, seamos claros, no es lo MÁS importante. Así que, puestos a encauzar la vertiente escolar, un buen ejemplo sería:

  • ¿Y qué tienes pensado hacer esta tarde?

Esperar la respuesta. Escucharla. Y después:

  • ¿En qué momento harás deberes? Quizá deberías repasar algo.

Creedme. Os agradecerán este cambio.

Continuará…